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TÉRMINO
- BRENAN, GERALD
  ANEXOS
 
  • Antología de Brenan  Expandir
  • Al sur de Granada. El viajero necesita sólo dos trazos espaciales para describir el lugar de su destino: desde la Alhambra hasta las cumbres de Sierra Nevada; y desde este punto cercano al cielo, en dirección al mar cercano pero oculto, está Yegen, Al sur de Granada: “Es un pueblo pobre, uno de los más pobres entre los ochenta, aproximadamente, que tachonan la Alpujarra -así se denomina esta fértil región-, y está situado a gran altura sobre el mar. Su situación es tan remota, que hasta que no se construyó la actual carretera el viaje desde Granada duraba dos días. Pero es hermoso en su forma primitiva, y puesto que he vivido allí durante seis o siete años, me he interesado por todo lo que a él se refiere. Y creo que lo conozco suficientemente bien como para escribir sobre él con alguna profundidad”, escribe Brenan.
        Aunque cronológicamente Al sur de Granada no es el primer libro que escribe sobre España -le preceden tres grandes obras: El laberinto español, La faz de España e Historia de la Literatura Española-, sí es el que trata de sus primeras vivencias en nuestro país, del pueblo que había elegido para alejarse del hastío que le produce la Inglaterra de la posguerra de 1919 para culminar su proyecto de autoformación en la soledad de las montañas. Es el motivo que nos inclina a comenzar este recorrido periodístico con la obra que trata de la experiencia de un viajero inglés entre las gentes sencillas de un pueblo andaluz hasta echar en él una raíces tan profundas que marcarán definitivamente el rumbo de su destino. De García Lorca a Góngora. La faz de España es, desde nuestro punto de vista, la obra más periodística de Brenan. Desde que entra hasta que sale de España, Brenan abre varias líneas de investigación sobre la actualidad del país, siguiendo el modelo mostrado en El laberinto español, aunque de forma más viva y actual: la situación social y económica de un pueblo que ha salido de una guerra y ha entrado en las sombras de una dictadura; silencio y clandestinidad, con el modelo del investigador que busca a Lorca: Brenan es el primer investigador que deja constancia documentada de que al poeta de Fuente Vaqueros no lo mataron en las tapias del cementerio de Granada, sino en los barrancos entre Víznar y Alfacar (...); con temas que revelan la situación de las clases más humildes, las que teóricamente han perdido la guerra con las secuelas del hambre, la represión, la censura, la reivindicación de una reforma agraria, el maquis, la corrupción (...). Preocupaciones que intercala con investigaciones culturales, como la búsqueda de los escenarios gongorinos en Córdoba: el viajero encuentra la Huerta de Don Marcos, donde Góngora escribió El Polifemo y Las Soledades, y denuncia el estado de abandono en que se encuentran esos lugares que deben ser sagrados para la Literatura Universal. El laberinto español. La guerra que Brenan ha dejado atrás y que sigue como si todavía viviera envuelto en ella, aunque sea desde la lejanía, le afecta tan profundamente que, además de mostrar su apoyo moral y propagandístico al gobierno legal de la República, a través de las cartas a la prensa y de sus colaboraciones radiofónicas, le incita a descubrir el porqué del conflicto tribal que enfrenta a los habitantes de su país de adopción. Todavía resuenan en sus oídos las amenazas de Queipo de Llano, los zumbidos de las bombas lanzadas por los aviones rebeldes, las imágenes del terror, los muertos de unos y de otros, el odio y la venganza, las ejecuciones masivas y arbitrarias, primero de los milicianos republicanos, luego de los rebeldes en la operación de limpieza de la toma de Málaga; la crueldad a flor de piel, el olor del miedo que desprendían sus vecinas vestidas de negro refugiadas en su casa, la sangre derramada ante sus ojos y la mirada aterrorizada de su niña, Miranda Helen, cuando los milicianos, en teoría sus amigos, revolvían los cajones donde guardaba sus muñecas para buscar armas en la casa de un hombre de paz. Ahora, mientras Franco afianza sus posiciones y parece irreversible la derrota del gobierno republicano al que sigue prestando su apoyo, aunque con reparos, desde su condición de exiliado de un país en el que ha dejado toda su fortuna, la casa y el huerto de Churriana, los horizontes azules contaminados por el humo de los incendios y los bombardeos, le asaltan mil interrogantes sobre esa lucha fratricida. Y más allá de los lamentos, o de abandonarse al conformismo o resignarse a compartir los sinsabores del éxodo con miles de españoles que salen ya por las fronteras en busca de destinos inciertos hasta que puedan un día regresar al hogar de sus raíces (...) procura encontrar las respuestas que den luz al laberinto que ha dejado a España bañada en sangre.
