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TÉRMINO
- MACHADO, ANTONIO
  ANEXOS
 
  • El teatro de los Machado  Expandir
  • La producción teatral de Manuel y Antonio Machado no ha gozado nunca de la estimación crítica que, por el contrario, han merecido sus respectivas obras poéticas. Son pocas las palabras elogiosas dedicadas a sus textos dramáticos, excepción hecha del comentario que en fecha tan temprana como 1937 escribiera Francisco Cuenca: “Considerados como comediógrafos, las obras de los hermanos Machado resucitan en la dramaturgia española actual el teatro poético clásico y son bellísimos ejemplos de un género que, si poco propicio a estos tiempos de materialismo grosero, fue siempre el que imprimió al teatro español sus más grandes bellezas y su más acentuado relieve.
        Están todas ellas escritas en versos admirables de la más pura cepa castellana. Los parlamentos suenan deliciosamente y son tan gratos al oído como aquella antigua rima de alta alcurnia española tan saturada de armonía, elegancia y fluidez.
        Los que conozcan la modalidad poética de ambos hermanos apreciarán en seguida la palpitación de la vena gentil, el donaire, la gracia alada y evocadora de la musa de Manuel, en admirable consorcio con el amplio y profundo numen poético de Antonio, colmado de exquisita serenidad”.
        El gusto de ambos por el arte de Talía viene de su adolescencia, cuando escriben piezas que ellos mismos representan ante sus amigos, y se concreta en sus colaboraciones en La Caricatura. Frecuentan la farándula, asisten a tertulias e incluso Antonio se inicia como actor profesional. Aprenden el “oficio teatral” realizando críticas, traducciones (Hernani, de Víctor Hugo), refundiciones, adaptaciones (El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina)… Y poco a poco van concibiendo una teoría dramática, expuesta en los tiempos y lugares más diversos –las opiniones de Manuel Machado en Día por día de mi calendario o en el periódico El Liberal, las referencias contenidas en el Juan de Mairena de Antonio Machado–.
        El teatro es para ellos un arte de tradición y entienden que debe volverse a la “comedia española” como fórmula de autenticidad. Aspiran a crear personajes vivos, “como los que rodeamos en la calle –diría Manuel Machado–, verdaderos hombres y mujeres verdaderas que, con las eternas pasiones por móvil, dan lugar a todos los dramas del mundo, esos dramas que el pueblo (…) encierra en una frase bien sencilla y definitiva: cosas de hombres y mujeres.” Para cumplir tal fin, conceden especial relevancia al diálogo, a los monólogos, los apartes, las acotaciones, la música, los aspectos plásticos, visuales, auditivos… A todo aquello que pueda llenar sus obras de vida, de acción, de pasión, de cuerpo y de alma.
        El conjunto del teatro machadiano, que otrora alcanza gran difusión e influye en autores de la talla de Lorca, es postergado y preterido con el paso de los años. Sin embargo, al margen de sus valores literarios, se erige en un excepcional documento para comprender la monumental producción literaria de Manuel y Antonio Machado.

