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TÉRMINO
- ÁFRICA
  ANEXOS
 
  • África, en el corazón.  Expandir
  • Una leyenda urbana, más o menos reciente, atribuye a la isla de El Perejil el paradero mítico de Nausicaa, aquella princesa homérica que atendió a Ulises tras uno de sus naufragios. Ese peñasco, a tres kilómetros de Ceuta y a menos de doscientos metros del acantilado que bordea al poblado marroquí de Ben Younesh, era una simple guarida de contrabandistas y de traficantes, hasta que Marruecos y España se enzarzaron en un pintoresco litigio militar por dicho confín durante el verano del año 2002. A la otra orilla del Estrecho, en el umbral del siglo XXI, llegaban los nuevos odiseos, en forma de inmigración clandestina, en una ruta que viene desde más al sur de Senegal. Entre una y otra fecha, Andalucía y África canjearon mucho más que el vuelo de las aves migratorias: se dice que, en el albor de los tiempos, cuando los continentes se movían a mayor velocidad que ahora, el primer ser humano que llegó a Europa procedía de allí y que era una mujer negra.
    El litoral andaluz recuerda a la silueta del norte de África, como un mapa capicúa, un espejo que a veces se muda a las ciudades: dicen que la ciudad marroquí de Xauen fue construida a imagen de la de Vejer de la Frontera, por el capricho de la mujer de un jerarca que dominó ambos
    enclaves. Como Rumaiquiya, a la que, según se dice, también el rey-poeta Almutamid regaló los almendros a la vera del Guadalquivir, antes de terminar cargado de cadenas, precisamente al otro lado del mar, en aquel enorme territorio donde Andalucía limitaba con Tombuctú tras la huida de los últimos andalusíes, o nacía en Egipto o en La India, cuando llegaron por allí algunos de los gitanos –egipcianos le dijeron– que, junto a los que llegaron por el norte a partir de la ruta seguida en su éxodo europeo, se asentaron en España, quinientos años atrás. De Bagdad llegó hasta Andalucía aquel Pájaro Negro, músico, poeta y árbitro de la elegancia, que cambió las costumbres de la corte de Córdoba, desde qué alimentos se debían ingerir antes o después, hasta el laúd tetracorde al que añadió una quinta cuerda hasta coquetear descaradamente con la guitarra.
    Desde Ibn Batouta hasta Alí Bey, África hacía llegar su viento del desierto hasta los páramos andaluces, en tórridos veranos cuajados en llamas. Como sus canciones viajaban a través de un mar cubierto por windsurfistas, a galope entre las ondas de Radio Mediterranèe. Allí, en algún lugar de su fondo marino, descansan galeones cargados de doblones, submarinos nazis con un fabuloso tesoro en lingotes o incluso un vapor malagueño con un pintoresco cargamento de Tónica Schweppes, que se hundió cerca de Tarifa, mucho antes de llegar a la Feria de Sevilla.
    Las lonjas de esclavos de Cádiz y de Sevilla subastaban a los hijos de África: algunas poblaciones andaluzas nacieron en parte al pairo de los esclavos libertos, que también fundaron cofradías de Semana Santa, como la de Los Negritos, que aún sigue recorriendo las calles sevillanas. Más allá de los baños de Orán, donde Cervantes compartió presidio como un eco personal de la cárcel de Sevilla, África y Andalucía fueron bandadas de atunes y delfines, tiburones  surcando las aguas como submarinos nucleares jugando al gato y al ratón de los sonares y de los hidrófonos, durante la guerra fría del siglo XX. Claro que, antes, mucho antes de que Occidente se repartiese sus lindes en la Conferencia de
    Algeciras, el Barranco del Lobo se llenaría de sangre y Pedro Antonio de Alarcón llegaría hasta allí como corresponsal de guerra, en un tiempo anterior a cuando el colonialismo español echaba a pelear a Abd-el-Krim y a Raisuni, hasta que Annual fue sinónimo de un desastre superior en víctimas al de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, a 11 de septiembre de 2001. Desde África hasta Andalucía, volvieron los sefarditas bajo la clandestinidad del siglo XIX y, hasta allí, huyeron los andaluces cuando el año de los tiros, tras una guerra civil que iba a llenar el mundo de exiliados y desterrados españoles, ante los que una noche en Tánger, Juanito Valderrama estrenaría una canción titulada ‘El emigrante’. Desde África hasta Andalucía, desde Andalucía hasta África, viajaban Paul Bowles, Jean Genet, Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg o William Burroughs. Pero también Fortuny, Bertucci y Cruz Herrera, con Jacinto López Gorgé, Fanny Rubio o Eduardo Jordá, en épocas bien distintas.