    (...) En su nueva residencia de Aldbourne, donde encuentra el suficiente equilibrio a años de incertidumbre, después de una intensa búsqueda documental, el reportero de guerra deja reposar sus experiencias y, convertido ya en investigador sereno, se pone frenéticamente a volcar sus investigaciones durante tres años en lo que se transformará en uno de los grandes faros que guíen la interpretación del porqué de la Guerra Civil de 1936: The Spanish Labyrinth (El laberinto español). Su obra maestra, como un hermoso hijo nacido de un parto doloroso, pero finalmente feliz.
  • Antología de Brenan  Expandir
  • Juliana. De su estancia en Yegen le queda a Brenan el episodio vital más importante y, a la vez, más controvertido de su hija: el nacimiento de su hija Miranda Helen; fruto de su amor con la joven Juliana Martín Pelegrina. Tanto en Memoria personal, como en la versión de esta historia en la película Al sur de Granada, dirigida por Fernando Colomo, Juliana no queda justamente tratada.
        La extremada pobreza de la mayoría de los habitantes de Yegen convierte al vecino extranjero en un potentado que no tardará en imitar las prácticas amorosas de los caciques de aquellos pueblos, como el caso del hombre que le había alquilado la casa, don Fadrique, que mantenía la criada-amante (María Andorra) en Yegen y la legítima en Granada. Él mismo confiesa en Memoria personal que “el tipo de chica que yo quería, tenía que proceder del sector más pobre de la vida pueblerina, no sólo porque eran las más fáciles de obtener, sino porque eran las que más me atraían”. Llevado por esa doble fijación, encuentra a la jovencísima Juliana Martín Pelegrina: “Esta muchacha volvía de un pueblo cercano donde había trabajado de doncella y como la única manera de verla con frecuencia era contratarla, lo hice inmediatamente, aunque no había ninguna tarea que encomendarle. Pero ella entendíó perfectamente la verdadera razón de tenerla a mi servicio”.
        Brenan contó su historia. En el testimonio que recabamos de Isabel, hermana de Juliana, queda reflejada la versión de la otra parte de la historia, la que vive y sufre la madre de Miranda Helen, a la que nunca se le había dado la palabra. Estos son algunos fragmentos de la conversación con Isabel:
        “Cuando mi Juliana entró a trabajar en casa de Don Geraldo tenía quince años. Una niña, como una muñeca, preciosa, preciosa (...). Sí, tuvo su niña y dijo de dársela a Don Geraldo. Porque se la pidió, le insistió tanto que dijo ‘para que sea una desgraciá como yo, que se la lleve su padre y tendrá mejor suerte’. Y con todo el dolor del alma se la dio a Don Geraldo cuando vino al pueblo casado con otra (...).
