inicio quiénes somos normas de uso abreviaturas contacto

BÚSQUEDA DE TÉRMINOS



Acceso a búsqueda avanzada

TÉRMINOS RECIENTES

AGENDA CULTURAL
   Bodas de Sangre: Programación en Jaén
   Taller de creatividad dinamizado por Yanua para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil
   Taller de fin de semana: Fotografía + Ciencia: fotografiando lo imposible



CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- ALPUJARRAS
  ANEXOS
 
  • La visita de Virginia Woolf  Expandir
  •     En la primavera de 1923, Leonard y Virginia Woolf vinieron a visitarme. Me encontré con ellos en Granada, en casa de unos amigos míos, los Temples, que querían discutir con Leonard el asunto de las colonias africanas, y después de pasar un par de noches allí fuimos a Yegen en autobús y mula. Esta vez el viaje fue agradable, sin ninguna de las dificultades que marcaron el tránsito de Lytton Strachey tres años antes, y resultó evidente que fue del agrado de ambos (...)
        Luego recuerdo a Virginia como una persona totalmente diferente, corriendo por las colinas, entre las higueras y los olivos. Se me aparece como una dama inglesa criada en el campo, esbelta, escrutando la distancia con ojos muy abiertos, olvidada por completo de sí misma en la fascinación por la belleza del paisaje y por la novedad de encontrarse en un lugar tan remoto y arcádico. Parecía, aunque se conservaba serena, excitada como una colegiala en vacaciones, mientras que las facciones serias y sardónicas de su marido tomaban un aspecto casi infantil. Durante estos paseos hablaban de ellos mismos y de su vida en común con una clara franqueza –no tener secretos para los amigos era otra de las características del “Bloomsbury”–; entre otras cosas, recuerdo a Virginia hablándome de lo incompleta que se sentía en comparación con su hermana Vanessa, que educaba a una familia, gobernaba una casa y aún encontraba tiempo para pintar. Aunque dudo que perdiera alguna vez este sentido de su propia inadecuación, de no ser, en todo el sentido de la palabra, una persona de carne y hueso, era práctica y sabía cocinar y gobernar una casa mejor que la mayoría de las mujeres, llevando a la vez una intensa vida social que a veces le exigía esfuerzos superiores a los que podía soportar.

