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TÉRMINO
- ALBAICÍN
  ANEXOS
 
  • Los cármenes del Albaicín  Expandir
  • El carmen (en árabe karm, que se traduce como parral) era una casa de placer con un jardín que cumplía también funciones productivas y que se ubicaba mayoritariamente extramuros, a ser posible en un lugar con perspectivas paisajísticas. La expulsión de los moriscos dejó numerosas ca­sas abandonadas en el Albaicín, y a partir de la unión y derribo de varias de ellas podía conformarse un único edificio de nuevas características. El resultado era las más de las veces una casa de compleja disposición con finca distribuida en paratas en la que se cultivaban hortalizas y árboles frutales, en ocasiones con un sentido ornamental. Hubo gente acomodada que se ins­taló en espaciosos cármenes, como el poeta Soto de Rojas (1584-1658), que ocupó la conocida como casa de los Mascarones y creó en ella un “paraíso cerrado”; pero más numerosas eran las casitas con un pequeño huerto del que la familia obtenía una parte de su dieta o de sus ingresos.
    En el segundo cuarto del siglo XIX algunas familias burguesas empezaron a construirse cármenes en el Albaicín, en los que buscaban tanto el revalorizado pintoresquismo del barrio como las vistas a la Al­ham­bra. El jardín ornamental gana el pulso al huerto productivo y se practica una jardinería de marcado gusto romántico mientras la arquitectura apuesta por el re­gio­nalismo. Es ahora cuando se crea un arquetipo, que perdura hasta nuestros días, de jardín en paratas con emparrados, glorietas, altos cipreses, empedrado de can­tos de río y casa de planta irregular adaptada al des­nivel con tejados árabes, balcones que miran al paisaje y terrazas.

    Juan Manuel Barrios Rozúa
  • El Albaicín  Expandir
  • […] Hacia el norte está el Albaicín, otra ciudad fuera de las murallas antiguas de la verdadera ciudad de Granada. Tiene las calles tan estrechas y angostas, que las casas en su mayoría se tocan por la parte alta, y por lo general un asno no puede dejar paso a otro asno, como no sea en las calles más famosas, que tienen de anchura quizá cuatro o cinco codos, de manera que un caballo puede dejar paso a otro. Las casas de los sarracenos son en su mayoría tan reducidas –con pequeñas habitaciones, sucias en el exterior, muy limpias interiormente–, que apenas es creíble. Casi todas tienen conducciones de agua y cisternas. Las cañerías y acueductos suelen ser dos: unos para el agua clara potable; otros para sacar las suciedades, estiércoles, etc. Los sarracenos entienden de esto a la perfección. Hay abiertos en todas las calles canales para las aguas sucias, de manera que cada casa que no tiene cañerías por las dificultades del lugar, pueda arrojar durante la noche sus inmundicias en aquellos canales. No abundan las cloacas, y sin embargo, los hombres son limpísimos.
    En tierra de cristianos, una casa ocupa más espacio que cuatro o cinco casas de sarracenos. Por dentro son tan intrincadas y revueltas, que las creerías nidos de golondrinas. De aquí proviene que se diga que en Granada hay más de cien mil casas, como yo buenamente creo. Sus tiendas y casas se cierran con sencillas puertas de madera y clavos de palo, como se acostumbra en Egip­to y en África, pues todos los sarracenos convienen tanto en las costumbres co­mo en los ritos, uten­silios, viviendas y demás cosas. […]


    Jerónimo Münzer
    El embajador veneciano recorre tierras españolas en 1495, de Viaje por España.
  • El Albaicín o el difícil parto de la pluralidad cultural  Expandir
  • El Albaicín ha sufrido en diferentes épocas, des­de el siglo XVI, tras la primera expulsión de los moriscos, hasta la década de los sesenta del siglo XX, un acusado proceso de despoblamiento, un éxodo hacia otros barrios granadinos de nueva construcción. Pero no ha disminuido nunca su centralidad en el cam­po de las mentalidades. El Albaicín alberga el “mito de la fundación de la ciudad de Granada”, y de otra parte es de­positario como barrio de los caracteres más marcados del casticismo granadinista. Se trata en consecuencia de un espacio urbano marcado por un intenso significado cultural. Este significado, convertido en leyenda de los orígenes, procede del mundo hispanorromano, escenificado a través de las excavaciones frau­dulentas de Juan de Flores en el siglo XVIII a la búsqueda de un su­pues­­to foro romano en el corazón del ba­rrio, y del mundo mozárabe, rehabilitado por el arabista decimonónico Ja­vier Simonet.