    Javier Vidal Vega
  • El pensamiento de Antonio Machado  Expandir
  • Antonio Machado no es un filósofo. Tampoco es un aprendiz de filósofo, sino un poeta. Dámaso Alonso sostiene que para comprender los rasgos fundamentales de la poética de Antonio Machado basta con leerle, y que “no hay que recurrir a ningún sistema filosófico”. No obstante, importa considerar la relación de Machado con el pensamiento porque a la luz de Bergson, Unamuno, Ortega y Gasset* o Heidegger se penetra mucho mejor en su obra. Machado sigue las conferencias de Henri Bergson en París en 1911, se licencia en Filosofía y Letras a fines de 1918, y en muchos textos se nota la admiración que siente hacia Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, dos escritores que representan para el poeta sevillano una España nueva. El acercamiento de Antonio Machado al pensamiento de Heidegger es posterior, y según cree Julián Marías no fue directo ni la información que tuvo procedía de las obras originales del filósofo alemán, sino de la traducción española del libro de Georges Gurvitch La tendencias actuales de la filosofía alemana (Madrid, 1931). Aun así, el texto que Machado escribe en diciembre de 1937 titulado Miscelánea apócrifa. Notas sobre Juan de Mairena, revela una finísima perspicacia en el poeta para adivinar el fondo heideggeriano incluso a partir de una fuente indirecta y superficial.
        Antonio Machado pertenece a una generación que, con Kierkegaard y Nietzsche como precursores, cuestiona el ideal racionalista de la modernidad y quiere redefinir el ser de las cosas –especialmente la existencia del hombre– incorporando la historia, los datos inmediatos, las circunstancias y el tiempo. Frente a una metafísica de esencias inmóviles –ya sea de corte hegeliano o positivista a lo Comte­–, la filosofía posterior a la I Guerra Mundial representada por Husserl y Heidegger se fija en la existencia humilde y caduca del hombre cotidiano, cuya esencia es el mismo existir. Por culpa de esta existencia finita, sobreviene la angustia, así como el miedo ante la soledad y abandono infinitos del hombre. La nada y la muerte ocupan el centro de la existencia humana. El ser es un ser para la muerte, hecho cabal y definitivo frente al que cabe la rebeldía unamuniana o la total resignación de Heidegger.
        A Machado le asombra la respuesta de Unamuno, aunque se adhiere a Heidegger. La muerte y el tiempo que conduce a ella son lo significativo. La poesía –según la famosa acuñación machadina– es palabra en el tiempo, de ahí que cuanto menos temporales sean los versos más lógicos serán y menos poéticos. “La vida es el ser en el tiempo, y sólo lo que vive es” dejó también escrito Machado. Y esta es precisamente la condición existencial del alma poética machadiana: el tiempo que pasa y fluye, y que, sin embargo, nos constituye. Entonces a la poesía le toca una función gnoseológica y salvadora a su manera. Le toca hacer familiar la experiencia de la muerte, presentarla no como un accidente fatal y absurdo sino como la existencia misma a punto de lograr su culminación; o advertir que el horizonte humano es “un sueño tranquilo y verdadero”.


