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TÉRMINO
- CóRDOBA
  ANEXOS
 
  • Desarrollo urbano desde los orígenes al Califato  Expandir
  • Las terrazas del Guadalquivir en Córdoba y sus inmediaciones contienen evidencias arqueológicas que se remontan hasta el Paleolítico más antiguo, pero las pruebas de una ocupación permanente son de finales del Neolítico, como en tantas otras comarcas de Andalucía. Dos lugares de la ciudad estaban habitados en la Edad del Cobre a ambos lados del río: el actual Parque Cruz Conde y la elevación donde se localiza la parroquia de Jesús Divino Obrero. El yacimiento del Parque Cruz Conde (denominado en la bibliografía arqueológica como Colina de los Quemados) continúa habitado durante la Edad del Bronce y, aunque no se conoce en detalle la organización urbanística del asentamiento, es posible sugerir que ya entonces representaba un papel de primer nivel en el sistema de hábitat de esa época en el valle medio del Guadalquivir. Esta importancia explica en parte la relevancia que adquirió en época tartessia, cuando la ciudad, hacia el siglo VIII a.C., alcanzó una extensión que se estima en 50 ha y ejerció una función de intermediaria en el tránsito y distribución de los metales producidos en los centros minero-metalúrgicos de Sierra Morena, lo que, por otro lado, parece no haber sido ajeno al hecho de que desde este punto el río Guadalquivir se volvía navegable. Atendiendo a la continuidad y abundancia de materiales provenientes del Mediterráneo oriental encontrados en la Colina de los Quemados, parece que no le afectó la crisis que siguió al hundimiento del mundo tartessio del Bajo Guadalquivir, de manera que el oppidum ibérico de Corduba conserva su pujanza y posición dominante en la organización territorial de la zona hasta la conquista romana.
     En el segundo cuarto del siglo II a.C., en el marco de la consolidación de la conquista romana del sur de la Península Ibérica, el cónsul M. Claudio Marcelo funda (probablemente en el 169 a.C.) una ciudad a unos 800 m. al noreste de la Corduba indígena, con la que convivirá a lo largo de más de un siglo hasta el abandono definitivo de esta última a comienzos del siglo I a.C. por la paulatina integración de la población en la urbe romana, que asumirá su nombre. Va tomando fuerza la hipótesis de la existencia de un castellum o presidium con anterioridad a la fundación. La Corduba romana se estableció sobre una terraza del Guadalquivir aprovechando barrancos y arroyos como defensas naturales, si bien pronto se rodeó de una potente muralla de sillares almohadillados y torres adosadas que contaba, al menos en su lado norte, con un foso de 15 m de ancho. Tenía un perímetro de 2.650 m. y encerraba una superficie de 47 ha. La trama urbana de la capital de facto de la provincia Hispania Ulterior no se conoce en detalle, aunque podría responder al modelo de planta de campamento. La disposición de las cuatro puertas que se abrían en la muralla permite intuir el trazado del cardo maximus, que unía la posteriormente conocida como Puerta de Osario con otra desmantelada en época augustea, y proponer la existencia de dos decumanos máximos debido a la disimetría en la posición de las puertas situadas al este (la denominada Puerta de Hierro en época cristiana) y al oeste (Puerta de Gallegos). El foro se localiza en el cuadrante noroccidental, ocupando las dos manzanas situadas al norte de la intersección entre el decumano más septentrional y el cardo máximo, al que se abría en su extremo oriental. Era un espacio porticado en el que, como era corriente en las ciudades romanas, se situaría el templo dedicado a la triada capitolina (identificado cerca de la iglesia de San Miguel) y la basílica sede de la administración política.
     Tras su destrucción en el 45 a.C. por las tropas de César, la ciudad es refundada por Augusto hacia el 25 a.C. con el nombre, y estatus político correspondiente, de Colina Patricia, ampliándose el recinto urbano hacia el río hasta alcanzar una superficie de 78 ha, para lo que se desmanteló el lienzo sur de la muralla. Se convierte en la capital oficial de la Provincia Baetica creada por el primer emperador romano. En esta ampliación se reserva una superficie triangular delimitada por una prolongación muy oblicua en dirección sureste del cardo máximo (que coincide aproximadamente con la actual calle Rey Heredia), donde se levanta el teatro aprovechando el declive de la terraza hacia el río, y al sur, en el mismo eje, supuestamente se construye el anfiteatro. Un segundo ramal de cardo máximo, tras un quiebro en dirección sureste, conectaba con la calle que conducía a la puerta situada junto al puente, parte de cuyo trazado se encuentra ahora bajo la nave principal de la Mezquita. Todas las calles de la ciudad se dotaron de cloacas y pavimento, se construyó el primer acueducto, el de Valdepuentes (Aqua Augusta), que aportaba 30.000 litros diarios de agua, y el puente sobre el Guadalquivir. La antigua plaza pública fue transformada profundamente, convirtiéndose ahora en el foro “colonial”. Se pavimentó con losas, se construyó un acceso desde al cardo remarcado por un arco y una fuente. Contó con un templo del que se han encontrado escasos restos hasta ahora. En el reinado de Tiberio se le adosó por el sur un nuevo espacio público porticado, trazado según el modelo del foro de Augusto de Roma. Allí se erigió un templo monumental dedicado al culto imperial que parece haber sido una replica del templo romano de Mars Ultor, con el que se relacionaría la estatua colosal de la Colección Tienda identificada como Eneas llevando a su padre Anquises, y parece ser que también incorporó un altar semejante al Ara Pacis. Las abundantes estatuas y epígrafes encontrados en la zona hablan de otros edificios de culto imperial integrados en esta plaza. Igualmente, a partir de la información fragmentaria aportada por las excavaciones y el análisis estilístico de las piezas escultóricas recuperadas, algunos investigadores han propuesto la existencia, en la zona de los Altos de Santa Ana, de un área monumental constituida por una plaza porticada y un templo dedicado a Diana Augusta; que a finales del siglo II y durante el III asumiría las funciones de foro “provincial” y el culto imperial que anteriormente desempeñaba el complejo edificado en torno al templo de la calle Claudio Marcelo. Pero la obra más destacada de las reformas augusteas fue el teatro, que se viene estudiando desde la década de los noventa del siglo XX en solares de los alrededores de la plaza de Jerónimo Páez. Inspirado en el de Marcelo de Roma, aunque con la cavea apoyada en la ladera, sus dimensiones y forma arquitectónica llevan a los especialistas a proponer una financiación imperial