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TÉRMINO
- REPUBLICANISMO
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  • El ideal republicano  Expandir
  • El republicanismo ha constituido a lo largo de los últimos dos siglos algo más que una ideología o una apuesta por una forma de organización del Estado. Era una visión del mundo, un universo de creencias sobre los avatares humanos, sobre su pasado y su futuro, que se forja a lo largo del siglo XIX y se transmitió de padres a hijos. Los republicanos eran admiradores de la Revolución Francesa, de los principios revolucionarios de 1789 y afirmaban, sobre todo, los derechos del hombre, la razón y la crítica sistemática de la autoridad tradicional como principios básicos de la humanidad. Hijo del tronco común del liberalismo, el republicanismo no suponía la ruptura con los fundamentos políticos e ideológicos de la revolución liberal sino una consecuencia lógica de ellos. Sus señas de identidad en lo político radicaban en la soberanía nacional –los más radicales la soberanía popular– como principio de estructuración del Estado, tratando de conferir la máxima representatividad a las instituciones por medio del sufragio universal y reivindicando el reconocimiento de la libertad de reunión y asociación. Socialmente aspiraban a organizar y representar a la pequeña burguesía mercantil y artesanal, los peque­­ños campesinos y asalariados urbanos y rurales. En lo económico defendían un conjunto de medidas favorables a la pequeña burguesía y a los asalariados, cuyos máximos exponentes eran la generalización de la propiedad, la liquidación de los monopolios y la reducción de los impuestos. Para ellos el Estado republicano debía de ser neutro o laico, reduciendo a la Iglesia al ámbito de lo privado y sustituyendo la Monarquía por órganos emanados del sufragio universal.
        La insistencia en la racionalidad humana les llevaba a una afirmación optimista de la igualdad, la libertad y la perfectibilidad humanas y legitimaba su búsqueda de la felicidad. La supresión de todos los privilegios y la igualdad política de todos los ciudadanos tenían, por tanto, una expresión mucho más racional en la República que en la Monarquía. En todo este despliegue de racionalidad, la Iglesia católica se convertía a su vez en el rival principal y el blanco de sus ataques. Todos los republicanos, ya fueran creyentes o agnósticos, ateos o deístas, desde los más exaltados a los más templados, entendían que uno de los mayores obstáculos para la modernización de España había estado en la dominación clerical y por tanto el camino del progreso requería la secularización del Estado y del conjunto de la sociedad. El anticlericalismo pasaba de esta manera a ser una de sus señas de identidad, un resorte infalible de movilización y un ingrediente sustancial en la retórica agitadora. En realidad, combatían el carácter antiliberal de la Iglesia y trataban de compatibilizar las creencias religiosas con la libertad de conciencia, de cultos y la secularización de la enseñanza en un Estado neutro o laico.
        La batalla por el progreso la dieron los republicanos sobre todo en el mundo de la educación. La escuela debía arrancar a los jóvenes de las garras de las tineblas y, más concretamente, de los eclesiásticos que tradicionalmente habían ejercido el casi monopolio de la educación. El maestro de escuela era uno de los tipos claves de la nueva sociedad propugnada por el republicanismo y, en algunos momentos (recuérdese el lema costiano de despensa y escuela) pareció el recurso ineludible para provocar un verdadero cambio social. La pertenencia a la masonería fue otro de los rasgos que caracterizó a buena parte de los republicanos a lo largo de los siglos XIX y XX. Para muchos de ellos la militancia masónica era una forma de manifestar su opción por la tradición racionalista y secularizadora frente a una Iglesia que, al romper con el liberalismo, optaba por la tradición frente al pensamiento moderno. Las logias masónicas constituían, en realidad, espacios de sociabilidad frente a las manifestaciones de práctica religiosas que proliferaban en la España de la Restauración, brindaban un marco de relaciones personales y daban la posibilidad de colaborar en empresas comunes de carácter secular a quienes, de otro modo, podrían haberse visto reducidos a la marginación.
        La situación de las clases populares estuvo generalmente entre las preocupaciones del republicanismo. Con mayor o menor intensidad, la defensa de la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y su instrucción a través de la escuela constituyó otro de sus rasgos distintivos. Contrarios a todo tipo de opresión, su reformismo social, opuesto a la lucha de clases y partidario de la negociación, les llevó a impulsar el mutualismo laico desde mediados del siglo XIX y a proponer organismo de conciliación entre obreros patronos. En realidad, el interclasismo que caracteriza al movimiento republicano permitió que se nutriera de valores, inconformismos, rebeldías e imágenes, procedentes tanto de las clases medias como de las capas populares, y compartiera la esperanza de que los problemas y obstáculos en las relaciones sociales se resolverían una vez proclamada la República. En ese sentido, la República federal de los años del Sexenio Democrático no era sólo un modo de articulación política o de distribución territorial de los poderes, representaba todo un universo complejo que iba desde la declaración de los derechos históricos de los pueblos, el disfrute de los bienes comunales, el derecho al trabajo o la democracia directa, a la lucha contra la nueva fiscalidad y la eliminación de quintas y consumos.