        Cada uno cuenta la historia a su manera y eso es lo que me parece a mí que ha hecho Don Geraldo. De manera que tuvo su niña. Me acuerdo que le dije yo: ‘Juliana, ¿para qué la das, mujer?, ¿no te da lástima?´ Y ella, la pobre...’. ¿Y qué remedio tengo?, me decía. Cuando no se la dé, no me mirará más y ni se acordará de la niña´. Y mi hermana, pues a fuerza de sufrir la pobre, que al remate se quedó ciega. Es que es mucho dolor el que se sufre... Ella se murió con la pena de no haberla visto más. Bueno, aunque verla, sí la vio una vez, pero hablar con ella no. Yo estaba entonces en Granada con ella y cuando llegó a la casa venía sofocada, y me contó que había visto a su hija. ´Era ella, era ella´. Estaba mi Juliana en una zapatería, en la puerta, cuando vio entrar a una muchacha que le pareció que era su Elena... ´!Ay si esta parece que es mi hija, su misma cara...!´. Y se dijo voy a ver y entró en la zapatería, y vio que esa muchacha que se estaba probando unos zapatos tenía los dedos del pie como ella, juntos, los dedos juntos hasta la punta, el de enmedio y el que le sigue... La esperó a que saliera porque allí le daba cosa de decirle algo, la siguió por la calle, la niña iba con su marido, y mi Juliana quería llegar hasta el hotel donde estaban parando, pero antes de llegar al hotel una mujer empezó a decir ‘¡Juliana, Juliana...!’, que la entretuvo, empezó a hablarle y cuando acordó se le había perdido. Pero llegó al hotel, preguntó (...). Y le dijeron ‘ahora mismo han arrancado el coche y se han ido’. ¡Qué dolor...!
        De manera que, ¿sabe usted?, esto no es más que una historia de pobres. Los pobres siempre pierden, ¿sabe usted? Siempre pierden”.
        La historia parece confirmar la regla. Brenan vivió para contarla a su manera. Juliana, en cambio, se despidió en silencio, sin más protagonismo que el que le había concedido don Gerardo. Nadie, ningún hijo del después, supo qué palabras escribir sobre la tumba de Juliana en el cementerio de Granada. Hacía mucho tiempo que un extranjero le tenía escrito el epitafio de su primera muerte:
        “Fue mi primer episodio (había de ser también el último) de amor físico apasionado. Y, sin embargo, también mi mente se quedaba al margen, porque su compañía me encantaba y cada noche que pasaba a su lado sentía un mayor afecto por ella”.
         San Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz fue el primer poeta español que leí al ir a vivir a España”, confiesa Gerald Brenan en Memoria personal. Una vez instalado en Yegen, en enero de 1920, el joven viajero elige entre los dos mil libros con los que proyecta iniciar su autoeducación, los poemas de San Juan de la Cruz, que lee con la misma avidez que han despertado en él los versos de Milton y su deseo de comprender a los clásicos Ovidio y Horacio. Entre las montañas de la Alpujarra, que atraviesa en largas excursiones hacia el mar o hacia Sierra Nevada, mezclado entre la gente sencilla, descubre el poder de fascinación de los místicos españoles, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Desde entonces, Brenan entra en sus apasionantes vidas, como escritores y como místicos, y convivirá con ellas a través de un proyecto de largo recorrido que le acompañará prácticamente toda su vida. (Es tal el volumen de investigaciones que acumula sobre Santa Teresa, que le cuesta digerirlo y, por lo tanto, se ve obligado a abandonarlo). Para compensar tal frustración, dirige entonces todos sus esfuerzos hacia el místico carmelita, primero en artículos periodísticos y finalmente con la culminación de la obra sobre San Juan de la Cruz, en la que recrea de forma magistral la estancia del poeta en Andalucía). Cronista del siglo XX. Del recorrido por la obra de este singular hispanista se deduce que es un maestro de investigadores, con temas relacionados con España y más en concreto con Andalucía.
        Hugh Thomas, que sigue la huella de Brenan en la nueva saga de historiadores, reconoce que El laberinto español es un “libro genial que ilumina toda la historia española del siglo XX”. Y dice sobre la influencia de Brenan en su obra: “Fui a España de vacaciones, leyendo El laberinto español, de Gerald Brenan, un libro brillante que para muchos ingleses ha servido de iniciación a la historia de la España moderna”.
        Gabriel Jackson, que igualmente sigue esta línea de nuevos historiadores con su libro La República española y la guerra civil, señala: “Su obra es original porque a raíz de sus intereses literarios y antropológicos y de su convivencia con la Andalucía rural se embarca en un análisis socioeconómico razonado y documentado de las décadas de antes de 1936 (...) y no es exagerado decir que El laberinto español fue el primer estudio que integró una rica variedad de datos económicos y sociales en un libro sobre la historia contemporánea de España”.