    Gerald Brenan
    De Al sur de Granada.
  • Donde vivir tiene una explicación  Expandir
  • Que la cultura de los pueblos está directamente ligada a su forma de entender la vida es algo que, por mucho que se dé por sabido, conviene siempre recordar. Como conviene igualmente tener en cuenta que la manera de relacionarse con la naturaleza y el paisaje, con la historia y las tradiciones, con el folclore y la gastronomía... es parte fundamental, esencial, de ese conocimiento. Y aunque sea verdad, como resulta bien obvio, que la Alpujarra del siglo XXI no es ya la misma que recorrió Alarcón en el XIX o la que dio cobijo a Brenan en el XX, tampoco es menos cierto que, por suerte, todavía se les parece bastante.
        Tradicionalmente considerada como una de las comarcas más bellas y singulares de toda la Península, la Alpujarra se extiende entre la falda sur de Sierra Nevada y el litoral mediterráneo, a caballo entre las provincias de Granada y Almería. Sus límites laterales, sin embargo, no están tan claros, si bien las voces más autorizadas parecen ponerse de acuerdo al señalar el Valle de Lecrín, por el Oeste, y la confluencia del río Nacimiento con el Andarax, por el Este. Y aunque lo normal cuando se la nombra sea pensar de inmediato en sus pueblos blancos colgados en difícil equilibrio sobre la cornisa meridional de la cordillera penibética, el caso es que su territorio es mucho más vasto y variado, pues no en vano llega hasta la misma costa hacia el sur, y desde el término de Motril al de la capital almeriense de poniente a levante, comprendiendo los valles del Guadalfeo, el Adra y el Andarax, y las cadenas montañosas de sierra Lújar, la Contraviesa y la sierra de Gádor, que se interponen entre las cumbres más altas de la Península y las templadas aguas del mar de Alborán.
        De ahí que se hable también de esta comarca en plural, las Alpujarras, para diferenciar la granadina de la almeriense, o la Alta de la Baja, cuando lo cierto es que se trata de una unidad territorial bien definida que la burocracia administrativa decimonónica tuvo el capricho de repartir entre las dos provincias, y cuando se da además la circunstancia de que en la llamada Baja Alpujarra hay poblaciones que superan en altitud a muchas de la conocida como Alpujarra Alta. Sería por ello más apropiado distinguirlas de otra manera, como ‘norte’ y ‘sur’, ‘del interior’ y ‘del litoral’, o, siguiendo la idea del etnólogo suizo Jean-Christian Spahni, autor de uno de los más interesantes libros jamás escritos sobre la comarca (La Alpujarra, Andalucía secreta), “del agua” y “de la sed”.
        Se trata, pues, de una de las comarcas andaluzas más extensas, pero también, a la vez, por su difícil orografía, una de las más cerradas. Y es precisamente esta característica la que marcaría desde el principio su historia, ya que siempre ha sido territorio reacio, por sus propias condiciones geográficas, a cualquier tipo de invasión foránea. No en balde fue el último rincón del Sur peninsular en abrazar la fe del Islam, como siglos después sería, asimismo, el último en abandonarla, y en ambas ocasiones lo hizo obligada más por la fuerza de las armas que convencida por la razón de las ideas. Pero no sólo para su devenir histórico han sido decisivas las excepcionales condiciones geográficas de la Alpujarra, sino también para su cultura, su urbanismo, su economía, su folclore, su gastronomía y, cómo no, para el carácter y la personalidad de sus habitantes, que constituyen sin duda su principal patrimonio.
        El medio físico y la condición natural de sus gentes resultan, en fin, la mejor garantía para la preservación de lo que aún puede ser considerado como una especie de paraíso terrenal al que tantos de noso­tros soñamos con poder retirarnos algún día. Recorrer sus cresterías, sorprenderse con sus visos –esos recodos del camino donde se observa por primera o última vez una vista extraordinaria–, disfrutar de sus incomparables paisajes y adentrarse en sus pueblos, bien para visitar las zonas más turísticas y mejor dotadas de servicios, bien para descubrir aquellas otras más desconocidas, aunque no por ello menos interesantes, puede ser la mejor manera de comprobar que, como escribió hace años el citado Spahni, “la Alpujarra es el rincón del planeta donde la vida tiene todavía una explicación”.

