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TÉRMINO
- ALMANZORA, COMARCA DE
  ANEXOS
 
  • El Almanzora, entre oasis y palmeras  Expandir
  • El sureste de la península ibérica, en la provincia de Almería, abrazada por las sierras de las Estancias y los Filabres discurre la extensa comarca del Valle del Almanzora. Una brecha suave, de contrastes y sugerentes paisajes que araña a la desértica tierra un hermoso e implacable paisaje que ha cautivado a viajeros y pobladores. Toda la comarca se encuentra configurada por el valle del río del mismo nombre, histórica encrucijada y camino natural de acceso a los paisajes béticos.

        El barrio fenicio. Con referencias que parten de la Prehistoria, la Comarca del Valle del Almanzora ha trazado su discurso a través del tiempo con hechos y acontecimientos que han seguido un eje en las diferentes etapas. Desde el Paleolítico a la Edad Contemporánea, esta comarca ha sido cuna de importantes asentamientos y civilizaciones. Puerta de España y de Europa, el Almanzora ha abierto caminos a colonizadores y aventureros. No son pocos los autores que mantienen el curso natural del río Almanzora como vía de penetración de un pueblo con tanta tradición marítima y comercial como el fenicio.

        Tampoco son casuales los restos ínfimos de viejas factorías de salazones, ni la presencia hasta casi nuestros días de arrieros y comerciantes, herederos del sabio espíritu fenicio, que a lomos de jumentas han recorrido una y mil veces los polvorientos caminos de herradura para maquilar o mercadear los más insólitos productos, desde huevos a piedras o mechas de encendedor. Las sendas terreras del Valle del Almanzora guardan aún las estelas inconfundibles de estos viajeros incansables, cuyas sombras saludan al caminante en las noches de luna llena. Los genes de los colonizadores fenicios perviven aún en la sangre de los activos artesanos del Almanzora: la caña, el esparto, los juncos y, sobre todo, el barro. La cerámica moldeada con la arcilla de este Valle que tampoco ha sido ajeno a la impronta de otras culturas, desde los cartagineses a los árabes. Humean aún los hornos de leña donde el barro adquiere cuerpo y se nos ofrece en innumerables modelos de vasijas y utensilios. Más de medio centenar de alfarerías han mantenido vivo el amoroso romance de las manos del hombre almanzoreño con la tierra. Sencillos y prudentes testimonios subsisten aún en diferentes núcleos y localidades de este Valle con adjetivo de vencedor. No se podría concebir esta comarca sin la presencia  del barro, de los minerales , del mármol que alimenta las hambres de otros tiempos, o de las distintas materias que han viajado en el tiempo junto a sus moradores.

        Identidad. Pese a voces discordantes, la Comarca del Almanzora posee sus propias señas de identidad que han permanecido unidas con el transcurso de la vida. Las mismas identidades que atesoran los hombres y mujeres del Valle, curtidos por la adversidad y templados por el aire mediterráneo, luz y sol que les ha imprimido un carácter sencillo, alegre y afable. Temperamento que ofrecen en las tres romerías del Almanzora: la de la Virgen del Saliente, ‘la Pequeñica’, la de Monteagudo la del Cristo de Bacares. El Valle, cantado por Álvarez de Sotomayor y esculpido en madera de olivo por Pedro Gilabert, se deja llevar por el curso del río, cauce seco a veces que no es ni río, pero furioso y bronco otras que ha enlutado en ocasiones con tragedia y dolor a los pueblos ribereños. Alto, medio y bajo Almanzora, al Valle, agrícola especialmente y minero de antaño, le dibujaron dos ejes: una carretera que le vertebra y que une las provincias hermanas de Almería y Granada, y una línea de ferrocarril –la única que comunicaba Andalucía con el Levante–, que murió por sentencia administrativa y que ahora la quieren renombrar como vía verde para el ocio y el turismo rural. Precisamente, esta ruta con vagones destartalados y asientos de madera fue el pasaporte a la emigración europea y catalana de numerosos almanzoreños que apenas volvían por Navidad o que quedaron arraigados para siempre en los países de acogida. Paradójicamente, de algunos de estos lugares proceden las oleadas de nuevos vecinos –alemanes e ingleses, principalmente– que han encontrado en los perdidos e inhóspitos parajes del Almanzora un retiro vital. Atrás quedan los serranos pueblos de las Estancias, los Filabres y el mármol; y la comarca se expande hasta las tierras del litoral. Núcleos punteros del desarrollo turístico que arropan el último tramo fluvial. Es en Villaricos donde el agua dulce del Almanzora, nutrida de historias y de pasiones, besa la sal esperanzada del Mediterráneo. No sin antes haber amamantado tiernamente los pequeños oasis de palmeras que alivian el desierto o los vergeles de azahar y limoneros que, junto a las adelfas blancas, rosáceas o rojas, impregnan de fragancia natural este rincón del Sur, tan duro y tan sensual a la par.