        Ian Gibson, que declara a Brenan como “el mejor hispanista de todos los tiempos”, reconoce el magisterio que Brenan ha ejercido en su carrera de escritor: “Creo sinceramente, que de no haber leído Al sur de Granada, no sería escritor; y estoy seguro de que, como a tantos otros, fue El laberinto español el libro que, más que ningún otro, me abrió los ojos a la realidad contemporánea de España”.
        Juan Antonio Díaz López, uno de los más sólidos estudiosos de Brenan, concluye: “Tú has sido el cronista del siglo XX en Andalucía”. Del viajero que asomó por España en 1919, del vecino de Yegen, Churriana y Alhaurín el Grande, queda la crónica mágica de su vida entre nosotros, la huella interminable de su obra.

    Antonio Ramos Espejo
    De Crónica de Gerald Brenan.

        
  • Antología de Brenan  Expandir
  • Al sur de Granada. El viajero necesita sólo dos trazos espaciales para describir el lugar de su destino: desde la Alhambra hasta las cumbres de Sierra Nevada; y desde este punto cercano al cielo, en dirección al mar cercano pero oculto, está Yegen, Al sur de Granada: “Es un pueblo pobre, uno de los más pobres entre los ochenta, aproximadamente, que tachonan la Alpujarra -así se denomina esta fértil región-, y está situado a gran altura sobre el mar. Su situación es tan remota, que hasta que no se construyó la actual carretera el viaje desde Granada duraba dos días. Pero es hermoso en su forma primitiva, y puesto que he vivido allí durante seis o siete años, me he interesado por todo lo que a él se refiere. Y creo que lo conozco suficientemente bien como para escribir sobre él con alguna profundidad”, escribe Brenan.
        Aunque cronológicamente Al sur de Granada no es el primer libro que escribe sobre España -le preceden tres grandes obras: El laberinto español, La faz de España e Historia de la Literatura Española-, sí es el que trata de sus primeras vivencias en nuestro país, del pueblo que había elegido para alejarse del hastío que le produce la Inglaterra de la posguerra de 1919 para culminar su proyecto de autoformación en la soledad de las montañas. Es el motivo que nos inclina a comenzar este recorrido periodístico con la obra que trata de la experiencia de un viajero inglés entre las gentes sencillas de un pueblo andaluz hasta echar en él una raíces tan profundas que marcarán definitivamente el rumbo de su destino. De García Lorca a Góngora. La faz de España es, desde nuestro punto de vista, la obra más periodística de Brenan. Desde que entra hasta que sale de España, Brenan abre varias líneas de investigación sobre la actualidad del país, siguiendo el modelo mostrado en El laberinto español, aunque de forma más viva y actual: la situación social y económica de un pueblo que ha salido de una guerra y ha entrado en las sombras de una dictadura; silencio y clandestinidad, con el modelo del investigador que busca a Lorca: Brenan es el primer investigador que deja constancia documentada de que al poeta de Fuente Vaqueros no lo mataron en las tapias del cementerio de Granada, sino en los barrancos entre Víznar y Alfacar (...); con temas que revelan la situación de las clases más humildes, las que teóricamente han perdido la guerra con las secuelas del hambre, la represión, la censura, la reivindicación de una reforma agraria, el maquis, la corrupción (...). Preocupaciones que intercala con investigaciones culturales, como la búsqueda de los escenarios gongorinos en Córdoba: el viajero encuentra la Huerta de Don Marcos, donde Góngora escribió El Polifemo y Las Soledades, y denuncia el estado de abandono en que se encuentran esos lugares que deben ser sagrados para la Literatura Universal. El laberinto español. La guerra que Brenan ha dejado atrás y que sigue como si todavía viviera