    Eduardo Castro
  • Yacimientos arqueológicos  Expandir
  • Paradógicamente, la comarca donde se encuentra el yacimiento de la Cueva de los Murciélagos* (Albuñol* ), cuyo hallazgo dio lugar a la edición de la obra Antigüedades Prehistóricas de Andalucía (1868) por Manuel de Góngora y Martínez* , es una de las que menos se conoce su pasado prehistórico de Andalucía. No obstante, se dispone de información que permite afirmar que ha estado habitada de manera initerrumpida desde, al menos, el Neolítico. En la época protohistórica, los fenicios fundaron Abdera, cuyos restos se han localizado en el Cerro de Montecristo y se remontan al siglo VIII a.C. Desde este enclave colonial, las influencias orientales se difunden por la comarca, como se pone de manifiesto en el importante enclave ibérico de El Cerrón de Dalías. Adra continúa siendo un importante puerto en época romana, en un área de abundantes núcleos de poblamiento de pequeño tamaño. La zona fue también de las primeras en adoptar el cristianismo, por su proximidad al norte de África, desde donde se difundió a Andalucía. El espectacular sarcófago paleocristiano de Berja* , una pieza de factura italiana de mediados del siglo IV, constituye una expresión de la profunda penetración del cristianismo en estas tierras. Hoy se encuentra depositado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. [ G. M. F.]
  • La Alpujarra  Expandir
  •     (...) Seguimos hacia el Este, por hoces y vertientes con olivares varias veces centenarios. Dejemos los caminos que nos llevaría a Berja y a Adra. Quedémonos en la Alpujarra. Una fuerte subida entre rojos pedregales y nos asomaremos a una especie de verdadera llanura pequeña, entre viñedos que se extienden por un amplio fondo de pizarras cubiertas de conos de deyecciones. Famosos vinos de Laujar, jamones no menos famosos. Pueblo antiguo, que conserva recuerdos moriscos, una casa con enlosado de la época, un patio de columnas de madera, una fachada que tiene esculpida una grosera y enigmática cabeza, acaso la de un morisco; casa que, según la tradición local, fue corte de Abén Humeya en su efímera realeza. En la plaza, una bella fuente del siglo XVII; otra más lejos, en el Fondón. Claras fuentes de múltiples surtidores tanto más agradables cuanto que ya se anuncia la sequedad de Almería y en la coraza calcárea que cubre la Sierra Nevada y la Sierra de Gádor no crece más que un enteco monte bajo. La soledad de estas semiestepas, donde la carretera va franqueando conos y barrancos.
        Tradicionalmente, la Alpujarra continúa hasta el valle Norte-Sur del río de Almería. Pero en este extremo oriental se parece ya a un corredor de la Andalucía de las estepas. Margas claras, amarillas y blancas, cinceladas de la manera más inverosímil; barrancos cuyos cortes están subrayados con las cintas verde claro de los parrales, esos parrales irrigados, originarios precisamente de Ohanes, pueblo que se divisa encaramado a 900 metros en las oscuras faldas de Sierra Nevada. La uva nace en cualquier lugar donde ello sea posible. Hay algo de conmovedor en ver cómo se ha plantado a veces una parra en un minúsculo pedacito de tierra. En los tres últimos cuartos de siglo, la vida se ha transformado aquí prodigiosamente. En todos los puntos del paisaje surgen grandes pueblos blancos, de tejados planos, inauditamente pintorescos, apretados como panales, a veces amenazados por el torrente. La Andalucía desconocida y tan inverosímilmente bella y atractiva, africana por paisaje, europea por sus riquezas.