    Cuando la independencia de Marruecos, allá por 1956, miles de andaluces volvieron grupas dejando parte de su alma entre la cal de Larache o en el ensanche de la medina de Tetuán. Cuando la marcha verde, fueron andaluces los que arriaron la bandera española en la última oficina de El Aaiún y también fueron andaluces los que recibieron a mansalva a los niños saharauis del exilio en Tinduf, durante los veranos del tercio postrero del siglo XX. En tiempos, proyectaron un puente para enlazar definitivamente a Andalucía y a África, pero apenas lograron acariciarse mediante gaseoductos y redes de interconexión eléctrica. En los transbordadores, mientras tanto, circulan ahora pilotos del París-Dákar, emigrantes marroquíes de vuelta a casa por vacaciones, cargados de chatarra y de electrodomésticos; o inmigrantes fracasados, devueltos en un triste furgón de la policía sin ninguna princesa Nausicaa que les devuelva a la vida.

    Juan José Téllez.
  • África y Andalucía  Expandir
  • La actual inclusión de Andalucía en el ámbito político, jurídico, económico y social de la Unión Europea no puede hacernos perder de vista la milenaria relación con el continente africano que, tras atravesar por muy variadas circunstancias históricas, se prolonga hasta nuestros días. Esta visión de las relaciones entre Andalucía y África puede también servirnos para plantear un futuro en el que ha de verse con perspectiva la situación actual. Desde una perspectiva histórica andaluza, el continente vecino es el Magreb, el África subsahariana y el Egipto que sirve
    de camino de ida y vuelta hacia Asia. Las relaciones con cada una de estas unidades son lógicamente bastantes diferentes. Desde el punto de vista físico, el sur de la Península Ibérica presenta ya unas notables semejanzas con el territorio del otro lado del Estrecho de Gibraltar. La
    formación geológica de ambas áreas, la flora que en ellas se desarrolla o la fauna histórica que la ha poblado nos muestran de forma clara estas semejanzas. El viajero que atraviese el pequeño brazo de mar que nos une a África podrá contemplar unos paisajes muy similares en los campos gaditanos y las llanuras cercanas a Tetuán, en las Alpujarras y las formaciones de la Yebala marroquí. Una milenaria historia común, de espacio político compartido o de enfrentamientos abiertos, salpica ambos paisajes de similares instalaciones humanas.
    Muchas de las civilizaciones que ayudan a configurar la historia de Andalucía se encuentran también implantadas, de forma simultánea, en el Norte de África. La romanización, una de las líneas maestras de la cultura andaluza, afecta también al territorio africano. En este sentido la Bética romana no constituye una formación aislada de la Tingitania. Es en ese momento cuando se usa por primera vez el término moro* para referirse a los habitantes del otro lado del Estrecho, los maurii de la Mauritania Tingitana. Las colonias griegas, cartaginesas o bizantinas no se plantean, a la hora de acercarse al Occidente del Mediterráneo, el establecer una frontera en las aguas del Estrecho como la que existe a comienzos de este siglo XXI. Incluso un fenómeno de tanta trascendencia para Andalucía como la cristianización de la Península Ibérica se realiza sobre el eje de esta relación con África. Hoy, tras más de ocho siglos de catolicismo vehiculado por Roma a través de las concepciones surgidas de Cluny, quizás no se percibe que el antiguo cristianismo hispano tiene una estrecha relación con África. San Isidoro de Sevilla* , su personalidad más representativa, resulta incomprensible sin figuras como la de San Agustín de Hipona, el padre de la Iglesia norteafricana.
