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TÉRMINO
- ALBERTI, RAFAEL
  ANEXOS
 
  • Marinero en tierra  Expandir
  • NOTICIA. Marinero en tierra es el primer libro concebido y es­crito como tal por Alberti: es el que supuso su primer reconocimiento público y el que primero lo dio a conocer. En él está explicitado, y desde muy pronto, lo que podemos denominar sus formas y su mundo. Su pintura de entonces –“barcos, playas, olas, salinas, árboles y castillos de la bahía de Cádiz”– coincide con esta escritura, a la que, en cierto modo, preludia y adelanta. Ma­yo de 1917 es la fecha que las aglutina a ambas: “¡Dios mío! Yo traía las pupilas mareadas de cal, llenas de sal blanca de los esteros de la Isla, traspasadas de azules y claros amarillos, violetas y verdes de mi río, mi mar, mis playas y pinares”. El traslado de su familia a Madrid le impone su primer “destierro”, que él entiende y vive “desmar”: idealiza, pues, la sal y los esteros de su infancia que, rabiosamente detenidos dentro de su memoria, se convierten en su más firme reserva espiritual. A ella y a ellos regresará numerosas veces, invocándolos como recuerdo de su paraíso perdido y como correlato de su angustiada y conflictiva identidad. La muerte de su padre, en marzo de 1920, cataliza un proceso que, en 1923, se concreta en una voluntad de escritura: empieza entonces –dice– “a escribir en serio”. Una afección pulmonar –“Adenopatía hiliar con infiltración en el lóbulo superior del pulmón derecho”– le inspira una serie de poemas que él, con nombre muy de la época, ra­dio­gráficos, y, en un retiro en la Sierra de Gua­da­rra­ma, escribe su “primera canción de corte tradicional: Mi corza”. Inicia así la composición de su “primer libro or­gánico”, cuyo título provisional –Mar y tierra– dejaría paso al definitivo Marinero en tierra, con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en el año 1924-1925. El jurado estuvo compuesto por Ramón Menéndez Pidal, Carlos Arniches, Antonio Ma­cha­do, Ga­briel Miró, José Moreno Villa y Gabriel Maura. En su Vida en claro Mo­reno Villa ha referido los pormenores de aque­lla votación en la que Gerardo Diego obtuvo de re­sul­tas, con Versos humanos, el segundo premio. Y Alberti ha dado a conocer el “papelito amarillento, medio roto, escrito con una diminuta y temblorosa letra”, en el que uno de los miembros del jurado le hacía llegar, dentro de uno de los ejemplares presentados, su opinión: “Mar y tie­rra [de] Rafael Alberti Es [sic], a mi juicio, el mejor libro de poemas presentado al concurso. Antonio Machado”. No muy distinto al de don Antonio iba a ser el absoluto sí de Juan Ramón, el primero que supo ver la singularidad de esta poesía “popular”, pero sin acarreo fácil: personalísima; de tradición española, pero sin retorno innecesario: nueva, fresca y acabada a la vez; rendida, ágil, graciosa, parpadeante: andalucísima”, como le escribe, el 31 de ma­yo de 1925, en una carta que las sucesivas edi­ciones del libro iban siempre a incluir y en la que El Andaluz Uni­ver­s­al define esta escritura co­mo “exquisita sangre evaporada”.
    Marinero en tierra da la medida de un poeta que todavía es menos dueño de su mundo que de su forma; que aspira a una libertad de estirpe romántica y que aparece sometido a un constante juego de tensión: de tensiones. Lo que genera el dinamismo mayor que el li­bro tiene: el de su dialéctica, que es lo que el lector de sus páginas siente y lo que el poeta le transmite y le da.
    En Marinero en tierra existe ya todo el binarismo y el sistema de contraposiciones duales en que toda su poesía posterior se moverá: el mar / la ciudad, la libertad de la naturaleza / el orden impuesto por la familia y la sociedad. El lector percibe ese continuo juego de tensiones que el poeta sufre más que analiza, entiende o ve. Lo que el joven Alberti hace es traducido a un simbolismo de cromática visiones, en las que se produce un reitificación del mundo humano y una antropomorfización del mundo natural.
    Muchos años después, en 1967, Alberti describiría los ejes y fuentes de este primer libro suyo así:

    “Yo nací junto al mar. Yo sigo siendo siempre un poeta del mar […]. Cuando apenas tenía quince años, me arrancaron del mar, convirtiéndome para siempre, desde entonces, en un marinero en tierra. Separado de mi bahía de Cádiz, en donde vi la luz, y de su insigne río –el Guadalete–, y ya viviendo en tierras interiores de Castilla, por sus altas llanuras y montes de pinares, la nostalgia hecha espuma de aquel mar de mi infancia y años adolescentes se me va a ir convirtiendo poco a po­co en canción, y los ritmos entrecortados y ágiles de sus ondas van a ceñirme la memoria, cruzándomela de lo po­pular andaluz. Y es, además, un poeta maravilloso, el hispano-portugués Gil Vicente, quien me va a encaminar, con su canción sencilla y temblorosa, a nuestros puros cancioneros musicales de los siglos XV y XVI, ha­llando en ellos –como García Lorca por su lado– nuevos caminos de entronque con nuestra mejor poesía tradicional, la no contaminada de las fórmulas métricas re­nacentistas, en las que ya también, por mi creciente amor a Garcilaso, había comenzado a enredarme en sus mallas. De todo esto y de otras cosas profundas mías es hijo este mi hoy ya tan lejano Marinero en tierra”.


    De Rafael Alberti, Obras Completas, Poesía I.
    Edición de Jaime Siles, Seix Barral, 2003. (La Noticia es una aportación del editor recogida en estas O. C., que asimismo también ofrece una Noticia bibliográfica y variantes sobre el poemario).
  • 1917-1923: De la pintura a la poesía  Expandir
  • “Dibujar y pintar. Febrilmente. Academias. Di­bu­jo de estatuas clásicas en el Museo de Re­pro­duc­cio­nes. Copias en el Museo del Prado: Zurbarán y Goya. Pin­tura al aire libre: impresionismo. Luego, cu­bismo. Conozco a los pintores Daniel Vázquez Díaz y Robert Delaunay. Concurro al Salón Nacional de Otoño, figurando con dos obras en la sala de los nuevos, llamada por la gente vulgar y conformista la “Sala del crimen”. Hacia 1921 comienza mi vocación literaria. Es­cribo algo ya, pero todavía pinto. Con una exposición de dibujos y cuadros en el Ateneo madrileño, me despido de mi primera vocación”.

