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TÉRMINO
- SEVILLA
  ANEXOS
 
  • Sevilla árabe textos   Expandir
  •     Nosotros hallamos en los libros de Hércules que éste dejó en Sevilla dos postes muy altos, parte bajo tierra y parte encima de ella. Cuando estos dos postes se saquen, la villa será destruida. Y, según dejó escrito en el Libro de las Andanzas, saldrá fuego del Aljarafe y quemará la mayor parte de la ciudad. Cuando Hércules pobló Sevilla la fundó sobre madera y le puso el nombre de Isla de Palos, Hispalis , y después de un tiempo le pusieron por nombre Sevilla, que quiere decir tanto como adivina, porque la habitó primeramente el mayor sabio del mundo en las cosas que habrían de venir.

    Crónica del moro Rasis.


        Sevilla es una ciudad de antigua fundación. La gente que conoce el latín afirma que su denominación proviene del nombre Hispalis, cuyo significado es “ciudad llana”. Se dice que la fundó Julio César, el primero que adoptó el título de césar. La razón de construirla fue que al entrar en al-Andalus llegó al lugar donde hoy está situada y quedó impresionado por la nobleza del sitio, la bondad del terreno y por el monte conocido como el Aljarafe. Así hizo nivelar una zona junto al Guadalquivir y estableció allí la ciudad, rodeándola de murallas de piedra resistente. También construyó en medio de la medina dos alcazabas sólidas y extraordinarias que se conocen como los Dos Hermanos. Y la convirtió en metrópolis de las capitales de al-Andalus, dándole un nombre derivado del suyo y del de Roma: la llamó Rumyat Yúlix [Colonia Iulia Romula].

    Al-Udri De Dalías

    De Tarsí al-ajbar.


        Los sevillanos son las gentes más ligeras de cascos, más espontáneas para el chiste y más dadas a la burla, aun empleando la injuria. De tal modo están habituados a esto y lo tienen por hábito, que entre ellos es considerado cargante el que no da y acepta toda clase de bromas.

    Ax-Xaqundí

    De Risala fi fadl al-Andalus.


        Triana es una ciudad que se extiende sobre la ribera del Guadalquivir, frente al centro de la medina de Sevilla. Esta amurallada por la parte opuesta, la que da al campo. En ella hay baños y grandes zocos. Se levantó sobre una elevación del terreno. En cuanto a los miradores que dan a la zona del río los ordenó blanquearlos al-Mutamid b. Abbad con cal, para que los ojos no puedan apartarse de ellos. Quien no quiera cumplir con esto ha de edificar la vivienda del otro lado, mirando al campo, y no puede construir a la orilla del río.  Así esta zona se ha convertido en una maravilla para la vista: la mayor parte de sus rejas están labradas y doradas, atrayendo todas las miradas. En el lugar existen toda clase de entretenimientos en las noches de luna: se trata de algo conocido en todo el mundo.

    Ibn Said

    De Mugrib.


        En aquel tiempo estaba otrosí en Sevilla el obispo don Juan, que era un hombre de Dios, de buena y santa vida. Y lo alababan mucho los árabes e llamabanlo por su nombre en arábigo Sayyid al-Matrán. Era muy sabio en la lengua arábiga e hizo Dios por el muchos milagros. El tradujo las Sagradas Escrituras en arábigo e hizo las exposiciones de ellas, según convenía a la santa Escritura y así las dejó después de su muerte para los que viniesen después de él.

    Alfonso X
    De Primera crónica general


        Esta crecida fue una de las mayores avenidas y la más impresionante de ellas por su importancia y la gravedad de sus efectos. La menciona un historiador y yo transcribo aquí, de un texto suyo, unos fragmentos del relato que dejó acerca de ella: “La crecida en Sevilla se produjo el lunes, después de la oración del mediodía. Durante ella se derrumbó la muralla: resultaron destruidos dos lienzos, entre la Puerta de Triana y la del Almuédano y en la Explanada de los Harineros, donde está la laguna que allí hay. El agua abrió en la muralla una brecha de cerca de cuarenta brazas. Ese día fue una jornada de pesadilla: tal era la situación por la noche, al haber alcanzado la desgracia a miles de personas. Ocurrió el 19 de yumada II del año 597, que cayó en el 26 de marzo [de 1200] de los cristianos. La inundación terminó el miércoles. Yo vi con mis propios ojos como los barcos atravesaban la Bab Sabat an-Nisa, en la Puerta de los Perfumistas, entrando y saliendo de la ciudad por la Puerta del Almuédano. No podía circular nadie sino en los barcos que se usan para ir a Córdoba, por la cantidad de agua y su impetuosidad”. Y más adelante dice: “Yo vi personalmente las almadías pasar por la entrada al Adarve de los Curtidores, junto a la aljama de Ibn Adabbás y al pie del alcázar que está cerca del mercado de Bab al-Hadid”. Y en otro lugar: “Sevilla quedó entre aguas, convertida en una isla. Únicamente la misericordia divina pudo lograr que sólo murieran en este suceso alrededor de quinientas personas”.

    Ibn Abd Al-Malik Al-Marrakuxi
    De ad-Dayl wa-l-takmila.