    Alberto Guallart
  • Una antología ideal de Antonio Machado  Expandir
  • Para empezar, yo creo que el teatro –aparte de que sea de los dos Machado, y no sólo de uno– es lo más accesorio de su obra, por más que aún se siga dejando leer, y hasta representar o adaptarse al cine. Si este teatro no fuera de quien es, no tendría mayor interés que tantas otras piezas del modernismo en verso o en prosa, a la misma altura que un Villaespesa o un Marquina. Lo contrario es también verdad: por ser de Machado –es igual, de uno y otro–, esperábamos más; cuando se ha llegado a tan altas cumbres de la lírica o de la prosa, este teatro nos decepciona un poco. Es La Galatea o el Persiles de Antonio Machado. Es, por otro lado, un teatro más comercial de lo que se imagina, más artesano que genial. Digno, pero sólo eso. Lo que, claro, no es suficiente tratándose de Antonio Machado.
        ¿La prosa? Creo que la creciente estima que se ha venido produciendo hacia el Juan de Mairena no hará sino crecer, hasta situarse este como uno de los libros de prosa no narrativa más importantes de toda la literatura española. Pero el Juan de Mairena que publica Espasa Calpe en 1936, no las continuaciones de la Guerra Civil, donde el apócrifo ya apenas si se distingue del propio Antonio Machado, y desaparece en buena medida la ironía y el desdoblamiento, y los temas se plegarán a las urgencias de la dramática coyuntura. Tanto el verso como la prosa machadiana de los años de la Guerra Civil están demasiado condicionadas por unas circunstancias excepcionales, comprensiblemente excepcionales y comprensiblemente condicionadas. Y han de leerse sin perder de vista estas circunstancias. No nos referimos a ningún tipo de censura ni tampoco de insinceridad, pero es una obra puesta al servicio de una causa concreta y efímera –por más que fuese la suya–, y dirigida a esforzar y animar al combatiente, a arropar la obra del gobierno que él consideraba el único legítimo. Lo que no quiere decir que esta parte de su obra no sea interesante para la biografía de Machado (de hecho, es imprescindible), o que no se encuentren en ella versos y páginas del mejor Machado. Para nosotros, la obra de los años de guerra se encuentra en la zona de lo complementario, no de lo esencial de Machado. En realidad, más que de un Mairena póstumo, habría que hablar de un Machado póstumo, que se sobrevive lo bastante como para asistir a la derrota de sus ideales precisamente en el mismo momento de su victoria (me refiero, claro está, a su victoria en el campo republicano), tal y como él mismo había previsto en 1936 en una luminosa y terrible página de su Juan de Mairena:
        “Porque se avecinan tiempos duros, y los hombres se aperciben a luchar –pueblos contra pueblos, clases contra clases, razas contra razas–, mal año para los sofistas, los escépticos, los desocupados y los charlatanes. Se recrudecerá el pensar pragmatista, quiero decir el pensar consagrado a reforzar los resortes de la acción. ¡Hay que vivir! Es el grito de bandera, siempre que los hombres se deciden a matarse. Y la chufla de Voltaire: Je n’en vois pas la nécessité no hará reír, ni, mucho menos, convencerá a nadie. Y esta cátedra mía –la de Retórica, no la de Gimnasia– será suprimida de real orden, si es que no se me persigue y condena por corruptor de la juventud.”
        Nadie necesitó cerrar la cátedra a Juan de Mairena por real orden. Fue su propio creador quien se vio obligado a elegir entre la Gimnasia y la Retórica, entre la sofística y el pensamiento pragmatista. Machado tuvo que silenciar a Mairena –del que sólo quiso y pudo convocar un espantajo nominal, o una sombra pálida y tímida–, precisamente en el momento en el que mayor reconocimiento encontraba, cuando cada número de Hora de España se abría con una colaboración de Antonio Machado. Mairena no era viable ni posible en unos momentos en los que la única dialéctica efectiva era la de los puños y las pistolas. Y el primero en darse cuenta de eso fue el propio Machado.
        Pero, por mucho que sea el valor de su prosa mairenista de 1934-1936, Machado es ante todo, y sobre todo, un poeta. Un poeta irregular, con altibajos, como todos. Con cimas luminosas y con rincones de sombra, con poemas vivos y con poemas inertes. También aquí resulta indispensable una discriminación entre lo complementario y lo esencial, entre la poesía del poema vivo y la literatura del poema documento.
        En una antología ideal de la poesía de Antonio Machado, yo salvaría de su primer libro, Soledades, galerías y otros poemas, que ha suscitado, con razón, un creciente aunque tardío aprecio, casi todo. Es decir, sólo suprimiría poemas como el XIV, ‘Cante hondo’ (demasiado tópico, aplicado ejercicio de “escuela” modernista; el XVIII, ‘El poeta’ (de gran interés autobiográfico, pero un punto pasado de retórica); el XX, ‘Preludio’ (de “difuso y falso” lo califica Sánchez Barbudo, y con razón); el XXIII, ‘En la desnuda tierra del camino’ (críptico); el XLIX, ‘Elegía de un madrigal’ (extraño poema en dos partes poco relacionadas entre sí); y desde luego el LII, ‘Fantasía de una noche de abril’ (oscuro y “poco afortunado”, la expresión es de Ribbans, poema narrativo en dodecasílabos pareados, muy del gusto modernista).
        De Campos de Castilla excluiría lo más caducamente noventayochista, en el sentido de más de época y más exterior, todos aquellos poemas más cerebrales que cordiales, y que muchas veces no son sino discursos puestos en verso, aunque la maestría técnica de Machado parezca a veces que logre salvar lo insalvable: el XCVIII, ‘A orillas del Duero’; XCIX, ‘Por tierras de España’;  CI, ‘El Dios ibero’ (falso, retórico); CVII, ‘Fantasía iconográfica’ (malogrado intento de poema basado en una pintura basado en una pintura: su hermano Manuel hizo estas cosas mucho mejor en Museo); CIX, ‘Amanecer de otoño’ (descripción fría, sin emoción alguna); el CXIV, ‘La tierra de Alvargonzález’ (frustrado intento de contrahacer o remedar los romances de ciego, tan distintos del romacero verdaderamente popular: Machado hizo muy bien en no seguir por este camino); el CXVII (pastiche azorinesco); CXXXV, ‘El mañana efímero’ (muy celebrado de progresistas y muy objetado por tradicionalistas: en definitiva, un poema de tesis, y, como todas las tesis, bastante discutible); finalmente, toda la sección de ‘Elogios’ me parece claramente complementaria, no esencial.
        Nuevas canciones, aunque en conjunto no se pueda comparar a los dos grandes libros poéticos anteriores, contiene algunos de los mejores poemas de Machado. Como libro perteneciente a las postrimerías líricas de su autor, que va ya de vencida en cuanto al verso, no hablo aquí de poemas que excluiría, sino de aquellos que considero imprescindibles para esa ideal y esencial antología: fundamentalmente, los poemas del ciclo de Guiomar (que para mí resulta averiguado que comienza con los tres primeros sonetos de CLXIV, ‘Glosando a Ronsard’, y al cual va aparejado una cierta reelaboración o  reajuste de la figura de Leonor, ahora más divina que propiamente humana, objeto de veneración o de piedad, no de amor) y el soberbio soneto en que convoca la figura y el legado de su padre. Quizá todavía pueda escogerse algún apunte paisajístico, algún aforismo de los menos herméticos, de los más relacionados con los avatares de su corazón.
        De las poesías de guerra, se ha jaleado mucho su elegía a la muerte de Federico García Lorca, que, efectivamente, tiene trozos y versos memorables –igual que ocurre con el soneto a Lister–, pero que, en conjunto, tiene también algo de falso, de inauténtico (“Hoy como ayer, gitana, muerte mía, / qué bien contigo a solas...”): y atención a la errata señalada por Fernández Ferrer en el fragmento III, que casi todas las ediciones siguen reproduciendo, incluida la reciente antología de J. Marco). De todas estas poesías creo que para la antología esencial resultan imprescindibles los sonetos ‘La muerte del niño herido’ (la guerra en su faz más humana y menos política), ‘De mar a mar entre los dos la guerra’ (la guerra que vuelve en definitivamente imposible su imposible amor), y ‘Otra vez el ayer. Tras la persiana’ (doloroso recuerdo de su hermano de sangre y de alma, y de su natal Sevilla).
        Claro está que el que lea esta antología esencial no se conformará con esta antología esencial, y querrá leer más: felizmente, hoy todo Machado está publicado (aunque no siempre felizmente editado, dicho sea de paso).

