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TÉRMINO
- CASTILLA DEL PINO, CARLOS
  ANEXOS
 
  • Un intelectual en Córdoba  Expandir
  • Carlos Castilla del Pino es posiblemente el intelectual de mayor bagaje, calado y proyección que ha vivido en Córdoba –al principio en la capital y últimamente en un pueblo de la campiña– durante el siglo XX. Nacido en el Campo de Gibraltar y formado en la universidad madrileña, su quehacer profesional, como psiquiatra, clínico y docente, lo ha desarrollado en dicha capital andaluza.
        En principio, para los amantes de las taxonomías, es clasificable dentro de los que solemos conocer con el término manoseado de “médico humanista”, o con la insufrible asignación de “personaje renacentista”: profesionales que simultanean su estricta actividad con amplias excursiones por las praderas de la historia, el arte, la literatura, el ensayo... Una urdimbre cultural que en el caso del tardío profesor Castilla del Pino –víctima de numerosas jugarretas sólo pudo tener una cátedra al concluir la dictadura–, se ensambla, como si se tratase de la embutida precisión de una taracea, con su experiencia en el consultorio y que, ya en el siglo que transcurre, se ha visto reconocida, culminada, con el ingreso, como miembro de número, en la Real Academia de la Lengua, pues sus libros, siempre con “calidad de página”, están recorridos por la expresión diáfana del virtuoso que nunca cae en el virtuosismo, y que, en el caso de sus ensayos, nos acarrean reminiscencias del Ortega perforante e iluminador. Lo que, tal vez, tenga su origen en la circunstancia de que Castilla del Pino es, intrínsecamente y con las modernizaciones que se precisen, un hombre redivivo de la Institución Libre de Enseñanza, aunque por odiar las mordazas franquistas y aborrecer las educadas trapacerías de la “gente de orden”, él mismo se situara, tensando el arco de la transgresión, en el amplio abanico del criptomarxismo.
        Sobre sus estudios médicos basta recordar la temática para emplazarlo en la actualidad más próxima: la culpa, la sospecha, el delirio, los celos, la incomunicación, la represión, la angustia, las alucinaciones, la sexualidad, la extravagancia... para culminar en su afamando estudio sobre la depresión. Dentro de la obra estrictamente literaria, que, en ocasiones, usa el relato -Discurso de Onofre, Una alacena tapiada- para llevar a efecto la indagación antropológica, centellean con luz propia los dos tomos de sus memorias, en donde las dotes literarias de Castilla del Pino, se manifiestan inequívocas, contundentes. Unas memorias, cuasi confesiones, infrecuentes en el panorama español (a veces, pueden recordarnos, en el tono, en la fluidez, a las de Simone de Beauvoir), en las que percibimos, como un latido, el machadiano “al cabo, nada os debo, debéisme cuanto he escrito”, y que son minuciosas y ágiles, creativas y rigurosas, públicas e íntimas. Unas memorias en las que advertimos la razón de Séneca, cuando sostenía en la Consolación a Polibio que “más larga y más fácil es la memoria de los detalles que su presencia”.

    Carmelo Casaño
  • “Un maestro ilustrado que ayudó a oxigenar el país”  Expandir
  • El psicólogo José Luis Pinillos, que firmó con José Luis Sampedro y Emilio Lledó la candidatura de Castilla del Pino, fue el académico encargado de responder al discurso del psiquiatra y darle la bienvenida a la Casa de la Palabras. Pinillos defendió a su amigo como un verdadero creador, un maestro en el juego de las palabras y un hombre que ha cumplido “con creces” el mandato de Horacio “que Kant hizo suyo para definir la Ilustración: sapere aude, atrévete a saber”.
        Pinillos recordó que Castilla fue un niño superdotado y, como tal, un lector precoz que a los once años había leído ya casi enteras las memorias de Santiago Ramón y Cajal. El futuro de aquel niño inquieto quedó marcado por esa figura legendaria tanto como por un acontecimiento “sombrío” inmediatamente posterior a su muerte en 1934, la Guerra Civil. “Fue un mundo bien conflictivo el que le tocó vivir a Castilla durante su formación. No tiene nada de extraño que se interesara por la psiquiatría”, dijo Pinillos.
        Entre los atributos del nuevo académico, Pinillos citó su “memoria envidiable”, su entrega febril a la labor universitaria, la “finalidad moral” de sus conocimientos y su práctica psiquiátrica para luchar contra “las guerras que se engendran en la mente de los hombres”, su férrea voluntad de cambiar el orden establecido, su atención a las psicosis relacionadas con (o encubridoras) lesiones orgánicas, su permanente aplicación a la investigación neuropatológica de los desordenes mentales.
        (...) Pinillos recordó que el entusiasmo de sus seguidores no se limitaba, ni muchos menos, a sus teorías escritas; entonces narró una conferencia a principios de los setenta en el aula magna de Filosofía en Madrid: lleno hasta los topes, griterío indescriptible, ovaciones, aplausos, gritos, y hasta una monja entusiasmada que se rompía las manos aplaudiendo. Eran los tiempos del furor por el psiquiatra rojo: “Sus obras y sus intervenciones públicas no eran simples ensayos escritos al hilo de la actualidad ni soflamas ideológicas”, concluyó Pinillos. “Su increíble creatividad, sus conocimientos y su capacidad de llegar al público en directo contribuyeron de un modo decisivo a oxigenar y poner al día aspectos fundamentales de la vida del país. Cientos de miles de personas hallaron en sus libros la open university. El éxito le llegó tarde, pero a raudales”.