    Rafael Alberti
  • Sobre los ángeles  Expandir
  • NOTICIA. El libro «más complicado y difícil» de todos los de Alberti –según Francisco Javier Díez de Revenga (1997)– y el que representa –según Debicki, 1967– «el punto culminante» de su lírica temprana es tal vez también el que más ha atraído la atención de los estudiosos. El binarismo en que se mueve y el problema vital planteado desde Cal y canto en su «Carta abierta» exponen una crisis del sujeto, visible tanto en la pérdida del paraíso como en la imposibilidad de su búsqueda o de su vuelta a él (cf. Siles, 2003, pp. XXXI-XLVI).
    El título se lo sugirió a Alberti Pedro Salinas, que comentó el libro en una conferencia, pronunciada en la Residencia de Estudiantes el 20 de diciembre de 1928, con motivo de una lectura pública hecha antes de que el mismo se publicase.
    La bibliografía sobre este libro de Alberti es tal vez la más apasionada y abundante, y no es cuestión de sintetizarla aquí. Algo de eso hemos hecho en las noticias y las notas que en esta edición se acompañan y que van referidas casi a cada poema en sí. Remitimos al lector a ellas.
    En cuanto a lo que el libro supuso para Alberti y para la configuración de su mundo poético e interior, nos limitamos a reproducir las palabras del propio poeta, en las que hay una interpretación:
    «Amor. Ira. Cólera. Rabia. Fracaso. Des­con­cier­to. Sobre los ángeles.
    «¿Qué espadazo de sombra me separó casi insensiblemente de la luz, de la forma marmórea de mis poemas inmediatos, del canto aún no lejano de las fuentes populares, de mis barcos, esteros y salinas, para arrojarme en aquel pozo de tinieblas, aquel agujero de oscuridad, en el que bracearía casi en estado agónico, pero violentamente, por encontrar una salida a las superficies habitadas, al puro aire de la vida? […] Yo no podía dormir, me dolían las raíces del pelo y de las uñas, derramándome en bilis amarilla, mordiendo de punzantes dolores la almohada. ¡Cuántas cosas reales, en claroscuro, me habían ido empujando hasta caer, como un rayo crujiente, en aquel hondo precipicio! El amor imposible, el golpeado y traicionado en las mejores horas de entrega y confianza; los celos más rabiosos, capaces de tramar en el desvelo de la noche el frío crimen calculado; la triste sombra del amigo suicida, como un badajo mudo de campana repicando en mi frente; la envidia y el odio inconfesados, luchando por salir, por reventar como una bomba subterránea sin escape; los bolsillos vacíos, inservibles ni para calentarme las manos; las ca­minatas infinitas, sin rumbo fijo, bajo el viento, la llu­via y los calores; la familia, indiferente o silenciosa ante esta tremenda batalla, que asomaba a mi rostro, a todo mi ser, que se caía, sonámbulo, por los pasillos de la casa, por los bancos de los paseos; los miedos infanti­les, invadiéndome en ráfagas que me traían aún re­mor­dimientos, dudas, temores del infierno, ecos umbríos de aquel colegio jesuita que amé y sufrí en mi bahía ga­di­tana; el descontento de mi obra anterior, mi prisa, algo que me impelía incesantemente a no pararme en nada, a no darme un instante de respiro; todo esto, y muchas co­sas más, contradictorias, inexplicables, laberínticas. ¿Qué hacer, cómo hablar, cómo gritar, cómo dar forma a esa maraña en que me debatía, cómo erguirme de nue­vo de aquella sima de catástrofes en que estaba sumido? Sumergiéndome, enterrándome cada vez más en mis propias ruinas, tapándome con mis escombros, con las en­trañas rotas, astillados los huesos. Y se me re­velaron en­tonces los ángeles, no como los cristianos, corpóreos, de los bellos cuadros o estampas, sino como irresistibles fuerzas del espíritu, moldeables a los estados más turbios y secretos de mi naturaleza. Y los solté en bandadas por el mundo, ciegas reencarnaciones de todo lo cruento, lo desolado, lo agónico, lo terrible y a veces bueno que había en mí y me cercaba.
        »Yo había perdido un paraíso, tal vez el de mis años recientes, mi clara y primerísima juventud, alegre y sin problemas. Me encontraba de pronto como sin nada, sin azules detrás, quebrantada de nuevo la salud, estropeado, roto en mis centros más íntimos. Me empecé a aislar de todo: de amigos, de tertulias, de la Re­si­dencia, de la ciudad misma que habitaba. Huésped de las nieblas, llegué a escribir a tientas, sin encender la luz, a cualquier hora de la noche, con un automatismo no buscado, un empuje espontáneo, tembloroso, febril, que hacía que los versos se taparan los unos a los otros, siéndome a veces imposible descifrarlos en el día. El idioma se me hizo tajante, peligroso, como punta de es­pada. Los ritmos se partieron en pedazos, remontándose en chispas cada ángel, en columnas de humo, trom­bas de ceniza, nubes de polvo. Pero mi canto no era oscuro, la nebulosa más confusa se concretaba, ardiéndose en la mía, sacudía mis antros con más fuerza, haciéndome arrojar en medio de las calles, enloquecida lava, cometa anunciador de futuras catástrofes”.


    De Rafael Alberti, Obras Completas, Poesía I.
    Edición de Jaime Siles, Seix Barral, 2003.
  • El pintor poeta  Expandir
  • Hubiera conseguido la misma fama que al­can­zó como poeta si se hubiera dedicado por completo a la pintura, actividad que a­mó profundamente durante toda su vida y a la que de­di­có uno de sus más bellos libros. Estuvo al tanto de las primeras vanguardias y, por tanto, su pintura está inundada de los sabores frescos que ellas desprendían. Su obra es un can­to colorista, un poema plástico don­de las fi­guras al­canzan un compromiso cromático lleno de inu­si­tados al­cances. La pintura de Alberti está llena de es­tilizadas figuras, de símbolos que go­zan de los mismos encantos que sus imágenes poéticas y con las que, in­clu­so, llegan a fundirse en una dan­za surreal de luz y co­lor.