envuelto en ella, aunque sea desde la lejanía, le afecta tan profundamente que, además de mostrar su apoyo moral y propagandístico al gobierno legal de la República, a través de las cartas a la prensa y de sus colaboraciones radiofónicas, le incita a descubrir el porqué del conflicto tribal que enfrenta a los habitantes de su país de adopción. Todavía resuenan en sus oídos las amenazas de Queipo de Llano, los zumbidos de las bombas lanzadas por los aviones rebeldes, las imágenes del terror, los muertos de unos y de otros, el odio y la venganza, las ejecuciones masivas y arbitrarias, primero de los milicianos republicanos, luego de los rebeldes en la operación de limpieza de la toma de Málaga; la crueldad a flor de piel, el olor del miedo que desprendían sus vecinas vestidas de negro refugiadas en su casa, la sangre derramada ante sus ojos y la mirada aterrorizada de su niña, Miranda Helen, cuando los milicianos, en teoría sus amigos, revolvían los cajones donde guardaba sus muñecas para buscar armas en la casa de un hombre de paz. Ahora, mientras Franco afianza sus posiciones y parece irreversible la derrota del gobierno republicano al que sigue prestando su apoyo, aunque con reparos, desde su condición de exiliado de un país en el que ha dejado toda su fortuna, la casa y el huerto de Churriana, los horizontes azules contaminados por el humo de los incendios y los bombardeos, le asaltan mil interrogantes sobre esa lucha fratricida. Y más allá de los lamentos, o de abandonarse al conformismo o resignarse a compartir los sinsabores del éxodo con miles de españoles que salen ya por las fronteras en busca de destinos inciertos hasta que puedan un día regresar al hogar de sus raíces (...) procura encontrar las respuestas que den luz al laberinto que ha dejado a España bañada en sangre.
    (...) En su nueva residencia de Aldbourne, donde encuentra el suficiente equilibrio a años de incertidumbre, después de una intensa búsqueda documental, el reportero de guerra deja reposar sus experiencias y, convertido ya en investigador sereno, se pone frenéticamente a volcar sus investigaciones durante tres años en lo que se transformará en uno de los grandes faros que guíen la interpretación del porqué de la Guerra Civil de 1936: The Spanish Labyrinth (El laberinto español). Su obra maestra, como un hermoso hijo nacido de un parto doloroso, pero finalmente feliz.
  • Antología de Brenan  Expandir
  • Juliana. De su estancia en Yegen le queda a Brenan el episodio vital más importante y, a la vez, más controvertido de su hija: el nacimiento de su hija Miranda Helen; fruto de su amor con la joven Juliana Martín Pelegrina. Tanto en Memoria personal, como en la versión de esta historia en la película Al sur de Granada, dirigida por Fernando Colomo, Juliana no queda justamente tratada.
        La extremada pobreza de la mayoría de los habitantes de Yegen convierte al vecino extranjero en un potentado que no tardará en imitar las prácticas amorosas de los caciques de aquellos pueblos, como el caso del hombre que le había alquilado la casa, don Fadrique, que mantenía la criada-amante (María Andorra) en Yegen y la legítima en Granada. Él mismo confiesa en Memoria personal que “el tipo de chica que yo quería, tenía que proceder del sector más pobre de la vida pueblerina, no sólo porque eran las más fáciles de obtener, sino porque eran las que más me atraían”. Llevado por esa doble fijación, encuentra a la jovencísima Juliana Martín Pelegrina: “Esta muchacha volvía de un pueblo cercano donde había trabajado de doncella y como la única manera de verla con frecuencia era contratarla, lo hice inmediatamente, aunque no había ninguna tarea que encomendarle. Pero ella entendíó perfectamente la verdadera razón de tenerla a mi servicio”.