        La idea de revolución constituía un elemento muy significativo del imaginario republicano español, en cuanto que era una opción permanente de un pueblo, que podría estallar en el momento en que las corrupciones del sistema político hicieran inviable la continuidad de la situación. Para todos el “pueblo” encarnaba la resistencia y, en sus discursos, seguían requiriéndolo como único sujeto capaz de enfrentarse a las oligarquías de la Restauración. Un “pueblo” que, atribuyéndosele cualidades propias de un héroe mitológico, era concebido más como fuerza de barricada, de choque para derribar lo existente, que como una colectividad sobre la que apoyar una acción política permanente de gobierno. La inflexión en esta concepción la pusieron los centralistas de Salmerón que, con su apuesta decidida por la opción legal y parlamentaria, pretendían convertir al pueblo en ciudadanía a través del ejercicio consciente del voto. Las tesis partidarias de la vía legal terminarían por imponerse en el cambio de siglo.
        La vida local fue el espacio preferente de actuación de los republicanos y otra de sus señas de identidad. La imposibilidad de incidir de manera decisiva en la política del Estado les llevó a convertir el municipio en objeto de su acción política, asociativa y cultural. La influencia republicana en las ciudades rebasó el espacio institucional de la política e impregnó la vida cultural y asociativa. El debate partidario y sus propios espacios sociales los tuvieron en los clubs políticos, los centros y los círculos republicanos, que se convierten en auténticas escuelas de ciudadanía. Junto a ellos la prensa republicana desempeñó un papel de primera magnitud en la difusión del complejo universo republicano entre las capas medias y populares del medio urbano.
        En el panteón de referencias históricas del mundo republicano figuraron un conjunto de episodios de luchas por la libertad, en muchos casos compartidos con el grueso del liberalismo, que arrancaba en los comuneros de Castilla, pasaba por la gran revolución francesa, las Cortes Cádiz y tomaba cuerpo en los “mártires” que habían dado la vida luchando en los tiempos de la tiranía de Fernando VII. En el último tercio del siglo XIX el panteón de sus episodios históricos aumentó con la revolución de septiembre de 1868 y el recuerdo de la I República. A la nómina de “apóstoles” se incorporaron Estanislao Figueras, Pi i Margall, Emilio Castelar y Nicolás Salmerón. Sus retratos aparecían a veces en las paredes de los casinos y círculos republicanos y sus figuras compartían la aureola de austeridad, sabiduría y elocuencia en las biografías que periódicamente insertaba la prensa y las publicaciones republicanas. Otros referentes políticos fueron los héroes de las revoluciones francesas y americanas como Robespierre, Danton, Marat, Washington, Jefferson, Simón Bolivar, y especialmente Garibaldi, líder de la lucha nacional italiana. En el mundo republicano también se rendía culto a los grandes héroes del pensamiento humano. Era frecuente que la prensa republicana publicara en sus “sueltos” pensamientos de filósofos, científicos y literatos como Kant, Zoroastro, Fla­mma­rion, Condorcet, Voltaire, Diderot, Nietzsche, Víctor Hugo, Zola, Tolstoi, Balzac, Michelet…, en los que se atacaba a las instituciones del Antiguo Régimen y se ensalzaba la fraternidad entre los seres humanos.
        Los republicanos españoles y andaluces forjaron sus sensibilidades en las lecturas de las obras de la literatura folletinesca española, de honda raíz populista, de Ayguals de Izco y Martínez Villergas, y, especialmente,  en las novelas de los grandes escritores del romanticismo tardío francés Eugenio Sue, Alejandro Dumas y sobre todo Víctor Hugo. Los misterios de París (1842) del republicano Eugenio Sue, los grandes éxitos folletinescos de Alejandro Dumas en Los tres mosqueteros, 1844, o El conde de Montecristo, 1844-1845, y sobre todo Los Miserables (1862) de Víctor Hugo alimentaron las imaginaciones de los republicanos.
        En los sentimientos y creación del imaginario colectivo republicano desempeñaron un papel fundamental los símbolos y rituales. La representación personalizada de la República como una diosa civil –la Marianne francesa–, adornada con las virtudes ciudadanas propias de la tradición racionalista del liberalismo, la bandera tricolor, la Marsellesa y el 11 de febrero pasaron a ser con el tiempo sus referentes simbólicos. Todo este complejo legado republicano, de valores, comportamientos éticos, resistencia, fe en el progreso y en el papel emancipador de la escuela, y admiración por sus lideres se transmitió de padres a hijos, de generación en generación hasta la Segunda República.

    Fernando Martínez López
 
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