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TÉRMINO
- LUCENA
  ANEXOS
 
  • Lucena flamenca  Expandir
  • La ciudad de Lucena es otro de los enclaves flamencos con idiosincrasia propia en el mapa andaluz. Allí, desde 1959, radica una peña que ha intentado mantener vivos los estilos locales, como los fandangos abandolaos, en tres estilos diferentes, el de Dolores de la Huerta, el de Rafael Rivas y el de la calle Rute. Fruto de dicha tradición es la profusión de nombres flamencos ligados a esta localidad, como puedan ser los de Paco de Lucena o Niño Lucena, un cantaor de comienzos del siglo XX, que en 1927 alternaba en Madrid con Manuel Vallejo y que posteriormente triunfó en el Kursaal de Sevilla, como intérprete de medias granaínas, fandanguillos y cartageneras. También lleva el topónimo en su nombre artístico Dolores Crujera, conocida como Lola la de Lucena, a pesar de haber nacido a fianles del XIX en La Puebla de Cazalla. Fernando el de Triana reproduce incluso su fotografía en su libro Arte y artistas flamencos.

    Juan José Téllez
  • La aljama de Lucena  Expandir
  •     Pocas comunidades judías establecidas en al-Ándalus durante la época medieval consiguieron tan destacada fama como la de Lucena, cuyo resplandor cultural pudiera compararse al que alcanzaron los círculos literarios hispanohebreos asentados en las capitales cordobesa y granadina. Todos los cronistas judíos (Abraham ben Daud, Yosef ben Sadiq, Yshaq Abrabanel, etc.) o musulmanes (Ibn al-Qutiyya, Ibn Idari, Ibn Hayyán, Ibn Hazm, etc.) anteriores al Renacimiento europeo no dudan en calificar a Lucena como ‘ciudad de los judíos’ durante los siglos IX al XI, pues aquí se establece una aristocrática, selecta y populosa comunidad judía, en ocasiones centro jurídico y cultural de la diáspora en la España meridional. Su destacado relieve, en este aspecto, no ofrece ninguna duda.
        (...) El califato cordobés, como entidad, finaliza con la muerte de Hisan II (1031). Fueron 120 años de inigualable comparación en beneficio de la cultura árabe y judía. Con la desaparición de la academia cordobesa, el foco cultural hispanohenreo se traslada a Granada, bajo la protección del visir R. Semuel ibn Nagrela, y, en menor medida, la aljama de Lucena recibirá alguna innovación y será, una vez más, quien acoja a los judíos perseguidos en 1066, en esta ocasión granadinos, lo que supuso la casi desaparición de las prestigiosas academias de Granada. Ante estas circunstancias, hay algo que conviene destacar y que, en mi opinión, no ha sido debidamente interpretado: si hasta mediados de la undécima centuria en la academia de Lucena sobresalieron jurisconsultos, poetas y autores de responsa sobre temática muy diversa, es a partir de la destrucción de la comunidad granadina cuando Lucena se convierte en el centro para el estudio del Talmud, dirigido e impulsado por el norteafricano R. Yacob ha-Cohén Alfasí (...)
        La invasión almorávide pondría punto final a la aristocrática aljama de Lucena. En 1107, Ysuf ibn Tasufín irrumpe en la ciudad, y sus habitantes judíos tienen que entregar al invasor fuertes cantidades de dinero para obtener su propia libertad. Los años siguientes, y hasta la invasión almohade, la aljama de Lucena es un moribundo que espera su definitivo destino. Así ocurrió en 1148. Ahora (...) pueden recordarse los rasgados versos con los que lamentaba su pérpida R. Abraham ben Ezra (...): “El llanto de mis ojos, como fuentes, es por la ciudad de Lucena. Sin pecado y aislada allí moró la diáspora judía”.   

    Carlos Carrete Parrondo
    De Los judíos y Lucena. Historia, pensamiento y poesía. Edición de Jesús Peláez del Rosal.
  • La batalla de Lucena  Expandir
  • En el contexto general de la Guerra de Granada (1480-1494), la batalla de Lucena (1483) y sus consecuencias se fundamentan claramente en la nueva diplomacia exterior de los Reyes Católicos, que perseguía ante todo la división antagónica de los granadinos. En efecto, Muhammad XII –Boabdil, rey de Granada–, celoso de las campañas militares por Ronda de su padre, Abul-Hassan Alí, exiliado en Málaga, cruza el Genil con un poderoso ejército, al mando del caudillo de Loja, Aliatar, que llega a saquear las plazas de Cabra y Montilla, alcanzando la villa de Lucena. Le sale al encuentro el alcaide de los Donceles, Diego Fernández de Córdoba, con el marqués de Cabra y otros caballeros cristianos cordobeses. La derrota granadina es absoluta. El mismo Boabdil cae prisionero. El rey Fernando el Católico le impone unas durísimas capitulaciones a cambio de la libertad; entre ellas, treguas por dos años para todos los territorios granadinos que reconocieran la soberanía de Muhammad XII, el pago de 12.000 doblas de oro, la libertad de 400 cautivos cristianos y, sobre todo, el obligado vasallaje del rey de Granada. Pero Boabdil, una vez en libertad, no puede regresar a la capital del reino. Refugiado en Guadix observaba, impotente, cómo durante su cautiverio, su padre y sus enemigos habían dominado Granada y saqueaban ahora los campos de Ronda, violentando las treguas firmadas y abundando una vez más en la discordia entre los nobles y los caudillos locales granadinos.

    Manuel García Fernández
 
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