        Brenan contó su historia. En el testimonio que recabamos de Isabel, hermana de Juliana, queda reflejada la versión de la otra parte de la historia, la que vive y sufre la madre de Miranda Helen, a la que nunca se le había dado la palabra. Estos son algunos fragmentos de la conversación con Isabel:
        “Cuando mi Juliana entró a trabajar en casa de Don Geraldo tenía quince años. Una niña, como una muñeca, preciosa, preciosa (...). Sí, tuvo su niña y dijo de dársela a Don Geraldo. Porque se la pidió, le insistió tanto que dijo ‘para que sea una desgraciá como yo, que se la lleve su padre y tendrá mejor suerte’. Y con todo el dolor del alma se la dio a Don Geraldo cuando vino al pueblo casado con otra (...).
        Cada uno cuenta la historia a su manera y eso es lo que me parece a mí que ha hecho Don Geraldo. De manera que tuvo su niña. Me acuerdo que le dije yo: ‘Juliana, ¿para qué la das, mujer?, ¿no te da lástima?´ Y ella, la pobre...’. ¿Y qué remedio tengo?, me decía. Cuando no se la dé, no me mirará más y ni se acordará de la niña´. Y mi hermana, pues a fuerza de sufrir la pobre, que al remate se quedó ciega. Es que es mucho dolor el que se sufre... Ella se murió con la pena de no haberla visto más. Bueno, aunque verla, sí la vio una vez, pero hablar con ella no. Yo estaba entonces en Granada con ella y cuando llegó a la casa venía sofocada, y me contó que había visto a su hija. ´Era ella, era ella´. Estaba mi Juliana en una zapatería, en la puerta, cuando vio entrar a una muchacha que le pareció que era su Elena... ´!Ay si esta parece que es mi hija, su misma cara...!´. Y se dijo voy a ver y entró en la zapatería, y vio que esa muchacha que se estaba probando unos zapatos tenía los dedos del pie como ella, juntos, los dedos juntos hasta la punta, el de enmedio y el que le sigue... La esperó a que saliera porque allí le daba cosa de decirle algo, la siguió por la calle, la niña iba con su marido, y mi Juliana quería llegar hasta el hotel donde estaban parando, pero antes de llegar al hotel una mujer empezó a decir ‘¡Juliana, Juliana...!’, que la entretuvo, empezó a hablarle y cuando acordó se le había perdido. Pero llegó al hotel, preguntó (...). Y le dijeron ‘ahora mismo han arrancado el coche y se han ido’. ¡Qué dolor...!
        De manera que, ¿sabe usted?, esto no es más que una historia de pobres. Los pobres siempre pierden, ¿sabe usted? Siempre pierden”.
        La historia parece confirmar la regla. Brenan vivió para contarla a su manera. Juliana, en cambio, se despidió en silencio, sin más protagonismo que el que le había concedido don Gerardo. Nadie, ningún hijo del después, supo qué palabras escribir sobre la tumba de Juliana en el cementerio de Granada. Hacía mucho tiempo que un extranjero le tenía escrito el epitafio de su primera muerte:
        “Fue mi primer episodio (había de ser también el último) de amor físico apasionado. Y, sin embargo, también mi mente se quedaba al margen, porque su compañía me encantaba y cada noche que pasaba a su lado sentía un mayor afecto por ella”.   San Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz fue el primer poeta español que leí al ir a vivir a España”, confiesa Gerald Brenan en Memoria personal. Una vez instalado en Yegen, en enero de 1920, el joven viajero elige entre los dos mil libros con los que proyecta iniciar su autoeducación, los poemas de San Juan de la Cruz, que lee con la misma avidez que han despertado en él los versos de Milton y su deseo de comprender a los clásicos Ovidio y Horacio. Entre las montañas de la Alpujarra, que atraviesa en largas excursiones hacia el mar o hacia Sierra Nevada, mezclado entre la gente sencilla, descubre el poder de fascinación de los místicos españoles, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Desde entonces, Brenan entra en sus apasionantes vidas, como escritores y como místicos, y convivirá con ellas a través de un proyecto de largo recorrido que le acompañará prácticamente toda su vida. (Es tal el volumen de investigaciones que acumula sobre Santa Teresa, que le cuesta digerirlo y, por lo tanto, se ve obligado a abandonarlo). Para compensar tal frustración, dirige entonces todos sus esfuerzos hacia el místico carmelita, primero en artículos periodísticos y finalmente con la culminación de la obra sobre San Juan de la Cruz, en la que recrea de forma magistral la estancia del poeta en Andalucía).