    José Luís Masegosa
  • Yacimientos arqueológicos  Expandir
  • El valle medio y alto del Almazora ha estado poblado al menos desde el Paleolítico Superior, aunque las pruebas de tal poblamiento son bastante escasas. Desde el Neolítico en adelante, el asentamiento humano ha sido intenso, continuo y reiterado. Es posible que las condiciones ambientales constituyeran un atractivo para el establecimiento humano, ya que el clima era suave, seguramente algo más húmedo que en la actualidad y el paisaje bastante menos alterado que el de ahora. Además, debido a las amplias variaciones topográficas en sentido norte-sur que presenta la mayoría del valle, los territorios de los asentamientos prehistóricos podían contar con una gran variedad de biotopos que garantizaban la subsistencia de pequeños grupos sociales sin muchas dificultades. Esto ha determinado que el hábitat haya sido reiterado o continuo en ciertos sitios durante largos períodos de tiempo, alcanzando incluso hasta la actualidad.
        Pero, esta aparente ventaja para las sociedades sedentarias podría haber sido menor para las de economía móvil que necesitaban extensos territorios de explotación, como las del Paleolítico Superior, por lo que las evidencias son, por ahora, casi testimoniales (arte rupestre de la Cueva Almaceta de Lúcar y la Cueva Humosa de Olula del Río).
        En el Neolítico grupos sociales comienzan a completar sus actividades tradicionales de subsistencia con la agricultura y la ganadería, por lo que se asientan tanto en zonas de serranía (en cueva o al aire libre en cerros de paredes escarpadas), como en el centro del valle junto a los cursos de agua. Ejemplos de estos tipos son La Cueva del Palo (Serón), Macael Viejo, El Libertao (Suflí), o Partaloa. Al final de esta época parece producirse una concentración de la población en determinados puntos estratégicos del territorio, muchos de los cuales continuarán habitados en la siguiente Edad del Cobre, principalmente en lomas cercanas a la confluencia de los afluentes con el Río Almanzora (Loma de los Cortijillos de Serón, Las Churuletas de Purchena, Cerro Capellanía de Olula del Río, Llano de los Pedregales de Arboleas, La Cerca de Cantoria, Cerro del Castillo y Terrera Alcaina de Albox). En torno a algunos de ellos se levantaron las tumbas características de la Cultura de Almería ( *) tanto del grupo de Purchena (Llano de la Lámpara, Loma y Llano de la Atalaya, Llano de los Turuletes, Barranco de Jocalla, Llano del Jautón y otras), como del grupo de Cantoria (Loma de Almanzora, Loma del Cucador, Cabezo de Almanzora, Llano de la Media Legua y otras). Algunos  también se localizaron en el interior de las sierras dotándose, en un momento avanzado de la Edad del Cobre, de establecimientos especializados tipo fortín como es el caso de El Cerrillo respecto de El Tesorillo en Chercos.
    Durante la Edad del Bronce se produjo una transformación significativa del patrón de asentamiento que implicó la reducción del número de poblados y un cambio de la ubicación de los mismos. En esa época, el poblamiento del Valle del Almanzora se articuló en función de poblados centrales, como el que seguramente hubo en la Alcazaba de Purchena, que ocupaban posiciones de fácil defensa y amplia visibilidad, mientras los restantes se ubicaban bien en espolones situados sobre el río, al inicio de rutas hacia las depresiones de la altiplanicie granadina, bien alejados del valle sobre cerros aislados próximos a los cursos fluviales secundarios en las vías naturales de paso hacia el interior de las sierras (Cerro del Nacimiento, en Macael, Piedra Ver de Olula, La Cerrá de Tíjola, El Picacho de Oria).
        Al final de la Edad del Bronce volvió a producirse un cambio en el patrón de asentamiento, incluso un aparente vacío de población. Sólo en ciertos lugares de los alrededores de Tíjola hay pruebas de una continuidad del poblamiento en el Bronce Final, justo en el área donde se producirá un florecimiento en la subsiguiente época ibérica, cuando los asentamientos principales se situaban en lomas de poca altura y muelas dominando importantes extensiones de tierra susceptible de ser cultivada o en  posiciones estratégicas, entre los que destaca la Muela del Ajo. Entonces la zona se vio beneficiada por su localización en la ruta de comunicación entre la población púnica asentada en Varia y la Bastetania. Esta población se romanizó intensamente y llego a constituirse en municipio romano con el nombre de Tagili, antecedente de Tíjola, donde parece haber estado localizado el principal núcleo de población de dicho municipio.
        El patrimonio arqueológico de esta comarca ha sufrido un gravísimo deterioro, cuando no destrucción irreversible, a lo largo de las últimas décadas por el estado de abandono en que se encuentra (tanto por la administración local como por la autonómica) y por las intensas modificaciones del paisaje que se han venido produciendo, bien por la roturación para la introducción de nuevos cultivos o la realización de extensas plantaciones de árboles, bien por la edificación ligada a la industria, bien por la realización de obras públicas, bien por la actividad minera. De esta manera, una comarca que fue de las primeras en Andalucía en ser investigada gracias a la actividad de Luis Siret (* ) está perdiendo gran parte de su patrimonio arqueológico antes de que pueda ser revisado y analizado con metodologías actuales.
    [ G.M.F.]
 
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