    La conquista árabe de Andalucía supone un punto de inflexión de nuestra relación histórica con África. Desde comienzos del siglo VIII y hasta finales del XV, las dos orillas del Estrecho pertenecen al mismo espacio cultural, y en ocasiones a un idéntico marco político. Andalucía y el Magreb experimentan al mismo tiempo el doble proceso de arabización e islamización que marca su incorporación al Mundo Árabe medieval. El establecimiento de la dinastía omeya al frente de los destinos de al-Ándalus, desde el 755, establece una diferenciación política con las
    entidades estatales norteafricanas pero sobre la base de un espacio cultural y económico común. El territorio de alÁndalus se extiende entonces al otro lado del Estrecho, en confrontación con los mandatarios magrebíes como los idrisíes* de Fez o los rustumíes* de Tahert, en la actual Argelia. Pero a pesar de la autonomía política, Andalucía depende también entonces de África, como por ejemplo en el suministro de cereales en tiempos de escasez o del oro que proviene de allende el Sahara y que es tan necesario para una economía andalusí en expansión y altamente monetarizada. Esta relación, claramente establecida a pesar de los enfrentamientos y las guerras, se observa perfectamente cuando en el siglo XI, a la caída del Califato omeya de Córdoba, el territorio de al-Ándalus experimenta el mismo proceso de fragmentación política que el Magreb árabe tiene desde su nacimiento. En ese momento los Reinos de Taifas* andalusíes se prolongan más allá de Gibraltar.
    El final del siglo XI marca la entrada en el escenario de Andalucía de almorávides* y almohades* . Estas dinastías africanas, que vienen a apuntalar el poder del Islam en la Península, como antes lo hacen en África, suponen el establecimiento de un mismo poder político que llega
    desde más allá de Despeñaperros hasta el río Senegal. En ese momento, un mismo país es gobernado desde Sevilla y desde Marrakech. Los sultanes almohades, por ejemplo, comienzan su preparación, antes de llegar a la máxima magistratura del Imperio, como gobernadores de la capital hispalense. La caída de esta última plaza, en el siglo XIII, cuando Fernando III de Castilla* conquista todo el valle del Guadalquivir, origina un proceso que después va a repetirse en el siglo XV, cuando los Reyes Católicos entran en Granada, y en el XVII, al ser los moriscos expulsados de Andalucía. Se trata de las migraciones de andalusíes hacia las ciudades de Marruecos, Argelia o Túnez. Los movimientos
    de población son una constante entre los territorios andaluz y africano, pero en ese momento alcanzan una especial relevancia. Los emigrados de Córdoba, Sevilla, Jaén o Granada, como los de otros puntos de Andalucía significarán, en sucesivas oleadas, un aporte de primera magnitud para ciudades como Fez, Orán o Túnez, o su fundación como en el caso de Tetuán o los pueblos andalusíes del norte tunecino. Estos emigrados terminarán en ocasiones conformando entidades humanas tan específicas como la de los arma asentados en Songai* , en la curva del Níger.
    La configuración del reino nazarí de Granada, como última unidad política de la Andalucía árabe, trae consigo el establecimiento de la frontera* en el territorio andaluz y un tiempo de especial relación conflictiva con África como la que marca la denominada Batalla del Estrecho* . Pero, como en otras muchas ocasiones de la historia andaluza, una relación conflictiva no impide unos profundos intercambios culturales. La figura de los mercenarios que pasan del servicio de los benimerines al de los reyes castellanos, o viceversa, representa bien este momento. La entrada en el escenario de la corona portuguesa o las ciudades italianas como Génova o Pisa incrementa considerablemente la riqueza de este momento.
    La antesala de la época de los grandes descubrimientos del siglo XV convierte a Andalucía en la plataforma desde donde una sociedad preparada para la guerra durante toda la Edad Media va a continuar su actividad secular hacia el continente africano y al otro lado del Océano
    Atlántico. La costa de África representa el espacio lógico de expansión comercial y de otras actividades como la conquista territorial o la captura de esclavos. En ese momento, cuando el Imperio Español llega a ser una realidad, los africanos forman parte del territorio del “otro”, representado en último término por el Imperio Turco, la otra potencia del mundo entonces conocido. Esta época terminará con la del reparto colonial del XIX. Lo mismo que se abandona, a favor de América, la permanencia en el Norte de África, se volverá a ella cuando las antiguas Indias dejen de formar parte de la Corona española y el 1898 aboque a limitar la presencia colonial al territorio africano más próximo.
