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TÉRMINO
- ADRIANO
  ANEXOS
 
  • Adriano y las artes  Expandir
  • Debido a su educación esmerada, gran parte de la cual la recibió en Roma, y a sus cualidades personales, desde muy joven Adriano tuvo inclinación hacia las artes y a las letras, por lo que le gustó estar rodeado de poetas, filósofos, artistas y eruditos. Tenía una asombrosa memoria y una gran curiosidad por todo lo nuevo o lo desconocido, lo que le llevó a interesarse en los principios de la magia y la astrología. Estas inquietudes intelectuales se vieron potenciadas por el contacto con diferentes culturas en el transcurso de sus viajes.

    Apasionado por todo lo griego, intentó conciliar el significado filosófico y moral del helenismo con el pragmatismo político y militar romano, con la intención de alcanzar mayor equilibrio y prosperidad para el Imperio. Es conocido que hablaba y escribía correctamente la lengua de Homero y que imitó en sus formas (atuendo, peinado, barba) a los habitantes de Grecia. Se hizo conceder el cargo de arconte de Eleusis, y se preocupó de conservar y embellecer la ciudad de Atenas, por la que sentía gran predilección.
    Para muchos fue una nueva «época de oro», comparada con el reinado de Augusto, que se manifestó de manera especial en las artes, donaciones de grandes familias en forma de templos, calzadas, acueductos, teatros, circos, hospitales, orfanatos, escuelas y subsidios económicos. Construyó edificios de gran valor artístico que nos informan de sus gustos e ideas. Algunas de ellos fueron encargados al arquitecto Apolodoro de Damas-co, que ya había trabajado con Trajano*, tales como el Panteón, que fue reconstruido sobre una planta circular con la cúpula hemisférica; el Arco de Adriano, en el valle del Coliseo de Roma, y que después fue reutilizado por Constantino; la Villa Adriana, en Tívoli, constituida por diversos edificios bien integrados en el paisaje, en una extensión de 120 hectáreas; y el Templo de Venus, uno de los más grandes de Roma. Su mausoleo (actualmente el castillo de Sant'Angelo) fue inaugurado por el emperador An­tonino Pío y albergaría las cenizas de los emperadores, desde Adriano hasta Septimio Severo. En Atenas aún quedan restos del arco y la biblioteca mandadas a construir por él. Asimismo, en todas las provincias, tanto orientales como occidentales, han quedado restos ar­qui­tectónicos de su época.

    Durante sus viajes, fundó varias ciudades: A­dria­ná­po­lis en Tracia, y Antinoópolis en Egipto, esta última en conmemoración de su favorito Antínoo, ahogado en el Nilo y al que divinizó después de su muerte. De otro lado, el muro de Adriano, aunque construido con fines defensivos, es el monumento romano más importante de Gran Bretaña, siendo a su vez considerado como uno de los más importantes del mundo. Contaba con 117 kilómetros de los cuales se conservan hoy día vestigios en Britania. Su objetivo era defender las fronteras de las incursiones de los caledonios. La construcción comenzó en el año 122 d.C., finalizando cinco años des-pués. A lo largo de todo su recorrido se construyeron pequeñas fortificaciones.

    En las monedas mandadas a acuñar por él también se pueden ver sus preferencias. La mayoría de ellas con su imagen y leyendas de sus honores en el anverso y diferentes iconografías y referencias en el reverso. Entre las que destaca las referencias reiteradas a virtudes públicas como la paz, la justicia, la salud, la equidad, la concordia, la piedad, la clemencia o la felicidad.

    Francisco A. Muñoz
  • Roma andaluza  Expandir
  • De las cosas bellas de este mundo,
    los francos aman sobre todo el dinero;
    los judíos la buena comida; pero los
    andaluces aman, sobre todo, el amor