    Enrique Baltanás
  • CRONOLOGÍA  Expandir
  • 1875    Nace en Sevilla el 26 de julio, en el palacio de las Dueñas.

    1881  
      Su padre Antonio Machado y Álvarez publica la Colección de cantes flamencos.

    1883  
      Tras ser nombrado su abuelo paterno, Antonio Machado y Núñez, catedrático de la Universidad Central, se traslada a Madrid con su familia. Allí ingresa, junto a su hermano Manuel, en la Institución Libre de Enseñanza.

    1889
        Inicia el bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros, matriculado como alumno libre.

    1893   
    El 4 de febrero fallece su padre en Sevilla. En julio comienza a colaborar, con Manuel Machado, en la revista La Caricatura, que dirige Enrique Paradas.

    1895 
       Muere el abuelo, Antonio Machado y Núñez. La familia atraviesa una crisis económica y, como consecuencia, debe trasladarse a un modesto piso de la calle Fuencarral. Joaquín Machado, su hermano más joven, emigra a Guatemala. Conoce a Valle Inclán.

    1896-1898 
       Colabora en el Diccionario de ideas afines, que dirige el lingüista y ex ministro republicano Eduardo Benot. En 1898 viaja a París para visitar a su hermano Manuel, que trabaja como traductor de la editorial Garnier. Allí conoce a Pío Baroja o Alejandro Sawa, entre otros escritores.

    1900    Finaliza los estudios de bachillerato. Actúa en pequeños papeles teatrales, con las compañías de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.

    1901  
      Publica sus primeros poemas en la revista Electra.

    1902 
       Realiza su segunda visita a París, entre abril y agosto. En la capital francesa entabla contacto con Rubén Darío, a quien le muestra sus versos. Inicia su amistad con Juan Ramón Jiménez.

    1903  
      Viaja a Granada junto a Valle Inclán. Aparece Soledades, su primera obra, y colabora en Helios, revista fundada por Juan Ramón Jiménez.