    Jean Sermet
    De La España del Sur. Viaje de 1956.
  • Parir en las montañas  Expandir
  •     Cortijo de los Quemaos (Pampaneira). La niña que guarda las vacas es de otra movida. La suya no es de libertad, ni de alucine. Esclavitud de subdesarrollo en las cumbres de la sierra de Pampaneira. Lleva unos calzones anchotes y un calcetín lleno de cosas, que podrían ser monedas, en la mano.
        –¿Qué llevas?
        –Cigarrones... –me contesta con voz asustada.
        –¿Para qué los pillas?
        –Para los pollos de perdiz.
        Y ya me indica dónde está el cortijo de Los Quemaos, la gente esa rara, los vecinos suyos, que se han venido escupidos del desarrollo, al que la chiquilla que cuida las vacas desearía al menos echarle un vistazo. Desde aquí arriba se ven los tres pueblos del Barranco del Poqueira: Capileira, Bubión y Pampa­neira. Las montañas, refugio de libertad y rincones escondidos para una vida de esclavitud, los que vienen de vuelta y los que no han llegado... Porque no es feliz la niña que cuida las vacas. Se le nota en los ojos, en la mirada esquiva. Y yo le he preguntado por sus nuevos vecinos, que imitan su vida pastoril, liberadora para ellos, esclavizante para la niña que caza cigarrones.
        En Los Quemaos... ¡Qué alucine! Esto sí que es un flash, como diría un madrileño de Serrano, de la calle pijotera, al ver una cabrita en un viaje turístico. ¡Qué alucine! Segadores, desnudos al mediodía, bajo el sol ardiente. Y qué corte.
        –Nada, tú como si tal cosa, acomódate y como si estuvieras en tu casa, ¿vale, no? –me dice un hombre que se llama Satía.
        En Los Quemaos viven siete personas, bajo el signo Acuario. Y son: Satía, un madrileño, que fue estudiante de medicina hasta que aprendió a volar. Satía también responde por Manuel, Fidel, Colega, Amigo. Cambian de nombre a cada etapa diferente. Viva, que es francesa, de París, y también siega el trigo para hacer el pan integral. Su nombre oficial es Claude, luego se llamó Aleluya... Su hijo se llama Jabibi, que en árabe significa Bien Amado. El chiquillo corretea desnudo y feliz por los montes de la Alpujarra. Claude, Aleluya, Viva, espera familia y parirá en el cortijo. Eli, nueva vecina de Los Quemaos, madrileña, muy joven, está con su hija Jaizi. Bruno, que es un sevillano, recriado en Madrid, de donde salió a esta aventura de la libetad. Satia, Viva Eli y Bruno proceden de Ibiza. Los niños, Jabibi y Jaizi, nacieron en Formentera. El séptimo habitante es Gavilán, nombre de la vida errante, Javier oficialmente. Y tiene quince años y una intensa experiencia de movidas.
        Satía y Viva están segando. Elí hace la colada. Bruno toca la flauta. Gavilán se cose unos pantalones. Jabibi y Jauzi juegan en el pequeño huerto. Así encontré a los componentes de este cortijo que llaman comuna, aunque realmente no lo sea. Los nuevos campesinos de la Alpujarra tienen su huerto y unos bancales para cultivos de secano, lentejas y trigo. Satía arrendó el cortijo en tres mil pesetas al año.
        –Tenemos lo imprescindible para vivir –dice Satía, que ha terminado la siega.
        –¿Y el dinero?
        –Lo justo para comprar otras cosas...
        –¿Cómo lo conseguís?
        –Llega... Unos que vienen, otros que van; que mandan los amigos...
        –De ti se cuentan muchísimas cosas en el pueblo, Satía.
        –Inventan... Por eso cambio de nombre. Pero tranquilo, ¿eh? Hay quienes están por la no violencia, los que parecen pacíficos y llevan su corazón cargado de maldad. Tenemos que ser no violentos con el corazón y entonces no habrá problemas ¿Quieres un café?
        Trae Satía, o Fidel, o Amigo, un café malta. Y me pregunta:
        –¿Y tú como marchas por ahí por la vida?
        –Lo nuestro es más locura, es otro ritmo...
        –Si tú estás armónico con la vida –me dice el filósofo de Los Quemaos-, se puede encontrar la felicidad. Da igual vivir aquí con la naturaleza, ¿ves qué tranquilidad?, o en otro lugar. Lo importante es la armonía. Hay gente que no sabe hacer las cosas  con libertad, por sí misma. Esa gente que se complica por ganar más no se entera, tío, de la paz, la alegría... No se enteran...
        –Lo vuestro es más espiritual.
        –Más natural. El espíritu es esto, mira, el sol, el huerto, la vida... Nosotros colaboramos con el espíritu a que esto salga.
        –Y os enrollaréis mucho con la luna...
        –Yo me enrollo con todo, con el sol, con la luna, con las estrellas, con la música, con la gente... Sobre todo, con la gente. Porque a la gente les puedes decir, eso, qué ojos, qué cuerpo, y le puedes dar un flash que... Bueno, todo esto es un cordón que nos une con las estrellas, las plantas, la gente.
    (...)

        Viva se ha quedado en el campo de siega. En París, entonces Claude trabajaba en publicidad, ilustraba libros... Hasta que decidió vivir más cerca del sol y las estrellas.
        –¿Dónde vas a tener la criatura?
        –Aquí...
        –¿En el cortijo?
        –Claro, Jabibi nació en casa, en Formentera.
        –¿No es peligroso quedarse en la montaña, aislada?
        –Es lo más natural. El hospital es enfermizo. No se debe parir en los hospitales. No controlas tu cuerpo, no sabes ni cómo ha nacido, te dejan sola y es como si estuvieras enferma. Parir aquí, en el campo, es tan bonito... Un nacimiento es lo más hermoso y hay que vivirlo.
        –¿Y si hay complicaciones?
        –Si estás preparada no hay complicaciones. Yo tengo fe en la vida.
        –¡Qué valor...!
        –No...
        –Aquí no hay luz, no hay...
        –Es la naturaleza. Con una vela y agua caliente. No se necesita más si es de noche. Como pide la naturaleza.

        Eli parió también al viejo estilo. Y Jaizi, nombre indio, anda suelta por el campo. Eli se hartó de Madrid en segundo de BUP cuando echó a rodar y se hizo una choza de adelfas en el río de Xauen, en Marruecos. (...)