        Este alminar supera lo que se pueda decir de él. Su novedad sobrepasa a los historiadores pues no hay otro que pueda comparársele en todas las mezquitas de al-Andalus. Y esto es por la altura de su cuerpo, la solidez de su base, su construcción en ladrillo, lo extraordinario de su arte y lo admirable de su vista. Parece que se suspende en el aire, elevándose hacia el cielo. A una jornada de Sevilla el que lo ve lo creería las estrellas del Zodíaco. Mandó construirlo el califa Abu Yaqub Yúsuf el 26 de Mayo de 1184... Cuando, después de él, el califa Abu Yúsuf Yaqub ordenó cumplir el deseo de su padre,... Ahmad b. Basuh abrió sus cimientos junto a la mezquita aljama... Empezó el trabajo en piedra, llevada del muro del palacio de los abbadíes.... Después se paralizaron las obras durante meses hasta que llegó de la corte del califa, en 1188, Abu Bakr Avenzoar con la orden de reemprender las obras de alminar y levantar lo que estuviera deteriorado en la aljama. Los trabajos se realizaron, por parte de Ali al-Gumari, en ladrillo que es mejor que la piedra... Así permaneció durante años, trabajando en el alminar temporalmente; luego viajaba desde Sevilla a la capital, Marrakech, y se interrumpía la obra. Más tarde volvía a trabajar en el alminar, supervisando directamente a los albañiles el tiempo que dedicaba a esta obra y su construcción.
        Cuando en 1195 llegó el califa a Sevilla mandó hacer las manzanas de factura admirable, sublime elaboración, gran tamaño y cubiertas de oro, excelsas de renombre y talla, que fueron elevadas al alminar en su presencia. Los arquitectos colocaron en su parte más alta, a indicación del califa, una barra de hierro cuya base se cimentaba sobre la obra del alminar... Las manzanas se cubrieron con fundas de algodón para que no se mancharan por el polvo o las manos de quienes las tocaran... Luego se colocaron en la barra, ante el califa, el príncipe heredero, el resto de sus hijos, los grandes dignatarios almohades, los jueces, las dignidades religiosas y las personas importantes del pueblo de Sevilla. Esto fue el miércoles a finales de Rabí II del año 594, correspondiente al 19 de Marzo de 1198. Situadas encima de la torre se le quitaron las fundas y casi se cegaron los ojos por el resplandor del oro y los rayos que reflejaban”

    Ibn Sáhib As-Salá

    De Al-Mann Bi-l-Imama.


        Se cuenta que az-Zuhri, el predicador de Sevilla, que era cojo, paseaba un día con su hijo por el Gudalquivir. Allí se encontraron casualmente con un grupo que iba de juerga en barca por el río. Era la época de la Fiesta del Sacrificio. Uno del grupo le dijo: “¿Cuánto vale ese cordero?”, refiriéndose a su hijo. Az-Zuhri le contestó: “No está en venta”. “¿Y el carnero?”, continuó el de la barca, aludiendo al viejo az-Zuhri. Entonces éste levantó la pierna coja y les respondió: “Tiene este pie defectuoso y no vale para el sacrificio”. Todos los presentes estallaron en carcajadas, impresionados por su buen temperamento”

    Al-Maqqari
    Nafh at-tib.

    Selección y traducción de Rafael Valencia
  • Conquista de Sevilla  Expandir
  • El 23 de noviembre de 1248, festividad  litúrgica de San Clemente, tras un largo y complicado asedio de algo más de un año, capitulaba la ciudad de Isbiliya ante las huestes de Fernando III, el Santo, rey de Castilla y León. Concluían de esta forma tan brillante casi veinticinco años de persistente expansión militar castellana por el valle del Guadalquivir. Pero llegar hasta la antigua capital del imperio almohade en al-Ándalus no fue tarea fácil. El rey de Castilla tuvo que ir venciendo -o pactando, según los casos- uno a uno los diferentes focos locales de resistencia que habían resultado de la descomposición política andalusí generada a raíz de la derrota islámica de Las Navas de Tolosa; Baeza (1227), Úbeda (1233) Córdoba (1236), Jaén (1246), Carmona y Alcalá de Guadaíra (1247).
        La Primera Crónica General de España, mandada redactar por Alfonso X, el Sabio, testigo directo de estos sucesos históricos, recoge con minuciosidad los muchos detalles políticos y militares del cerco y las negociaciones y las condiciones de la capitulación de Sevilla. En efecto, para los cristianos protagonistas directos de los sucesos históricos de 1247-1248, como para aquellos otros que habían oído hablar a terceros del eco inmediato de las muchas penalidades del asedio, Isbiliya representaba  para la sociedad castellana de la época  las características “quiméricas” de una ciudad fascinante, de bellezas urbanísticas y riquezas sin límites y sobre todo de notable valor estratégico e incluso simbólico para el definitivo sometimiento del valle del Guadalquivir. Pues sería, en última instancia, el decisivo control del río por la flota castellana en mayo de 1248, con la ruptura del puente de barcas que unía Sevilla con Triana, lo que marcaría el comienzo del fin de la tenaz resistencia de los musulmanes sevillanos.
        Aislados del resto del mundo islámico andalusí, presos del hambre y del desaliento, los sevillanos capitularon por fin y entregaron la ciudad, “libre e quita”, a Fernando III. Según las fuentes cristianas, el rey castellano fue generoso para con los mudéjares vencidos, asegurando y protegiendo su progresiva salida de la ciudad tomada y premiando a los líderes locales que había negociado la rendición, porque “fue esta de las mayores et más altas conquistas que en el mundo todo fue fecho”.
        Casi un mes después, el 22 de diciembre de 1248, conmemoración de la traslación de los restos mortales de San Isidoro a la ciudad de León, la comitiva regia – infantes, nobles, clérigos y altos magnates cristianos- entraban todos solemnemente en procesión en Sevilla y tomaban posesión efectiva de la antigua urbe, convertida ya en la “capital de todo ese señorío del Andalucía”.
        Sin embargo, no todos los contemporáneos más o menos directos de estos sucesos históricos compartieron lógicamente la misma interpretación sobre la conquista de la ciudad de Ixbilia. Los mudéjares derrotados, los sevillanos vencidos, justificaron la pérdida de la ciudad con manifiesta resignación y un amargo pesimismo de orientación providencialista.  Y así, por ejemplo, para el gran historiador del siglo XIV Ibn Jaldún*, de ascendencia sevillana, la conquista de Sevilla se inserta dentro del contexto general de las incomprensibles disensiones de los taifas de al-Ándalus; lo que justificaría la presencia de 500 caballeros granadinos al servicio del rey Fernando III. Por su parte, Ibn Idarí, en su obra al-Bayán al Mugrib, considera que la conquista de la ciudad fue en gran parte una “injusticia”, no exenta de cierta “traición” de los granadinos, ante la superioridad militar de los cristianos, la división interna de los líderes locales sevillanos, las grandes calamidades del cerco y sobre todo la inhibición de los “creyentes” no sólo de los musulmanes al-Ándalus sino especialmente de los de Marrakech y Túnez.
        En líneas generales, frente a la exaltación del triunfo de los cronistas cristianos, las fuentes árabes utilizan términos y conceptos ideológicos diferentes hasta el punto de que confunden y distorsionan los hechos conforme se alejan en el tiempo y en el espacio andalusí, llegando a rescribir la verdadera historia de Sevilla. Como en todas las guerras, la suya fue la justificación, la visión histórica, de los derrotados, de los militarmente vencidos.
        En cualquier caso, la conquista de Sevilla en 1248 es un episodio gozne que abre un antes y un después en la historia de la ciudad. Porque, desgraciadamente, los conquistadores castellanos, los nuevos sevillanos, no compartieron nunca la organización social del espacio urbano sevillano con los musulmanes vencidos; sino que sencillamente lo sustituyeron por otro de corte europeo, cristiano y occidental, que progresivamente se fue imponiendo a raíz de las repoblaciones del siglo XIII, con un nuevo modelo de ordenación socio económico, cultural y político de la ciudad, muy distinto al de la tradición islámico andalusí de la antigua Ixbilia progresivamente cristianizada y castellanizada.