    1907    Obtiene una cátedra de francés en el Instituto de Soria, donde establece su residencia. Conoce a Leonor Izquierdo y contrae matrimonio con ella un año después. Publica una segunda edición ampliada de Soledades, con el título Soledades. Galerías. Otros poemas.

    1912   
    En junio aparece Campos de Castilla. El 1 de agosto, fallece Leonor, enferma de tuberculosis.

    1913-1918    En 1913 obtiene plaza de profesor en Baeza. Publica la primera edición de sus Poesías completas en 1917. Un año más tarde, se licencia en Filosofía y Letras por Universidad Central de Madrid.

    1919-1930 
       Ejerce la docencia en Segovia. Publica Nuevas canciones y comienza a estrenar diversas obras teatrales escritas junto a Manuel Machado, entre ellas Las desdichas de la fortuna (1926), Juan de Mañara (1927), Las adelfas (1928) o La Lola se va a los puertos (1929). En 1927 es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua, aunque nunca llega a ocupar su sillón. En 1928 conoce a Pilar Valderrama en Segovia y, un año después, le dedica Canciones a Guiomar en la Revista de Occidente.

    1931-1935 
       Se adhiere a la Agrupación al Servicio de la República, tras proclamarse el nuevo gobierno en España. En 1932 es nombrado hijo adoptivo de Soria. Continúa estrenando piezas teatrales, como La prima Fernanda (1931) o La duquesa de Benamejí (1932). Poesías completas alcanza su tercera edición en 1933. A partir de 1934 comienza a publicarse Juan de Mairena en el Diario de Madrid. 

    1936
        Aparecen Juan de Mairena y la cuarta edición de Poesías completas, última publicada en vida del autor. En noviembre, asediada Madrid por las tropas franquistas, se traslada con su familia a Rocafort (Valencia).

    1937    Pronuncia su discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas. Participa en el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Aparece su último libro, de prosa y verso, La guerra, con ilustraciones de su hermano José

    1938    Se refugia en Barcelona.

    1939    El 22 de febrero deja Barcelona para dirigirse al exilio en Francia. Justo un mes después, el 22 de febrero, fallece en Collioure. Tres días más tarde muere su madre, Ana Ruiz.

    1940 
       Aparece en Madrid la quinta edición de Poesías completas, con prólogo de Dionisio Ridruejo. José Bergamín edita las Obras de Antonio Machado en México.

    1947    Fallece Manuel Machado en Madrid.

    1959    Entre el 21 y el 23 de febrero se celebra un homenaje en Collioure, con motivo del vigésimo aniversario de la muerte del poeta. El acto no tiene repercusión en la prensa española.

    1961    Se inicia la colección poética Collioure, que cobija obras de José Agustín Goytisolo, Caballero Bonald, Carlos Barral o José Ángel Valente, entre otros.

    1989    Se celebra en Sevilla el Congreso internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado.

    2006    El hispanista Ian Gibson publica la biografía Ligero de equipaje.
  • La muerte del niño herido  Expandir
  • Otra vez en la noche… Es el martillo
    de la fiebre en las sienes bien vendadas
    del niño. – Madre, ¡el pájaro amarillo!
    ¡Las mariposas negras y moradas!

    –Duerme, hijo mío. –Y la manita oprime
    la madre junto al lecho. –¡Oh, flor de fuego!
    ¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
    Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

    fuera la oronda luna que blanquea
    cúpula y torre a la ciudad sombría.
    Invisible avión moscardonea.

    –¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
    El cristal del balcón repiquetea.
    ¡Oh fría, fría, fría, fría, fría!

    Antonio Machado
    De Mairena póstumo (1936-1939)
  • Oración por Antonio Machado  Expandir
  • Misterioso y silencioso
    iba una y otra vez.
    Su mirada era tan profunda
    que apenas se podía ver.
    Cuando hablaba tenía un dejo
    de timidez y de altivez.
    Y la luz de sus pensamientos
    casi siempre se veía arder.
    Era luminoso y profundo
    como era hombre de buena fe.
    Fuera pastor de mil leones
    y de corderos a la vez.
    Conduciría tempestades
    o traería un panal de miel.
    Las maravillas de la vida
    y del amor y del placer,
    cantaba en versos profundos
    cuyo secreto era de él.
    Montado en un raro Pegaso,
    un día al imposible se fue.
    Ruego por Antonio a mis dioses,
    ellos le salven siempre. Amén.