    BERNADO PALOMO
  • La poesía de Rafael Alberti (1931-1939)  Expandir
  • Con los zapatos puestos ten­go que morir’ (Elegía cívica, 1930) es el texto que marca la transición de Rafael Alberti hacia el compromiso político. Sin embargo, el texto no supone una ruptura, sino más bien la culminación de ese ciclo que abarca Sobre los ángeles, Sermones y Mor­a­das y El hombre deshabitado. Alberti de­finirá Elegía Cívica como un tipo de poesía “subversiva, de conmoción individual”, “crisis anarquista y tránsito de mi pensamiento”, pero también es consciente de las dificultades que entraña la lectura de su Elegía, en la misma línea de Ser­mones y Mo­ra­das. El poeta quiere en­contrar un lenguaje accesible a un público mu­cho más amplio, y va a hacerlo a través del teatro: así surge Fermín Ga­lán, que anticipa en la escena lo que iba a ser la “poesía si­multánea a los hechos” de El poeta en la calle. La actitud ideológica de Alberti estaba muy clara, como se ve en las páginas de La Arboleda Perdida: “La causa del pueblo, ya clara y luminosa, la tenía ante mis ojos”.
    El libro (o colección) El poeta en la calle es el que agrupa los primeros poemas netamente comprometidos de Alberti. Fue publicado por vez primera en Poesía (1924-1937), edición que apareció en Madrid durante la guerra (Ed. Signo, 1938), pero incluye poemas escritos desde 1932, año decisivo para la nueva orientación militante de su poesía, re­fle­jada en libros breves como Con­sig­nas o Un fantasma recorre Eu­ropa, ambos de 1933. La poesía política de Alberti alterna la denuncia so­cial con la reflexión autobiográfica. En la poética que inserta en la antología de Gerardo Diego, Poesía española (1934), escribe: “Antes, mi poesía es­ta­ba al servicio de mí mismo y de unos pocos. Hoy no. Lo que me impulsa a ello es la misma razón que mue­ve a los obreros y a los campesinos: o sea, una razón revolucionaria”. La re­volución de Asturias tendrá una presencia importante en El poeta en la calle, donde los poemas que se refieren a estos sucesos son agrupados bajo el epígrafe “Homenaje popular a Lope de Vega”, una clara alternativa al homenaje a Góngora de 1927.
    Bajo el título De un momento a otro (1934-1939) se agrupan los poe­mas escritos por Alberti inmediatamente antes y durante la guerra ci­vil. El libro, que posee una estructura mucho más definida que El poeta en la calle, se divide en cuatro partes: ‘La familia (Poema dramático)’, ‘El terror y el confidente’, ‘Trece bandas y cuarenta y ocho estrellas’ y ‘Capital de la Gloria’. Así aparece distribuido en la edición de Poesía (1924-1937). En la primera sección, de contenido autobiográfico, Alberti emplea un lenguaje reflexivo que, según ha señalado Luis García Montero, anticipa los mejores logros de la poesía de los años cincuenta y primeros sesenta. Lo que más importa es la liquidación de la conciencia burguesa y la denuncia de la familia como institución conservadora, lugar de reproducción de la ideología dominante. A raíz de la segunda estancia en la URSS, con motivo del congreso de es­critores de 1934, Alberti y María Te­re­sa León sufren un primer destierro. Viajan, entonces, a His­pa­noa­mé­rica con el objeto de recaudar fondos para los damnificados de la revolución asturiana. De esta época inmediatamente anterior a la Guerra Civil son los apartados “El terror y el confidente”, con poemas que en principio aparecieron en Nuestra diaria palabra (1936), y Trece bandas y cuarenta y ocho estrellas (Poema del Mar Ca­ribe), publicado también en 1936.
    La poesía comprometida de Al­berti se define cada vez más en torno a la dialéctica Poesía/ Vida/ Re­vo­lu­ción, siempre opuestas a la gue­rra y a la muerte, ya sea en los poemas an­tiim­perialistas de “Trece bandas y cuarenta y ocho estrellas”, ya en los que se sitúan en plena guerra civil española. Al regresar desde Ibiza a Madrid en julio de 1936, inicia junto a María Te­resa León una etapa de intensa actividad: es secretario de la Alianza de In­te­lectuales An­ti­fas­cistas, dirige la re­vista El Mono Azul y el Museo Ro­mán­tico y figura como soldado de avia­ción, bajo las órdenes de Hidalgo de Cis­ne­ros. Viaja a Paris y Moscú para organizar el II Congreso de Escritores en De­fen­sa de la Cul­tura, que se celebraría en Va­len­cia, y adapta la tragedia cervantina Nu­mancia, además de intervenir en nu­me­ro­sísimos recitales y ac­tos públicos. De “Ca­pital de la gloria”, cuarta sección del libro De un mo­men­to a otro, se ha destacado la va­­riedad in­ter­na, la utilización de distintos procedimientos formales: hay en estos poemas una profunda reflexión sobre la tragedia, un tono discursivo, elegíaco, que se sitúa en la mis­ma línea de otros poetas leales a la Re­­pública (Pra­dos, Cernuda, Gil-Al­bert, Alto­la­gui­rre...). Una constante de la poesía de guerra de Alberti es el can­to al héroe individual o colectivo; en otros poemas observamos el contraste entre la naturaleza y la realidad trágica de la gue­rra. Sin embargo, en los últimos meses del conflicto bélico, se advierte la pérdida de fe en la palabra poética co­mo arma de combate (así, en “Nocturno”: “Siento esta no­che heridas de muerte las palabras.”), y la insatisfacción de Alberti no sólo se re­fiere al desarrollo de la guerra sino tam­bién a su propia poesía: en el poe­ma “De ayer para hoy”, que inicia su primer gran libro del exilio, Entre el clavel y la espada (1939-1940), ha­bla del desorden im­­puesto, la prisa y la “urgente gramática necesaria”, y re­clama para sí “el iné­dito asombro de crear.” El compromiso político jamás de­­saparecerá en la poesía de Alberti, pe­ro no se considera  una “exi­gencia” ex­terna a la poesía, sino una respuesta frente a la dominación y la injusticia.