    Manuel García Fernández
  • Virgen de los Reyes  Expandir
  • La patrona de Sevilla y su archidiócesis, Nuestra Señora de los Reyes, recibe culto en la Capilla Real de la Catedral hispalense, donde preside un retablo realizado entre 1643 y 1649 por el escultor Luis Ortiz de Vargas. La Virgen, que tiene al Niño sobre sus rodillas, es una talla gótica del siglo XIII, probablemente de taller francés o bien de escuela castellana con intensa influencia francesa. Según José Gestoso y Pérez, “fue regalo de San Luis, rey de Francia, a San Fernando”. Es muy probable que acompañara a Fernando III en su campaña contra los moros y que presidiera la procesión de la toma de la ciudad en 1248. Es la primera imagen coronada canónicamente en Andalucía, acto solemne que tuvo lugar el 4 de diciembre de 1904. Su fiesta principal se celebra el 15 de agosto, día en el que procesiona a muy tempranas horas por las calles aledañas al templo catedralicio, concitando la devoción y el fervor de los fieles que se acercan desde diferentes puntos de la provincia a “pedirle las tres gracias”.

    Javier Vidal Vega
  • Antología de Sevilla  Expandir
  • [ Hércules me edificó y Julio César me cercó ]

    Los escritores que más de propósito tratan de Sevilla, dan su primera fundación a este Hércules de que se trata, afirmando todos ellos que cuando vino en busca de los tres hermanos Geriones, que reinaban en España, tuvo deseo de ver la provincia Bética, por la noticia que tenía de su gran fertilidad y riqueza, la cual le agradó tanto, que en llanura y espaciosa playa que riega el río Betis de Guadalquivir, fundó y levantó una ciudad, a la cual puso nombre Hispalis, por la misma razón que sus primeras casas fueron fundadas sobre palos, dejando en ella, para que la poblasen, ciertas gentes llamados Hespalos, que había traído cerca de Scitia (…)
    (…) Es pues de notar en lo tocante a Sevilla, lo que también el sagrado doctor San Isidro nos dice del mismo Julio César, conviene a saber que este Emperador renovó y cercó de muros la ciudad de Sevilla, a la cual puso nombre Julia Romula conforme a su mismo nombre y el de la ciudad de Roma.

    Alonso Morgado

    De Historia de Sevilla.


    Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla

    Voto a Dios que me espanta esta grandeza
    Y que diera un doblón por describilla,
    porque ¿a quién no sorprende y maravilla
    esta máquina insigne, esta riqueza?

    Por Jesucristo vivo, cada pieza
    vale más de un millón, y que es mancilla
    que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
    Roma triunfante en ánimo y nobleza.

    Apostaré que el ánima del muerto
    por gozar este sitio hoy ha dejado
    la gloria donde vive eternamente.

    Esto oyó un valentón y dijo: “Es cierto
    cuanto dice voacé, seor soldado,
    Y el que dijere lo contrario, miente.”

    Y luego, incontinente,
    caló el chapeo, requirió la espada
    miró al soslayo, fuése y no huvo nada.

    Miguel de Cervantes Saavedra


    Ciudad que a Tebas en grandeza igualas,
    A Roma en letras y armas preferida,
    Del árbol generoso guarnecida,
    En competencia de Neptuno y Palas.

    Por quien ofrecen naves llenas de alas
    El oro y plata en Potosí nacida,
    Envidia del licor que en extendida
    Verde corona por tu campo exhalas.

    Betis que bañas sus cimientos duros
    En la eterna cadena que contemplo
    Los eslabones de cristales puros.

    ¡Sevilla hermosa de grandeza ejemplo,
    La blanca arena beso de tus muros
    En reverencia de tu insigne templo!

    Lope de Vega
    De El Ruiseñor de Sevilla.


    Sevilla era bien acomodada para cualquier granjería y tanto se lleva a vender como se compra (...) Es patria común, dehesa franca, ñudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la tiene.

    Mateo Alemán
    De Guzmán de Alfarache.


    Reina del grande Océano dichosa,
    sin quien a España falta la grandeza,
    a quien Valor, Ingenio y Nobleza
    hacen más estimada y generosa;

    ¿cuál diré que tú seas, Luz hermosa
    de Europa? Tierra, no; que tu riqueza
    y gloria no se cierra en su estrecheza;
    cielo sí, de virtud maravillosa.

    Oye, y se espanta, y no te cree el que mira
    tu poder y abundancia; de tal modo
    con la presencia ve menor la fama.

    No ciudad, eres orbe. En ti se admira
    junto cuanto en las otras se derrama;
    parte de España, mas mejor que el todo.

    Fernando de Herrera
    La venta de los gatos


    (…) Después que hube admirado el magnífico panorama que ofrece en el punto por donde une sus opuestas márgenes el puente de hierro, después que hube recorrido con la mirada absorta los mil detalles a cual más pintoresco de sus curvas riberas, bordadas de jardines, palacios y blancos caseríos (...), remontando con la imaginación la corriente del río, me trasladé a San Jerónimo.
    Me acordaba de aquel paisaje tranquilo, reposado y luminoso, en que la vegetación de Andalucía despliega sin aliño sus galas naturales. Como si hubiera ido en un bote (...), vi desfilar otra vez, con ayuda de la memoria, por un lado, la Cartuja, con sus arboledas y sus altas y delgadas torres; por el otro, el barrio de los Humeros, los antiguos murallones de la ciudad, mitad árabes mitad romanos; las huertas, con sus vallados cubiertos de zarzas, y las norias que sombrean algunos árboles aislados y corpulentos, y, por último, San Jerónimo.

