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TÉRMINO
- BOABDIL
  ANEXOS
 
  • Los granadinos ante Boabdil en el otoño de 1491  Expandir
  •     “Se produjo entonces tal escasez de víveres en los mercados musulmanes de Granada, que fue mucha la gente que padeció hambre, pues subió enormemente el índice de la mendicidad. El enemigo, por su parte, asentado en la ciudad construida y en el campamento, controlaba toda la vega, impidiendo a los musulmanes las labores de roturación y siembra. Entonces hicieron observar a Boabdil que la ciudad era grande y que si los víveres que solían importarse apenas bastaban para las necesidades, cómo se las habrían de ver ahora que no se importaba nada; ya que las comunicaciones con la Alpujarra, de la cual llegaban comestibles y conservas, habían quedado interrumpidas. Representáronle también el número de valientes caballeros que habían perecido, la falta de mantenimiento, la imposibilidad de labrar y sembrar y la cantidad de infantes muertos en aquellas luchas. De nuestros hermanos los musulmanes que viven en la costa de Marruecos, añadieron a continuación, ninguno viene y acude en ayuda y socorro nuestro, a pesar de las comisiones que les hemos enviado. Mientras tanto, nuestros enemigos han levantado construcciones, en las cuales habitan, para mejor atacarnos. Ellos aumentan en fuerzas, nosotros en debilidad; ellos reciben ayuda de su tierra, nosotros carecemos de toda ayuda. El invierno acaba de entrar; con ello las fuerzas enemigas acampadas quedan dispersas y debilitadas, y hasta han suspendido las hostilidades contra nosotros. Si ahora entramos en trato con el enemigo, aceptará nuestras propuestas y accederá a nuestras demandas. Pero si aguardamos a que llegue la primavera, se reunirán los ejércitos bajo su mando, con lo cual, y atendida además nuestra debilidad y escasez, no aceptará entonces lo que de él solicitemos”

    Nubdat Al-Asr
  • El traje de Boabdil  Expandir
  • Nunca he querido ser ojal de un traje,
    hilo de un traje,
    excepto en el Museo del Ejército de Madrid:
    el traje es de Boabdil y la espada, la suya.
    Los turistas circulan si pararse
    ante el traje y la espada,
    pero yo...
    Mil razones me ligan a este traje y su dueño.
    Y lo mismo que un huérfano se queda contemplando
    el juvenil retrato de su padre,
    así me quedé yo ante la vitrina cerrada.
    Suplicante ante aquellos bordados,
    devorando, hilo a hilo, aquel tejido...
    Y, con todo,
    no me dejó Boabdil solo en la ciudad.
    Porque todas las noches,
    vistiéndose su manto,
    dejaba la vitrina del Museo del Ejército
    y se venía conmigo a pasear por la Castellana...
    Y me iba enseñando, una por una,
    a todas sus herederas andaluzas.           