    Rubén Darío
  • Retrato  Expandir
  • Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
    y un huerto claro donde madura el limonero;
    mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
    mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

    Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
    –ya conocéis mi torpe aliño indumentario–,
    mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
    y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

    Hay en mis versos gotas de sangre jacobina,
    pero mi verso brota de manantial sereno;
    y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
    soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

    Adoro la hermosura, y en la moderna estética
    corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
    mas no amo los afeites de la actual cosmética,
    ni soy un ave de esas del nuevo gay trinar.

    Desdeño las romanzas de los tenores huecos
    y el coro de los grillos que cantan a la luna.
    A distinguir me paro las voces de los ecos,
    y escucho solamente, entre las voces, una.

    ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
    mi verso, como deja el capitán su espada:
    famosa por la mano viril que la blandiera,
    no por el docto oficio del forjador preciada.

    Converso con el hombre que siempre va conmigo
    –quien habla solo espera a hablar a Dios un día–;
    mi soliloquio es plática con este buen amigo
    que me enseñó el secreto de la filantropía.

    Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
    A mi trabajo acudo, con dinero pago
    el traje que me cubre y la mansión que habito,
    el pan que me alimenta y el lecho donde yago.

    Y cuando llegue el día del último viaje,
    y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
    me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
    casi desnudo, como los hijos de la mar.

    Antonio Machado

    De Campos de Castilla.
  • Cementerio de Collioure  Expandir
  • Hoy Machado y su madre siguen en el cementerio de Collioure, unidos en la misma tumba y pese a los intentos, durante la dictadura de Franco, de llevar sus restos a España. Hay cerca un buzón para mensajes. Llegan cartas desde el mundo entero, en una multiplicidad de idiomas, dirigidas a «Don Antonio Machado, Cementerio de Collioure», y se depositan en él. También se dejan papeles, poemas, cartas y otros recuerdos sobre la tumba. Casi siempre hay flores. Vienen con frecuencia grupos de escolares españoles con sus maestros, y leen los poemas que han preparado. El pequeño cementerio recoleto es lugar de peregrinaje cada año para miles de admiradores del poeta.
    A dos pasos, el hotel Bougnol-Quintana está cerrado, envuelto en un lúgubre silencio al lado del Douy. Existe un proyecto municipal para convertido en museo dedicado al poeta.
    En toda la región, a ambos lados de la frontera, la Europa democrática ha garantizado que el viajero se entere de lo ocurrido aquí en 1939. En Port Bou, donde a menudo sopla una tramontana feroz, se ha levantado, junto al cementerio, un imponente monumento a la memoria del escritor Walter Benjamín –que se suicidó en la localidad antes de ser entregado a los nazis por la policía franquista–, y del éxodo en general. En la estación de Cerbère un panel reza en francés, castellano y catalán: «Del 28 de enero al 10 de febrero de 1939, más de 100.000 españoles, hombres, mujeres y niños, pasaron por este túnel y esta estación de Cerbère forzados al exilio después de 3 años de lucha contra el franquismo. Fueron las primeras víctimas de la Segunda Guerra Mundial». En el Castillo Real de Collioure otro panel informa al visitante de los sufrimientos de los republicanos españoles encarcelados aquí durante aquellos meses.
    Flota en el ambiente cierto sentimiento de culpa por el trato acordado entonces a los refugiados.
    De los que ayudaron a los Machado en Collioure no hay rastro. Los viejos que juegan a la petanca bajo los plátanos de la Placette son otros. La tienda de Juliette Figuerès ya no existe. El tiempo destructor que cantó Machado ha hecho su trabajo. Pero queda la memoria de lo ocurrido aquí. Y queda el consuelo de la obra del poeta, cada vez más leída y traducida en el mundo entero.

    Late, corazón... No todo
    se lo ha tragado la tierra. (CXX).

    Ian Gibson
    De Ligero de equipaje (2006).   
 
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