    De El País, lunes, 8 de marzo de 2004.
  • Infancia en San Roque, entre muerte y libros  Expandir
  • Para Carlos Castilla del Pino, la ciudad de San Roque (Cádiz) no es sólo aquella donde reside la población de Gibraltar desde 1704, ni tampoco la de aquellos días terribles de 1936, cuando vio a sus tíos muertos por los supuestos partidarios de aquellas ideas que, con el paso del tiempo, él mismo abrazaría contra toda suerte de intolerancia. Lo cuenta en Préterito imperfecto, la primera parte de sus memorias, donde recrea la muerte a manos de los “rojos” de cuatro de sus familiares directos. Pero también cuenta el exilio de su familia a Gibraltar cuando, a pesar de sus convicciones derechistas, tampoco se sentía especialmente a salvo en el bando de los ganadores. A aquel San Roque natal, volverá en las últimas páginas de Casa del Olivo, el segundo y quizá definitivo volumen de sus memorias.
        Allí, donde nació en 1922, descubrió un raro artilugio del pensamiento, los libros: “Los libros, en la infancia, son –los que lo son– formadores; luego, de adultos, son (sobre todo) informadores –ha declarado–. Quizá lo primero de todo fueron aquellas páginas de la vida de Teresa de Jesús que me dictaba mi hermana para mantenerme en forma durante las vacaciones de verano (estaba aún en la escuela)”. Y es que, hasta allí, volvía de las vacaciones estivales tras cursar la primera enseñanza en el que él califica como “lúgubre” Colegio Salesiano de Ronda, antes de pasar a los Escolapios de Sevilla para su Bachillerato y montar su primer y precoz laboratorio.
        Entre aulas y aficiones personales, más allá del humanismo militante de su hermana Elvira, Carlos se familiariza con el mundo clásico a través de Salomón Reinach, y a los once años descubre una obra fundamental, los Recuerdos de mi vida, de Santiago Ramón y Cajal, cuya muerte, al año siguiente, le conmueve profundamente. “No concibo mi trayectoria vital –ha escrito después– sin la imagen de un don Santiago aislado e incomprendido que lleva a cabo una obra de titanes, al fin reconocida por el mundo, que sigue tremendamente vigente en la neurología actual; solitario también en su ancianidad, como un ideal heroico de la civilidad. Y maestro siempre.”
        Pero hubo otras lecturas sustanciales: “La primera parte del Quijote, aún censurada por aquellos salesianos pero riquísima en grabados de Doré: es un libro moral, me conmovía aquel loco al que tenía que reconocer que era loco por ser bueno en un mundo en el que no era posible serlo, pero que era él... Más tarde, Ortega, Baroja (a los dos les debo mucho, mucho) y a Shakespeare, Stendhal, Goncharov, Dostoievski, Chejov, Mann, Proust, Kafka, Axel Munthe y algunos más. Constituyen mi canon personal”.