    Nizar Qabbani
  • Exilio: de Cabdaa a Fez  Expandir
  •     La noticia de la muerte de Moraima favorecía los planes de los Reyes Católicos. El 28 de agosto, Hernando de Zafra informaba a sus señores: La reina mujer deste Muley Baudili, murió, y creo que aprovechó su muerte para el servicio de vuestras Altezas, porque su dolencia daba algún embarazo a la partida del Rey: agora queda más libre para lo que ha de hacer.
        ¿Qué esperaba para partir? Que pasaran los días de luto y los criados cerraran los arcones.
        Los luceros del alba señalaban el camino hacia la costa, por donde los cielos rompen antes las penumbras de las Alpujarras. Los viajeros sintieron los primeros fríos otoñales. Boabdil, montado en su corcel blanco, encabezaba la comitiva, que rompía las escarchas del camino. Le seguían, soñolientos, Jusef y Ahmed. Aixa montaba en una mula, resignada a cabalgar sin rumbo, pero con esperanza. Al rey cautivo se le habían unido muchos nobles y notables granadinos, entre ellos su cuñado, el hijo de Aliatar, dispuestos a acompañar a su señor en la aventura del destierro. Cabdaa se les quedó atrás, cerrada definitivamente en la niebla del pasado. El viaje era largo y difícil, atravesando valles y montañas, por una ladera de Sierra Nevada, por donde ya habían desfilado miles de exiliados desafiando a los rebeldes monfíes, bandoleros que provocaban el terror de los viajeros. Remontaron los poblados de la Contraviesa, recostados en las suaves montañas que sirven de fachada lejana al Mediterráneo, y la sierra de Gádor, desde donde Boabdil miró el valle alfombrado de viñedos y hortalizas, los campos de Berja y Dalías hasta donde llegaba desde Cabdaa para perderse en ociosas jornadas de caza. Quedaban ya pocas leguas para alcanzar el destino siguiendo las ramblas de los ríos Chiquito y Grande, hasta el punto no deseado: la costa, el mar que le mostraba desde las colinas los perfiles de la otra orilla, distante a sólo catorce leguas. Una distancia corta para apreciar de un vistazo las dos orillas, pero aquélla, tan extraña a su reino, que le parecía que le separaban otros mares inmensos y más tierra, África, para marcar las lejanías de Granada.
        Mezclados con otros exiliados, que llegaban sonámbulos por todos los caminos, la noche envolvió la caravana en una larga fila de sombras buscando el campamento que la aguardaba en las playas del puerto de Adra. Olía a salitre y a arenas regadas por la brisa. El mar estaba en calma, ligeramente rizado, con un vaivén de suaves rumores. Cuando descendieron los viajeros de sus cabalgaduras, se oyeron suspiros de alivio mezclados con los gemidos que les anunciaban los escalofríos que habrían de sufrir en el momento de la partida. Boabdil miró hacia el puerto. La luna alumbraba con suaves destellos reflejados en las aguas las barcas preparadas para el destierro: dos carracas –la principal de Iñigo de Arteaga, de mil doscientos toneles; la otra, “arriba de mil toneles de ginoveses”, asegurada por la Señoría de Génova–, más dos galeones para dar escolta, que llevaban atracados en el puerto más de veinte días.
        [...] Las horas de la última vigilia transcurrían lentas, agobiantes. No cesaba de oírse el continuo trajín de viajeros, transportando los hatos que habían preparado para el largo viaje: grandes arcones con los ajuares, talegas para los panes y las viandas, fardos con sedas, telas y paños elaborados en los telares artesanos, sacos con el trigo y las almendras de la cosecha, las cántaras del aceite, las gallinas y las cabras, bolsas con el dinero y las joyas, atadas a la cintura por debajo de los blusones y mantas para soportar los fríos de la travesía. Los viajeros no podían sacar del reino oro, plata, hierro y acero, tampoco armas y otros materiales considerados preciosos. Los reyes cautivos, sí. Tanto a El Zagal, como ahora a Boabdil, sí se les permitía pasar a Berbería con toda su fortuna.
        [...] Llegó el momento de embarcar. Boabdil y su familia subieron a la primera carraca. Ahmed y Yusuf rodearon confusos a su padre. Aixa sentía que era madera, y no tierra firme, lo que pisaban sus pies de sultana, y miraba ausente hacia las cumbres alpujarreñas, las últimas huellas del reino que no se resignaba a perder. En la otra carraca subieron los nobles. Y en dos galeones, la escolta de seguridad y el resto de los viajeros. Mil ciento treinta personas componían el pasaje de los cuatro navíos, la flota enviada por los Reyes Católicos para garantizar el viaje del último rey de al-Ándalus.
        Cerca del puerto, Hernando de Zafra era testigo del viaje que tanto habían deseado sus señores. Hasta entonces, mediados de octubre, eran miles los moriscos andaluces que había elegido la suerte de Berbería: “Así que son todos seis mil veinte ánimas, de las cuales serían hasta mil setecientas ánimas de Granada, y doscientos treinta de los que pagan derechos, y todo lo restante del Alpujarra...” De ellos, doscientos setenta se decidieron por eL viaje más largo, a Turquía; los demás, como su rey, al reino de Fez.
        [...] Cuando Boabdil pisó tierra africana, los embajadores de Muley Hamet le rindieron honores de rey. ¿Qué le quedaba de Muhammad XII, el Rey Chico de Granada, el último soberano de al-Andalus? El importe de una venta ominosa, el ajuar y una corona nueva, la que le convertía en el soberano del reino de la nostalgia.