    Antonio Ramos Espejo
    De Los “hippies”, a la conquista de Las Alpujarras. Ideal, julio de 1981.
  • Mapa de piedra y agua  Expandir
  •     Realizábase pues en aquel momento mi deseo de toda la vida. La revelación era completa. ¡ Todo el ámbito de la inexplorada región se hallaba descifrado ante nuestros ojos!
        Sí: desde allí descubríamos todo el suelo alpujarreño... orográficamente considerado; esto es, la misma Sierra Nevada, toda la Sierra de Gádor, toda la Sierra de Lújar, y toda la Costa, toda la orilla del mar… ¡Las cuatro fronteras, en fin, de la comarca de mis sueños!

        ¡El mar!- ¡Calle todo ante su grandeza!
        ¡Salud al mar, siempre nuevo, siempre joven, siempre el mismo!
        ¡Salud al mar eterno, indiferente a los estragos que los siglos y los hombres hacen en esta caduca tierra, patria de los calendarios y de los mortales!
        ¡Salud al mar, que no entiende de razas ni de civilizaciones, y que así acaricia con sus olas el litoral de África como el litoral granadino, y del propio modo se encoge hoy de hombros ante nuestra República ateísta, que ayer se encogía de hombros ante….ABEN HUMEYA!
        ¡Salud al mar!…(...)
               
        Y bien : desde lo alto de Cerro Chaparro se veía lo siguiente….
        Pero digamos antes lo que no se veía.
        No se veían ni los Pueblos, ni las Vegas, ni las Playas, ni las Puntas, ni las Torres (¡unas de Carabineros y otras de Faros!) que bordan, según descubrimos más adelante, las solanas y el zócalo de aquellos colosales cerrajones.
        No se veían tampoco (sino vagamente indicados por las curvas y vueltas de un redundante laberinto de cerros y gargantas) los valles interiores de aquella entrecortada tierra,todos los cuales quedaban ocultos (como en una especie de subsuelo, que dicen las Leyes de Minas) bajo el recio oleaje formado por tantas sucesivas eminencias.
        Menos aún se veían (aunque se adivinara su trayecto) los prolongados Ríos de Cádiar, de Yátor y de Adra, cuyos hondos lechos seguía la imaginación leguas y leguas, sin más ayuda que el continuo paralelismo con que serpenteaban ciertas y ciertas lomas.
        No se veían, en fin, ni tan siquiera los mismos pueblos de la Contraviesa, a pesar de encontrarnos encima de casi todos ellos.
        ¡Tanto influye la más leve oblicuidad del punto de vista en la perspectiva del dédalo de escarpaduras y derrumbaderos que constituye la Alpujarra!… como, en el orden moral, influye también mucho en nuestras ideas y sentimientos el punto de partida del rayo visual de nuestras apreciaciones, o sea, el aspecto más o menos escorzado que nos ofrecen el mundo y la vida.
        Pero, aún así, ¡cuán revelador y cuán interesante era aquel desmesurado mapa de piedra y agua que nos exhibía, en escala natural, el efímero Reino de ABEN-HUMEYA! ¡Cuán imponente resultaba aquel panorama de ochenta leguas cuadradas de tierra firme y de no sé cuántos centenares de leguas cuadradas de flotantes olas, del cual nuestras pupilas sacaban una descompasada fotografía, iluminada y colorida por el pincel de la Naturaleza!
        ¡Cuán grandioso era, en una palabra, todo lo que se veía!
        Digo más: considerando bien las cosas, veíamos con los ojos del espíritu aún aquello mismo que no se veía;- como se contemplan imaginativamente todas las calles, casas y personas de una vasta población cuando desde su más empinado campanario, se pone a uno a tirar líneas y echar cálculos sobre un piélago de tejados y azoteas…
        Ni ¿qué otra cosa era el revuelto océano de montes que dominábamos desde allí, sino los tejados y azoteas de la Alpujarra, debajo de los cuales estaban sus valles, alias sus plazas; sus ramblas, alias sus calles; sus barrancos, alias sus callejones, y sus pueblos, alias sus gentes?
        Ochenta leguas cuadradas, vuelvo a decir, ocupaban aquellas cordilleras sucesivas, aquellas encrespadas olas inmóviles (semejantes a las que el hielo petrifica en los mares del Polo), aquellos ejércitos de cerros, aquellas cumbres amotinadas; verdes unas; pardas otras; blancas éstas; rojas aquéllas; cuáles erizadas de cenicientas rocas; cuáles dentadas de negras riscos; dónde vestidas de aterciopeladas siembras; dónde coronadas de oscuras encinas; aquí dibujándose en el azul del cielo, que resultaba de color de esmeralda comparado con el azul de Prusia del mar; allí destacándose sobre las limpias nieves de Sierra de Gádor, o sobre los amarillos arenales del Campo de Dalías…
        Verdaderamente, tal espectáculo tenía mucho de extraordinario y maravilloso. -¡Qué soledad tan engañadora!- Aquel suelo, que no era suelo, sino la techumbre de la Alpujarra (escondida allí debajo, como una nación de trogloditas), podía compararse a la espesa capa de ceniza y tierra vegetal que disimuló durante diez y siete siglos la supervivencia de Pompeya.
        Así es que nuestra curiosidad de conocer los pueblos y los valles alpujarreños subió más y más de punto al ver la tenacidad con que se ocultaban, y sobre todo al oír a nuestros compañeros de viaje hacernos su enumeración, señalándonos con el dedo el lugar en que caía cada uno.