directa. El entorno se urbanizó con un sistema plazas pavimentadas comunicadas por escalinatas. En el período que sigue al reinado de Augusto, hasta fines del siglo II d.C., Colonia Patricia alcanzó su máximo esplendor gracias a la acción de personajes locales que ocuparon puestos de relevancia, de lo que queda testimonio en las abundantes estatuas fechadas en los siglos I y II d.C. A fines del reinado de Claudio, tras derribar un tramo de la muralla, comenzó a construirse otra plaza monumental de 80 por 60 m. conseguida por un aterrazamiento artificial de 10 m. para salvar el desnivel. Estaba porticada por su lados norte, oeste y sur y en el centro se levantó un templo hexástilo pseudoperíptero de 32 m. por 16 de planta y más de 15 de altura de mármol blanco, cuya fachada principal miraba al este, conocido hoy como el templo de la calle Claudio Marcelo. A los pies del templo, en el mismo eje, se construyó el primer circo de Córdoba, formando con él un complejo dedicado al culto imperial, que parece haber cumplido las funciones de foro “provincial” hasta finales del siglo II d.C.
     La conclusión de estos grandes proyectos arquitectónicos y la expansión urbana fuera de las murallas exigieron la realización de un nuevo acueducto entre el 81 y el 96 d.C., Aqua Nova Domitiana Augusta, que transportaba desde la sierra este de Córdoba hasta 20.000 m3 al día.
     A fines del siglo II d.C. se construyó a extramuros en la parte occidental un segundo circo alineado con la vía augusta, cuyas ruinas monumentales vienen identificándose desde hace bastantes años en las inmediaciones de la Facultad de Veterinaria. Para cubrir su necesidades de agua se construyó un tercer acueducto cuyo origen estaba en el entorno de la Albaida y el Patriarca, que también abasteció al barrio que ya existía en las inmediaciones. Las posteriores obras de mantenimiento lo convirtieron en el suministrador de agua de la Mezquita y más tarde de la Mezquita-Catedral.
     En la segunda mitad del siglo III y durante el siglo IV la ciudad sufre una importante transformación en algunos de sus espacios urbanos más significativos. El espacio público del foro provincial es invadido por viviendas privadas, al igual que algunas calles. El papel de aquél es ahora sustituido, en consonancia con los cambios políticos del Bajo Imperio, por el complejo palacial construido entre finales del siglo III y comienzos del IV en la zona hoy conocida como Cercadilla por iniciativa del tetrarca Maximiano Herculeo, que estuvo en la ciudad en las años 296-297. Descubierto con motivo de las obras para la estación y trazado de las vías del tren de alta velocidad y, desgraciadamente, muy destruido a causa de las mismas, el conjunto de edificios allí investigado pasa por ser uno de los más monumentales de todos los conocidos del territorio del Imperio Romano por sus dimensiones (más de 400 m. de longitud por 200 de anchura) y por la organización escenográfica de las edificaciones. Un criptopórtico semicircular sustentaba una galería porticada a la que se abrían edificaciones en disposición radial, entre las que destaca, por colocarse en el eje de simetría, una gran aula de audiencia imperial típica de la época tetrárquica. La elección del lugar de emplazamiento fuera de las murallas parece ser que se debió a la existencia en las inmediaciones del segundo circo de la ciudad, con el que constituyó un complejo para la representación del poder imperial.
     Una vez cesada la persecución, el cristianismo se generaliza en la sociedad cordobesa, una de cuyos miembros, el obispo Osio, tuvo alta relevancia como mentor de Constantino. En correspondencia, el conjunto de sarcófagos paleocristianos del siglo IV encontrado en Córdoba es de los más destacados de la Península. También se erigen iglesias, algunas fueras de las murallas, en torno a las cuales se desarrollan necrópolis. El propio complejo palacial de Cercadilla fue reutilizado para el culto cristiano al menos desde mediados del siglo VI.
     El abandono de los espacios públicos iniciado siglos antes se agudiza tras la desintegración del Imperio Romano y durante la época del reino visigodo. En esa época la parte sur del recinto amurallado concentró la población y en ella destacaron el palacio del gobernador visigodo, en el solar ocupado después por el alcázar omeya, y la basílica de San Vicente derruida para levantar la Mezquita. En consecuencia, los guerreros musulmanes que conquistaron la antigua capital de la Bética en 711 se encontraron con las murallas parcialmente derruidas, el puente abandonado y cortado, amplias áreas de la zona norte despobladas y transformadas en cementerios y las casas en un estado ruinoso generalizado.
     Pero las nuevas circunstancias políticas le devolverían en los siglos siguientes un nuevo esplendor urbano, puesto que en ella se estableció la sede del emirato independiente de al-Ándalus y el sucesivo Califato. La antigua zona amurallada romana constituirá la Madina. En ella ocupará un lugar destacado la Mezquita Aljama, enriquecida y ampliada a lo largo de dos siglos, y el Palacio Califal. La pujanza de la ciudad se manifiesta por el sucesivo desarrollo de arrabales en torno a la Madina. El primero fue el de Sequnda, localizado en el interior de un meandro, al otro lado del río. Después se desarrolló el arrabal de la Axerquía, que estuvo rodeado por una muralla al menos desde época almorávide. Otros barrios se localizaron en Cercadilla y al occidente de la ciudad desde el siglo IX. Pero la máxima expansión tuvo lugar durante el siglo X, cuando hasta una veintena de arrabales envolvían a la Madina, ocupando una extensión urbanizada que sólo se ha alcanzado a finales del siglo XX. Estos arrabales poseían una ordenación urbanística reiterada, con unas calles principales que en muchos casos disponían de una infraestructura de evacuación de aguas residuales, grandes espacios abiertos pavimentados probablemente destinados a zocos o mercados, casas de variada planta cuyo centro era siempre el patio, mezquitas y cementerios.
     A unos cinco km., en el reborde de Sierra Morena, Abd al-Rahman III funda en el 936 la ciudad palatina de Madinat al-Zahra en un enclave escogido por su posición escenográfica respecto de Córdoba y por la posibilidad de aprovechar parte de un antiguo acueducto romano para el abastecimiento de agua. Allí se trasladó la residencia del Califa, la Corte y la administración del Estado, la ceca y las atarazanas. No obstante la brillantez de esta nueva ciudad, su ocupación fue efímera, porque Almanzor fundó su propia ciudad palatina al este de Córdoba llamada Madinat al-Zahira de vida aún más corta y menos conocida. El esplendor de ambas sucumbió a causa de la anarquía que siguió a la caída del Califato.