    Proverbio andaluz, siglo XI

    Apagados sus ojos, un relámpago iluminó por última vez el rostro del joven efebo que se hundía en las aguas del Nilo. La tripulación se arremolinaba en la proa y el emperador, ligeramente rezagado y apoyado sobre un mástil, apartó la mirada de aquel velo de agua que envolvía a su amado Antínoo. Irrumpieron en su memoria, como la brisa portuaria al rayar el alba, los susurros y las palabras pronunciadas en voz queda, los labios humedecidos que casi imperceptiblemente rozaban los carnosos lóbulos del joven bitinio, las notas arrancadas por sus dedos de una lira que, a través de sus hilos tendidos, dejaba entrever el perfil delicado y frágil de “aquel hermoso lebrel ávido de caricias y de órdenes”, los silencios que impregnaban el aire dorio de perfumados vocablos evocadores de una familia antigua y oscura, que emergía de la época de los primeros colonos arcadios a orillas de la Propóntida. Era el primer día del mes de Atir, el segundo año de la CCXXVI Olimpíada… Era el aniversario de la muerte de Osiris, dios de las agonías, y “a lo largo del río, agudas lamentaciones resonaban” y estremecían el maltrecho corazón de Adriano, un hombre de cabellos grises que sollozaba en el puente de una embarcación.
    La púrpura imperial, la tela santa que apenas colgaba de sus hombros, se deslizaba por la espalda y los muslos del que otrora ejerciera una potencia misteriosa, superior al hombre, y olvidara “en medio de tantas máscaras, en el seno de tantos prestigios, a la persona humana”, al niño que descendía de una vasta línea de antepasados establecidos en el municipio español de Itálica en la época de los Escipiones, al rapazuelo que junto a su abuelo Marulino aprendiera a escrutar el secreto fulgor de los astros, al adolescente que besó por última vez el rostro alargado de su madre, lleno de una dulzura algo melancólica. “De las hijas de Gades tenía los piececitos calzados con estrechas sandalias, y el dulce balanceo de las caderas de las danzarinas de la región asomaba en aquella joven matrona irreprochable”. Ahora, depositado el cuerpo del malhadado muchacho en los temblorosos brazos de Adriano, el emperador se derrumbaba sin que sus servidores pudiesen evitar su caída, y ya en el suelo apretaba contra su pecho la misma mano que, en la cima del monte Casio y ante un altar donde él y su séquito se disponían a cumplir un rito propiciatorio, se había aferrado a su brazo cuando un rayo fulminó a un sacerdote y al cervatillo que estaba a punto de ser sacrificado. “Antínoo temblaba, no de terror como lo creí en ese momento, sino bajo la influencia de un pensamiento que comprendí más tarde. Espantado ante la idea de la decadencia, es decir, de la vejez,  había decidido prometerse mucho tiempo atrás que moriría a la primera señal de declinación”.
    Sublime ciencia la del amor, sutil forma de acercamiento al Otro, técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo, del gobierno de los hombres y de los pueblos. Roma ya no está en Roma, escribía Yourcenar en Memorias de Adriano. “Había oído hablar de las sorprendentes irisaciones de la aurora sobre el mar Jónico cuando se la contempla desde la cima del Etna”. Y desde su cima, “cuando un inmenso velo de Iris se desplegó de uno a otro horizonte, extraños fuegos brillaron en los hielos y el espacio terrestre y marino se abrió a la mirada hasta el África visible y la Grecia adivinada”, el emperador, con aquella calma tan propicia para los trabajos y las disciplinas del espíritu, proclamó su majestad sobre el mundo. Andalucía tiene aires de imperio, aires de Roma andaluza.

    Javier Vidal Vega

    Artículo inspirado en Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.
  • La Colonia Aelia Augusta Italicensium  Expandir
  • Aún cuando no hay constancia de ninguna otra estancia en Itálica tras aquella primera visita juvenil, no perdería Adriano por ello las relaciones con la ciudad de sus antepasados. Allí no sólo seguían existiendo nu­merosas propiedades familiares y contaba con amplias clientelas, sino que la propia documentación se encarga de confirmar la intervención de Adriano en asuntos a favor o directamente relacionados con su patria. Pero, en cualquier caso, resulta de todo punto imposible diferenciar las relaciones de Estado de otras derivadas de mo­tivaciones más personales. Los propios italicenses eran obviamente los primeros interesados en captar y a­traer la voluntad del emperador, posible mientras con ello se reforzasen los lazos que por el origen le vinculaban a I­tá­lica, aquella localidad que desde Roma parecía tan remota y que en su funcionamiento se comportaba co­mo tantas otras ciudades provinciales, sin revestir por lo demás ningún papel administrativo de relevancia. El 19 o tal vez el 29 de di­ciembre de 135 d.C. la Bé­tica erigió a Adriano una inscripción en Tibur (Tivoli, a escasos kilómetros de Ro­ma), agradeciendo al emperador las liberalidades concedidas a la provincia desde el momento en que recibió el Imperio hasta el tiempo presente. Entre estos favores se contaría el otorgamiento del estatuto colonial, a petición de sus propios habitantes, a la ciudad de Itálica. Desde a­quel momento, como nos confirma la documentación, la ciu­dad pasaría a denominarse Colonia Aelia Augusta Italiciensis.
    En época de Adriano (117-138 d.C.) tuvo lugar una espectacular ampliación urbanística de la ciudad hacia el noroeste –la que Gracia Bellido designó impropiamente como nova urbs–, siguiendo tal vez unas pautas marcadas ya durante el reinado de su predecesor. Una es­pléndida red viaria de calles desusadamente amplias, la construcción del nuevo ramal del acueducto que aseguraba el abastecimiento de aguas, un impecable servicio de saneamiento, así como la construcción de grandes edificios públicos (termas con su palestra adjunta, Traianeum, anfiteatro…) y suntuosas mansiones particulares aportaron una nueva y moderna imagen a la ciu­dad, inspirada en los modelos helenísticos y sin pa­ra­lelo en las provincias occidentales. En Itálica la in­ter­vención directa del emperador en actividades edilicias la testimonian tanto las tuberías de plomo con su nombre –Imp(eratoris) C(aesaris) H(adriani) A(ugusti), como los espléndidos miliarios de la vía que, desde la ciudad, se dirigía al noroeste…