    Antonio Jiménez Millán
  • CRONOLOGÍA  Expandir
  • 1902    Nace el 16 de diciembre en El Puerto de Santa María (Cádiz).

    1912 
       Ingresa en el Colegio de San Luis Gonzaga, de los jesuitas.

    1917    Se traslada a Madrid con su familia. Visita por vez primera el Museo del Prado.

    1920    Muere en Madrid don Vi­cente Alberti, padre del poeta. Concurre con su pintura al Salón Na­cional de Otoño, en Ma­drid.

    1922    Publica sus primeros ver­sos en la revista Ho­ri­zon­te. Expone sus cuadros en el Ateneo de Ma­drid y se despide de la pintura.

    1923
        Por motivos de salud se retira a la sierra de Gua­darrama, donde escribe Mar y tierra.

    1924  
      En Madrid, y en la Residencia de Estudiantes so­bre todo, traba amistad con Federico García Lor­ca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Vicente Alei­xandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y José Bergamín. Mar y Tierra, su primer libro, convertido en Marinero en tierra, obtiene el Premio Na­cional de Literatura.

    1925 
       Publica La amante.

    1926
        Escribe El alba del alhelí. Conoce a Ignacio Sán­chez Mejías, Fernando Villalón y Luis Cernuda.

    1927    Escribe Cal y Canto. Co­no­­ce a Manuel de Falla. In­­ter­viene activamente en el homenaje a Gón­­­go­­ra que dará lugar a la lla­mada “Generación del 27”.

    1929    Publica Cal y Canto y So­bre los ángeles. Es­cribe Sermones y moradas y Elegía cívica.

    1930    Boda con la escritora María Teresa de León.

    1931    Estrena sus primeras obras teatrales: El hombre deshabitado y Fer­mín Galán. Se tras­lada a París. Se afilia al Partido Comunista.

    1934 
       Funda con María Teresa León, su esposa, la re­vis­ta revolucionaria Oc­tu­bre. Asiste como primer invitado al I Con­gre­so de Escritores So­vié­ticos. Viaja por Ru­sia. Es huésped de Va­lle-In­clán en Roma, en­ton­ces director de la Aca­demia Española de Bellas Ar­tes en la capital italiana. Da conferencias y recitales en América.

    1936
        Secretario de la Alianza de Intelectuales An­ti­fas­­cistas. Director de la re­vis­ta El mono azul. Director del Museo Ro­mántico. Su amigo Fe­de­rico García Lorca muere fusilado en Granada.

    1937 
       Participa en la organización del II Congreso Inter­nacional de Escritores.

    1939
        Al perder la guerra el Go­­bierno republicano, se ve obligado a salir de Es­paña. María Te­re­sa y él trabajan como locutores en París. Es­cribe La ar­bo­leda perdida, Vida bi­lingüe de un refugiado es­­pañol en Francia y En­tre el clavel y la es­pada. Vive en una casa junto al Sena con Pablo Ne­ruda y Delia del Ca­rril.

    1940  
      Zarpa de Marsella, con María Teresa, rumbo a Argentina. Intelectuales y artistas le reciben allí con los brazos abiertos y la Editorial Losada le pu­blica Poesía (1924-1939).

    1941
        Nace en Buenos Aires su hija Aitana.

    1943    Viaja por Argentina y pronuncia conferencias en distintos lugares.

    1944
        Margarita Xirgu le estrena en Montevideo su adaptación de la cervantina Numancia y, en Buenos Aires, la obra El Adefesio.

    1948  
      Publica A la pintura y Salmo de alegría en honor del pueblo de Israel.

    1949
        Expone en la Galería Punta del Este, Uruguay. Publica en Montevideo Coplas de Juan Pana­dero, Cantata de la paz y la alegría de los pueblos.

    1954  
      Publica Baladas y canciones del Paraná.

    1956    Escribe la obra teatral Noche de guerra en el Museo del Prado.

    1959    Publica los libros I y II de sus memorias La arboleda perdida.

    1963    Abandona Argentina y regresa a Europa, donde se establece en Roma.

    1968 
       En la Scala de Milán se estrena un ballet basado en poemas del libro So­bre los ángeles. Publi­cación de Roma, peligro para caminantes. Nuevas exposiciones en diversas galerías de Italia.

    1970    Publica Los ocho nombres de Picasso, así como Prosas encontradas. Reedición de Sobre los ángeles.

    1971    Escribe el poema ‘Condena’, en defensa de los vascos condenados en el consejo de guerra de Burgos.

    1974    Es nombrado miembro del Tribunal Russell.

    1975    Finalmente se publica en España La arboleda perdida, que aparece también  en versión italiana.

    1976 
       La gran actriz María Ca­sares estrena en Madrid El adefesio.

    1977
        El día 27 de abril regresa a España con su esposa, María Teresa León. Termina el largo exilio. Le eligen diputado por el Partido Comunista en la provincia de Cádiz, pero no tarda en renunciar al escaño para seguir siendo “un poeta en la ca­lle”.

    1978 
       Estrena en Madrid, en el teatro María Guerrero, Noche de guerra en el Museo del Prado. Inicia los recitales con Nuria Espert: Canto abierto de la poesía española.

    1980 
       Cumple con la promesa hecha a Federico García Lorca de ir a Granada.

    1981 
       Recibe el premio Na­cio­nal de Teatro. Y el premio Salinas, junto con Jo­sé Bergamín, otorgado por la Universidad Interna­cio­nal Menéndez y Pelayo.

    1982    Publica Versos sueltos de cada día. La Uni­ver­si­dad de Tolouse le nombra doc­tor Honoris Cau­sa. También recibe el nom­bramiento de Co­men­dador de las Artes y las Letras de Francia. Home­naje popular en El Puerto de Santa María cuyo ayuntamiento le concede la “Coquina de plata”.

    1983    Año de premios: el Cer­vantes, el “Opera Om­nia” de la Asociación Co­legial de Escritores y el Popular de la Vendimia, Racimo de Oro, en Trebujena (Cádiz).

    1984 
       La gira de recitales con Nuria Espert se prologa por Italia, Inglaterra, Ve­nezuela, Nicaragua, Fran­cia, Suiza y otros países. Forma parte de la Mos­tra Internacional de Cine de Venecia.