    Gabriel Martínez

  • Gastronomía y sociología del perol  Expandir
  •  Si se le pregunta a cualquier cordobés ¿qué es un perol?, responderá invariablemente: “Una reunión de amigos”. Ambas simplicidades -las de la pregunta y la respuesta- nos están advirtiendo con la mayor claridad que los hechos gastronómicos de guisar y de comer quedan absolutamente supeditados a la constitución de una reunión, ya sea numerosa o pequeña, lo cual conlleva a una forma especial de sociedad. (...)
     El perol, más que reunión de amigos, debiera llamarse promotor de amigos. De todas formas, hay que convenir que en él se agrupan los que lo eran cuando acudieron y los que se hicieron durante el desarrollo del propio perol. Hay que dar por buena, para los tiempos actuales, la receta de Maurois, antes reflejada, de que la clave de los buenos amigos es tener gustos iguales y oficios distintos; pero los peroles de otros tiempos fueron creados por o para amigos de profesiones iguales. Se trataba de las viejas asociaciones originadas en la Edad Media, nacidas a partir del siglo XIII -en 1236 fue la conquista cristiana de Córdoba-, tales como congregaciones, cofradías y hermandades, etc.
     Los gremios cordobeses gozaron de gran relevancia: estaban constituidos por excelentes artesanos que, dentro de la ciudad, monopolizaban el mercado de sus productos y reglamentaban el ejercicio de la profesión. Solían concentrarse hasta el extremo de tener calles y plazas propias. De ellas, aún se conservan nombres: Tundidores, Aladreros, Caldereros, etc. Todos estos gremios celebraban fiestas religiosas en honor de sus patronos y consiguientes comidas posteriores, a las que acudían profesionales coincidentes en gustos y oficios. No hay motivos para negar que también eran reuniones de amigos.
     Algunas de estas asociaciones gremiales han continuado su tradición hasta nuestros días: sobradamente conocidos son los peroles de orífices y plateros, de talabarteros y cutridores, de matarifes y tablajeros, así como de otros grupos laborales. Había una gran variedad que, incluso, motivaba diversidades de guisos y de ingredientes. Hoy, los antiguos gremios, definitivamente desaparecidos como tales a raíz de la Constitución de 1812, han sido sustituidos por entidades menos profesionales: peñas, centros docentes, comunidades vecindarias, agrupaciones artísticas y culturales, establecimientos comerciales, asociaciones de funcionarios, etc. Todos tienen su santo y su seña. Es decir, su patrón o motivo de fiesta, y su celebración mediante el perol.
     Sin embargo, la fórmula asociativa más ligada al perol era la charpa de amigos, una agrupación tan sencilla que ni siquiera tenía por escrito sus preceptos o disposiciones. Tampoco figuraba en ningún tipo de registro oficial. Era, no obstante, una institución de cierta aplicación. Para la Academia Española no existe la charpa cordobesa, porque considera que charpa significa tahalí, y en otra acepción, cabestrillo. En algunos lugares de Andalucía fue estimada como reunión de gente alborotadora o maleante. Pero en Córdoba el vocablo había evolucionado y obtenido dignidad. En los años treinta, que alguien dijera que tenía su charpa era garantía de que los amigos iban por cauces formales.
     Las charpas de amigos se reunían en las tabernas cordobesas para cambiar impresiones, jugar al dominó y, sobre todo, para organizar sus peroles. Que generalmente eran los domingos y festivos, y en verano, los sábados por la noche. Hay que hacer excepciones dominicales con algunas profesiones que trabajaban durante la mañana del domingo y, por eso, organizaban sus peroles, frecuentemente, los lunes.

     Miguel Salcedo Hierro
     De Gastronomía y sociología del perol. Colección Córdoba (Diario Córdoba).

  • Córdoba en la literatura  Expandir
  • Descripción de la Mezquita. En Córdoba es donde se yergue la célebre mezquita catedral, famosa en el universo, y que constituye uno de los más bellos monumentos del mundo, por su vasta superficie, la riqueza de su ornamentación, la perfección de su estructura y la solidez de su construcción. Los califas Marwaníes pusieron todo su empeño en la conservación de este edificio y realizaron en él ampliaciones y perfeccionamientos sucesivos, hasta tal extremo que acabó por construir un conjunto monumental muy próximo a la perfección; y de tal calidad que las miradas no podían abarcar todos los detalles y que la descripción de sus bellezas tornóse una empresa casi impracticable. Esta mezquita no tiene par en los países musulmanes, tanto por su ornamentación como por sus dimensiones. La mezquita tiene de largo cien pasos, o ochenta de ancho. Una mitad del edificio se halla cubierta; la otra, que constituye el patio, se halla al raso. Diecinueve filas de arcadas soportan la parte cubierta. El total de las columnas en el interior de la sala cubierta es de mil; en esta cantidad figuran, además de las columnas que, sostienen las naves, aquellas, pequeñas y grandes, que soportan las cúpulas, y las que mantienen la gran qibla y las partes contiguas. El interior contiene ciento trece arañas destinadas a la iluminación: las más grandes tienen mil lámparas, las más pequeñas sólo doce.
     (...) La anchura de cada una de las salas cubiertas es de treinta y tres palmos; entre cada una de las columnas de la misma nave hay un espacio de quince palmos. Todas ellas tienen una base y un capitel de mármol.
     Encima de cada dos columnas se eleva un arco admirable, cuyos arranques reposan sobre la cima del capitel de cada columna. Ese arco está coronado de otro, que se apoya en dos fuertes pilares de piedra tallada. Esa doble serie de arcos está construida con piedras trabadas mediante cal y yeso. En su superficie han incrustado, a razón de seis por arco, claves de ladrillo que rodean las cuatro caras del arco, sobresalen de las mismas ligeramente y están revestidos de una pintura ocre. En el techo, el espacio comprendido entre cada dos de esos dobles arcos está recubierto por uno de los paneles ya descritos; encima del borde de cada panel corre un friso de madera en que están inscritos versículos del Corán.