    El establecimiento del Protectorado Español en Marruecos, consagrado por el Tratado de Algeciras de 1912, marcará el principio de la relación con África en el siglo XX. Los territorios del Norte marroquí, los de Ifni, el Sahara o Guinea Ecuatorial, tendrán un significado especial para los andaluces hasta los procesos de independencia. Incluso después, Andalucía, desde los niveles individuales, los colectivos de la
    sociedad civil o los proyectos de cooperación gubernamentales, se marcará como objetivo prioritario por razones de cercanía geográfica y también histórica el continente africano.
    El final del siglo XX trae consigo un nuevo dibujo del marco internacional que también afecta a Andalucía y sus relaciones con África. Frente al mundo desarrollado en el que estamos incluidos, África se localiza en el espacio de los países de futuro difícil cuando no imposible. Fenómenos como la inmigración* o las necesidades de ayuda exterior para afrontar la vida diaria, nos colocan una vez más en la frontera. De este modo, problemas actuales que afectan a toda la Humanidad de forma global en un mundo cada vez más interconexionado, inciden en nosotros de manera más directa. El mañana debemos hacerlo pasar por una relación permanente y en todos los campos con el continente
    africano, ya que, como la historia nos demuestra, las dificultades de los territorios de una orilla del Mediterráneo acaban siempre afectando a los de la otra.

    RAFAEL VALENCIA.
  • Guerra de África  Expandir
  • Es más bien el enfrentamiento que el consenso y la armonía, la circunstancia dominante entre las difíciles relaciones hispanomarroquíes a lo largo del periodo que discurre entre los siglos XVIII y XX. Hasta el extremo de que la expresión que quizás mejor defina la tónica dominante que preside las convulsas relaciones entre ambos espacios socio-políticos es la de “contencioso hispano-marroquí”, entendido como el reflejo de una constante dictada por la necesidad de mutuo reconocimiento, la proximidad geográfica y las imperiosas necesidades de intercambio
    comercial o cultural. En suma, pues, podemos afirmar que la guerra, en cuanto que manifestación armada del conflicto latente entre dos fuerzas políticas o modelos de estado mutualmente enfrentados, es una característica fundamental en la definición del tradicional modelo de
    relaciones entre España y Marruecos. Junto a esa afirmación, es preciso aludir a las dos poderosas razones que influyen sobre esta determinación conflictiva, que tradicionalmente subraya la reciente historia de las relaciones y vínculos de España con sus dominios coloniales norteafricanos. En primer lugar, cabe mencionar el hecho fronterizo, pues históricamente la Península Ibérica y el Zagreb-al- Acsa se miran con recelo a través del estrecho que separa los dos espacios geográficos mencionados. Asimismo, las costas más meridionales de al-Ándalus y las aguas oceánicas que separan las Islas Canarias de la costa noroccidental africana, constituyen dos tradicionales escenarios demostrativos de la existencia de una suerte de frontera marítima entre España y Marruecos que precisa constantemente de una regulación diplomática no siempre fructífera. En segundo lugar, resulta inexcusable referir el condicionante de la Historia, pues al menos desde el año 711 y hasta 1492, se extiende una prolongada etapa de convivencia y enfrentamiento hispano-árabe entre las huestes musulmanas y los reinos cristianos peninsulares. Es más, desde el siglo XV al menos, las jóvenes y pujantes naciones cristianas de la cuenca mediterránea y radicadas en la península ibérica, emprenden una prolongada empresa expansionista que irremediablemente choca con el reino norteafricano de los Cherifes. En medio de una primera etapa de pugnas coloniales por el control de emplazamientos estratégicos, la penetración ibérica y europeo-occidental en los territorios berberiscos se sucede casi ininterrumpidamente desde la década de los treinta del siglo XIX (irrupción de las tropas expedicionarias francesas en Argel en 1830), hasta la fijación del Protectorado Hispano-Marroquí en 1912.

    ENFRENTAMIENTOS.