    1985    Doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz. Círculo de Lectores organiza un homenaje para festejar su 83 aniversario.

    1986    Publica Golfo de sombras, con dibujos de Manuel Rivera, y Los hijos de drago. Recibe el premio Al Jatib, de poesía, en Almuñecar, y la ”Carabela de plata” de teatro en La Rábida (Palos de la Frontera, Huelva).

    1987  
      El 18 de julio sufre un accidente de tráfico que interrumpe durante un año sus conferencias y recitales. Publica el se­gun­do volumen de sus me­morias, La arboleda per­dida; Accidente (Poe­mas del hospital) y Cua­tro canciones (anticipo de Canciones para Altair).

    1988    Homenaje multitudinario en el teatro romano de Mé­ri­da. “Medaille Pi­ca­sso” de la UNESCO, en Pa­rís. Es­tre­na en el Cen­tro Cultural de la Villa de Madrid El hombre deshabitado. Muere María Teresa León.

    1989    Ingresa en la Real Aca­demia de Bellas Artes de San Fernando y en la de Santa Cecilia. Publica Canciones para Altair.

    1990    Se casa con la escritora María Asunción Mateo, que en este mismo año había publicado Rafael Alberti. Antología poética (Volú­menes I y II) en Ediciones de la Torre. Es nombrado doctor Ho­no­ris causa por la Uni­ver­sidad de Burdeos. Viaja a Italia y México en donde recibe homenajes y condecoraciones.

    1991 
       ARCO (Feria Interna­cio­nal de Arte Contem­po­rá­neo) se inaugura con una ex­po­sición de la pintura de sus últimos cuarenta años. Viaja a Ro­ma, Ná­po­les y Capri, en donde ofre­ce varios recitales. Con Paco Ibá­ñez presenta en Madrid y en El Puerto de Santa María, el espectáculo de poesía y música ‘A Galo­par’.

    1992 
       Comienza a vivir, junto a María Asunción Mateo, largas temporadas en la casa de El Puerto de Santa María, cedida por el Ayuntamiento. Viaja de nuevo a Cuba. Recibe el Premio Andalucía de Investigación sobre te­mas andaluces “Plácido Fer­nández Viagas”, en Se­vi­lla. Se estrena en Sevilla “La Ga­llarda”, dirigida por Mi­guel Narros, dentro de los actos de inauguración de la Expo’92.

    1993 
       Recibe en Granada el Pre­mio Andalucía de las Le­tras. En Valencia es distinguido con la Me­da­lla de Oro de Bellas Ar­tes, que le concede el Rey Juan Car­los I. Asi­mismo, es nombrado doctor Honoris causa por la Universidad Com­plu­tense de Madrid. Abre las puertas su ca­sa-museo, en El Puer­to de Santa María.

    1994    En El Puerto de Santa María inicia su andadura la Fundación Rafael Alberti.

    1995    El Salón del Libro de Bur­deos homenajea su quehacer literario y la Univer­si­dad Poli­técnica de Valen­cia lo nombra doctor Honoris causa.

    1996    Dos nuevas distinciones emocionan al poeta: Hijo Predilecto de la provincia de Cádiz y Alcalde Perpe­tuo de la ciudad de El Puerto de Santa María.

    1998 
       La ciudad de Roma nombra a Alberti Ciudadano de Honor. Así mismo, recibe la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Cataluña.

    1999  
      El poeta fallece en El Puerto de Santa María el 28 de octubre.

    2003-2004
       Con motivo del Cen­­­tenario del nacimiento de Rafael Alberti, Seix Ba­­rral edita Obras Com­ple­tas en ocho volúmenes, ba­jo la dirección de Pere Gim­ferrer y la coordinación de Gonzalo Santonja.

    [Fuente: Fundación Rafael Alberti y otras.]
  • El mar  Expandir
  • A Juan Chabás

    El mar. La mar.
    El mar. ¡Solo la mar!
    ¿Por qué me trajiste, padre,
    a la ciudad?
    ¿Por qué me desenterraste
    del mar?
    En sueños, la marejada
    me tira del corazón.
    Se lo quisiera llevar.
    Padre, ¿por qué me trajiste acá?