    Gustavo Adolfo Bécquer


    Presencia de Sevilla

    (...) Los sevillanos que no salen nunca de su ciudad, no llegan a tener conciencia exacta de la categoría vital que supone el vivir en Sevilla. Hay que ir fuera y alejarse un poco, para valuar debidamente el goce de ciertas presencias. Tal vez sea la luz, tal vez sea una recóndita armonía indescifrable de la que sólo percibimos los efectos externos y arrolladores. Aquí se siente el paso de la vida, la gravitación de nuestro fenómeno vital en el cosmos (...) Hay un alma en las calles y en las plazas. Hay rincones de los jardines y los barrios, donde siempre parece que nos espera alguien que nos ama. Hay atardeceres de una riqueza fastuosa, de un lujo cromático exuberante, en los que vibramos dulcemente anegados en la grandiosidad de los arcos siderales (...)
    Esta acendrada sabiduría que nos descubre la profundidad de placer que puede haber en un minuto de espera, en un diálogo sin trascendencia, o en la luz dormida de un patio olvidado, es la que hace de los sevillanos un pueblo centrípeto, sabio y poco curioso del mundo circundante (...)

    Joaquín Romero Murube
    De Sevilla en los labios.


    Sevilla es una torre
    llena de arqueros finos.

    Federico García Lorca
    La catedral y el río


    Ir al atardecer a la catedral, cuando la gran nave armoniosa, honda y resonante, se adormecía tendidos sus brazos en cruz. Entre el altar mayor y el coro, una alfombra de terciopelo rojo y sordo absorbía el rumor de los pasos. Todo estaba sumido en penumbra, aunque la luz, penetrando aún por las vidrieras, dejara suspendida allá en la altura su cálida aureola. Cayendo de la bóveda como una catarata, el gran retablo era sólo una confusión de oros perdidos en la sombra. Y tras las rejas, desde un lienzo oscuro como un sueño, emergían en alguna capilla blanca formas enérgicas y extáticas.
    (…) Ir al atardecer junto al río de agua luminosa y tranquila (...) Siguiendo con rumbo contrario al agua, pasada ya la blanca fachada hermosamente clásica de la Caridad, unos murallones ocultaban la estación, el humo, el ruido, la fiebre de los hombres. Luego, en soledad de nuevo, el río era tan verde y misterioso como un espejo, copiando el cielo vasto, las acacias en flor, el declive arcilloso de las márgenes (…)