    JUAN JOSÉ TÉLLEZ
  • Teoría de los sentimientos  Expandir
  • Uno de los mayores hallazgos –si no el mayor– de Freud fue reconocer en la condición humana una polifonía coral que, conforme el psicoanálisis se expandía y daba razones de sus conjeturas, desplazó los salmos monódicos de muchos filósofos, como Aristóteles o Descartes, que juzgan al hombre una realidad clara, precisa y delimitada. Contrariamente a esto, Freud sostuvo que la personalidad se forma en función de la multitud de intereses que nos importan, y a los que pretendemos responder elaborando un sofisticado plantel de “yoes”. Definir al ser humano como un “animal político” o explicarlo como una “res cogitans” domiciliada de manera misteriosa en una “res extensa”, no deja de tener el valor de la simplicidad y de la concisión, pero se deja atrás la riqueza y la ambivalencia en las que consiste el hombre. Después de los cargos, las correcciones, los ataques y el desprecio que han llovido encima de Freud y del psicoanálisis, la concepción freudiana del sujeto humano como actividad y como resultado de una conducta movida por vastos intereses –a veces incompatibles y a veces inconscientes–, es una tesis por ahora inexpugnable.
        El psiquiatra cordobés Carlos Castilla del Pino es uno de los defensores más activos y críticos del psicoanálisis, y uno de los lectores más inteligentes que ha tenido Freud en España. Su primera orientación, entre 1946 y 1966, fue la investigación neuropatológica, y dichos trabajos estuvieron siempre presididos por el principio de unidad de lo físico y lo mental. Castilla dedicó más de veinte años a indagar los fundamentos neurológicos de las enfermedades mentales. Luego, a partir de 1966, Castilla del Pino empieza a elaborar un nuevo y coherente sistema de pensamiento, diagnóstico y tratamiento psiquiátricos. Un currículo intelectual que culmina en el año 2000 con una teoría de los sentimientos.
        El sujeto emerge en virtud de la conducta, y las acciones son respuestas intencionales dirigidas por los sentimientos (que son, a su vez, los instrumentos de que se sirve el sujeto para relacionarse con la realidad y organizarla). Lo que especifica al sujeto humano es que su conducta no se dispara ni automática ni inocentemente. Los actos son propuestas de relación con el mundo, son intencionales y obedecen a un plan establecido por el sujeto. En consecuencia, del estudio de la conducta de un sujeto –y de las emociones que la guían– cabe esperar tener una idea aproximada de su naturaleza profunda. Y puesto que la psiquiatría desde mediados del siglo XX, lo mismo que todas las ciencias, se ha vuelto una ciencia de la complejidad, pues la teoría de los sentimientos de Castilla del Pino echa mano del variado repertorio de la neurología, la psicología, la filosofía, el arte y también la literatura, porque, en buena lógica freudiana, cualquier obra humana y la interpretación que de ella se haga, proyecta al exterior las obsesiones y las tablas axiológicas más hondas del sujeto. Unas obsesiones que no acostumbran a pasearse a cara descubierta, ni toleran tampoco explicaciones simples. La plural y polifónica condición humana necesita muchas notas para expresarse, y Castilla del Pino ha empezado ya a ordenar las primeras.

    ALBERTO GUALLART
  • Antología de Carlos Castilla del Pino  Expandir
  • “…ese día fui héroe”. Se me ocurrió una heroicidad: ir a ver a mi tío. Salí sin decir nada a nadie. Me fui corriendo hacia la calle de la Plata. A mitad de la calle vi los primeros dos cadáveres: un hombre y un niño, de una familia de jornaleros. Eran un padre y uno de sus hijos, de doce o trece años (los mismos que yo tenía), que habían matado los moros. Al parecer, el padre salió de la casa unos metros y fue abatido; salió el niño a socorrerlo y también lo fue. Los miré con curiosidad, pero sin detenerme. Como oía muchos tiros y acababa de ver esos dos muertos, alcé los brazos y, con ellos en alto, seguí corriendo por la acera, pegado a la pared. Llegué enseguida al cruce con la calle Málaga. En ese momento, en unas parihuelas improvisadas transportaban el cadáver de mi tío Juan Linares, que dejaba caer su sangre en cuajarones semicoagulados y al que habían cubierto con una bandera tricolor. Unos metros más a la izquierda, en la acera, entre una tienda de tejidos y lo que había sido la Casa del Pueblo, estaba el cadáver de mi tío Miguel. El de mi primo Augusto estaba justamente en el centro del final de la calle de la Plata.