     del kitab al-rawd al mitar de abd al-munim
     al-himyari

     (según versión francesa de Lèvi-Provencal:
     La péninsule ibérique au Moyen Age, 183).
     De La España Musulmana de Claudio

     Sánchez-Albornoz

    Mezquita-Catedral. En mi infancia predominó la Catedral. Veo a un niño, en la fresca penumbra que sigue a los oficios religiosos, separado del grupo, admirando de uno en uno los sitiales del coro, los símbolos evangelistas de los ambones, las lámparas de plata, el distante y apagado brillo de los retablos; temeroso ante los rincones en sombra; sobrecogido por extrañas presencias no identificadas. Un niño al que atraían y asustaban los ecos de pasos inadvertidos, de voces sin origen preciso. Un niño sumergido en aquella inmóvil piscina misteriosa, a la hora de la siesta durante el verano, mientras un sol omnipotente flagelaba las calles. Un niño impasible ante los grandiosos ritos, demasiado plúmbeos para él, cuyos ojos huían, fuera del crucero recamado y barroco, hacia las columnas testimoniales. (Pero testimoniales, ¿de qué? El niño no sabía). Tenía el presentimiento de una familiaridad antigua y extirpada, la contradicha de un secreto; algo que se ocultaba y se manifestaba, a pesar de los gestos habituales, en la sangre del niño –bendecido, arodillado, santiaguado–, como si estuviese infringiendo una norma cuando rubricada otra. (Pero, ¿cuál? El niño no sabía y una desazón aleteaba en él). Prefería el silencio, la Catedral callada. Sin ceremonias, sin órganos, sin rezos. El niño la encontraba más religiosa así: religiosa únicamente así. O desde fuera. Desde el Patio de Naranjos, viendo salir la procesión del Corpus… Descendía por las rampas de madera la custodia deslumbradora. Entre los cánticos, las primeras magnolias, el incienso, los racimos en agraz, las espigas. Sobre el mastranzo y el romero y la juncia. Hacia el gozoso atardecer de junio. Alborotaban las campanas los espesos cielos...
     En mi adolescencia predominó la Mezquita: enmudecida y poderosa, muerta y superviviente. La adolescencia suele estar del lado de los triunfantes; la mía estuvo del lado de los perdedores. El niño aquel, por fin, supo. Comprendió los fantasmas: reconoció los ecos del pasado; percibió que el progreso es el regreso a veces. Se prosternaba fuera de los bancos, sobre las losas, entre las columnas, sin un claro porqué. Quizá para salirse de la contradicción, para librarse de una batalla que no era suya aún...
    (…) El corazón de aquel adolescente se inclinaba hacia los perdedores. Aún hoy sigue inclinado.
     Y después ya elegí mi batalla y mi campo de batalla, en tanto en cuanto un hombre puede hacer tal elección. Comprobé que somos lo que hemos ido siendo: no lo que fuimos, ni lo que aspiramos a ser, ni tampoco lo que aparentemente somos. Somos el resultado de lo que se construyó y se destruyó y se reconstruyó; el producto de innumerables iniciativas y fracasos innumerables. Nuestra historia es más larga que nosotros. Andalucía estaba ya presente dentro de mí, como de alguna enigmática manera dentro de ti la hallarás algún día malherida e ilesa, ultrajada e imperturbable, mendiga y prodigiosa. Andalucía, eterna fusión de los contrarios, conquistadora de sus conquistadores. Y por eso escribí: «Soy partidario de que la Mezquita-Catedral se dedique a lugar de oración de las tres grandes religiones que fueron prueba viva de los caudales de convivencia y de tolerancia que en Córdoba manaron. Las ortodoxias son exigentes y sangrientas; las exclusiones, fratricidas; los fanatismos concluyen en el asesinato. La decadencia cordobesa comienza con los almorávides y los almohades, que traen por enseña su estricto dogmatismo. Consérvese para adorar lo que para adorar se fundó. Porque la gloria de cualquier Dios han de dársela hombres y cualquier Dios, para serIo, ha de ser más grande que nuestro corazón».
     Pocas cosas hay perennes, Tobías, y muy pocas tan efímeras como nosotros mismos. Recúerdalo cuando entres en la Mezquita-Catedral; cuando, junto a sus zócalos, mires el río y la sierra, el hombre y su grandeza o su derrota, la ciudad bien amada.

     Antonio Gala
     De “Dedicado a Tobías” en Andaluz.

    Madinat al-Zahra. La ciudad imperial de los omeyas andalusíes fue construída en una suave ladera, al pie de la sierra de las Ermitas, a poco más de una legua de Córdoba. Para ello se explanaron tres plataformas escalonadas; la superior (donde se encuentran las partes mejor conservadas, reconstruidas y restauradas) constituía la parte palatina: residencia califal, salón de recepciones, escolta real, patio para las paradas oficiales, etc. Aunque tenía jardines, éstos dominaban en la explanada central, acaso para separar mejor la residencia califal de la plataforma inferior que inc1uía la ciudad administrativa y mercantil. Todo el conjunto estaba unido a Córdoba mediante una calzada. La mezquita aljama de Madinat al-Zahra fue inaugurada el año 329/941, y el 333/945 tuvo lugar la primera recepción de embajadores documentada, señal de que ya estaba habitada por el califa; el resto de las fechas es conjetural, aunque bastante aproximada; y la terminación debe situarse hacia el 365/975. La belleza del restaurado salón noble puede dar una idea de la magnificencia del palacio.