    Antonio Ramos Espejo
    De Más lloraron los reyes andaluces
  • Muerte: en defensa de un reino ajeno  Expandir
  •     Traía el rey de Fez dieciocho mil de a caballo, y entre ellos mil escopeteros y ballesteros, y diecisiete piezas de artillería de campaña. Los Xerifes tenían siete mil de a caballo y doscientos escopeteros, y estando los dos ejércitos tan juntos, que solamente los dividía el río, estuvieron tres días escopeteándose los unos a los otros, aguardando cada uno a que el enemigo pasase primero, porque el río va muy hondo y tiene las riberas muy altas y breñosas por todas partes, aunque en lo alto de un cabo y de otro es la tierra espaciosa y muy llana. Y como el rey de Fez viese que los Xerifes no pasaban como hombres que solamente habían venido allí a defender el paso, con parecer de sus alcaides se determinó a pasar primero: y haciendo tres batallas de su gente, la primera con los tiradores, dio la primera a Muley Muhamete, su hijo, y con él a Muley abi Abdala el Zogoybi, rey que fue de Granada, el qual habiendo rendido aquella ciudad a los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, como dijimos cuando había pasado a Berbería, y marchó con el rey de Fez. La segunda dio a Muley Dris, cuñado casado con la Aixa, su hermana, y al alcaide de Laatar. Y la tercera tomó para sí con muchos alcaides y xeques principales. El Zogoybi pasó el vado con su batalla primero, y subiendo la cuesta que está de la otra parte del río hizo alto en lo llano, y soltó algunos tiradores que tuvieron a lo largo a los enemigos, mientras la otra gente pasaba, no creyendo que se atrevieran a dar batalla tan determinadamente como lo hicieron. Tenían los Xerifes ordenadas sus hazes en solas dos batallas, la una tenía el rey de Sus con los tiradores en vanguardia, y la otra el de Marruecos, y como vieron que la batalla de Zogoybi había pasado y que la gente del rey de Fez estaba ocupada en la cuesta, y en el vado, dando la señal a los suyos, acometieron con grandísimo ímpetu a los enemigos, y matando al hijo del rey de Fez, y otros alcaides y escuderos que tenían en la vanguardia, causaron tan gran confusión en los de Fez, que unos por huir, otros por pasar a socorrer, se atropezaron y derribaban en la cuesta y en el vado, y como los enemigos fueren hiriendo de continuo en ellos, en breve espacio estaba el río lleno de caballos, de bagajes y de hombres muertos de diferentes maneras, unos a hierro y otros ahogados. Murió en esta batalla el Zogoybi, no con pequeño escarnio de la fortuna que le rodeó la muerte en defensa de reino ajeno, no habiendo osado morir defendiendo el suyo propio. El rey, pues, que aún no había pasado el vado, viendo tanto desorden y cuan mal podía socorrer a los suyos, se puso en huida, dejando muerto a su hijo, y perdida la mayor parte de su gente, y las tiendas y las mujeres que llevaban consigo...

    Luis de Mármol Carvajal
    De Descripción General de África
  • Alhambra  Expandir
  • Añorada Alhambra:
    están llorando tus palacios,
    Muley Bu Abd Allah
    que ahora se ven perdidos
    ¡Dadme mi caballo
    y mi espada blanca
    que quiero luchar
    y ganar la Alhambra!
    ¡Dadme mi caballo
    y mi espada azul
    que quiero luchar
    y liberar a mi gente!
    Mis hijos en Guadix
    mi mujer en Gibraltar
    ¡me has traído la derrota
    señora Malfata!
    Mis hijos en Guadix
    y yo en Gibraltar
    ¡has hecho que me equivoque
    señora Malfata!


    Boabdil
    Este poema, escrito por Boabdil, está conservado por Argote de Molina, que nos da el texto árabe en dialectal granadino y una traducción castellana. Fue recogido por el autor de Los moriscos de Granada.
 
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