    Los primeros enfrentamientos de envergadura entre España y el reino cherifiano tienen lugar con motivo de la puesta en práctica de una política exterior expansionista, que busca el afianzamiento del prestigio en el marco europeo de una antigua potencia en franco retroceso. Sus objetivos fundamentales consisten en desviar la atención de los problemas internos y fomentar una conciencia nacionalista y patriótica, así como contentar a importantes sectores del ejército. En este sentido, la acciones bélicas más importantes son las llevadas a cabo en el norte de África, y especialmente en Marruecos. La conocida como Guerra de África se desencadena por cuestiones de tipo fronterizo en torno al presidio de Ceuta y su territorio circundante, poblado por la tribu de Anjera. Desde, al menos, la década de 1840, España viene reclamando un mayor número de garantías para los presidios y emplazamientos norteafricanos. En tal sentido, el tratado suscrito en 1859 permite al reino de España la obtención y el reconocimiento de garantías suficientes para el presidio de Melilla, mucho más acosado por el asedio expansionista marroquí. En medio de esta tensa situación, el gobierno español decide enviar a este conflictivo escenario al general O’Donnell, a quien acompañan otros destacados jefes militares de la época como Prim y Olórzano, para que dirijan una guerra en toda regla contra las milicias del sultán Abderramán, aliado de la tribu de Anjera. La guerra es dura y larga, y aún teniendo en cuenta la superioridad numérica de las tropas españolas y su dominio técnico, los marroquíes sacan partido de su particular conocimiento del terreno así como del empleo de nuevas tácticas de combate, absolutamente inesperadas para la oficialidad española. No obstante, la victoria española en Wad-Ras permite a España la incorporación del territorio de Sidi-Ifni, además de la ampliación del territorio ocupado en torno a la plaza de Ceuta.
    Tras la humillante derrota de España frente a la naciente potencia militar y naval de los Estados Unidos en la guerra hispano-cubano-norteamericana de 1898, la firma del Tratado de París de aquel mismo año, condena a nuestro país a la pérdida de la mayor parte de sus dominios coloniales y a la pérdida de su rango de potencia europea intermedia. A partir de entonces, España activaría su presencia en el territorio norteafricano, reforzando la protección de sus tradicionales emplazamientos mediante la construcción de los fuertes de Rostrogordo, Cabrerizas Altas y Sidi-Guariach. No obstante, después de un primer momento de retraimiento de su política colonial, a partir
    de 1906 España redobla sus intentos de penetración en el norte de África. Así pues, junto a una de las postreras oportunidades para mantener su posición, ya de por sí muy mermada, en el concierto europeo que se está modelando bajo la pujanza irresistible de las pugnas imperialistas
    entre las grandes superpotencias, España se ve obligada por la presión de estas últimas a firmar acuerdos de intervención y reparto sobre los territorios norteafricanos de la cordillera rifeña. La Conferencia de Algeciras del año 1906 y el posterior Tratado Hispano-Francés de 27 de noviembre de 1912, suponen su entrada en el reparto de las zonas de influencia disputadas entre los países europeos. Bajo el influjo de Gran Bretaña, que desea limitar la presencia francesa en el norte de África, se establece un Protectorado franco-español en el Rif, además de un enclave en la costa atlántica (Ifni y Río de Oro). La penetración española en esta zona se ve estimulada tanto por intereses económicos (de carácter minero, inversiones en ferrocarriles, obras públicas, extracción de recursos energéticos de alto valor, etc.) como, asimismo, por la
    voluntad política de restaurar el prestigio del ejército. Al tiempo que se efectúan concesiones a las tesis defendidas por los militares “africanistas”, que pretenden convertir a España en una nueva y emergente potencia colonial. Junto a todo ello, el mencionado tratado estipulaba la concesión de la extensa zona central y meridional (Marraquex) a manos de Francia.