        Al lado del cadáver que luego descubriría que era el de mi tío Miguel, vi a un moro arrodillado, con el fusil en el hombro, apuntando y diciendo a alguien: «Paisa, correr; paisa, correr». No vi a quien se lo decía, pero le oí decir: «No tires, no me mates; no me mates».
        Segundos después el moro disparó, y debió de acertar porque, como si tal cosa, se volvió hacia mí, que estaba contemplando el cadáver de mi tío Miguel. Yo iba en mangas de camisa, con pantalón corto, sobrecogido al ver a mis familiares muertos. El moro debió de pensar que yo era uno de esos que los rojos habían fusilado, a juzgar también por los que transportaban los cadáveres, que eran de San Roque, y que debieron de señalarme: me respetó. Mi tío Miguel yacía de perfil, la cara sobre una losa de la acera, en la que dejó la silueta de su frente, nariz y mentón perfectamente dibujada en rojo. Me acerqué entonces a mi primo Augusto, que tenía la boca destrozada de un impacto, entre los muchos que se advertían en su cuerpo. Me fui hasta el hospital, siempre corriendo, unos cincuenta metros más allá del cruce donde había ocurrido todo. Me encontré a las monjas en plena actividad, especialmente a sor Esperanza, los brazos remangados, llevando vendas, palanganas con líquidos, gasas. Sor Esperanza, la monja más popular, una verdadera institución en San Roque, conocía muy bien a mi familia, y a mí especialmente, por mis visitas a diario con el médico y mi presencia en las curas de enfermos. Me pasó su brazo por el hombro y así subí con ella a la planta de arriba, donde me encontré con el médico, Marenco Pereztevar, que me salió al paso: «Tu tío Pepe está ahí, en el pasillo, porque en la sala están carabineros heridos. Te dejo que lo veas, pero tienes que prometerme que no vas a llorar». Con él y sor Esperanza me asomé al pasillo. Al fondo, sentado en la cama, estaba mi tío, mi tutor, al que sólo pude ver sus ojos tristísimos. Los tengo aún en mi memoria. Me debió de reconocer: eso he creído siempre. Todo su cuerpo vendado y las vendas manchadas de sangre. Me eché a llorar sin poder contenerme: el médico y sor Esperanza me apartaron apresuradamente. Minutos después expiró.
        Salí del hospital con el médico, que decidió acompañarme para evitar que pudiera pasarme algo. Él, con bata blanca y un brazalete con la cruz roja, tenía asegurada su protección. No quería dejarme solo. Iba a recoger heridos, mientras el otro médico, don Francisco Bermejo, atendía a los ingresados. Fuimos por la calle Málaga, en dirección a la Alameda. Pasado el cruce con la Plata, donde habían sido fusilados mis familiares, unos metros más allá, el médico se detuvo ante un cadáver. Era Libertario, un joven anarquista, sin duda al que media hora antes le disparaba el moro delante de mí, tras haberlo obligado a correr.(…)
        Salvo los momentos en que lloré al ver a mi tío Pepe antes de morir, todo ese día y el siguiente fueron un formidable espectáculo y una sucesión de actos de afirmación de mí mismo. Yo era el héroe, ese día fui héroe, porque, aunque me reprendieron a mi llegada por la imprudencia de mi escapada, que la motivara el ansia de ver a mi tío, que me atreviera a salir en medio del tiroteó y de los muertos por las calles elevó mi imagen hasta alturas imprevisibles. Era un héroe para los demás y los demás lo decían (con frases como «hay que ver este niño», «qué ocurrencias las de este niño», al mismo tiempo que me contemplaban, creo, admirativamente), y yo me encontraba muy a gusto por ello. Pero no tuve conciencia de riesgo en ningún momento y, por tanto, no tuve que vencer un miedo que no sentí.

