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- HACIENDA
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  • Hacienda de al-Ándalus  Expandir
  • La organización de la Hacienda pública de la Andalucía árabe era en términos generales similar a la del resto del Islam medieval, aunque presenta, en este campo, como en otros muchos aspectos, algunas adaptaciones derivadas de la formación del país a partir tanto de elementos de la normativa musulmana como de características anteriores de la Península Ibérica. A su vez, soluciones que aquí se dieron pasaron a formar parte de las prácticas del entorno musulmán.
        De forma global, al-Ándalus fue una formación social árabe, tribal y tributaria, con una actividad económica basada primordialmente en la agricultura, pero con un sector comercial de gran vitalidad y preferentemente urbano que canalizaba los excedentes agrícolas y la producción artesanal de las ciudades hacia circuitos locales o exteriores,  de los que recibía a su vez un gran número de mercancías. Estas características básicas determinan en gran medida la configuración de la Hacienda Pública y sus mecanismos de funcionamiento.
        Esta Hacienda presentaba tres instancias diferenciadas: el Tesoro Público estatal, la Jizanat al-mal, que abarcaba los medios administrados por el Estado; el Bayt al-mal o “Casa del Tesoro”, los bienes y derechos comunitarios administrados por las mezquitas; y el Tesoro Privado del monarca o gobernante máximo, que comprendía tanto sus rentas personales como las cantidades asignadas por el Estado. A la Jizanat al-mal pertenecían los fondos generados por el sistema impositivo, al que luego haremos referencia, y ciertos bienes surgidos por el funcionamiento del sistema en su conjunto, las propiedades sin dueño de forma primordial. Éstas eran sobre todo las de las personas huidas, caídas en desgracia o declarados como apóstatas, que pasan directamente al Estado, o las de los individuos muertos sin herederos, respecto a los cuales el derecho malikí* de al-Ándalus favorece su incorporación a la comunidad. La segunda instancia mencionada es la que recibe también en ocasiones la denominación de Bayt mal al-muslimin, la “Casa del Tesoro de los musulmanes”, cuya administración en el Islam suele estar descentralizada, es decir, no cuenta con una estructura jerárquica sino que se trata de habices* o awqaf, bienes o recursos afectos a una mezquita en concreto. La mayor parte de las ocasiones se trata de donaciones hechas por particulares a un oratorio para un fin determinado, que puede ser tanto el sostenimiento de un servicio de la mezquita, la construcción de una fuente o el pago de un oficio: lector, maestro, etc. Como habiz secundario, con señalamiento de administrador, se constituyeron las grandes propiedades agrícolas. Pero también existen depósitos temporales sin nombramiento de fin o administrador que pasan a integrarse más directamente a este Tesoro de la Comunidad. Éste era administrado por el juez o qadi de cada lugar, existiendo una centralización provincial y una cierta supervisión por parte del juez de Córdoba, el de mayor rango durante la época omeya. Los grupos no musulmanes, como los cristianos mozárabes, incluso su jerarquía eclesiástica, acudían en ocasiones a depositar fondos en estas entidades. Finalmente, el Tesoro Privado, la Jassiyat bayt al-mal, diferenciado de los bienes públicos, proveía de los medios necesarios para el gobernante y las pensiones dadas a los miembros de su entorno familiar, lo que en tiempos de los omeyas se llamaba el Diwán Qurayx, aludiendo a su primitiva denominación tribal. Por las cuantías que se conocen a través de los textos representaba la décima parte del Tesoro Público. Los bienes de los habices no aparecen cuantificados en las fuentes.
        El sistema de impuestos representaba uno de los pilares de la administración del Estado y de la articulación social y económica de la sociedad. Estos impuestos o yibaya son clasificados en legales directos, de acuñación de moneda, y los indirectos y extraordinarios o magarim. Los legales directos, cobrados por unidades familiares en el cabeza de familia, eran de tipo personal, la zakat o azaque, en origen “limosna legal”, que también se denomina uxr o “diezmo”, para los musulmanes y la yizya, más elevada que la anterior, para los no musulmanes. También existía el jarach, que gravaba las propiedades, principalmente la tierra, pero que se fue extendiendo a las actividades productivas de las ciudades. En principio, el jarach se imponía sólo a los no musulmanes, dado que teóricamente los bienes inmuebles de los musulmanes, especialmente la tierra, pertenece a la comunidad.
        En la práctica los musulmanes de al-Ándalus fueron propietarios de las tierras que cultivaban aunque fuera mediante fórmulas jurídicas de usufructo que salvaron las prescripciones musulmanas primitivas. De este modo, llegaron a constituirse incluso habices secundarios para mantener la propiedad efectiva de la tierra dentro de una familia o linaje y conservar las unidades de explotación al abrigo de las disposiciones testamentarias coránicas. Esta ampliación del jarach a todos los colectivos permitió mantener los ingresos del Estado sin que le afectasen los procesos de conversión. A partir del siglo IX opera ya como una contribución rústica en el sentido del término que hoy se emplea, usándose a veces otra denominación, por ejemplo tamm cuando se aplicaba a los musulmanes.