     Miguel Cruz Hernández
     De El Islam de al-Ándalus. Historia
     y estructura de su realidad social.

    Los libros y los días. Córdoba no es sólo la ciudad de las columnas, del laberinto de los callejones y los rostros innumerables, de las voces que murmuran o gritan en varias lenguas simultáneas, de las campanas cristianas y los cuernos judíos confundiendo su llamada litúrgica con la del muecín: también es la capital de los libros, cuyo número es tan incalculable como el de las gentes que viven en ella o el de las columnas y arcos que se despliegan en las mezquitas y en los palacios. Sesenta mil libros se publicaban anualmente en Córdoba. En un solo arrabal había a finales del siglo X ciento setenta mujeres consagradas a copiar manuscritos: las más veloces calígrafas podían terminar en dos semanas la copia de un Corán. En la mezquita mayor, los discípulos de cada maestro preparan el papel y el cálamo para guardar detallada memoria de sus explicaciones.

     Antonio Muñoz Molina
     De Córdoba de los omeyas

    Los cordobeses.  Todos los que han vivido en Córdoba han recibido su marca. Séneca, el estoico pagano; Osio, el intrépido obispo cristiano; Maimónides, el hebreo; Averroes, el musulmán, por muy diferentes que nos parezcan a primera vista, son en su esencia absolutamente idénticos. Idénticos entre ellos e idénticos a estos campesinos de rostro moreno y apergaminado, con sombrero cordobés de anchas alas, a estos toreros serenos y trágicos que encarna y simboliza “Manolete”. Por eso es en Córdoba donde más profundamente se puede sondear el alma andaluza. Córdoba es filosofía y mística, una fortaleza espiritual y no guerrera, por más que sea también la patria del vencedor de las guerras de Italia, el Gran Capitán. Hay como un símbolo en el hecho de que la estatua de éste se encuentre aislada, menuda, en el centro de una plaza que el sol abrasador hace que parezca inmensa; más que un batallador, Gonzalo de Córdoba es un pensador… Córdoba es ante todo silencio y meditación. Aristócratas y campesinos tienen aquí el mismo aire serio, grave, reflejo de ese sentimiento trágico de la vida que es fruto de una experiencia histórica. En este aspecto, Córdoba es profundamente andaluza.

     Jean Sermet
     De La España del Sur.

    Las calles de la memoria. Abrían los obradores de dulces y los hornos de tortas las bocas llameantes de purgatorios y, alrededor, como demoñuelos atizadores, estaban los artesanos del hojaldre y la almendra, las palas goteantes de dulzura, y el humo de las jaras quemadas subía lento en nube de retablo.
     Casta y dura la ciudad se entregaba en el entramado celoso de sus calles, en el goteo del tiempo en esquilas y fuentes, en el repecho montaraz de la Sierra cercana. Y en ese huerto idílico que es la niñez unida al callejero sentimental, formarían ambos un bien irrecuperable: el edén amurallado y perdido.
     Calles de sombra y luz, estrechas como daga en la funda, por su urdimbre de araña sólo el aroma te guiaría, en la ceguera del amor, hasta llegar a las pequeñas plazas cautivas: el olor del agua rebosante por el caño roto de la Fuenseca, la floración penitencial de los árboles del paraíso en Jerónimo Páez, los líquenes verdinosos de otoño sobre los mármoles de los Triunfos, hierbas olorosas y milagreras en el atrio de la Fuensanta.
     Carta topográfica de la memoria, cotas altas que tanteas con la seguridad del bastón del ciego, dioramas de una linterna mágica encendida perenne. Vuelve al banco de la Magdalena, a las barandas de azulillos de la casa del Santo dios, a las toronjas del caserón de los Bernuy allá en Santiago, a la sombría guitarra de los celos sonando por la Piedra Escrita. Puestecillos de San Agustín, al alba de los pescados, orzas y lebrillos melados para adobar de lomos y olivas, zafras y alcuzas de latón fluyentes del aceite que unge, dorando las frutas de sartén, los buñuelos y las sopaipas (...)

     Pablo García Baena
     De “Antiguo muchacho”, en Una Geografía.   Ocho viajes andaluces. Fundación José    Manuel Lara, 2002.

     