    De Pretérito Imperfecto.


    Córdoba.
    Tuve la impresión de que Córdoba era en realidad un conjunto de Córdobas, porque, de no ser así, ¿cómo dar unidad a lo que había visto de la Magdalena, Ravé, Siete Revueltas, por un lado; por otro, plaza de Orive, Santa Marta, Mateo Inurria; o Encarnación Agustina, calle de la Palma, del Duque de la Victoria; o la plaza de la Corredera y la de la Almagra, y ahora todo este recinto tan dispar?
        Había que recorrer esta ciudad paso a paso. En aquel momento tenía una confusa, desorientada y parcial noción de la misma. Pero lo que ya había visto me parecía fascinante: una ciudad extraña, en el fondo como si fueran muchas, pequeñas pero autosuficientes, ciudades adosadas, viejas medinas moras con su vida propia, vecinas unas de otras, pero cada una, sin embargo, al margen de las demás.

    Historias de desprestigio.
    Las leyendas que corrían eran a cual más descabellada. Por ejemplo, se afirmaba que, con el fin de que las pacientes que me consultaban superaran prejuicios tales como el pudor, les exigía –el cómo no se precisaba– que la entrevista transcurriese con ellas desnudas de cintura para arriba... Tales cosas, como se sabe, pueden llegar a ser creídas siempre y cuando se dé, como condición necesaria, las ganas de creérselas y se añada una dosis cuantiosa de estupidez.
        No menos absurda es la historia que me contó un hombre de unos treinta y cinco años, que se presentó en la consulta a principios de 1962, pero no como paciente. Necesitaba decirme algo y le rogaba a mi secretaria que le permitiera hablar conmigo. Cuando entró y se sentó frente a mí, le noté una cierta ansiedad, pero su discurso fue coherente. «Me llamo José C. Le extrañará a lo que vengo, pero se lo voy a decir en seguida: yo le debo una explicación. Es que yo le he difamado y he contribuido a difundir algo que se le ha atribuido a usted y que luego me han convencido de que es una calumnia... Vengo a pedirle perdón». Sentí curiosidad por saber de qué se me acusaba esta vez. «He contado», me dijo, «que, en la Audiencia, cuando le pidieron juramento ante el Cristo que está sobre la mesa, se negó a jurar, se fue hacia donde estaba el Cristo, lo cogió y tiró al suelo, lo pisoteó y le escupió». Me responsabilizaba también de las numerosas renuncias de sacerdotes a proseguir con su ministerio. Le agradecí su actitud y se marchó. No supe más de él hasta que, unos meses después, me enteré por la prensa local de que se le había encontrado muerto en una habitación del hostal Eduardo, tras haber ingerido fármacos.
        Más delicada fue la noticia que trajo de Madrid el arquitecto Rafael de la Hoz, «de buena tinta, nada menos que del ministro José Solís», de que yo tenía en El Mochuelo un zulo donde había ocultado a gente implicada en actos de terrorismo. Se lo dijo a su cuñado, el cardiólogo Quero, que no le dio crédito. El hijo de éste, Damián, enterado del asunto, me previno.
        Otros rumores, que iban desde mi rojez hasta la posible homosexualidad, procedían de la policía, que se encargaba de difundirlos. Indagaron sobre si en el dispensario se facilitaban direcciones de lugares donde poder abortar y sobre el hecho, sin duda llamativo, de la entrega masiva de anticonceptivos orales a muchas mujeres. Y desde luego sospechaban que en mi consulta se celebraban reuniones políticas clandestinas, en lo que no iban desencaminados (...)
        Tengo razones para pensar que mi teléfono estuvo intervenido durante algunos años. En cierta ocasión se lo pregunté a la encargada del departamento de Telefónica que se ocupaba, entre otras, de esa tarea: «Perdone, no puedo hablar de esto», fue su prudente y significativa respuesta. Poco después diagnostiqué un tumor cerebral a la mujer de un policía. Tras una entrevista con él, en el momento de la despedida dijo, sonriendo: «...Y una cosa, don Carlos: con el teléfono no está de más que sea prudente... Buenos días».

    Oposiciones con bronca.
    Mi hipótesis previa (sobre la base de que había tenido votos en anteriores oposiciones) era que me dejarían llegar hasta el final, que López Ibor me votaría, pero que haría que no me votasen los cuatro restantes. De esta forma, pensaba, yo carecería de argumentos contra él. Por eso, terminado el segundo ejercicio, acudí dispuesto a comenzar el tercero (era el primero en el orden de actuación), preparadas mis fichas y diapositivas. Como en los últimos años se me reprochaba mi psicosociologismo, que no escondía ni disimulaba la antropología marxista, elegí una lección de neuropatología de la psicosis. Antes, a las nueve de la mañana, apareció la lista de los admitidos, pero –con gran sorpresa de todos– sin mi nombre. López Ibor hizo una de las suyas, que yo conocía tan bien: mientras los cuatro miembros del tribunal estaban en el despacho del decano desde las nueve, hora en que se había convocado el tercer ejercicio, él no se presentó hasta la una de la tarde (con el aburrimiento y cansancio de los espectadores y el abandono consiguiente). En efecto, a la una de la tarde entró el tribunal en la sala por un corredor de «grises». Tras el tribunal entramos los opositores, y los que habíamos dejado de serlo. Luego el público, que abarrotó el aula. En el momento en que el presidente del tribunal anunció que «da comienzo el tercer ejercicio para la provisión de las cátedras de psiquiatría de las universidades de Santiago de Compostela y Sevilla», me levanté, hacia el centro del aula y en voz alta dije lo siguiente: «Doy las gracias al tribunal que me ha permitido exponer los dos primeros ejercicios. Ahora que he sido suspendido y no puedo dar la lección preparada para el tercero, les dejo las fichas para que aprendan psiquiatría»... Me adelanté aún más hacia el tribunal y les lancé a la cara las doscientas fichas, que se esparcieron por el estrado y el suelo. Luego me encaminé a la salida, pero ya los estudiantes se habían lanzado al centro del aula insultando al tribunal, mientras el presidente ordenaba inútilmente silencio. López Ibor se digirió a mí para preguntarme, irónicamente, si me parecía propio de un universitario aquel griterío que acababa de provocar. Le dije, primero, que los universitarios eran los que gritaban, no ellos, y le recordé que él había hecho otro tanto doce años antes y que me había tenido a su favor porque entonces lo consideraba justo. El presidente del tribunal me hizo señas para que me acercara, y me pidió, desencajado, que tratara de poner orden: «Ayúdeme, como, aunque no lo sepa, le he ayudado yo». Le respondí: «Si cree que se ha cometido un atropello conmigo y que no ha podido evitarlo, dimita». Como el tumulto continuaba, el presidente requirió a la policía, que desalojó violentamente el aula. Ya fuera, la policía siguió con los golpes hasta expulsar a todos de la facultad. Al impedir que un guardia la golpeara, una estudiante, Rita Enríquez de Salamanca, le sujetó la porra y, al correr, se la llevó consigo. Los periódicos informaron ampliamente de lo ocurrido. En Destino Baltasar Porcel me hizo una larga entrevista, Francisco Umbral me dedicó dos artículos, Luis Carandell lo comentó en «Celtiberia Show», su famosa sección en Triunfo, y Mingote dibujó un chiste en Abc. En la facultad se repartieron unas hojas con la crónica de los hechos. Los ecos llegaron también a una gaceta psiquiátrica argentina y otra peruana.
        Así terminó todo. Dos días después regresé a Córdoba, no sin antes dar una charla en el servicio de cardiología de Pedro Zarco. No me volví a afeitar, de modo que, cuando llegué a Córdoba (donde ya se sabía por la prensa el escándalo de las oposiciones), todos creyeron que estaba enfermo o tan deprimido que no tenía ni fuerzas para afeitarme. En verdad se trataba de una cuestión más simple: decidí dejarme crecer la barba para no tener que afeitármela más.