    Cronista del siglo
    XX. Del recorrido por la obra de este singular hispanista se deduce que es un maestro de investigadores, con temas relacionados con España y más en concreto con Andalucía.
        Hugh Thomas, que sigue la huella de Brenan en la nueva saga de historiadores, reconoce que El laberinto español es un “libro genial que ilumina toda la historia española del siglo XX”. Y dice sobre la influencia de Brenan en su obra: “Fui a España de vacaciones, leyendo El laberinto español, de Gerald Brenan, un libro brillante que para muchos ingleses ha servido de iniciación a la historia de la España moderna”.
        Gabriel Jackson, que igualmente sigue esta línea de nuevos historiadores con su libro La República española y la guerra civil, señala: “Su obra es original porque a raíz de sus intereses literarios y antropológicos y de su convivencia con la Andalucía rural se embarca en un análisis socioeconómico razonado y documentado de las décadas de antes de 1936 (...) y no es exagerado decir que El laberinto español fue el primer estudio que integró una rica variedad de datos económicos y sociales en un libro sobre la historia contemporánea de España”.
        Ian Gibson, que declara a Brenan como “el mejor hispanista de todos los tiempos”, reconoce el magisterio que Brenan ha ejercido en su carrera de escritor: “Creo sinceramente, que de no haber leído Al sur de Granada, no sería escritor; y estoy seguro de que, como a tantos otros, fue El laberinto español el libro que, más que ningún otro, me abrió los ojos a la realidad contemporánea de España”.
        Juan Antonio Díaz López, uno de los más sólidos estudiosos de Brenan, concluye: “Tú has sido el cronista del siglo XX en Andalucía”. Del viajero que asomó por España en 1919, del vecino de Yegen, Churriana y Alhaurín el Grande, queda la crónica mágica de su vida entre nosotros, la huella interminable de su obra.

    Antonio Ramos Espejo
    De Crónica de Gerald Brenan.
  • Antología de Brenan  Expandir
  • Juliana. De su estancia en Yegen le queda a Brenan el episodio vital más importante y, a la vez, más controvertido de su hija: el nacimiento de su hija Miranda Helen; fruto de su amor con la joven Juliana Martín Pelegrina. Tanto en Memoria personal, como en la versión de esta historia en la película Al sur de Granada, dirigida por Fernando Colomo, Juliana no queda justamente tratada.
        La extremada pobreza de la mayoría de los habitantes de Yegen convierte al vecino extranjero en un potentado que no tardará en imitar las prácticas amorosas de los caciques de aquellos pueblos, como el caso del hombre que le había alquilado la casa, don Fadrique, que mantenía la criada-amante (María Andorra) en Yegen y la legítima en Granada. Él mismo confiesa en Memoria personal que “el tipo de chica que yo quería, tenía que proceder del sector más pobre de la vida pueblerina, no sólo porque eran las más fáciles de obtener, sino porque eran las que más me atraían”. Llevado por esa doble fijación, encuentra a la jovencísima Juliana Martín Pelegrina: “Esta muchacha volvía de un pueblo cercano donde había trabajado de doncella y como la única manera de verla con frecuencia era contratarla, lo hice inmediatamente, aunque no había ninguna tarea que encomendarle. Pero ella entendíó perfectamente la verdadera razón de tenerla a mi servicio”.
        Brenan contó su historia. En el testimonio que recabamos de Isabel, hermana de Juliana, queda reflejada la versión de la otra parte de la historia, la que vive y sufre la madre de Miranda Helen, a la que nunca se le había dado la palabra. Estos son algunos fragmentos de la conversación con Isabel:
        “Cuando mi Juliana entró a trabajar en casa de Don Geraldo tenía quince años. Una niña, como una muñeca, preciosa, preciosa (...). Sí, tuvo su niña y dijo de dársela a Don Geraldo. Porque se la pidió, le insistió tanto que dijo ‘para que sea una desgraciá como yo, que se la lleve su padre y tendrá mejor suerte’. Y con todo el dolor del alma se la dio a Don Geraldo cuando vino al pueblo casado con otra (...).