  • Córdoba y las decisiones políticas  Expandir
  • Las decisiones políticas o de gestión tienen a veces repercusiones importantes en la organización del territorio y en la vida de las ciudades; y existen múltiples ejemplos de elecciones de capitales de estados (el caso de Madrid, que era una villa antes de Felipe II), de grandes transformaciones por adjudicaciones de Exposiciones Universales u otros eventos (Barcelona, 92 y, menos, Sevilla). Unas ocasiones con más razones que otras, pero, en cualquier caso, la influencia de tales acontecimientos es notable. Nos interesa ahora remarcar al menos dos momentos importantes que explican mucho de la historia y presente de Córdoba, que en el 2003 rozaba los 320.000 habitantes.
     Cada vez más, otras aglomeraciones urbanas fuera del Valle del Guadalquivir, como Granada, y el litoral (Almería, Poniente, Costa subtropical, Axarquía, Málaga, Costa del Sol, Campo de Gibraltar, Bahía de Algeciras, litoral de Huelva…) van ganando terreno en la concentración poblacional y de actividad económica, pero el Guadalquivir y su valle ha sido tradicionalmente, y aún en gran medida, el eje fundamental de Andalucía. Y un lugar central en ese valle lo constituye la zona de la actual Córdoba, equidistante entre, por ejemplo, Almería y Ayamonte o Granada y Málaga y a la mitad del recorrido del río Grande de Andalucía, navegable en época antigua y medieval. Por ese lugar coinciden rutas del norte (Valle del Guadiato en Sierra Morena) y de la Campiña y concurren economías complementarias de fértiles campos con grandes cosechas de la tradicional triada mediterránea (trigo, aceite y vino); también ganadería, recursos forestales y mineros en un clima mediterráneo de inviernos suaves.
     Más en concreto, la existencia de un meandro produce en su parte cóncava un escarpe que permite localizar un poblado libre de inundaciones y con posibilidad de puerto fluvial. No es de extrañar, entonces, la existencia de antiguos asentamientos desde el Paleolítico en terrazas y colinas de ese lugar, que funcionó a veces como almacén de provisiones. La ocupación por parte de Roma de la antigua Turdetania, llamada después Bética y antecedente de Andalucía, necesitaba un centro político administrativo que empieza a configurarse cuando el pretor Claudio Marcelo refunda un poblado indígena en colonia romana en el 169 a. C., percibiendo y apoyándose en esas ventajas geográficas apuntadas, convirtiéndose Córduba en capital de la Bética  con un destacado desarrollo urbano, económico, político y cultural. Más tarde, siglo III, la capitalidad se traslada a Sevilla y en el siglo V, la ciudad queda prácticamente arruinada con las invasiones de tribus del Norte y el rey godo Leovigildo la asedió y conquistó en el año 572, ejerciendo una sangrienta represión y avasallándola a Toledo.
     En el año 711 los cordobeses pactaron con el lugarteniente de Tariq y la ciudad se integra en un nuevo sistema político, del que pronto sería la capital. En un principio al-Ándalus no era más que una especie de provincia en un vasto territorio islamizado con centro en Damasco, y el gobernador Al Hurr trasladó la capital de Sevilla a Córtoba en el 716, lugar donde se centra la actividad política y económica del Emirato. Tal decisión política, la segunda importante en la historia, tiene mucho que ver con esa centralidad de Córdoba y  sus ventajas de situación, que dista mucho de Oriente Medio y poseía una herencia de alta civilización anterior. Eso explica que los notables andalusíes decretaran en Córdoba, año 756, la independencia de al-Ándalus (con la sola ligazón religiosa ante el Califa de Damasco), nombrándose rey a Abderrahmán I, que realizó varias obras públicas en la ciudad e inició la gran Mezquita aljama.
     Y pronto tuvo lugar otra decisión política que no era más que el paso final de un proceso:  el corte del débil lazo existente con Bagdad en la dependencia religiosa, proclamándose califa, o máximo representante del Islam, el rey de al-Ándalus, comenzando el Califato de Córdoba como estado plenamente independiente desde el año 912 con Abderrahmán III. Este importante suceso aumentó el auge político, económico, social y sobre todo cultural en al-Ándalus y su capital, Córtoba, primera ciudad del mundo conocido y modelo de urbe islámica con medina, barrios, arrabales, murallas, ciudades satélite, almunias, huertos y jardines con un perímetro superior al actual y una numerosa población, que algunos cifran en un millón.
     Luego vino una larga decadencia desde el siglo XIII y recientemente, años setenta del XX, con motivo de la consecución autonómica, se habló en  alguna ocasión de Córdoba como capital de Andalucía, aunque esa decisión política no llegó a tomarse. Sin embargo, las ventajas de situación parecen imponerse en el diseño de autovías y de líneas de alta velocidad, que podrían convertir a Córdoba en el centro logístico de Andalucía.

    Gabriel Cano

  • A Córdoba  Expandir
  • ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
    de honor, de majestad, de gallardía!
    ¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
    de arenas nobles, ya que no doradas!

    ¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,
    que privilegia el cielo y dora el día!
    ¡Oh siempre gloriosa patria mía,
    tanto por plumas cuanto por espadas!

    ¡Si entre aquellas ruinas y despojos que
    enriquecen Genil y Dauro baña
    tu memoria no fue alimento mío,

    nunca merezcan mis ausentes ojos
    ver tus muros, tus torres y tu río,
    tu llano y sierra, oh patria, oh flor de España!

    Luis de Góngora y Argote.