    Cuando surge el amor. El encuentro con Celia reavivó en mí sentimientos que creía muertos, pero en un principio no podía –ni quería– alimentar ilusiones. Pensaba que la relación, en otras circunstancias, podría haber tenido otro carácter, pero no la consideraba viable. Nos despedimos brevemente después de la cena última del curso. A la mañana siguiente ella volvió al palacio de la Magdalena para despedirse de nuevo, unos momentos antes de tomar el taxi hacia el aeropuerto. Esta actuación me convenció de lo que en mi fuero interno era mi deseo: que «aquello» debía proseguir porque «podía ser», aunque ni uno ni otro pudiéramos predecir hasta dónde «podía llegar». Dos meses después, en octubre, Celia se fue a París a impartir clases durante un curso. Decidimos escribirnos y darnos un tiempo para pensar, para ver qué pasaba. En mi interioridad, no me sentí obligado a renunciar a esta oportunidad, sin duda la última, de poder ser feliz que la vida me ofrecía azarosa e inesperadamente.
        La relación continuó, y en 1989 iniciamos nuestra vida en común… La elegancia y estatura moral de Encar contribuyó a que el proceso de separación se desarrollase de modo razonable y fácil. Le guardo y le guardaré siempre gratitud por ello. (…)
        La decisión de irnos a vivir a un pueblo surgió sobre la marcha, mientras buscábamos una casa. La idea nos atraía, y nuestros respectivos trabajos nos lo permitían: yo, con sólo la consulta privada y por las mañanas; ella, con sus clases, y también sólo por las mañanas. Podíamos ir a Córdoba y, al regreso, al mediodía, encerrarnos en casa y trabajar cada uno en lo suyo.
        Una tarde de agosto de 1989 vine a Castro del Río (nueve mil habitantes, a cuarenta y dos kilómetros de Córdoba, en la carretera a Granada) para ver varias casas en venta. Ninguna reunía las condiciones que yo imaginaba para nuestro proyecto. En el preciso momento en que me iba, decepcionado de tanta visita fallida, el corredor que me acompañaba se refirió a una casona que no me había enseñado porque, según él, «ésa no es para usted, no es la que usted busca». Por si acaso, insistí en verla. La casa, de 1768, estaba en un llano (el Llano del Convento), al final de la calle Corredera, que baja desde la plaza del Ayuntamiento, la zona que antiguamente se llamaba «el arrabal». No la habitaban más que palomos a centenares desde hacía dieciocho años. Además, las riadas, frecuentes, del Guadajoz solían inundarla. Dos placas en la fachada de una casa próxima señalaba el nivel alcanzado por las aguas en las dos mayores riadas. Como eran las diez de la noche, entramos con una linterna. Lo supe en el acto: «Ésta es nuestra casa». Llamé a Celia, aún en Madrid, para que viniera a verla. La compramos sin más dilación. Para marzo de 1990, recién terminadas las tareas de restauración, que dirigió nuestro amigo el arquitecto Arturo Ramírez, me instalé en ella solo; bueno, con la ayuda de Pepa, una mujer del pueblo, de gran talento natural, que empezó a trabajar para nosotros y que continúa hasta hoy mismo. «Si voy a trabajar por horas y usted no está, ¿cómo puede usted saber cuántas son?», me dijo. «Las que usted diga que son, son», le respondí. Unos meses después, tras conseguir su traslado a Córdoba, se vino también «Tch».
        Un día, paseando por un olivar, en el viejo camino de Doña Mencía, descubrimos cientos de olivos condenados a ser arrancados, troceados, quemados y sustituidos por otros jóvenes. Eran viejos, venerables olivos, algunos probablemente milenarios. Se me ocurrió escoger de ellos, no para resembrarlo, porque no había ya sitio en casa. que no estuviera enladrillado, sino para salvarlo de su desaparición total. Elegí un olivo de fuertes raíces, que costó dios y ayuda meter en la casa. Con una grúa lo elevaron por encima de la tapia y lo colocaron en el segundo patio, en donde, como un tótem, fornido e imbatible, domina el recinto. Él dio nombre a la casa.