    Rafael Alberti

    De Marinero en tierra.
  • Un poeta del pueblo  Expandir
  • Si revisamos nuestra historia más reciente, po­dremos comprobar que no es fácil ha­llar en una sola persona, en tan armónica unión, las diversas actividades artísticas que en Ra­fael Al­berti confluían –poesía, prosa, teatro, pintura...– destinadas de atrayente manera a “transformar el mun­do” que lo rodeaba, e indisolublemente li­ga­das a su firme compromiso ideológico. Algo que lo convierte en un creador singular, abierto a la vida, a las dis­ciplinas clásicas, digno de haber sido un hombre del Renacimiento italiano.
    Alberti es uno de los poetas de su generación que más inmerso estuvo en el momento histórico que le tocó vivir. Nunca se quedó anclado en un ayer que demorara su paso o su creación, ni volvió la espalda a su tiempo ni a su gente, porque nunca nada humano le fue aje­no. Y resultaría imposible hablar de una obra artística de tanto empeño y grandeza como la suya, sin de­tenerse en ese ser humano que la hizo posible, porque pocas veces la coincidencia entre el creador y el hom­bre que la impulsa ha estado más identificada. (“El que me busque siempre ha de encontrarme / cla­ro en la luz, si viene por la vida, / y también en la luz, si por matarme”).
    Entre las innumerables facetas que atraían de una personalidad tan rica e inquieta como la del poeta gaditano, destacaba su peculiar y arraigado sentido de la libertad. Libertad que se patentiza, tanto en su vida privada como en la totalidad de su creación artística. Alberti nunca estuvo encerrado en ninguna “to­rre de marfil” que lo aislara de los demás. Al contrario, ya desde su infancia se sintió ligado a su gente, a sus paisajes, esos que un luminoso día de pleamar lo im­pulsaron y lo hicieron capaz de sobrellevar las dificultades de un larguísimo exilio, acompañado por una mujer excepcional como fue María Teresa León. Él nun­ca quiso ser “un poeta sentado”, sino que siempre se sintió y fue “un poeta en la calle”, alerta a lo que sucedía en su entorno y que lo llevó a escribir en mo­mentos históricos decisivos para su pueblo los poe­mas más audaces y corrosivos, dedicados a instituciones o personas concretas, con una valentía inu­sual, que lo llevó hasta los límites más peligrosos. Y junto a esto, y sin perder nunca el norte de aquello por lo que luchaba, dar vida a los versos más bu­c­ólicos, deslumbrado ante la serena per­fección de la naturaleza, sin dejar por ello de preguntarse: “¿Será un cri­men sentarse en la mañana / a es­cuchar las palabras de las fuentes, / llegar a ser rumor, a ser el eco/ de un susurro sin fin ensimismado?”
    Otra de sus grandezas literarias fue su total falta de prejuicios pata tratar temas y metros, sin importarle nada ni nadie a la hora de componerlos. Era capaz de pasar de los asuntos más sublimes a los más cotidianos o sórdidos (“Verás entre meadas y meadas. / más meadas de todas las larguras...”), de los más ar­duos y difíciles a los más aparentemente sencillos. Y es que si revisamos la obra albertiana, hay que destacar la variedad de registros –uno de los de mayor amplitud de nuestra literatura–, esa “difícil facilidad” que tenía pa­ra pasar del verso más transparente al más angelicalmente hermético y gongorino, (“Las célicas es­calas, fugitivas, / y al son resbaladoras...”) o esos giros que lo hacen ser capaz de pasar de la sobriedad absoluta al disparate más gaditano, (“Y perdonen si prefiero, / ser poeta aleluyero / a aquellos que, por sentados, / también se mueren primero”) sin me­diar tiempo o circunstancia determinante alguna. No en vano, poetas coetáneos y amigos, como Vicente Aleixandre escribiría: “Rafael Al­berti sorteó ágil el peligro, los dos peligros: el de su facilidad y el de su maestría”, o José Bergamín: “La poesía de Al­berti adquiere sitio excepcional y distinto: como la de Bécquer o San Juan de la Cruz en lengua española...”
    La figura de Rafael Alberti estuvo siempre llena de singularidad y magnetismo. Su presencia en los actos públicos despertaba el fervor popular, resultaba envidiable la atracción que ejercía sobre los más jóvenes. Y es que su personalidad, llena de legendaria cercanía, transmitía una luz que hacía imposible sus­traerse a su indiscutible atractivo que trascendía el mero hecho literario. Al­go que él agradecía y celebraba con una sencillez que llamaba la atención.
    A Rafael, inmerso desde el amanecer en los colores y en el latir de la vida, le aburrían enormemente las cosas que, en teoría, debían de ser propias de su edad. No soportó nunca la so­lem­nidad intelectual ni la hueca grandilocuencia de las conversaciones o temas que otros podrían considerar “trascendentes”. A lo largo de su vida le gustaron poco los actos oficiales, las tertulias literarias, los pro­tocolarios actos académicos. Su in­quie­ta y po­lémica personalidad lo llevó a re­nunciar a su es­caño en el Pa­r­la­men­to, a los pocos me­ses de haber sido elegido Diputado por Cádiz, en las primeras cortes de­mo­cráticas, tras una vertiginosa cam­­­paña política en verso que lo volvió a instaurar en el corazón de su pueblo, después de casi cuarenta años de nostálgica ausencia (“An­da­luces, gaditanos, / los de la tierra y el mar,/ espumas, montes y llanos...). Pero su irrenunciable compromiso po­lítico nun­ca lo abandonó, y hasta el último aliento de vida su corazón si­guió “sien­do comunista”, como él acos­­tum­bra­ba a de­cir, sin que esto con­dicionara su ge­nerosidad para ten­­der la mano abier­­ta a todos los es­pa­ñoles, tal como di­jo tras descender del avión al regresar a Es­pa­ña en 1977.
    Resultaría imposible haber conocido a alguien que tuviera más a gala que Rafael Alberti el haber nacido en un lugar geográfico concreto tan hermoso como El Puerto de Santa María, a orillas de la bahía más antigua de Occidente, a la que nunca dejó de cantar (“llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso, / lo lu­mi­noso que me aconteciera”). Cual­quier suceso que ocurriera lo llevaba siem­pre a su origen, a su identidad de hombre de litoral. Hacia la mar acostumbra a dirigir sus pe­ticiones o sus lamentos, es un trans­­parente telón de fondo, al que po­cas de sus composiciones se sustraen, aun­que su temática sea la más dispar (“Cantan en mí, maestro mar, metiéndose / por los largos canales de mis huesos/olas tuyas que son olas maestras...” Difícil sería también en­contrar a otra persona con más des­bordada vitalidad y hambre de vida, algo que él ostentaba con no mal di­simulado orgullo. Y, a sus ochenta años, como preludio del que no se piensa rendir fácilmente, del que está dispuesto a seguir adelante por encima de cualquier vicisitud, todavía es ca­­paz de escribir: “Le­ván­tate / y ex­prí­mete como un li­món, / que cuando mueras, puedan tirarte al mar, sin zu­mo, / seco.”
    Aunque Rafael era muy consciente de que ese afán suyo por no desaparecer –“que los años en mí no son hojas, son flores / que nunca soy pasado, sino siempre futuro.”)– era una osadía vital, un desafío ante el que irremediablemente se vería vencido, su reto lírico frente al tiempo no lo abandonará nunca y lo hará llevar una vida imparable de viajes y multitudinarios recitales por el mundo, siempre en la vanguardia poética, atento siempre a cualquier llamada en defensa de las libertades, apoyando con su palabra o su presencia cual­quier manifiesto en contra de la in­jus­ticia, la opresión de personas o pueblos (“Me hirieron, me golpearon, / y hasta me dieron la muer­te, / pero jamás me doblaron.”)
    Rafael Alberti es uno de los ejem­plos más vivos de consecuencia ideo­­­lógica que debe servir para que ge­ne­raciones venideras aprendan có­mo en una misma persona, en una mis­ma obra –tan amplia como diversa– conceptos como tradición y universalidad pueden estar indisolublemente unidos por en­cima de tendencias, “ismos” o mo­das y abrir de par en par las puertas de la historia de la literatura universal para trascender en el tiempo.