    Sin embargo, la presencia española en esta polémica área está contestada de manera permanente por las tribus beréberes, organizadas en cabilas. Los continuos ataques de los rifeños obligan a mantener una fuerte presencia militar española en la zona, que se intensifica
    visiblemente a partir de 1909, cuando en medio de unas operaciones militares, más bien rutinarias, destinadas a asegurar la plaza de Melilla, los rifeños infligen una severa derrota a los destacamentos militares españoles en el denominado “barranco del Lobo”, ocasionando numerosas bajas entre estos últimos. Se decide entonces incrementar el número de soldados españoles en el Rif para evitar la caída de Melilla, para lo cual el gobierno decide el envío de tropas integradas por reservistas catalanes, muchos de ellos casados. Toda esta sucesión de circunstancias, añadidas a la ya de por sí creciente impopularidad de la guerra marroquí, y al odioso e injusto sistema de reclutamiento de quintas todavía imperante, provoca que el envío de este contingente de reservistas aludido pronto se convierta en la chispa y el detonante que provoquen un importante movimiento de protesta popular. Apoyado masivamente por anarquistas, socialistas y extensas capas populares de
    la ciudad de Barcelona, la movilización contra la guerra se inicia en el puerto de aquella ciudad el 18 de julio de 1909, mientras tiene lugar la salida de tropas hacia Marruecos.
    En términos generales, el Protectorado español en Marruecos es, a comienzos del siglo XX, una zona de escaso valor económico y con una endemoniada orografía, que dificulta la penetración militar del territorio y su ocupación efectiva por el ejército español. La empresa africana cuenta únicamente con el apoyo de algunos grupos empresariales o compañías mineras que pronto pierden su interés por la misma al confirmarse el escaso rendimiento económico que del Protectorado y sus zonas de extracción puede obtenerse. Las clases populares, de
    cuyos efectivos sale la tropa que debe defender la colonia, están totalmente en contra de la posibilidad de una nueva guerra colonial, sobre todo después de lo acontecido en los trágicos sucesos de Barcelona de aquel fatídico mes de julio de 1909. Además, los políticos tampoco
    tienen objetivos claros e instan a los militares a evitar cualquier enfrentamiento con las tribus indígenas, criticando los fracasos bélicos cuando se producen. Incluso el grueso mismo de las fuerzas armadas se halla profundamente dividido en torno a tan polémica cuestión, ya que el asunto de los ascensos por méritos de guerra siembra la discordia entre el ejército español y el “africanista”.

    EL RIF.
    No obstante, la implantación del Protectorado hispano-francés en Marruecos impuso, pues, a los gobiernos de la nación española una serie de compromisos internacionales lógicamente traducidos en la adopción de una serie de responsabilidades que necesariamente habían de ser respondidas. Uno de estos compromisos consistió en la sofocación de las múltiples insurrecciones locales que se sucedían de manera constante en las zonas de Yebala y el Rif. La primera de ellas se logró extinguir después de las campañas militares desarrolladas entre 1913 y 1919. Pese a todo ello, puede afirmarse que durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, el Protectorado español estuvo en calma. Pero una vez finalizado el conflicto, y bajo la presión que suponía la reanudación del intervencionismo francés en la zona, y de manera especial sobe sus territorios de influencia, las autoridades españolas decidieron reemprender sus acciones militares para afianzar el control del territorio, y de paso sofocar los múltiples focos de insurgencia indígena que iban apareciendo. La intervención tuvo un éxito inicial en la zona occidental, con base en Ceuta y Tetuán, encontrando por el contrario una mayor resistencia frente a las cabilas emplazadas en la zona oriental del Protectorado.
    En tal sentido, en la zona del Rif la insurrección local al mando del jefe Abd el Krim, de la tribu de los Beni Urriaguel, puso en serios aprietos a la comandancia de Melilla. Desde el año 1919, Abd el Krim venía reforzando su posición y la de su familia dentro de los Beni Urriaguel, hasta
    organizar en los comienzos de 1921 un ejército dotado con cerca de seis mil hombres procedentes de diferentes tribus rifeñas: Boqoya, Bani, Túzin, Temsaman y Beni Ammart. La financiación de esta fuerza militar fue posible gracias a los contratos y exclusivas concesiones para la explotación de los recursos mineros de la zona que suscribieron distintas compañías belgas, francesas e incluso españolas, como la Setolazar. En el verano de 1921, las tropas de Abd el Krim comenzaron a atacar a las españolas, que trataban de ampliar la zona ocupada por España, a raíz del reparto que de Marruecos había hecho en 1912 este último país con la vecina Francia.  Para hacer frente con eficacia a todo este cúmulo de presiones y ofensivas, en julio de 1921 el general Silvestre inició una campaña con el objetivo de extender el control militar español alrededor de la ciudad de Melilla, adentrándose pues en el corazón del Rif sin haber protegido suficientemente su retaguardia ni haber asegurado los abastecimientos. La reacción de los rifeños no se hizo esperar y las cabilas de Abd el Krim atacaron por sorpresa el puesto español de Annual, provocando una gran desbandada entre las tropas españolas, que perdieron así todo el territorio inicialmente ocupado y sufrieron más de 10.000 bajas en la refriega.