    De Casa del Olivo.

    Ortega, intelectual.
    En dos ocasiones distintas he intentado caracterizar la identidad y función del intelectual. En ambas he tenido in mente la figura de Ortega –entre otras, por lo demás escasas–. A mi modo de ver, Ortega encarna la figura del intelectual y, al decir de él, se debió vivir como el epígono de la misma, como el canto de cisne de esa difícilmente definible silueta del intelectual que sólo podía darse en Europa y hasta un cierto momento, por razones que yo creo ligadas a los límites del “saber” de entonces. Ortega tuvo esa premonición: que el intelectual, que había sido todo, había pasado a ser nada, devorado, quizá, por una época entregada a la acción por la acción misma. A poco de la muerte de Ortega, doña Rosa Spottorno me reprodujo sus palabras en ese sentido, de regreso al hotel después de una conferencia, de éxito multitudinario, en Alemania: algo así como “a pesar de esto, el intelectual tiene ya poco que hacer en este tiempo”. Figuras de intelectual son, mutatis mutandi, Max Weber en Alemania, Croce en Italia, Laski y Russell en Inglaterra, y naturalmente algunas más, no muchas más. Se trata de figuras transitivas, que trascienden de su profesionalidad concreta. Porque no es su “profesión” –y no me refiero ahora a la de intelectual, que no es profesión alguna, sino aquella otra que se vieron más o menos forzados a adoptar en el mapa distributivo de la división social del trabajo– la que les confiere identidad (¿quién reconocería la significación de Ortega en tanto que <catedrático> de Metafísica?), sino ese estatuto singular al que se adscriben ellos mismos y que viene dado por el nivel en que saben situar su pensamiento sobre cualquier aspecto, a veces, en la apariencia, trivial, de la realidad histórica que les es dado vivir.
        En Ortega se dan tres rasgos –advierto que del mismo modo se podrían destacar algunos más– que caracterizan al intelectual por antonomasia: 1) la actitud básica intelectualizada ante la realidad (en sentido amplio), ante la circunstancia y, por tanto, su rango magisterial; 2) la versatilidad de las tareas que se propone, concorde con la diversidad de objetos de que versa y, en consecuencia, su diletantismo; y 3) su capacidad para un determinado y peculiar tipo de error. En contra de lo que pudiera parecer, los puntos 2) y 3) no suponen un juicio negativo de valor: el primero de ellos es una condición inherente al propio oficio de intelectual; el segundo, una consecuencia.

    De Temas. Hombre, cultura y sociedad.


    Idea de la locura en Cervantes.
    (…) Durante algún tiempo pensé que Cervantes no diferenciaba la fantasía de la imaginación. Que había que esperar a Coleridge (1796-1849) para que esta distinción alcanzase carta de natura1eza. Ahora bien, si no de la manera explícita de Coleridge, Cervantes las distingue –no lo dice pero practica la distinción entre una y otra– de suerte que la locura es, en su sentir, la sustitución de la imaginación por la fantasía. «Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos...». Y, como no podía ser menos, «de manera que vino a perder el juicio» (1, 1); «porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamientos...» (1, 16); «encajados tenía en la fantasía los mesmos disparates que su amo» (1, 29); de algunas señoras del pueblo dice: «van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mismas reinas, que no parece sino que...» (H,50).
        Para Cervantes el loco convierte su fantasía en imaginación y, como tal, susceptible de volcarse en la realidad. Concebida así, la locura es la realización del máximo deseo de todo ser humano: ser quien desearía ser. Por eso la locura es, para Cervantes, una forma de vida, como de manera opuesta lo es la cordura, una forma de vida en el caso de la locura, desdichadamente errónea. El delirio, que es la forma de locura que interesa a Cervantes, es un error existencialmente necesario, pero que da sentido a la vida del delirante. La locura da al loco la plena identidad de que en la cordura carece. De aquí que el regreso a la cordura, vuelto de nuevo el antes loco a su inanidad, le entristezca definitivamente.
        Cervantes llega a más en su deseo de hacer moraleja en su fábula. Al considerar la locura como la irreal realización del deseo, ¿no hay alguna semejanza entre ella y los afanes en que en ocasiones se obstinan los cuerdos? ¿No es el amor una suerte de locura que recrece nuestra identidad desmesuradamente por la fantástica posesión del objeto amado –un objeto intrínsecamente inapropiable–, y, contrariamente, los celos el miedo a que el abandono del objeto amado nos suma en la inanidad?
        La concepción de Cervantes no es comparable a la de Huarte de San Juan, que era un médico con una concepción mecanicista como la de Galeno, ni siquiera a la de Juan Luis Vives, pero sí a la de Erasmo de Rotterdam. En el Encomium moriae, Erasmo, al hablar del loco de Argos, refiere lo siguiente: «Como sea que la solicitud de sus parientes le librara de la enfermedad mediante los fármacos que le administraron, vuelto ya del todo a sus cabales, se quejaba de este modo a sus amigos: por Pólux que me habéis matado, amigos. No habéis hecho un bien a una persona a la que habéis quitado así el placer, arrebatándole por la fuerza un gratísimo desvarío de la mente». Lo que de hecho nos refiere también Cervantes en el último capítulo del Quijote: «Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan». Ido el médico, Don Quijote dice a la sobrina: «Yo tengo juicio ya libre y sano». Cuando, a continuación, el cura, el bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás, el barbero, penetran en su habitación, Don Quijote les dice: «Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno». Don Quijote ha dejado de ser tal. Pero de albricias, nada. Y dice el cura: «Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga testamento». Ahora puede testar. Porque como Don Quijote su testamento no sería válido; como Alonso Quijano, sí.
        La locura en el ser humano no es la mayor de las desgracias. La mayor es la que, desde la salud, le lleva a la locura. Si la cuantía de una desgracia deriva del sufrimiento que depara, no es la locura una fuente de sufrimiento sino para los que rodean al loco, mas no para el loco mismo. Porque la desgracia infinita e insuperable, es la inaceptación de sí mismo, el ineficaz rechazo de aquel que se sabe quien es y no puede dejar de serlo y le es imposible ser el que anhela. Cervantes dice que Don Quijote muere de la melancolía inherente a la forzada imposición por la realidad de su identidad como Alonso Quijano. Por eso Sancho, aunque pasajeramente enloquecido por su señor, a diferencia de éste se restablece gracias a su buen sentido, que le lleva a aceptarse de nuevo a sí mismo. Lo dice de una manera que no deja lugar a dudas respecto de su capacidad para conformarse: «Tan de valientes corazones es tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidad; y esto lo juzgo por mí mismo, que si cuando era gobernador era alegre, agora que soy escudero de a pie, no estoy triste» (II, 66). Con otras palabras: Sancho, curado, vive; Don Quijote, curado, muere.

