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TÉRMINO
- BARROCO
  ANEXOS
 
  • Barroco literario andaluz  Expandir
  • La relación de Andalucía con el Barroco, sea como estilo de época, sea como tendencia que late tras las manifestaciones artísticas y literarias de Andalucía en distintos momentos de su historia, no es equiparable a la existente con otros estilos artísticos. Antonio Bonet Correa afirma que “nada se hace a nivel popular en Andalucía que no lleve aún el sello de este estilo”. Y podríamos añadir que no sólo a nivel popular.
     Historiográficamente, el Barroco es la manifestación artística dominante en el siglo XVII, tras un intenso proceso de transición del segundo Renacimiento del XVI al Manierismo. Como tal, es la expresión de un tiempo en crisis, en desequilibrio profundo, que en Andalucía se resolvería –casi siempre– por una hipertrofia de la expresión frente al contenido. Aunque hoy sabemos que toda expresión lo es de un contenido y que, por ello, el Barroco Andaluz no es tanto el desarrollo de lo ornamental y accesorio frente a lo pretendidamente fundamental, cuanto el cuestionamiento de qué es o no lo fundamental en la existencia humana. Y en esta crisis de profundo calado, desde Andalucía se proclama la primacía de la Belleza sobre los otros universales cuestionados de la Verdad y la Bondad. Una belleza que se descubre incluso en la representación de las ruinas o la muerte.
     No puede entenderse la literatura Barroca en el ámbito hispánico sin la esencial aportación de Andalucía. Andaluz será el impulso que traza la continuidad de la expresión poética desde el castellano Garcilaso de la Vega hasta el cordobés Luis de Góngora, pasando por el sevillano Fernando de Herrera. Andaluzas son las expresiones poéticas de Jáuregui (tan cultistas, malgré lui) o de Soto de Rojas. Por otra parte, sin la influencia de la literatura andaluza mal podemos entender el impulso del barroco latinoamericano, que culmina en Sor Juana Inés de la Cruz.
     Y cuando pasado el tiempo, en las décadas iniciales del siglo XX, los jóvenes del 27 busquen una vía de continuidad para la expresión poética, volverán a Góngora y, desde Andalucía, Rafael Alberti ofrecerá lo mejor del neogongorismo con Cal y canto. Hoy, afortunadamente, no se utiliza ya el adjetivo barroco como descalificador, como indicador de lo hueco y desmesurado, sino como lo propio de una rica sensibilidad, de una capacidad de percibir el mundo y la realidad desde un sentimiento trágico y radical de lo estético. Por ello, cuando en nuestros días algunos críticos señalan, por ejemplo, a nuestro poeta granadino Antonio Carvajal como neobarroco, sabemos que quieren decir que hace lo mejor de la poesía actual, como en el XVII (excepción hecha de Quevedo) la hacían los poetas del Sur.