    Luis Cernuda
    De Ocnos.
  • Sevilla contemporánea (siglo XIX)  Expandir
  • A lo largo de la historia contemporánea europea, que en la fase que nos ocupa es lo mismo que decir la historia contemporánea mundial, muy pocos países lograron acceder a la categoría de mitos culturales aglutinantes de una fase concreta de esa historia. Como Francia simboliza la Ilustración y su corolario revolucionario, España el Roman­ticismo decimonónico. Convertida en destino necesario del viajero romántico, empeñado en encontrar lo que iba buscando en un periplo que terminaba siendo más íntimo que real, ve  ascendido a la categoría de modelo todo aquello que los viajeros ilustrados habían denunciado como ejemplo a evitar. En esa España, mitificada por una Europa en transición temerosa de las consecuencias de la industrialización, de la urbanización, en suma de la modernidad, Andalucía y en concreto Sevilla encarnaban a la perfección el mito del paraíso perdido, extraño, exótico, añorado y despreciado por igual. La Sevilla del XIX basculó entre la asunción del mito, la añoranza de glorias pasadas y la profunda frustración que provocaba el choque con la realidad. La de la Sevilla decimonónica es la historia de una ciudad con pretensiones muy superiores a su capacidad real. Herida por la pérdida del Imperio Americano, fue incapaz de aprovechar las oportunidades de modernización que primero la etapa Isabelina y más tarde la Restauración le ofrecieron, ni siquiera fue capaz de articular a su alrededor un marco regional sobre el que ejercer una capitalidad indiscutida, como lo hicieron otras capitales del país. Sin duda, resultaba más tranquilizador regodearse en su imagen romántica y en la grandeza del pasado que reconocer la mediocridad económica, política y cultural de la ciudad a lo largo de esta centuria. ¿Cuáles fueron las causas de ese fracaso? Probablemente la suma de toda una serie condicionantes que solamente podemos apuntar.
        El año 1808 marcó en España el inicio de una larga fase de transición entre el viejo y el nuevo orden. Los acontecimientos se precipitaron desde el desastre de Trafalgar, en 1805, en un terreno abonado por las ideas revolucionarias llegadas desde Francia, a pesar de las medidas adoptadas por la monarquía para evitarlo. El pueblo español, confundido, asistió indignado a un golpe de estado, al traslado forzoso de la familia real a Aranjuez, Sevilla y Cádiz, la caída de Godoy, la subida al trono de Fernando VII y la simultánea entrada de las tropas francesas en su territorio. Capital administrativa, militar y civil, Sevilla vio discurrir tan atónita como el resto del país la sucesión de acontecimientos. Tras el dos de mayo de Madrid, la oposición contra el invasor se tradujo en la eclosión de un movimiento juntero cuyas implicaciones superarían en mucho la organización de la defensa contra el invasor. Naturalmente, Sevilla constituyó su Junta que consiguió el apoyo del General Castaños y declaró la guerra a los franceses, quienes habían enviado un ejército al mando de Dupont al sur. Tras la derrota de Bailén y la salida de José I de Madrid, la llegada del Emperador modificó sustancialmente el signo de la guerra. En su huida la Junta Suprema Central se refugió en Sevilla. Durante unos meses la ciudad fue el centro político de la España patriota. Sin embargo, tras su capitulación, el 1 de febrero de 1810 y hasta agosto de 1812, Sevilla permanecería ocupada por las tropas francesas, sin que su presencia pareciese suscitar una repulsa unánime. Entre los colaboracionistas y los opositores, la mayoría de los sevillanos parecía sentirse más a gusto adoptando una posición resignada, actitud que terminó convirtiéndose en la tónica general durante la transición entre el nuevo y el viejo Régimen, incluso a lo largo de todo el siglo.
        La postración económica. Sevilla no tuvo un protagonismo destacado militarmente durante la guerra, tampoco se podía comparar su protagonismo político con el de Cádiz, si bien en ella se alumbraron muchas de las reformas puestas en marchas en las Cortes. Lo mismo ocurrió en la etapa fernandina. El 27 de agosto, retiradas las tropas francesas de la ciudad, se proclamó la Constitución de Cádiz, sin que el cambio resultase traumático, provocase estallidos de violencia incontrolados o episodios de represión destacados contra los colaboracionistas; que los hubo. De la misma manera, no tuvo inconveniente en romper con un régimen constitucional con el que la identificación era muy escasa y en mayo de 1814. Mientras los más exaltados exigían el regreso del monarca rompiendo, como símbolo, la lápida conmemorativa situada en el Ayuntamiento, la Iglesia arropaba la idea con celebraciones litúrgicas y procesiones que primero rogaron y luego agradecieron la vuelta del Deseado. Como demostraría la evolución de la ciudad durante el reinado de Fernando VII, Sevilla era, y lo seguiría siendo buena parte del siglo, una ciudad conservadora, con una enraizada influencia de la nobleza y del clero y una burguesía comercial, industrial y profesional, demasiado débil para contrarrestarlos en el caso de que hubiese querido hacerlo. Con todo, paradójicamente, la revolución de 1820 volvió a despertar el entusiasmo de los sevillanos, que tuvieron la oportunidad de demostrarlo en marzo del mismo año, cuando Riego entró en la ciudad. Sin embargo, en una fase de transición e inestabilidad política como aquella la confusión administrativa provocada por la necesidad de adaptar el poder municipal a las nuevas leyes, sumada a los problemas derivados del coste económico y demográfico de la guerra y de la progresiva perdida del comercio con las colonias, sin duda menor que antes de que el centro del mismo pasase a Cádiz pero principal eje comercial aún de la ciudad, los intentos de reorganizar, racionalizar, hacer más eficaces y “democratizar” el poder municipal de los liberales resultaron infructuosos. Quizás por eso, los sevillanos tampoco recibieron mal la década ominosa, cuya llegada desató más violencia callejera,  liberal pero sobre todo realista, que los cambios anteriores.
        Con ayuntamientos liberales o absolutistas los problemas de la ciudad fueron los mismos. La población consiguió superar el estancamiento provocado por la guerra e inició una fase de moderado crecimiento, con una tasa anual de 6,5%, superior a la española del 5,52%, gracias, en buena medida, a la continuidad del flujo migratorio de las regiones del norte a pesar del estancamiento económico. Si bien afectada por coyunturas concretas como la guerra, que redujo el censo de 80.000 a 75.000 habitantes, las episódicas epidemias de fiebre amarilla o cólera, o las crisis de subsistencia, la población de Sevilla mantuvo un ritmo moderado de crecimiento a lo largo del siglo, más evidente en la segunda mitad del  mismo. En 1857 la capital contaba con 112.529 habitantes, en 1877 la cifra era de 134.318, y cerró el siglo con 148.315 habitantes, a los que habría que sumar los 555.256 de la provincia.
        Esa población necesitaba abastecimiento, algo que constituyó una de las principales preocupaciones del poder municipal a lo largo del siglo. Este aspecto se aprecia en  la construcción y revitalización de los mercados, el Central sobre todo instalado en la Plaza de la Encarnación, y en la estrecha vigilancia que las autoridades municipales mantuvieron sobre los precios y productos. La beneficencia y la sanidad, el orden público, así como la enseñanza, preocupación destacada de los munícipes liberales, estaban entre las funciones de unos ayuntamientos empeñados continuamente por reducir el déficit de la hacienda municipal, reorganizar la administración, centralizar, racionalizar, reglamentar toda la vida municipal y a la vez, en el caso de los ayuntamientos liberales, permitir la participación, si bien limitada, de los ciudadanos. En general, en el primer tercio del siglo manejaron mejor la política municipal los ayuntamientos absolutistas que los ayuntamientos liberales, tenían sin duda más experiencia y tuvieron más tiempo y menos ambición reformista. Un asistente de la década ominosa, José Manuel Arjona, 1825-1833, destaca entre los políticos municipales del primer tercio de siglo porque, manejándose con orden y austeridad, saneó la hacienda municipal a pesar de la crisis  económica del final del reinado y llevó a cabo un programa de obras públicas con el que se iniciaría la transformación física de la ciudad isabelina. Salvo excepciones como esta la historia de la ciudad y de su ayuntamiento se repitió en la inercia a lo largo de la primera mitad del siglo.
