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TÉRMINO
- ALMUÑÉCAR
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  • Castillo de Almuñécar  Expandir
  •     El castillo de Almuñécar se sitúa en un pequeño cerro frente al mar. Su planta es poligonal. Fue declarado Monumento Nacional en 1931, aunque su restauración no se abordó hasta fechas recientes. Las primeras noticias del castillo se remontan a las épocas griega y cartaginesa, pero su estructura básica es de época árabe. Durante el reinado de Carlos I se realiza una importante obra constructiva, se levantan torres y un foso. Con el siglo XIX y la Guerra de la Independencia el edificio fue desmantelado por los franceses. Posteriormente, como otros castillos andaluces, se convierte en cementerio. Posee un amplio foso y un puente levadizo y se pueden observar los restos de la muralla árabe. A lo largo del edificio, proliferan las torres de formas diferentes. Algunas partes del edificio se rematan con almenas piramidales. La torre del homenaje se encuentra derruida. En la parte noreste nos encontramos con una torre albarrana árabe. El torreón del Polvorín y el del Alcaide constituyen dos ejemplos de estas estructuras torreadas. Digno de mención es el acceso flanqueado por dos estructuras cúbicas que le servían de defensa. El sistema de construcción dominante es la mampostería, la piedra apenas aparece labrada. El ladrillo se utiliza para las zonas más importantes del edificio y tiene claras connotaciones árabes.
  • Almuñécar, el otro lado del mundo  Expandir
  • Para muchos granadinos de nortes y desiertos, para la inmensa mayoría de los andaluces, sobre todo los concernidos por la lejana cultura del Bajo Guadalquivir, Almuñécar es un lugar que está al otro lado del mundo. Sólo en esos sitios lejanos, paraíso de piratas y soñadores, es posible que los almendros florezcan antes de la Navidad y que los mercados exhiban con exuberante grosería una paleta de productos de nombres exóticos y colores tropicales. La lejanía de Almuñécar no es geográfica, una hora salvo atascos la separan de la capital y noventa minutos de las nieves rebeldes y las temperaturas continentales de Sierra Nevada. La lejanía de Almuñécar es emocional, pertenece al mundo de las ilusiones y, apenas el viajero desciende de Cázulas, sabe que ha atravesado una frontera que antes sólo había sido capaz de soñar y que las cosas adquieren otros nombres. Nombres desconocidos de cosas desconocidas. Nombres de incierta ortografía y fonética excesiva, que parecen ecos de pueblos y culturas enterrados por las cortezas del árbol de la memoria. Ahí, a cada curva de la carretera de imposible trazado, se abre una vegetación impropia del territorio, más allá de cualquier tópico y del lenguaje comercial, que desemboca en uno de los embudos más lujuriosos del Mediterráneo.

        Almuñécar es una ciudad que agota vertiginosamente sus imprecisas estaciones. Los almuñequeros están en sazón apenas dibujadas sus adolescencias y llegan y se pelean con la vida más rápido que en ninguna otra parte, como si la voluptuosidad de sus privilegios climáticos tuviera una exacta traducción en el ciclo vital de sus gentes. Si por la carretera de la Cabra el descubrimiento confirma que los sueños existen, por la Costa el paisaje se despeña bordeando el Mediterráneo con horizontes quebrantados y calas de imposible acceso, con resonancias tales como Cantarriján, Calabajío, El Curumbico y El Tesorillo. Un disparate de los sentidos. Entre la Punta de la Mona y el Cerro Gordo, la bahía y el pueblo de La Herradura se abren insolentes y ofrecen un espectáculo que justifica con creces los aires orgullosos y reivindicativos de sus nativos, siempre escocidos por su levantisca pedanía.

        Algáricos, fenicios, romanos, árabes, cristianos y, sobre todo, granadinos de cualquier origen, culto y condición. Almuñécar es, por otros climas y embrujos de la naturaleza, la perfecta continuidad de la belleza capitalina. Allí, sesenta kilómetros al sur de cada verano desde hace siglos buscan los granadinos sus propias huellas y acaban encontrando, por extensión, su ciudad dentro de otra ciudad y con ella a sus vecinos, sus amigos, casi como si no hubieran salido de casa. En agosto, en cada fin de semana y en cada puente, por el casco antiguo o por el paseo, por Velilla o San Cristóbal, por El Pozuelo y Cotobro no es nada inusual repetir los encuentros callejeros y pandilleros del resto del año en Plaza Nueva, Recogidas o el Carril del Picón. Desde los sesenta, el atractivo de Almuñécar ha sobrevivido, con algunas lamentables excepciones, a la presión urbanística y aunque algunos bodrios son ya irreparables, no es difícil reconocer a primera vista su innegociable condición de sueño dentro de otro sueño. En alguna mañana de invierno, de sol limpio y mar calmo, más o menos a veinte grados y con la espesura tropical escoltando la cornisa, Almuñécar –pronúnciese Almuñeque– no sale en los mapas de este mundo.

    Francisco Romacho
 
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