    De Cordura y locura en Cervantes.
  • CRONOLOGÍA  Expandir
  • 1922    Nace el 15 de agosto en el seno de una familia acomodada de San Roque (Cádiz).

    1932    Estudia en el colegio salesiano de Ronda (Málaga), en el que pronto rechaza lo que él considera, como refiere en sus memorias, la represión y violencia de sus educadores.

    1936    El fusilamiento de varios familiares en los primeros días de la Guerra Civil deja una profunda huella en Castilla del Pino.

    1940    Se traslada a Madrid para iniciar sus estudios de Medicina.

    1943    Comienza su especialización en Psiquiatría, una materia en la que había trabajado desde sus primeros años en Madrid.

    1944    Inicia sus investigaciones en el Instituto Cajal, en el departamento de Histología Experimental.

    1946    Concluye su licenciatura. Trabaja en el Sanatorio Esquerdo de Madrid, donde adquiere una gran experiencia en el diagnóstico y tratamiento de pacientes.

    1949    Es nombrado director del Dispensario de Psiquiatría de Córdoba, ciudad que ejerce sobre él una fuerte fascinación.

    1950    Contrae matrimonio con Encarnación Plaza.

    1955    Organiza en Córdoba unas jornadas sobre Freud, autor que permanece prohibido en España hasta el año siguiente. Desde el Círculo Juan XXIII, participa en los primeros números de la revista Praxis, fundada por José Aumente.

    1959    Comienza un acercamiento en la clandestinidad hacia el PC, del que luego se aleja por rechazar cualquier imposición doctrinal, pese a que en 1966 Santiago Carrillo lo reclama para una entrevista privada en París.

    1966    Publica Un estudio sobre la depresión, de la se venden más de diez ediciones.

    1968  
      Aparece La culpa.

    1969  
      Escribe La incomunicación.

    1972    Publica Introducción a la hermenéutica del lenguaje, recopilación de seis conferencias impartidas en Barcelona.

    1973    Alianza publica Cuatro ensayos sobre la mujer.

    1977    Es nombrado profesor de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de Córdoba. Gana el premio Jovellanos de Ensayo con El delirio, un error necesario.

    1978-80   Aparecen los dos volúmenes de su Introducción a la Psiquiatría, una de sus obras fundamentales.

    1989 
       Se traslada con su nueva pareja, Celia Fernández, a su residencia de Castro del Río (Córdoba).

    1996    Publica su primer volumen autobiográfico, Pretérito Imperfecto.

    2004    Casa del Olivo, segundo volumen de sus memorias, culmina su proyecto autobiográfico. Ingresa en la Real Academia Española de la Lengua, donde ocupa el sillón Q.
 
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