                               
    Pedro Antonio de Alarcón
    De La Alpujarra. 1874.
  • Sostener la mirada  Expandir
  • (...) Que el lugar de donde se marcharon tantos hombres y tantas mujeres en los años más negros de la emigración sea también, paradójicamente, un refugio privilegiado para tardíos viajeros románticos, místicos bu­dis­tas y desertores de la vida urbana, dice mucho sobre la extraña condición de esa tierra, sobre el desequilibrio andaluz entre las mitologías y los malentendidos de la imaginación y las miserias obstinadas de la realidad: es decir, de nuevo, entre lo que las cosas son y cómo son miradas. Gerald Brenan convirtió la Alpujarra y su retiro de Yegen en una provincia menor del nomadismo británico de entreguerras, igual que hicieron Robert Graves con Mallorca y Lawrence Durrell con las Islas Griegas. Cuando uno ve las fotografías de los miembros del grupo de Bloomsbury posando con rigidez de picnic en un paisaje alpujarreño no puede menos que preguntarse qué era lo que esa gente vino a ver aquí, qué expresión tendrían los ojos de Virginia Woolf, con su palidez de muerta inglesa, cuando miraba desde las alturas de Yegen los abismos azulados y grises que se desplegaban frente a ella. La Alpujarra era entonces como un Tíbet menor, un reino encerrado y lejano que muchas veces sólo resultaba accesible a través de caminos de mulos, como en los tiempos en los que anduvo por allí Pedro Antonio de Alarcón buscando olor local. Esa condición de aislamiento, de tierra última y no contaminada por la cultura urbana, hace que se entrecruce en la Alpujarra una doble peregrinación: la de los que huyen de ella y la de los que escapan hacia ella. (...)

    Antonio Muñoz M olina

    De Sostener la mirada. Imágenes de La Alpujarra. Con fotografías de Ricardo Martín, 1993.
 
ZONA DE USUARIOS
Usuario:
clave:
 

MUSEOS ANDALUCES
Almería
Museo de Almería
Cádiz
Museo de Cádiz
Córdoba
Museo arqueológico y etnológico
Granada
Museo de la Alhambra
Granada
Parque de las ciencias
Huelva
Museo de Huelva
Jaén
Museo de Jaén
Málaga
Museo Carmen Thyssen
Málaga
Museo de Málaga
Málaga
Museo Interactivo de la Música
Málaga
Museo Picasso Málaga
Sevilla
Centro Andaluz de arte contemporáneo
Sevilla
Museo Arqueológico


   Andalupedia © 2013 - Todos los derechos reservados      Señas de identidad      Aviso legal      Créditos  02 de febrero de 2023