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TÉRMINO
- HABANA, LA
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  • La Habana, Andalucía de ultramar  Expandir
  • Cartas iban y venían, desde La Caleta al Malecón, cartas íntimas desde el alma de Cádiz a la piel de La Habana, cuando Pericón creía que para un gaditano era más fácil viajar en vapor a Cuba para tomar café que llegar a Madrid en trenes imposibles: “La Habana es Cádiz con más negritos”, respondió Lola Flores al término de una gira y la frase se convirtió luego en letra de canción que todavía se oye con texto de Antonio Burgos, música de Carlos Cano y voz de María Dolores Pradera. Carlos Cano, que siempre recordaba que la primera vez que actuó en el Parque Lenin, presentado por Pablo Milanés, cantaba y escupía mosquitos simultáneamente. Carlos Cano, quien me dijo una vez que La Habana era la capacidad de conversar, de convivir, de compartir, de alegrarse: “Los únicos que cantan la alegría son los caribeños, los cubanos —me dijo—; el resto, lloramos”. Carlos Cano, que quería bordar con sedas de colores las ropas de racionamiento de las jóvenes cubanas, que sonaran las campanas los domingos sobre la ciudad de las columnas, “y Cuba entera, enamorada, se llenará de gardenias y besos”. Claro que a él le devolvieron una vez sus piropos y alguien le dijo: “Qué pena, chico, que la revolución la hicieran los rusos y no los españoles”. Hay un parentesco, dicen, entre el paisaje habanero y el de Cádiz. Pero también lo hay entre San Juan de Puerto Rico, la vieja Manila sacudida por los terremotos, lo que queda de Veracruz, la coqueta Cartagena de Indias y un lacio pero hermoso puerto de Francia, al que llaman Saint Maló. Que El Morro se parezca a las Puertas de Tierra, es por culpa de un inglés, el conde de Essex ,y por culpa de un francés, Monsieur Vauban. El primero, atacó Cádiz hasta destrozarla y hacerle pensar a Felipe II la posibilidad de abandonarla a su suerte. Menos mal que no lo hizo, así que El Beni pudo seguir diciendo siglos más tarde que él era de Cádiz, una ciudad tan vieja, tan vieja, que no tiene ni ruinas. El tataranieto del conde de Essex, hoy en día, imparte clases de piano en un colegio público de Lancaster. El señor Vauban inventó los baluartes, medio logró que Napoleón no tomase Cádiz ni Francis Drake tomara La Habana y consiguió, desde luego, que vistas desde el mar, ambas ciudades tengan forma de barco.
        Federico García Lorca, cuando vuelve de Nueva York, redescubre en Cuba, “palma y canela, los perfumes de la América con raíces, la América de Dios, la América española”.
        “¿Pero qué es esto? –pregunta— ¿Otra vez España? ¿Otra vez la Andalucía mundial?
        Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez.
        La Habana surge entre cañaverales y ruido de maracas, cornetas chinas y marimbas. Y en el puerto, ¿quién sale a recibirme? Sale la morena Trinidad de mi niñez, aquella que se paseaba por el muelle de La Habana, por el muelle de La Habana paseaba una mañana.
        Y salen los negros con sus ritmos que yo descubro típicos del gran pueblo andaluz, negritos sin drama que ponen los ojos en blanco y dicen: ‘Nosotros somos latinos’.
        Con las tres grandes líneas horizontales, línea de cañaveral, línea de terrazas y línea de palmeras, mil negras con las mejillas teñidas de naranja, como si tuvieran cincuenta grados de fiebre, bailan este son que yo compuse y que llega como una brisa de la isla: Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba”.
        Cuando llegue la luna llena, cantan Compay Segundo y Ana Belén, iré a Santiago de Cuba, un son que Federico García Lorca dedica a Fernando Ortiz, aquel antropólogo que supo que conocer las costumbres del ser humano era en cierta medida conocer su alma. Federico iba rumbo a Santiago en un coche de agua negra, a la sombra de los hermanos Loynaz, con el manuscrito de El público prendido en llamas de pasión y con Dulce María, avisándole: “El que va con su palabra a cuestas como una cruz, no sabe en qué Calvario ha de plantarla, pero tiene que saber morir en ella, clavado como en cruz erguida al viento”.
        Rafael Alberti también viajó desde Nueva York a La Habana, con su palabra como bandera. En Cuba, visitó en prisión a Juan Marinello y conoció, ya para siempre, a Nicolás Guillén, a quien un aduanero reconoció un día por su nombre en un aeropuerto: “Ah, no sabía yo que usted era negro”. “Pues, sí, pues, sí, de toda la vida”. Rafael Alberti, que en el ecuador de los años 30, describía en “Casi son” la Cuba de Batista con el hrizonte todavía lleno por las pavesas del cañonero Maine y de los periódicos del magnate Hearst: “Negro, da la mano al blanco./ Blanco, da la mano al negro./ Mano a mano,/ que Cuba no es del cubano,/ que es del norteamericano”. Rafael Alberti, cuya hija Aitana vive aún en esta ciudad del color de los recuerdos, contemplaba a Cuba dentro de un piano, con aires de 1900:

    Cuando mi madre llevaba             un sorbete de fresa por
    [sombrero
    Y el humo de los barcos aún era humo de habanero.
    Mulata vueltabajera...
    Cádiz se adormecía entre fandangos y habaneras
    Y un lorito al piano quería hacer de
    [tenor.
    ...dime dónde está la flor
    que el hombre tanto venera.

        Los barcos volvían a Cádiz y a Sevilla, cargados con perlas que arrastraban la maldición de los indios ahogados en los yacimientos sumergidos de la Nueva Cádiz de Cubagua, la ciudad maldita de la costa de Venezuela. Los veleros mercantes retornaban hasta las torres miradores, cargados de caña dulce y rumores de guayaba, pero en la sentina de las especias, lejos de los camarotes de gobernadores y de virreyes, a salvo del ataque de los corsarios ingleses, viajaba un tesoro secreto, un raro arte de contrabando que se guardaba en los corazones más que en las gargantas, trenzado de música y de palabras, coplas andaluzas, o tal vez sefarditas o andalusíes, o acarreadas por egipcianos o por gitanos llegados desde el Ganges y finalmente embarcadas hacia islas como ésta, para gozar la alquimia del mestizaje, para celebrar la eucaristía en que la sangre de los pueblos se mezcla con el vino de la alegría, de la disidencia y de la esperanza. ¿Qué pasaporte le corresponde al polo y al medio polo si es que existe, a la caña, a la media caña y a la policaña, si es que alguna vez tuvieron fe de vida? ¿Qué visado hay que extenderle al corrido, al jarabe, a la milonga, a la vidalita, que Ley de Extranjería aplicarle a la rumba o a la colombiana? ¿Es idéntico el zapateado de América que el de Andalucía? ¿En qué se parece el remoto aire campesino de los guajiros que actúan para un grupo de turistas en los jardines del Hotel Nacional y aquella voz de melodioso falsete de Pepe Marchena, que dice que ansía sentarse a leer un papelón de esos que llaman diarios y sentirse un millonario rico de la población?. Dejadme escuchar la voz de aguardiente de Chano Lobato o la trabajada pero elegante manera de decirlo Pepe de Lucía:

    Me gusta por la mañana
    Después del café bebío
    Pasearme por La Habana
    Con mi cigarro encendío.

        Tablao el Guajiro. Razón social: Sevilla de los años 50 y 60. En cartel, Fosforito, Terremoto, El Frarruco, Tío Parrilla, Enrique Montoya, El Perrate, El Chocolate, El Sordera, Matilde Coral, o Manuela Vargas. Alguien interpreta un fandango con la delicadeza y la pasión que sabe equilibrar dicho cante. Hay un tipo vestido de blanco en una de sus mesas, bajo olor a zotal y el corazón indiano. Pega un respingo, cree haber escuchado antes ese remate obstinado, como con moraleja y recuerda, cree recordar, que quizá le suene al punto guajiro, a la décima cubana que algún heroico músico ambulante interpreta con el tres por La Habana Vieja. El hombre de la camisa blanca y el Panamá, que quizá esté escuchando ahora esa rara oración aflamencada y sensual que dice “tu boca es mi salvación, tu boca es mi Dios me salve”, lleva  impresos todos esos acentos y sonidos, en una larga memoria que lleva desde los galeones a la revolución, de la flota de Narváez hundida por los temporales entre La Habana y Florida,  con Cabeza de Vaca a bordo, hasta los héroes de la independencia confinados en algún presidio del Estrecho de Gibraltar. ¿De dónde viene ese compás que él ha oído declamar a los repentistas cubanos? Quizá, quizá, de los trovos alpujarreños con que treinta años después se hermanaba el cubano Alexis Díaz Pimienta y que más temprano que tarde, reclamaría Carlos Cano: “Al estilo morato/ la guitarra da el compás/ el violín cortando/ la bandurria enebrá./ Y el verso repentino/ de la voz sale a cantar:/ ¡Que vivan las Alpujarras!/ ¡Viva el trovo popular!”   