  • Córdoba en la ciencia  Expandir
  • Córdoba es una de esas ciudades intemporales donde el espacio reúne algunos de los momentos cumbre de la Historia. El nombre de Córdoba ha sido siempre y es sinónimo de cultura y de saber. La ciencia, la tecnología y el pensamiento suponen una de las mayores contribuciones de Córdoba a Andalucía y por ende al enriquecimiento de la cultura de Occidente. Hasta la llegada de los romanos, no existen referencias de actividad científica en la Península Ibérica, y desde la Bética romana tampoco se hacen grandes contribuciones, salvo discretas excepciones como la de Columela. Los romanos no cultivaron la ciencia sino como aplicación a la tecnología y la ingeniería. En la Córdoba romana no hay figuras científicas de la talla de Séneca o Lucano. Sin duda alguna la época dorada de la ciencia en Córdoba, y por extensión en Andalucía y España, es la correspondiente a al-Ándalus; de hecho algunas de las raíces más profundas de la ciencia moderna se encuentran en al-Ándalus y en particular en la Córdoba andalusí. Hasta el siglo IX, la cultura en al-Ándalus bebía de los grandes centros culturales de Siria, Irak y Persia. Allí fue donde se asimiló todo el saber de la Grecia clásica, en particular su interés por la Naturaleza.
     El corpus científico-filosófico de la civilización islámica se transfirió por entero hacia al-Ándalus. Y ya durante el califato de Abderrahmán III (912-961), comenzaron a hacerse contribuciones genuinas a la ciencia desde al-Ándalus. Este califa fue responsable de la importación de libros, la construcción de centros de investigación, hospitales y bibliotecas, y la captación de profesores y eruditos de todo el mundo islámico; ello hizo que Córdoba llegara a rivalizar con Bagdad como centro de investigación. Las matemáticas y las ciencias experimentales, especialmente la astronomía, recibieron un enorme empuje. Una de las personalidades más relevantes fue Abbas ibn Firnas (¿-887), quien llegó a Córdoba para enseñar música pero pronto mostró gran interés por la mecánica del vuelo, y se anticipó a Leonardo da Vinci con su intento de construir un ingenio volador. Desarrolló también un planetario mecanizado en el que se reproducía el movimiento de los planetas, con lo que influyó en el desarrollo de la astronomía en Europa. Los médicos de al-Ándalus contribuyeron enormemente al desarrollo de la medicina occidental. Entre los más destacados se encuentra el cordobés Abu al-Qasim al-Zahrawi, conocido como Albucasis (936-1013). Fue probablemente el cirujano más eminente de la Edad Media; su obra al-Tasrif sería traducida al latín para entonces convertirse en el libro de texto de medicina más utilizado por las universidades europeas. También se preocupó de problemas psicológicos, como la educación de los niños.
     Mención aparte merecen dos grandes científicos cordobeses, Maimónides y Averroes, ambos también vinculados a la medicina. Con Moisés Maimónides (1135-1204) alcanza la cumbre el pensamiento judío. Su obra, en árabe y hebreo, se extiende por la filosofía, la teología y la medicina. Averroes, Abu-l-Walid Mohammad ibn Ahmad ibn Rushd (1126-1198), fue filósofo, poeta, jurisconsulto, astrónomo y médico. Su producción científica abarca unos catorce escritos, entre los que destaca El libro Completo de la Medicina, una obra enciclopédica en siete volúmenes. También se introduce en el campo de la astronomía gracias a su compendio sobre el Anagesto de Arzaquiel. Sus aportaciones se traducirían al latín, y todas ellas se convierten en clásicos para la filosofía, el misticismo y la ciencia de Occidente.
     Tras Averroes y Maimónides, la ciencia cordobesa y andaluza experimentó un progresivo declive, del que no comenzaría a recuperarse hasta el siglo XV, con el descubrimiento de América y el posterior movimiento de renovación científica europea. A raíz de que Felipe II prohibiera los estudios en el extranjero, la ciencia española, y la andaluza con ella, entró en una fase de decadencia y neoescolasticismo de la cual no saldría hasta finales del siglo XVII, con el trabajo de los novatores, que promovían las nuevas ideas de Newton y Harvey. Las Guerras Napoleónicas y de Independencia interrumpieron el avance de la ciencia en toda la península Ibérica. La actividad científica quedó prácticamente paralizada hasta la llegada de nuevas ideas, como el Darwinismo, en el siglo XIX.
     De ese periodo arranca el renacer de la cultura científica en Córdoba, con la Universidad Libre que funcionó en la provincia a finales del siglo XIX. Algunos estudios, como los de veterinaria son ya centenarios, pero la actual Universidad de Córdoba se funda como tal en 1972. Con sus más de 20.000 alumnos, 1.200 profesores e investigadores y 165 grupos de investigación en todas las áreas, la Universidad de Córdoba es el núcleo fundamental de la actividad científica cordobesa, sin olvidar el importante papel de los centros de investigación e instituciones dependientes del CSIC y de la Junta de Andalucía, como el CIDA (Centro de Investigación y Desarrollo Agrario y Agroalimentario), el CIFA (Centro de Investigación y Formación Agraria), el Jardín Botánico, el Hospital Veterinario y el Hospital Reina Sofía. La actividad científica de estas personas e instituciones han logrado situar a Córdoba en un muy buen nivel de producción científica tanto en Andalucía como en el conjunto de España. A principios del siglo XXI, Córdoba parece encarar el futuro inmediato con decisión; así, universidad y centros de investigación se abren al mundo y estrechan sus relaciones con la sociedad, en particular con el mundo empresarial, convencidos de que la actividad científica es un motor fundamental para el desarrollo de cualquier sociedad.

    Miguel R. Aguilar Urbano

  • Ciudad de destino  Expandir
  • Córdoba, que fue, según la terminología acuñada por Toynbee, en el momento culminante de su historia –el Califato–, una “ciudad de destino”, está volviendo en la actualidad, con esfuerzo y vaivenes, a recuperar el pulso que había perdido desde la época de los Austrias menores, cuando se construyó, con marcados acentos castellanos, la plaza porticada de la Corredera.
     Ese despegue se inicia, tímidamente, en la pasada centuria, alrededor de la Primera Guerra Mundial, cuando se diseña la plaza de las Tendillas y se abre la Calle Nueva –conocida aún con este nombre, aunque el propio sea Claudio Marcelo–. Dicha calle era, además del enlace entre la ciudad alta y la ciudad baja, la Medina o Villa, y la Ajerquía, el escaparate de un incipiente despertar, con sus edificios de tres o cuatro plantas de un diseño vinculado al modernismo. A este amanecer cívico, siguieron la prolongación de la avenida del Gran Capitán, que concluía en las tapias de la estación de ferrocarriles, y la apertura de la calle Cruz Conde. Vías urbanas que terminaron de edificarse muy mediado el siglo XX. Hasta ese momento, el urbanismo y los equipamientos de la ciudad  eran muy pobres, muy rudimentarios, abundando la pavimentación con guijarros y el alumbrado con modestas pantallas colgantes. Evidentemente, algunos barrios –los circundantes o próximos a la Mezquita Catedral– nunca perdieron su impronta singular, su ambiente recatado –cuyo paradigma fueron los patios, tanto de vecindad como particulares–, su belleza casi innata, o el aroma primaveral de las flores de los naranjos que, captado por Somerset Maugham, es “el dulce estimulante perfume de Andalucía que da, con mayor intensidad que ninguna otra cosa la completa sensación del país”.
     La ciudad, durante la Guerra Civil, sufrió la parálisis general y una represión drástica comandada por don Bruno, que ha quedado en la memoria de Córdoba, igual que en Flandes el tercer Duque de Alba, como modelo de crueldad. El nuevo impulso urbano se demoró hasta que estuvo en la alcaldía Antonio Cruz-Conde, miembro de una familia que dio nombre a diversos vinos montillanos y que estuvo muy vinculada a la dictadura de Primo de Rivera. Dicho regidor, gracias a su visión de futuro y merced a los apoyos de su suegro el Conde de Vallellano, ministro a la sazón de Obras Públicas, mejoró la fisonomía de la ciudad y la autoestima de sus habitantes. Construyó un gran parque en la ribera del Guadalquivir, un segundo puente sobre el río, nuevas avenidas, instaurando un servicio moderno de agua potable y alcantarillado. En un orden socio-cultural, alentó las costumbres populares que languidecían; extravertió el intimismo de los patios singulares, plagados de geranios al llegar el mes de mayo; remozó plazuelas y rincones; comenzó a planificar el urbanismo... Quizá, según algunos críticos, olvidó dotar a la ciudad de suelo suficiente para el asentamiento de pequeñas y medianas empresas autóctonas –las que consolidan el “tejido industrial”–, que en Córdoba, si exceptuamos la tradicional platería, era primordialmente foráneo: los levantinos que habían fundado la casa Carbonell dedicada a la comercialización del aceite y sus derivados; los americanos de la multinacional Westinghouse; los vascos –siempre encasulados– de la Electro Mecánica, que ofrecía el mayor número de puestos de trabajo...
     Con la democracia, aunque con menor celeridad de la esperada, cambiaron las tornas. Nadie puede negar que Córdoba se encara al futuro –aunque los indicadores macroeconómicos no sean muy favorables– con esperanza y con signos evidentes de progreso. Ahí están, a la vista de todos, la nueva estación de ferrocarriles y el soterramiento de las vías del tren que ha originado, en pocos años, una nueva perspectiva urbana que se verá complementada cuando termine de remodelarse el entorno del río y se construya allí el Palacio del Sur, lugar para congresos y otros equipamientos, que ha diseñado el galardonado arquitecto holandés Rem Koolhaas y que, según todos los indicios, acabará siendo, tras la Mezquita, el segundo edificio representativo de la ciudad y que servirá, también, para expresar con el lenguaje de la arquitectura, algo olvidado, a veces, en Córdoba: que las ciudades son un fluyente devenir, un espejo de las mutaciones históricas, y que una cosa es faltarles al respeto y al cuidado, y otras tratarlas como si fueran dogmas.