    Manuel A. Vázquez Medel

  • Las artes suntuarias  Expandir
  • Los caracteres del Barroco permitieron el desarrollo pujante de aquellas actividades artísticas que no pertenecen a las llamadas artes mayores. La exhuberancia decorativa y la fantasía del arte barroco, así como la conciencia del arte total a través de una atmósfera o un entorno completamente estético, que explica esa tendencia formal al horror vacui, permitieron su proliferación. Así, la exigencia de culto y devoción, promovida por el Concilio de Trento, determinaban la creación de un entorno y una riqueza artística obtenida a través de el empleo de las artes aplicadas. También la fiesta, en la propia raíz de lo barroco, sea religiosa o profana, ahondaba en esta necesidad de exaltar los fastos a través de lo artístico. Las telas componen buena parte de este entorno singular: destacan los ajuares litúrgicos, con bordados de oro y plata, terciopelos y las sedas granadinas; las más valiosas colecciones se sitúan en los tesoros de catedrales y colegiatas, donde se custodian ternos, dalmáticas, capas pluviales, frontales de mesas, paños, mitras, estolas, etc. Los motivos son aún romanos en la primera mitad del XVII, en su segunda mitad se produce una explosión barroca del ornamento, utilizándose láminas de oro para la creación de motivos florales. También se emplean hojas carnosas, frutas, incluso animales como pájaros, caracoles, o mariposas. En los primeros años del XVIII se limita esta abundancia de formas, y aparece el adorno de rocalla durante la segunda mitad de la centuria. En el arte del mueble, también el capítulo más sobresaliente se desarrolla en el interior de las iglesias, donde hay que situar piezas con carácter funcional o litúrgico. Así, puertas, canceles, confesionarios, cajoneras para las sacristías, facistoles deben dotar el interior de los templos. Las cubiertas de las iglesias siguen utilizando hasta bien entrado el XVIII, en especial en el área sevillana, las armaduras de madera de tradición mudéjar. Su uso explica la aparición del tratado de carpintería de los blanco de Diego López de Arenas en 1633, que goza de nueva edición en la siguiente centuria. También en las casas-palacios hace su aparición una cada vez mayor “domesticación” de sus espacios privados, con techumbres, portajes y mobiliario.
     La orfebrería se desarrolla con esplendor en Andalucía durante el Barroco. Las necesidades de la liturgia postridentina y el culto a la eucaristía exigieron el desarrollo de una amplia gama de tipologías para servir a tal fin: custodias procesionales, que utilizan para su composición la sucesión de órdenes arquitectónicos en pisos decrecientes, ostensorios y tabernáculos, relicarios, cruces, frontales de altar, cálices, copones y vasos sagrados, entre otros, componen esta variada tipología. La platería andaluza opta para el ornato de sus objetos por la decoración, inicialmente de motivos geométricos o arquitectónicos de índole manierista en los primeros años del XVII, donde se advierte el influjo de Francisco de Alfaro, que abandona la ciudad en 1600, autor del tabernáculo del altar mayor de la catedral de Sevilla, en 1593. La segunda mitad del siglo es especialmente fecunda, con la figura del jerezano Juan Laureano de Pina (1642-1723), que realiza la urna de San Fernando en la capilla real de la Catedral hispalense, terminada en 1729, y el altar eucarístico para el Jueves Santo de esta misma seo. El ornato se vuelve más naturalista y abultado, con motivos florales y vegetales. La rocalla hace su aparición a mediados del XVIII, donde destaca la obra del cordobés Damián de Castro (1716-1793), con gran número de encargos arzobispales, autor de las figuras de la Virgen de la Candelaria y del San Rafael de la catedral de Córdoba, o de la urna eucarística del tesoro de su catedral. En Sevilla destacan entre otros artistas: Tomás Sánchez Reciente durante la primera mitad del siglo; a mediados de la centuria Blas Amat, autor del libro de dibujos para examen del gremio y, en la segunda mitad del siglo, el rococó José Alexandre (1715-1786) y Vicente Gargallo. Otro foco destacado de esta etapa es el jiennense. En Granada el platero de Jaén Miguel de Guzmán termina en 1755 la urna con los restos de San Juan de Dios para el camarín de su basílica.
     En cuanto a la cerámica, la azulejería tiene un papel principal en el ornato del interior de los templos; destacan los zócalos para los conventos e iglesias del XVII, como los de Santa Clara y la iglesia de San Lorenzo en Sevilla, o San Agustín de Córdoba. Sobresale la producción de Triana, con el afamado taller de Valladares en el XVII, o la imitación de escenas de cacería y tipo Delft en el XVIII, como la que inspira la capilla Sacramental de la población gaditana de Rota. Estos tipos y temas están extendidos por toda Andalucía, como se aprecia en la azulejería de tema cinegético de la escalera de San Juan de Dios de Granada. El uso de la cerámica constituye también un elemento indisolublemente unido con la arquitectura, y con ella se componen remates de arquitecturas y la decoración exterior de cubiertas y agujas. En cuanto a la vajilla, ésta imita a la talaverana, y aparece la influencia de la porcelana oriental.

    Arsenio Moreno Mendoza

 
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