        No se observó una situación preindustrial que permitiese augurar una inminente modernización cuando las circunstancias lo permitiesen. La de Sevilla seguía siendo una economía agrícola, latifundista, extensiva, escasamente diversificada, poco comercial, que difícilmente serviría de plataforma de despegue industrial y de modernización. Cabía la posibilidad, sobre todo en la segunda mitad del siglo, cuando se aprecian síntomas de cierto dinamismo, de que la vía sevillana a la modernización, más tradicional y segura, por otra parte, que otro modelo de industrialización, hubiese sido la de crear una agricultura capitalista. No se logró, a pesar de contar a su favor con una mano de obra barata y con la garantía de unos precios agrarios altos mantenidos, a veces artificialmente, por las políticas proteccionistas. Sin embargo, la riqueza producida, en coyunturas que comenzaron a ser favorables, no se desvió ni a sectores secundarios, ni a mejoras de tipo técnico. La rutina siguió primando en lo que quedaba del sistema gremial en bancarrota hasta bien entrado el siglo. El comercio no consiguió recuperarse de la pérdida de las colonias. Los años decisivos para la modernización que fueron de 1833 a 1875, supusieron una oportunidad de oro que otras capitales españolas supieron aprovechar.
        Paradójicamente, alguna responsabilidad tuvo en ello dos grandes proyectos liberales, la desaparición de los señoríos y la desamortización. La meta de la reestructuración del agro que los liberales emprendieron era la de permitir la eclosión de un capitalismo agrario, la riqueza en el campo, la articulación de los mercados y que eso sirviese de aliento a los focos industriales y de transporte, pero ese no fue el resultado. Se benefició a la nobleza terrateniente propietaria que consolidó su poder sobre bases nuevas y a una burguesía aristocratizada. La fusión de ambas constituyó el grupo de poder que controló Sevilla, económica y políticamente a lo largo de la etapa isabelina y posteriormente, con más fuerza aún, durante la Restauración. El protagonismo de esa plutocracia da un tono aristocratizante a la municipal de la ciudad del ochocientos. A ella habría de haber correspondido llevar la antorcha de la modernización a la ciudad y no lo hizo, desviando los beneficios de una agricultura cada vez más rica hacia gastos suntuarios.
        En ese clima, cuantas iniciativas de industrialización se pusieron en marcha en la ciudad llegaron de fuera, en no pocas ocasiones financiadas y sostenidas por habitantes foráneos. El mejor ejemplo son José María Ibarra y Narciso Bonaplata, promotores de una feria de primavera, de caracteres muy diferentes a la actual pero origen de la misma. Con ella pretendían dinamizar la economía agraria de la Sevilla de mitad del siglo, articulando su mercado provincial, relacionando las zonas del interior con el litoral andaluz, para convertirla en el eje económico de la baja Andalucía. Otras iniciativas punteras como la minería de El Pedroso, la fábrica de loza La Cartuja de Pickman, la siderurgia Portilla-White, los telares de lino de Fco. Mañero, se debían todas a iniciativas de foráneos afincados en la ciudad. Lo peor fue que ese precario tejido industrial terminó fracasando por motivos diversos: la falta de carbón, el retraso en la construcción de la red ferroviaria,  que también termina en manos de una compañía de capital francés, Crédito Mobiliario, pero también el peso la inercia de aquella sociedad, la falta de mercado y la falta de capital, pues no se logró dar forma a un sistema bancario sevillano. El Banco de Sevilla se fundó en 1856, pero muy pronto cayó la órbita del Banco de Bilbao, no resistió la crisis de 1866.
        Con todo, el panorama de la segunda mitad del siglo, y en el último tercio sobre todo, resultó menos oscuro. Se verificó cierta recuperación económica a partir de los años 60, la expansión de comercio fue acompañada del crecimiento del ahorro, si bien invertido más en deuda pública que en otras ramas productivas. No obstante, invirtió también en la mecanización del campo, ya en la Restauración se introdujeron nuevos cultivos como el girasol y la remolacha, se aumento la superficie cultivada al desecarse 80000 hectáreas, y en los alrededores de la ciudad los Luca de Tena instalaron las primeras fábricas de transformación de productos agrarios. Ahora bien, ese desarrollo, además de tardío, fue muy inferior al de otras áreas de la Península. Además es cierto que se creó la Cámara de Comercio, Industria y Navegación por iniciativa gubernamental, pero también lo es que continuó sin fundarse una banca autóctona, la iniciativa del marqués de Alcañicez para construir la línea Sevilla-Jerez-Cádiz no daría los resultados esperados.
        Los Montpensier. Políticamente la imagen no resulta mucho más placentera. Ciertamente, la residencia en Sevilla de los duques de Montpensier le otorgó cierto protagonismo político y cultural. En torno al Duque se aglutinó aquella nobleza y alta burguesía aristocratizada preocupadas como no lo habían estado antes por su buena imagen y decidida a participar más en la vida pública. No es de extrañar que quisiese dejar su impronta en una ciudad que, tal vez gracias a ese interés, se modifica urbanísticamente y mejora su habitabilidad a lo largo de la segunda mitad del siglo, algo que habla de cierta recuperación económica. Se crean las primeras líneas de ferrocarril, se plantea la reforma de las márgenes del río, se construye el puerto, se construye también el puente de Isabel II, se proyecta la ronda exterior, se habilitan la práctica totalidad de las plazas del centro de la ciudad con un sentido secular y cívico de las mismas cuyo mejor ejemplo fue la Plaza Nueva, se abren teatros, se incorporan los jardines de San Telmo donados por Montpensier, se abrieron hoteles como la fonda París, o la Londres y, sobre todo, se destruyen las puertas y murallas, decisión del sexenio muy contestada por la Sevilla más conservadora. Una ciudad que comienza a mostrar una faz más moderna y más habitable gracias a la iluminación de gas cuya concesión termina recayendo en una compañía catalana desde 1866. El alumbrado eléctrico se inicia antes de fin de siglo siendo la Compañía Sevillana de Electricidad, de capital alemán, la encargada del suministro. El teléfono, el tranvía eléctrico inaugurado en 1898 y el proyecto de reforma de toda la traída de aguas a la capital de la que se encargaría la mítica Compañía de los Ingleses, comenzaron a cambiar definitivamente la faz de la urbe, si bien muy lenta y desigualmente. Quedaba por reformar definitivamente el trazado del río para evitar las, cada vez más temidas, riadas, pero ese proyecto no comenzó hasta la corta de Tablada en 1907.
        Por otra parte, el esfuerzo educativo se concretó en la apertura de nuevas escuelas públicas, privadas y dependientes de órdenes religiosas, femeninas en su mayoría. Entre ellas destacan el primer Instituto de Secundaria, el San Isidoro, en 1846, la Escuela Normal también a mitad de siglo y la Escuela Industrial de Sevilla. Además, la Universidad, ya secularizada, comenzó a recibir nuevos aires gracias a la influencia del Krausismo. Paralelamente, la prensa se multiplica.
        Políticamente, hasta el sexenio la ciudad vive una inquietante rutina, sólo rota por acontecimientos como la visita de la Reina en 1862. Superado el paréntesis democrático esa rutina se consolida ahora con una rearistocratización del poder político de la ciudad. Junto a esa plutocracia que da tono a la Sevilla de los años felices de la Restauración, convive una burguesía mediana, con escasa conciencia e integración, y una población controlada por la Iglesia, poco organizada, que cuando estalla lo hace en motines de hambre, pero que constituye una oposición radical, dormida pero latente, en la que comienzan a permeabilizar ideas antisistema; algo que permitiría entender cómo la Sevilla conservadora terminó convertida en Sevilla “la roja”. Como apunta Cuenca Toribio, la Sevilla republicana contenía dos claves que habría que tener en cuenta para el futuro: la violencia de un tejido social muy conflictivo pero adocenado, que cuando podía surgir lo hacía con dureza, y la débil burguesía progresista. Tal vez, uno de los primeros síntomas de lo que habría de venir fuese que, en 1882, el primer congreso de la FTRE tuviese la ciudad como lugar de celebración.
        Sin embargo, no conviene llamarse a engaño, la imagen de la Sevilla que termina el siglo continúa siendo la de una ciudad conservadora, aristocratizante, indolente, católica, que presume, sobre todo, de hechos como el protagonismo del pueblo y las instituciones de la ciudad en la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.