    Pub Habana. Razón social: Cádiz. Años 90. La voz de Marta Valdés, el mojito largo en yerbabuena, y el negro Carlos Morales, el barman, componiendo décimas en sus ratos libres:

    Mil setecientos. La Habana:
    Cuatro mil negros de Angola
    Y una mujer, una sola.
    -¡Soy una reina africana!
    -Yo soy una gaditana,
    aquí pierdo la condena
    de mis raciones de avena:
    y tú, mi reina, ¿qué ganas?
    -Aquí en las tierras cubanas,
    me he ganado las cadenas.

    Cerca de allí, a unos cien kilómetros por carretera hacia el litoral donde nace el Mediterráneo, por los cerros de Facinas, cerca de una aldea maldita, de andaluces de ojos rubios que llamaron Cucarrete, un grupo de camperos se reúne a la fresquita del verano y se hacen compás con el almirez o las botellas de anís de El Mono, cuando no una guitarra y cantan con un rancio sabor poderoso y terrestre:

    Me llaman ladrón del monte
    Porque robé a un millonario,
    El rico roba al obrero
    Con la pluma en la mano,
    ¿cuál será más bandolero?
    Fernando Quiñones, que fue embajador frecuente para muchos artistas cubanos, creía que La Habana tenía nombre de mujer, “tirando a bajita pero también a poderosa”: “Mujer tan mujer, que no tardaría mucho en sacudirse el pegote del santo con que el asalto español pretendió esconderla, rebautizándola San Cristóbal de La Habana”.
        “Excepto hombres y animales machos –escribió Quiñones–, femenino todo en La Habana. Desde las nostálgicas languideces del Paseo del Prado hasta las frondosidades del río Almendares, no bostante su contaminación. Las curvas del Malecón y la playa de Santa María. Los nombres de los dos mostradores más ilustres. Floridita con sus daiquiríes y con sus mojitos La Bodeguita de En medio. Esa cálida blandura en todo, no sólo en el aire. La rumba. La palmera. La ceiba fundadora en la Plaza de Armas. Hasta la revolución, signada antes y después de su victoria por unas fuertes, especialmente fuertes, impronta y participación femeninas. Así que irse a Tropicana para admirar la flor y nata del glorioso mulaterío con que también nos damos por las calles, no es más que una simpática redundancia”.
        Imaginen recién bajada del vapor a la gaditana Dolores Espadero, la cantante que amaneció en La Habana de 1810 y que fue madre del pianista y compositor cubano Nicolás Ruíz Espadero. Imaginen, un siglo más tarde, al cantante Antonio Machín, desembarcando en la Sevilla de 1929, donde un hermano suyo albañil le ha dicho que habrá trabajo de sombra en la Exposición Iberoamericana. Quizá por ello, Chano Lobato y Lucrecia están cantando juntos “La Negra Tomasa”. Quizá por todo ello, hace más de un siglo, un tal José Martí se hizo amigo de un andaluz eterno llamado Fermín Salvochea y, en vísperas de su sueño se preguntaba si los cubanos tendrían que temer al español: “¿Temer al español liberal y bueno, a mi padre valenciano, a mi fiador montañés, al gaditano que me velaba el suelo febril, al catalán que juraba y votaba porque no quería el criollo huir con sus vestidos, al malagueño que saca en sus espaldas del hospital al cubano impotente, al gallego que muere en la nieve extranjera, al volver de dejar el pan del mes en la casa del general en jefe de la guerra cubana? ¡Por la libertad del hombre se pelea en Cuba, y hay muchos españoles que aman la libertad! ¡A estos españoles los atacarán otros: yo los ampararé toda mi vida! A los que no saben que esos españoles son otros tantos cubanos, les decimos: ¡Mienten!”

    Juan José Téllez
 
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