    Antonio Caballos Rufino, Jesús María Fatuarte y José M. Rodríguez Hidalgo
    De Itálica Arqueológica.
  • Las leyes de Adriano  Expandir
  • Cuando daba un dictamen, tuvo para su decisión no solamente a sus propios amigos o compañeros, sino jurisconsultos y principalmente a Juvencio Celso, Salvio Juliano, Neratio Prisco y otros, a los que, no obstante, había aprobado todo el senado. Estableció entre otras cosas, que en ninguna ciudad casa alguna fuera derruida para transferir material barato a otra ciudad. Con­cedió a los libres la duodécima parte de los bienes de los pros­critos. No admitió los crímenes de lesa majestad. Re­­chazó las herencias de desconocidos y no aceptó las de los conocidos, si tenían hijos. Hasta tal punto cuidó de los tesoros, que si alguien los había hallado en lo su­yo, él mismo sería el dueño, si alguien lo había hallado en lo ajeno, daría la mitad al dueño, y si lo había hallado en terreno público, lo dividiría equitativamente con el fisco. Prohibió que los esclavos fueran asesinados a manos de sus amos y mandó que éstos fueran condenados por los jueces, si fuesen culpables. Prohibió que fue­ra vendido el esclavo o la esclava a mercaderes o maestros de gladiadores sin causa mayor. A los derrochadores de sus bienes, si eran de su autoridad, mandó que fueran azotados en el anfiteatro y alejados. Suprimió las cárceles de esclavos y libres. Separó los baños por se­­xos. Si un amo era asesinado en su casa determinó que no hubiera una investigación de todos los esclavos si­no de éstos, que por cercanía habían podido tener co­nocimiento.

    Aelio Espartiano.
    De Sobre la vida de Adriano. Historia Augusta, 18.1.1. Traducción Marcelo Lorente Lindes
  • De la vida de Adriano  Expandir
  • El origen más antiguo del emperador Adriano es­tuvo en el Piceno y, posteriormente, en Hispania. Por lo que nos relata el mismo Adriano en su autobiografía, sus ancestros venían de Hadria pero se asentaron en Itá­lica en tiempos de los Escipiones. El padre de Adriano fue Aelio Adriano, por sobrenombre Afer, sobrino político del emperador Trajano; su madre fue Domitia Pau­li­na, natural de Cádiz; su hermana Paulina se casó con Ser­­viano; su mujer, Sabina, era descendiente de Ma­ru­li­no, el primer senador del Pueblo Romano en su familia.

    Aelio Espartiano.
    De Historia Augusta. Siglo III d. C. Traducción de A. Zoido
  • CRONOLOGÍA  Expandir
  • 76 d.c.    24 de junio, nace en Itálica (Bética).

    101-117
        Ocupa diversos cargos al mando de las le­giones.

    117    Es elegido emperador.

    121-125 
       Realiza un viaje por to­do el Imperio.

    128    Visita África.

    128  
      Se establece en Orien­te Próximo.

    132 
       Se produce la re­vuel­ta de los judíos, brutalmente re­pri­mi­dos y dispersados.

    134    Vuelve a Italia.

    138 
       El 8 de agosto mue­re en su retiro de Baia (sur de Italia).
 
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