        Los impuestos de acuñación de moneda gravaban el metal precioso, oro o plata, que era transformado en dinares y dirhemes en las cecas públicas. En efecto, la Casa de la Moneda era un monopolio estatal pero podían acudir a ella los particulares para convertir los metales preciosos en acuñaciones oficiales. El resto de los impuestos se aplicaban principalmente sobre las transacciones y operaban como impuestos de mercado. Su supresión, disminución o aumento dependía, como en todos los países y situaciones, de las circunstancias políticas y de las necesidades gubernamentales. Los textos andalusíes nos hablan de la damana, derechos de mercancías o de los marasil o peajes; de la qabala, que daría lugar a las alcabalas de la Andalucía cristiana bajomedieval, aplicada a los productos de los zocos urbanos, especialmente los más vendidos; de la dariba del ganado y que es el término que hoy hace mención en mundo árabe a “impuesto”; el qati o impuesto de capitación no estrictamente legal o la taqwiya, que en algunas épocas de crisis se cobra como derrama, recogida casa por casa, en las ciudades de al-Ándalus. En estas épocas se implantan impuestos poco ortodoxos, que llegan a encubrirse con la denominación de azaque, o a cobrar tasas por los productos de un mayor consumo, como los corderos sacrificados en la fiesta canónica del Id al-Adha.
        Todo este sistema fue establecido en tiempos de los omeyas pero su uso continuó, variando el marco geográfico y el centro político, hasta el final de la permanencia de un Estado musulmán en el territorio. El sistema incluía la definición del sujeto objeto de tributos directos, la persona que poseía una casa y un vestido, y la exención de impuestos por privilegio personal, como la pertenencia a la familia real o razones especiales puntuales, como la pérdida de cosechas en un determinado lugar o comunidad o la residencia en la frontera. En su conjunto se configuraba como una administración descentralizada. El país se dividía en provincias que a su vez se organizaban en distritos. Los impuestos se fijaban y recaudaban en cada distrito. Del remanente obtenido al detraer los gastos de la administración pública en este ámbito, se daba cuenta y se incluía en los presupuestos provinciales. Las recaudaciones de la provincia, una vez restados los gastos de la administración provincial, se transferían al Estado, cuyos presupuestos estaban conformados por las aportaciones de las coras* de todo el país. Todo el sistema contaba con un cuerpo de inspectores centralizado que se ocupaba tanto de evaluar los rendimientos de las cosechas antes de realizar la recolección como de dictaminar que un determinado distrito debía ser liberado de impuestos un año, por catástrofe natural o por estar llevando a cabo una obra pública como la construcción de un sistema de defensa. Los impuestos se cobraban en moneda, nadd, o en especie, wazifa, por ejemplo en productos agrícolas, lo que permitía una intervención estatal reguladora en el mercado, sobre todo en tiempos de carestía, como los que provocaban, por ejemplo, los años de sequía típicos del clima mediterráneo.
        Los textos de la época no nos han dejado, por lo que conocemos hasta el momento, una relación sistemática de los importes de todo este sistema tributario en su conjunto. Sólo contamos con datos parciales, que nos hablan de un paulatino aumento de los ingresos del Estado según avanza la historia del país. Estos datos, como sucedía con toda la contabilidad estatal, se plasmaban usando el dinar o moneda de oro como moneda de referencia. Así, las fuentes, posiblemente usando datos oficiales de cancillería ya que las cantidades se repiten de un autor a otro, señalan cómo en tiempos de Abderrahmán III* los presupuestos del Estado central alcanzaron los cinco millones y medio de dinares, lo que sextuplicaba el importe de un siglo antes. En ese momento, en la primera mitad del X, las reservan estatales llegan a los 20 millones de dinares. El importe anual del Tesoro Privado entonces era de tres cuartos de millón de dinares. Las entradas estatales por acuñación de moneda en la ceca de Córdoba eran de 200.000 dinares, cuando salían de ella al año ocho millones de dinares y 24 millones de dirhemes. De las transacciones comerciales llegaban a las arcas centrales entonces otros tres cuartos de millón de dinares. De forma muy parcial, los autores aluden también al quinto del botín que se obtiene en ciertos momentos de las expediciones de verano a aceifas al Norte de la Península Ibérica, que con al-Hakam II* suben a más de un millón de dinares. Como cantidades  de referencia podemos indicar que un ministro ganaba entonces unos 40 dinares al mes o que, en la segunda mitad del siglo X, el maestro de obras de la mezquita mayor de Córdoba obtenía quince dinares mensuales o que el sueldo medio de las cien personas que componían la plantilla de servicio del mismo oratorio en ese momento era ocho dinares.

    Rafael Valencia
 
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