    El Albaicín tuvo, en consecuencia, un periodo mudejarista tras la conquista de Granada y la lenta penetración de los cristianos, que fueron adquiriendo propiedades y ocupando cargos municipales y de representación colectiva en detrimento de los moriscos. Las rebeliones mudéjares que, buscaban el restablecimiento del espíritu y letra de las capitulaciones de 1492, tuvieron a su frente a notables moriscos guiados por el afán de integración. El caso más célebre es el Núñez Muley, entroncado con la estirpe de los meriníes de Fez, que resumió los argumentos moriscos a favor de su propia diferencialidad cultural, y de otra parte vindicó la españolidad de su pueblo, en un célebre memorial dirigido a Felipe II. La condición centrífuga y centrípeta a la vez de los albaicineros de las épocas siguientes hizo que arraigase en el barrio, ya vaciado de moriscos, la incredulidad religiosa, junto a la religiosidad católica representada por iglesias y conventos. El hueco dejado por los mo­riscos fue ocupado por la etnia gitana en buena medida, pero siempre en la periferia del arrabal, en el cerro de San Miguel y en el precitado Sa­cro­mon­te, lugares donde el hábitat era troglodita, en cuevas. Se dice que los gitanos llegaron con los Re­yes Ca­tó­licos y que ocupaban en su ejército, es­tablecido en Santa Fe, el oficio de herreros; oficio que ejercieron luego durante siglos en el camino del Sa­cro­monte. Así las cosas, la minoría diferencial del Al­baicín serían ahora los gitanos, que desde el punto de vista religioso eran formalmente cristianos, pero que en la realidad ejercían un ateísmo práctico.

    El Albaicín se dirigió siempre históricamente hacía fuera en cuanto espacio urbano marcado por el mito fundacional, y hacia adentro donde seguía permaneciendo el hecho de la incredulidad. Don Andrés Manjón* y el sargento Colo­mera fueron dos personajes de la pos­guerra que marcaron la vida cotidiana del barrio. El sargento Co­lo­mera, como jefe del puesto de la guar­dia civil que existía, encargado de mantener el orden en un ba­rrio con fama de levantisco, y el padre Manjón, canónigo del Sacro­monte, que se había empeñado en la obra caritativa de integrar a los gitanos en la vida social y cristiana me­dian­te el uso de métodos pedagógicos al aire libre pensados para ellos. El padre Manjón, que adjudicaba a los gitanos toda clase de vicios, consideraba que los “ultragitanos”, se­gún él “los socialistas de todas las tendencias”, eran aún peores que aquellos ya que su incredulidad era más consciente y más dañina. El mo­nolitismo del castizo barrio granadino nunca fue completo, bien al contrario.

    Pero el acontecimiento de ma­yor significación en los últimos años ha sido la construcción de la mezquita sita en la parte más visible y frecuentada del Albaicín. De otra parte, el Albaicín posee desde hace pocos años, coincidiendo con la de­mo­cracia política y la inmigración so­cial, un au­tén­tico zoco musulmán en la zona de la Cal­de­rería, que sirve de foco de atracción a estudiantes y tu­ristas que se sienten atraídos por un exotismo que asimilan a la Alham­bra. El despoblamiento de au­tóc­to­nos, el encarecimiento desorbitado del suelo y las difi­cultades para lo­grar los permisos urbanísticos, han hecho que un nú­mero muy alto de extranjeros, ge­ne­ralmente diletantes, hayan ad­qui­rido propiedades en el arrabal al­bai­cinero, provocando una ola sorda de rechazo xenófobo entre los autóctonos, cuyas consecuencias aún es­tán por conocerse. El Albaicín, en re­su­midas cuentas, aún está lejos de ser un barrio pluricultural, si bien to­dos los caminos de la modernidad con­ducen allá ineluctablemente.

    José Antonio González Alcantud
 
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