    Inmaculada Cordero Olivero
  • Sevilla contemporánea (siglo XX)  Expandir
  • La historia de Sevilla durante el siglo XX comenzó y terminó con sendos espejismos: la Exposición Iberoamericana de 1929 y la Exposición Universal de 1992. Dos oportunidades perdidas para una ciudad que parece avanzar al ritmo de grandes acontecimientos concretos, pero se muestra incapaz tanto de aprovechar hasta el límite las oportunidades que esos fastos le ofrecieron, como de generar un proceso continuado de desarrollo autóctono.
        A lo largo del primer tercio de siglo los censos de población dan cuenta de un crecimiento notable. En 1900 la capital contaba con 148.315 ciudadanos y la provincia con 406.941, en 1930 Sevilla tenía 228.729 habitantes y su provincia 576.523. Las causas de ese ascenso están más relacionadas con el crecimiento de la inmigración desde zonas rurales de Huelva,  Cádiz o Málaga, afectadas por la crisis provocada por la guerra de 1914, que con el crecimiento vegetativo. Sevilla padece de una mortalidad bastante alta (en 1900 la más alta de España) desbordada en coyunturas como la de 1915-19, en que la famosa epidemia de gripe diezmó la población. Esa tendencia ascendente se rompería en la década de los treinta, cuando la crisis económica provoque el proceso inverso y comience a devolver población al campo.
        Esa población habitaba una ciudad prototipo del caciquismo de la Restauración. Los dos grandes partidos, dirigidos por Tomás de Ibarra el conservador y Pedro Rodríguez de la Borbolla el liberal, habían conformado una elite política, económica y social, incapaz, por lo demás, de dar soluciones a los problemas que la ciudad tenía planteados: insalubridad, escaso y mal estado de la pavimentación, alcantarillado muy precario, electricidad deficiente y poco generalizada, deficiente asistencia sanitaria, altísimos índices de analfabetismo, infraviviendas. La falta de servicios de todo tipo resulta más acuciante cuanto más crecía la población. La presión se tornaba insostenible cuando, a esa situación cotidiana, se sumaban las periódicas crecidas del Guadalquivir. Dos infraestructuras seguían siendo imprescindibles para la habitabilidad de la ciudad, la traída de aguas, que no se concluyó hasta 1926, y la defensa frente a las crecidas del río con las Cortas de Tablada y de la Cartuja, que no se concluirían hasta 1926, la primera. La de la Cartuja continuó siendo un proyecto inconcluso hasta la segunda mitad del siglo.
        En las circunstancias de insalubridad en que vivían los sevillanos, no resulta extraño que los índices de mortalidad de la ciudad se dispararan. Básicamente el espacio urbano seguía siendo el del siglo anterior, ni siquiera la destrucción de las murallas había introducido un cambio sustancial. La población se hacinaba en casas de vecinos, en corrales, en unas condiciones deplorables; cuando no en chavolas ocupadas por los inmigrantes llegados en la década de los 10. Y la situación no mejoró con el paso de los años. La inmigración aumentó ante las oportunidades de trabajo que brindó la celebración de la Exposición Ibero­americana. Finalizada la misma, las consecuencias no se hicieron esperar: la alta demanda de trabajo se tradujo en una rebaja de los salarios y en un empeoramiento general de unas condiciones de vida de las clases populares, ya de por sí intolerables. En esa situación, no resulta extraño el dinamismo de los obreros y campesinos sevillanos en una lucha sindical que durante el trienio bolchevique y, más tarde, en la Segunda República adquirió caracteres especialmente violentos.
        Desde el punto de vista económico no se observan grandes cambios que permitan hablar de un proceso de modernización en la primera mitad de siglo. Las manufacturas de corcho, la cerámica de Triana, la fabricación de abonos, y otras empresas relacionadas con la transformación de productos agrícolas, como la aceituna o la Azucarera Bética, continuaban conformando el escaso tejido industrial de la ciudad. A ella se sumaron un pequeño grupo de “grandes industrias” como La Cruz del Campo, Cementos Portland, la ya antigua Cartuja o las, también tradicionales, fábricas militares. La mayor novedad fue la aparición de un sector metalúrgico, relacionado con las obras puestas en marcha con motivo de la Exposición Ibero­americana. En cualquier caso, como recoge J. Manuel Macarro, se trataba de una industria encarada a la elaboración de productos agrícolas, preparada para satisfacer solamente las necesidades de consumo local, dispersa y de escasa capacidad productiva.
        Quedaba el comercio. Para lo bueno y lo malo Sevilla era el río. Atendiendo a la actividad comercial que registró el puerto de Sevilla, González Dorado apunta varias fases: una primera etapa de auge exportador, hasta 1917, favorecido por la mejora de la ría, el desarrollo de nuevas técnicas agrícolas que mejoraron la producción, el auge de la producción minera de la Sierra Norte y la coyuntura favorable que representó la I Guerra Mundial. Los años que siguieron, 1918-23, fueron de depresión, al terminar la coyuntura favorable que la guerra europea había permitido. Entre 1924 y 1930, fue la Exposición Iberomaericana la que permitió un nuevo impulso del comercio sevillano. Sin embargo, la coyuntura de 1930-35 resultó muy diferente, la depresión se convirtió en la tónica del periodo.