    Según los estadillos de fuerza que contabilizaban los efectivos militares destacados en la zona oriental, dependiente de la comandancia de Melilla, aquéllos ascendían, teóricamente al menos, hasta los 25.790 hombres, aún cuando en realidad no llegaban ni tan siquiera a los 17.000. Las mismas fuentes describían una situación próxima al caos. Cada jefe parecía mandar por su cuenta, y así mientras el general Marina había intentado un acuerdo con el jefe rifeño El Raisuli, el general Fernández Silvestre le hacía la guerra por su cuenta en la zona de Larache. Entretanto, Abd el Krim organizaba las cabilas rebeldes y entrenaba las fuerzas rifeñas con arreglo a métodos modernos de combate. La tarde del 22 de julio de aquel año 1921, toda España supo que la zona oriental del Protectorado se había hundido estrepitosamente y que los rifeños, al mando de Abd el Krim, marchaban sobre Melilla. El informe posteriormente conocido como ‘Expediente Picasso’, en alusión al general que ordenó su instrucción, relata la sucesiva caída de las posiciones mantenidas en Annual, Nador, Zeluán y Monte Arruit, perdiéndose en estas acciones 12.981 hombres, 14.000 fusiles, 100 ametralladoras y unas 115 piezas de artillería. En 1924 Abd el Krim comenzó el ataque contra la zona occidental del Protectorado, la Yebala, ocupando Xauén y cuatrocientos puestos más al aprovechar la retirada de las tropas españolas en su repliegue hacia Tetuán.
    Ante la magnitud del desastre, la impopularidad de la empresa marroquí crispó a la opinión pública, y las reacciones políticas aparecieron de inmediato. La prensa y los contrarios a la intervención colonial culpabilizaron al gobierno y al ejército, acentuándose aún más, si cabe, el distanciamiento entre los militares y la clase política. El gobierno dimitió y se inició un proceso parlamentario encaminado a indagar las responsabilidades militares y políticas de la derrota. A tal efecto se nombró una comisión en el Congreso, encargada de confeccionar un informe sobre lo sucedido en Marruecos, que debería ser presentado a las Cortes una vez culminada su elaboración. Este informe, mencionado más arriba, y conocido como el ‘Expediente Picasso’, provocó fuertes debates en las Cortes. Y contó con la oposición del conjunto del ejército, que quería frenar el asunto puesto que de él podían derivarse responsabilidades humillantes para los altos mandos militares que incluso podrían llegar a implicar a la institución monárquica en el desencadenamiento del desastre mismo. Al parecer, y debido a su amistad con Alfonso XIII, el general Silvestre se sintió impulsado por el monarca a iniciar su ofensiva sin tomar las precauciones necesarias. Se inició así un agitado y tenso debate parlamentario en el transcurso del cual, la minoría socialista, con el apoyo de los republicanos, demandó medidas drásticas que apuntaban directamente al ejército y al Rey.

    ANNUAL. De este modo, la cuestión de Marruecos se convirtió en un factor básico en el irrefrenable agravamiento de la crisis política padecida por el sistema de la Restauración durante las primeras décadas del siglo XX. El debate en torno a las responsabilidades del desastre
    militar en la guerra hispano-marroquí se convierte así en un elemento decisivo, que llevó a los militares a optar por una decisión de fuerza que acabase de manera expeditiva con la constante erosión de su prestigio entre amplios sectores de la opinión pública y la sociedad española
    de la época. Es por esto mismo que el expediente que debería proceder a la depuración de responsabilidades en torno a lo acontecido en Annual no llegó nunca a las Cortes, ya que días antes de la fecha prevista para su discusión se produjo el golpe de Estado protagonizado por
    el general Primo de Rivera.