    María Asunción Mateo
    Presidenta y Directora de la Fundación Rafael Alberti
  • El Alegre (Rafael Alberti)  Expandir
  • Cuando decía sus cancioncillas, poniéndose la ma­no ante la boca para pregonarlas, todo se llenaba de alegría, de la alegría del pregón matutino; una alegría frutal, verde y fresca; la alegría de mercado, de feria y banderola; la alegría del cielo radiante en el que se dispara una clarín falso; la alegría de su risa, juvenil y humana, derramándose claramente de todo y llenándolo todo, en su locura, como si se hubiese roto su cañería conductora y no tuviésemos a mano ninguna consigna mágica para evitarlo.

    José Bergamín

    Texto de 1925, incluido en ‘Rafael Alberti. Poesía 1920-1938’.
  • Con los zapatos puestos tengo que morir  Expandir
  • NOTICIA. En sus memorias, Rafael Alberti habla ex­ten­samente de este poema, nacido en un momento importante de la historia de España del siglo XX, el final de la década de los años veinte, marcado por importantes disturbios sociales y políticos anunciadores de la próxima caída de la dictadura de Primo de Rivera en enero de 1930, unas semanas después de la fecha de la Ele­gía cívica, y da cuenta de la génesis del poema y de las circunstancias personales que lo inspiraron: “Me sen­tí entonces a sabiendas un poeta en la calle, un poeta “del alba de las manos arriba”, como escribí en ese momento. Intenté componer versos de trescientas o cuatrocientas sílabas para pegarlos por los muros, ad­quiriendo conciencia de lo grande y hermoso de caer entre las piedras levantadas, con los zapatos puestos, como desea el héroe de la copla andaluza:

    Con los zapatos puestos
    tengo que morir,
    que, si muriera como los valientes,
    hablarían de mí.

    “’Con los zapatos puestos tengo que morir’ se tituló el primer poema que me saltó al papel, hecho ya con la ira y el hervor de aquellas horas españolas. Des­pro­porcionado, oscuro, adivinando más que sabiendo lo que deseaba, con dolor de hígado y rechinar de dientes, con una desesperación borrosa que me llevaba has­­ta morder el suelo, este poema, que subtitulé “Ele­gía cívica”, señala mi incorporación a un universo nue­vo, por el que entraba a tientas, sin preocuparme si­quiera adónde me conducía […] Poesía subversiva, de conmoción individual, pero que ya anunciaba turbiamente mi futuro camino” (LAP, I-II, pp. 290-291).
    Co­mo han apuntado varios críticos, esta “Elegía” es el pri­mer poema de contenido político-social de Rafael Al­­berti, que sin embargo no defiende en él ninguna ideo­logía definida. Como ha dicho acertadamente Ma­ría Asunción Mateo, “supone una especie de estallido en su conciencia, que ha desconcertado a más de un crí­tico, si se tienen en cuenta los temas tratados anteriormente en sus libros” (MAM, I, p. 247, n. 1). […].


    De Rafael Alberti, Obras Completas, Poesía II.

    Edición de Robert Marrast, Seix Barral, 2003.
  • En la calle de la Transición  Expandir
  • En 1977 retornó a lo vivo y a lo lejano. Gua­yaberas de color contra la España de luto. Versos para los hijos de la mar de Cádiz, los pobres de ayer y ahora, los jornaleros de la historia que adoraban a Theletusa y a la Virgen del Car­men. Si el republicano Alberti acudió a saludar al Rey Juan Carlos I a la Embajada de Roma, el monárquico José María Pemán se acercó a saludar al comunista Alberti en la recobrada España de la tolerancia: “Salí con el puño cerrado y he vuelto con la mano abierta”, clamaba Juan Panadero.
    Hubo premios, recitales y homenajes. María Te­resa murió en 1988, sin memoria y con melancolía, en­loquecida y hermosa. Su poesía suena en la guitarra de Paco Ibáñez o en la voz de Nuria Espert, mientras de­sem­boca en una generación de jóvenes poetas que, co­mo Luis García Montero o el malogrado Javier Egea, le eligirán como emblema en la recuperación de la “sentimentalidad otra” que preconizara Juan de Mai­rena. En los ochenta, publica sus últimos Versos suel­tos de cada día, Accidente, poemas de hospital, en los que cerraba con la llamada poesía de la experiencia, ese enorme círculo de tránsito literario que le había hecho recalar en buena parte de las tendencias líricas que jalonaron el siglo, con títulos como Entre el cla­vel y la espada, A la pin­tura, Ora Marítima, Ba­la­da y canciones del Pa­ra­ná, o Roma, peligro para ca­mi­nantes.
    Fue un poeta en la calle del siglo XX, que nació y que murió con él, ya sin agitaciones campesinas ni guerra de Cuba, en la era de la telebasura y de los bom­­ba­r­deos en Kosovo y de Chechenia: “Cuando mue­­­ra, ten­­go di­­cho que esparzan mis cenizas por la Ba­­hía de Cá­­­diz, unos cuantos amigos. Que canten un gorigori, que sea al­go alegre y se tomen unos vinos”, recomendó vivamente.

    Juan José Téllez
  • El poeta en la calle  Expandir
  • NOTICIA. Nadie mejor y con mayor precisión que el mis­mo poeta ha referido las circunstancias de la composición de este libro en el prólogo que escribiera en 1935, porque, según parece, se proponía publicar en un volumen los poemas agrupados bajo este título, poemas que pasaron más tarde a formar parte de P38, donde constituyen un apartado. He aquí el texto de este prólogo:

    «De mi contacto con las masas populares de España surgió en mí la necesidad de una poesía como la que se intenta –muy lejos aún de conseguirse– en este libro. Sin ignorar que todos aquellos poemas que lo integran no reúnen las condiciones que yo creo necesarias para su repercusión y eficacia en la sala del mitin, en la calle de la ciudad, en el campo o en la plaza del pueblo, quiero dejarlos y justificar aquí su presencia por la sola razón de haber nacido siempre de una exigencia revolucionaria. ¡Cuántas veces a la salida del mitin, en el sindicato, en la humilde biblioteca de la barriada o en cualquier lugar de trabajo, después del recital o de la conferencia se me han acercado algunos camaradas para “encargarme” un poema que reflejara tal o cual situación política, este o aquel otro suceso! Y es que cuando el poeta, al fin, toma la decisión de bajar a la calle, contrae el compromiso, que ya sólo podrá romper traicionando, de recoger y concretar todos los hechos, desde los más confusos a los más claros, para lanzarlos luego a voces allí donde se le reclame. De acuerdo o no de acuerdo con esta posición que es un camino, yo sé que esta sa­lida al aire libre, este dejar de devorarnos os­cu­ramente nuestras propias uñas, puede traernos, com­pañeros poetas –hoy ya lo estamos viendo–, la nueva clara voz que hoy tan furiosamente pide Es­paña, liquidados ya estos últimos años de magnífica poesía.
    Publicamos a continuación el prólogo del folleto El burro explosivo:

    «Este breve cuaderno recoge algunos sonetos, romances y letrillas de El burro explosivo, libro todavía inédito, comenzado a escribir durante los nublados días de lo que se llamó el “bienio negro”, cuando este tipo de poesía tuvo que refugiarse en la clandestinidad. Ningún momento mejor que el que ahora vivimos para publicar una mínima selección de estos poemas político-burlescos de la historia de España.

    »(NOTA sobre el título del libro. –Los mineros de Asturias, cuando la insurrección de Octubre de 1934, prepararon un burro cargado de dinamita –un burro explosivo–, con la intención de lanzarlo contra las fuerzas de Doval y López Ochoa; burro que a mitad de camino casi siempre se volvía, las mechas encendidas cada vez más cor­tas, convirtiéndose en un grave peligro para los mineros, que, para espantarlo y obligarle a dirigirse hacia su ­o­b­jetivo, le tiraban piedras. En una de estas vueltas y va­cilaciones, el burro, dando un terrible estampido, ex­plotó, desapareciendo).

    »Estos poemas, cargados de dinamita, continuadores de un camino señalado por nuestros grandes poetas del siglo XVII, creo que merecen el título bajo el cual aparecen recogidos. El 5º Regimiento, dando una prue­ba de audacia y entusiasmo por la poesía, inaugura con este cuaderno una serie de publicaciones, en pro­sa y verso, relacionados con el momento presente de la his­toria de España. R. A.»

    De Rafael Alberti, Obras Completas, Poesía II,
    Edición de Robert Marrast, Seix Barral, 2003.
  • Balada del que nunca fue a Granada  Expandir
  • ¡Qué lejos por mares, campos y montañas!
    Ya otros soles miran mi cabeza cana
    Nunca fui a Granada.

    Mi cabeza cana, los años perdidos.
    Quiero hallar los viejos, borrados caminos
    Nunca vi Granada.

    Dadle un ramo verde de luz a mi mano.
    Una rienda corta y un galope largo.
    Nunca entré en Granada.

    ¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?
    ¿Quién los claros ecos libres de sus aires?
    Nuca fui a Granada

    ¿Quién hoy sus jardines aprisiona y pone
    cadenas al habla de sus surtidores?
    Nunca vi Granada.

    Venid los que nunca fuisteis a Granada.
    Hay sangre caída, sangre que me llama
    Nunca entré en Granada.

    Hay sangre caída del mejor hermano.
    Sangre por los mirtos y agua de los patios.
    Nunca fui a Granada.

    Del mejor amigo por los arrayanes.
    Sangre por el Darro, por el Genil sangre.
    Nunca vi Granada.

    Si altas son las torres, el valor es alto.
    ¡Venid por montañas, por mares y campos!
    Entraré en Granada.


    Rafael Alberti

    De Baladas y canciones del Paraná.
  • Entre el clavel y la espada  Expandir
  • NOTICIA. Varios estudiosos de la obra albertiana han propuesto su interpretación personal del título de este libro y tratado de aclarar el simbolismo de los dos elementos entre los cuales se encuentra el poe­ta. Ricardo Gullón, «Ale­grías y sombras de Rafael Al­berti (segundo momento)», Asomante, XXI, 1, 1965, p. 33, los ve como sig­no de amor y arma: «Quizá siempre la vida osciló en­tre el clavel y la espada, entre la flor, el pájaro, el amor apremiando el corazón del hom­bre y el arma dispuesta para ani­quilarle».
    José Ricardo Morales en su Poeta en el destierro, Cruz del Sur, Santiago de Chile, 1943, p. 212, los considera como la oposición «entre la espada de la guerra y a pared del destierro». Eduardo González Lanuza en «Ra­fael Alberti:
    Entre el clavel y la espada », Sur, 86, no­viembre 1941, p. 74, percibe en el empleo del clavel y la espada una oscilación entre el devaneo y el con­cepto y un titubear entre la evanescente sensibilidad humanitaria y la geométrica cristalización de una dura inhumanidad de marcado sabor superrealista.
    En 1963 en «Homenaje a Rafael Alberti», Sur, 281, marzo-abril 1963, p. 57, dirá que el título En­tre el clavel y la espada «ex­pre­sa su perplejidad de poe­ta y de combatiente, aún indeciso, entre la dureza del ar­ma y la flor indefensa». En cuanto a Catherine G. Be­llver, la contraposición de estos dos elementos «bá­sicamente encierra el conflicto y la necesaria coe­xis­tencia entre la paz y la guerra, la vida y la muer­te, en­tre la risueña belleza y su pasado y la pal­pable realidad de su presente de dolor».
    De todas las explicaciones del título del libro, la más sencilla y convincente nos parece ser la de Antonio Jiménez Millán: «El título Entre el clavel y la espada es de lo más significativo […]: clavel y espada, es decir, pureza y compromiso, espacio de lo privado –y de la poesía “lírica” por tanto– frente a es­pacio de lo público –exigencia de la lucha, de riesgo constante». Jiménez Millán logró proponer una exégesis acertada porque fue el primero en descubrir que el primer prólogo del libro, el titulado «De ayer para hoy», había sido publicado en el último número puesto a la venta de Hora de España (XXII, octubre de 1938) bajo el título muy significativo «Para lue­go», primer título que aclara el sentido del nue­vo que recibió el poema.


    De Rafael Alberti, Obras Completas, Poesía II,
    Edición de Robert Marrast, Seix Barral, 2003.
 
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