        La Exposición Ibero­ame­ricana. Varias veces nos hemos referido a la Exposición de 1929. J. Manuel Macarro la define como “la partera de la Sevilla moderna y una insoportable carga financiera para la ciudad”. El proyecto había nacido en 1909 de un empresario sevillano, Luis Rodríguez Caso. Su objetivo era celebrar una muestra que sirviese para engrandecer Sevilla e impulsarla económicamente, convirtiéndola en puente de unión entre España y América; muy adecuado para una etapa en la que el regeneracionismo intentaba superar el 98 y presentarse ante las nuevas repúblicas americanas con otro rostro. Ciertamente, el certamen dejó una Sevilla nueva: reforma del barrio de Santa Cruz; construcción del Casino de la Exposición; las avenidas de Reina Mercedes, Reina Victoria, Eduardo Dato, etc; algunos ensanches en Ramón y Cajal, la Campana y Canalejas; barrios nuevos como Heliópolis; hoteles como el Alfonso XIII;  y el espacio monumental situado en el parque de María Luisa. Pero el coste fue desorbitado para un ayuntamiento con demasiadas necesidades estructurales como para gastar sus presupuestos en algo que, para muchos sevillanos, no parecía más que un gasto suntuario. Por otra parte, como impulso económico y modernizador de Sevilla la exposición resultó un fracaso. 
        Los conflictos sociales no eran nuevos en la ciudad, pero la carestía de los precios durante la primera guerra mundial y la crisis de la posguerra supusieron un cambio cualitativo en la violencia de los mismos. Desde la formación en Sevilla de la Federación Obrera Regional Andaluza, con 36.948 afiliados internacionalistas en 1919, la conflictividad se disparó. Fueron aquellos los años del trienio bolchevique, entre 1918-20. Las huelgas y atentados se multiplicaron y, de forma paralela a la toma de conciencia de clase por parte de los obreros y campesinos, los patronos comenzaron a organizarse en la Sociedad Patronal. La ruptura social había llegado a un punto sin retorno. El espacio de acción que quedó a una mediana y pequeña burguesía, depositaria de las ideas regionalistas, tan en boga en la época, resultó insuficiente. 
        Sevilla “la roja”. Los enfrentamientos entre conservadores y revolucionarios se radicalizaron, aún más si cabe, durante la República, de ahí el sobrenombre de Sevilla “la roja” que la capital se ganó en este periodo. Sólo en número de huelgas Sevilla tuvo el record del país: 238 entre 1931 y 1936. Enfrentamientos que no se produjeron sólo entre clases, sino, dentro de la clase obrera, entre formas diferentes de entender la lucha. Comunistas, anarquistas y socialistas, mantuvieron una lucha sin cuartel en la Sevilla de los años treinta. A esa circunstancia había que sumar que la derecha era la segunda fuerza política en Sevilla y que el Estado, para mantener el orden había entregado armas a los jóvenes monárquicos. El resultado fue la “pinza antirrepublicana” de la que habla J. M. Macarro: el PCE y la CNT por un lado y la derecha por el otro. El margen de acción de republicanos y socialistas fue muy limitado. En ese clima resultaba muy difícil consolidar la República. Con todo, la situación de los trabajadores sevillanos mejoró gracias a reformas que, entre otras cosas, permitieron un aumento del salario agrícola.
        En 1933 el gobierno de la derecha se mostró incapaz de calmar los ánimos, más bien lo contrario, la polarización se acrecentó. Cierta­mente, la tranquilidad regresó a las calles de Sevilla, pero los salarios bajaron y el paro aumentó. En 1936, la victoria arrolladora del Frente Popular fortaleció las organizaciones obreras sevillanas. La situación social se hizo insostenible entre febrero y julio de 1936, hasta el punto que el 10 de julio dimitían todos los concejales de Unión Republicana del Ayuntamiento hispalense y se rompía el Frente Popular en la ciudad.
        La falta de visión de los dirigentes del Frente Popular en Sevilla hicieron posible que la Sevilla “la roja”, con la que Mola en un principio difícilmente contaba dada su fama, cayese de manera inmediata en manos de los rebeldes, en julio de 1936. La represión de los nacionales fue dura. Tras ella, la ciudad volvió a  retomar su imagen de ciudad conservadora, católica, indolente y, si no estancada, sí muy por detrás de otras capitales españolas. Esa imagen la acompañó muchos años.
        Industria. En 1958 la Reseña Estadística de la Provincia de Sevilla indicaba que en esos años se fabricaban en la ciudad aviones, barcos de gran tonelaje, motores para bicicletas, maquinaria agrícola, cementos, planchas de uralita, tubos para la conducción de agua, tejidos de algodón y lana, vagones para ferrocarril… Según la fuente, Sevilla comenzaba a destacar como ciudad industrial, había visto crecer su población  y modernizar y sanear sus barrios. ¿Pero eran realmente ciertos los optimistas datos ofrecidos por el sistema franquista? En efecto, tras la Guerra Civil se instalaron en la ciudad grandes empresas de capital público: Saca, de construcciones agrícolas, Elcano, Casa y Hasa, del sector aeronáutico. En el sector privado la principal empresa de la época fue Hytasa, de la rama textil. A ellas se sumaron otras muchas, al hilo de la carencia de muchos productos y los altos precios tras la guerra.
        No obstante, en la década de los sesenta todas las empresas del Ini afincadas en Sevilla eran deficitarias, salvo Casa. Eso provocó cierres y privatizaciones que terminan por hacer fracasar el pretendido proceso de industrialización de la ciudad. Para contrarrestarlo, en 1964 Sevilla habría de convertirse en centro de uno de los cinco polos industriales aprobados por el gobierno. A pesar de lo cual, el balance presentado en 1970 no fue positivo. A comienzos de esa década tres hechos constataron el fracaso de la industrialización sevillana: el abandono del ansiado proyecto de construir un canal paralelo al río Guadalquivir, entre Sevilla y Bonanza,  la adjudicación de la IV Planta Siderúrgica Integral a Sagunto,  y la decisión de la multinacional Ford de instalar su nueva planta de fabricación en Almusafes (Valencia).
        Finalmente, como si periódicamente necesitase de grandes proyectos engendradores de ilusión colectiva, en 1992 se celebró la Exposición Universal, que habría de conmemorar los quinientos años del Descubrimiento. La imagen nueva de la Sevilla actual se debe a ella. La ciudad ha ganado toda una margen del río y ha mejorado sus hasta entonces pobres comunicaciones, pero no parece que haya transformado sustancialmente su situación económica.

    Inmaculada Cordero Olivero
 
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