    Durante la primera etapa de la Dictadura, el conflicto de Marruecos centró el interés de Primo de Rivera, que asumió personalmente el Alto Comisionado de Marruecos en 1924. A partir de 1925 se inició una política de colaboración con Francia que incluyó una acción militar
    coordinada. Fruto de esa colaboración, y del cambio de rumbo impreso por Primo de Rivera a la estrategia política y militar seguida en torno al Protectorado, fue el desembarco en la bahía de Alhucemas del año 1925, saldado con un enorme y sonado éxito. Después de varias derrotas, Abd el Krim acabó rindiéndose a los franceses el 27 de mayo del año 1926, tras firmar con ellos la rendición de sus tropas en Taza, para acabar confinado en la isla de Reunión desde el 4 de junio de aquel mismo año. A partir de 1927 la lucha prácticamente había finalizado y las tropas españolas dieron por concluida la ocupación efectiva de todo el Protectorado.
    Tras un prolongado paréntesis, el estallido de la Guerra Civil en 1936 volvió a otorgar una importancia estratégica crucial a las posesiones españolas norteafricanas del Protectorado. Este último tampoco fue ajeno a los avatares de la II Guerra Mundial. Sin embargo, las acciones
    bélicas en este agitado entorno geográfico volvieron a aflorar con motivo de la denominada Guerra de Ifni, transcurrida entre julio de 1957 y febrero de 1958. Este último episodio bélico constituye claramente una muestra residual del colonialismo español sobre los territorios periféricos de Marruecos, en medio de una etapa histórica marcada por la descolonización y la edificación de un nuevo orden internacional. Después de algunos años, en 1969 el enclave fue devuelto a la soberanía del reino alauita de Mohamed V, que había signado su independencia con Francia  el precedente año 1956. Después del conflicto de Ifni, España mantenía en la zona únicamente la colonia de Río de Oro, que pasó a denominarse Sahara Occidental. Hasta que la devolución de este último enclave a los gobiernos de Marruecos y Mauritania entre septiembre de 1975 y enero de 1976 pusiese fin, transitoriamente al menos, al africanismo español contemporáneo.

    FRANCISCO COBO ROMERO.
  • El Estrecho une  Expandir
  • El Estrecho ha unido más que separado en muchas ocasiones; incluso el territorio andaluz ha estado más volcado hacia el Mediterráneo
    y África que hacia la Meseta y el interior de la Península. Y de hecho, las comunicaciones hacia el norte no son importantes hasta que la centralización iniciada por los Borbones a principios del XVIII se potencia con Carlos III. Entonces se crean unos pueblos (La Carolina,
    La Luisiana, Santa Elena…) que jalonan el camino real a Madrid, casi desierto, de difícil tránsito y con presencia de bandoleros. Lo abrupto de Despeñaperros, hecho y símbolo de frontera, los bosques, la escasa agricultura y población han sido históricamente mucho más obstáculo que el Mediterráneo. Además no siempre ha existido ese mar entre los territorios andaluz y norteafricano, sino que durante millones de años han estado unidos, ya que gran parte de lo que hoy es Andalucía se sustenta en el borde septentrional de la placa tectónica africana (la corteza terrestre se divide en placas que se mueven lentamente, a escala geológica, cuyos materiales datan del paleozoico, hace 600 millones de años). Y ese borde se denomina macizo bético-rifeño, precisamente porque durante los plegamientos alpinos (hace 25 millones) se forman tanto las cordilleras Béticas como el Rif, que permanecen unidos hasta el final de la era Terciaria (hace unos seis millones de años), en que se
    hunde la parte de Alborán* y se abre el Estrecho de Gibraltar. Antes, no sólo hay orígenes, evolución, rocas y estructuras geológicas similares y simétricas, sino que se producen intercambios de flora y vegetación, cuyas semejanzas aun perduran.

    GABRIEL CANO.
 
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