        Cada uno cuenta la historia a su manera y eso es lo que me parece a mí que ha hecho Don Geraldo. De manera que tuvo su niña. Me acuerdo que le dije yo: ‘Juliana, ¿para qué la das, mujer?, ¿no te da lástima?´ Y ella, la pobre...’. ¿Y qué remedio tengo?, me decía. Cuando no se la dé, no me mirará más y ni se acordará de la niña´. Y mi hermana, pues a fuerza de sufrir la pobre, que al remate se quedó ciega. Es que es mucho dolor el que se sufre... Ella se murió con la pena de no haberla visto más. Bueno, aunque verla, sí la vio una vez, pero hablar con ella no. Yo estaba entonces en Granada con ella y cuando llegó a la casa venía sofocada, y me contó que había visto a su hija. ´Era ella, era ella´. Estaba mi Juliana en una zapatería, en la puerta, cuando vio entrar a una muchacha que le pareció que era su Elena... ´!Ay si esta parece que es mi hija, su misma cara...!´. Y se dijo voy a ver y entró en la zapatería, y vio que esa muchacha que se estaba probando unos zapatos tenía los dedos del pie como ella, juntos, los dedos juntos hasta la punta, el de enmedio y el que le sigue... La esperó a que saliera porque allí le daba cosa de decirle algo, la siguió por la calle, la niña iba con su marido, y mi Juliana quería llegar hasta el hotel donde estaban parando, pero antes de llegar al hotel una mujer empezó a decir ‘¡Juliana, Juliana...!’, que la entretuvo, empezó a hablarle y cuando acordó se le había perdido. Pero llegó al hotel, preguntó (...). Y le dijeron ‘ahora mismo han arrancado el coche y se han ido’. ¡Qué dolor...!
        De manera que, ¿sabe usted?, esto no es más que una historia de pobres. Los pobres siempre pierden, ¿sabe usted? Siempre pierden”.
        La historia parece confirmar la regla. Brenan vivió para contarla a su manera. Juliana, en cambio, se despidió en silencio, sin más protagonismo que el que le había concedido don Gerardo. Nadie, ningún hijo del después, supo qué palabras escribir sobre la tumba de Juliana en el cementerio de Granada. Hacía mucho tiempo que un extranjero le tenía escrito el epitafio de su primera muerte:
        “Fue mi primer episodio (había de ser también el último) de amor físico apasionado. Y, sin embargo, también mi mente se quedaba al margen, porque su compañía me encantaba y cada noche que pasaba a su lado sentía un mayor afecto por ella”.   San Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz fue el primer poeta español que leí al ir a vivir a España”, confiesa Gerald Brenan en Memoria personal. Una vez instalado en Yegen, en enero de 1920, el joven viajero elige entre los dos mil libros con los que proyecta iniciar su autoeducación, los poemas de San Juan de la Cruz, que lee con la misma avidez que han despertado en él los versos de Milton y su deseo de comprender a los clásicos Ovidio y Horacio. Entre las montañas de la Alpujarra, que atraviesa en largas excursiones hacia el mar o hacia Sierra Nevada, mezclado entre la gente sencilla, descubre el poder de fascinación de los místicos españoles, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Desde entonces, Brenan entra en sus apasionantes vidas, como escritores y como místicos, y convivirá con ellas a través de un proyecto de largo recorrido que le acompañará prácticamente toda su vida. (Es tal el volumen de investigaciones que acumula sobre Santa Teresa, que le cuesta digerirlo y, por lo tanto, se ve obligado a abandonarlo). Para compensar tal frustración, dirige entonces todos sus esfuerzos hacia el místico carmelita, primero en artículos periodísticos y finalmente con la culminación de la obra sobre San Juan de la Cruz, en la que recrea de forma magistral la estancia del poeta en Andalucía).
 
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