    Carmelo Casaño

  • Canción de Jinete  Expandir
  • Córdoba.
    Lejana y sola.

    Jaca negra, luna grande,
    y aceitunas en mi alforja.
    Aunque sepa los caminos
    yo nunca llegaré a Córdoba.
    Por el llano, por el viento,
    jaca negra, luna roja.
    La muerte me está mirando
    desde las torres de Córdoba.

    ¡Ay qué camino tan largo!
    ¡Ay mi jaca valerosa!
    ¡Ay que la muerte me espera
    antes de llegar a Córdoba!

    Córdoba.
    Lejana y sola.

    Federico García Lorca
    De Poema del Cante Jondo.

  • Córdoba contemporánea, entre dos batallas  Expandir
  • Las dos batallas tuvieron idéntico escenario: el puente de Alcolea, una en 1808 y la otra en 1868. La primera significó la victoria de las tropas napoleónicas y, en consecuencia, la implantación de las tropas francesas, que comenzaron con el clásico escenario de saqueos y castigos, como resultado del atentado que tuvo lugar contra Dupont a su llegada a la ciudad; a lo largo de 1809 la ciudad estuvo libre de presencia francesa, hasta comienzos de 1810, año en el que incluso hubo una visita del rey José.
     Córdoba contaba entonces con unos 40.000 habitantes, y a pesar de la propaganda difundida en contra de los franceses, hoy se admite que su influencia también supuso beneficios para la ciudad, por ejemplo, la mejora de las condiciones higiénicas, pues se ordenó la limpieza y riego de las calles a diario, así como que las mismas quedaran limpias de estercoleros y que los excrementos y desperdicios se transportaran fuera de la ciudad; además, ante la crisis de subsistencias de 1811 y 1812, los franceses ordenaron la siembra de patatas para el consumo humano, cosa hasta ese momento apenas conocida en España.
     Miguel Ángel Ortí Belmonte, que dedicó en 1930 una obra a la presencia francesa en Córdoba, la valora de manera positiva, pues considera que aportaron la Academia, el proyecto de cementerio extramuros de la ciudad, reformas urbanísticas como los jardines de Agricultura y el campo Madre de Dios, las ordenanzas municipales sobre la higiene de la ciudad, la supresión de la Inquisición, e incluso la elaboración del primer plano que se levantó de la ciudad, llevado a cabo en 1811 por el barón de Karvinski, y que hoy día se conserva en el Ayuntamiento.
     Durante el reinado de Fernando VII, las alternancias entre absolutistas y liberales caracterizaron aquellos años, si bien se puede reseñar que el general Riego pasó por la ciudad en 1820 y que, asimismo, estuvo en ella Fernando VII en 1823 cuando el gobierno liberal lo conducía camino de Cádiz.
     El reinado de Isabel II significó el triunfo de la revolución burguesa en España, y la imagen de la ciudad se transformó al calor de las medidas desamortizadoras. A ello hay que añadirle la llegada del ferrocarril (1859), la aparición de las primeras industrias en la periferia y la consolidación de una incipiente burguesía. Nos encontramos así con un conjunto de reformas urbanísticas que se desarrollaron en varias fases, por ejemplo el derribo de las líneas de murallas, en especial tras la revolución de 1868; la construcción de rondas y jardines periféricos, como el paseo de la Victoria o el campo de la Merced; la reforma de la red viaria intramuros, cuya realización más significativa será la construcción del paseo del Gran Capitán, junto con la construcción de la plaza de las Tendillas o la apertura de la calle Claudio Marcelo.
     El final del reinado de Isabel II estuvo precedido por una crisis, la de 1866-68. En Córdoba los problemas de subsistencias se plantearon fundamentalmente entre comienzos de 1867 y los inicios del año siguiente. En febrero de 1868 el trigo alcanzó los 86 reales por fanega, cuando en una año agrícola normal los precios se situaban entre los 45 y los 47 reales. Pero también existía una crisis social, tal y como recogen las Actas Capitulares del Ayuntamiento cordobés. Así, en la sesión del 2 de agosto de 1867 se presentó un bando del gobernador civil en el que se previene acerca del peligro que puede suponer la escasez de la cosecha y la necesidad que había de obtener subsistencias para los pobres, y se plantea recurrir a los grandes contribuyentes, puesto que había problemas de orden público. En enero de 1868, el alcalde (conde de Torres-Cabrera) expuso en un pleno que la falta de trabajo estaba provocando la miseria de las clases jornaleras, que se veían obligadas a mendigar, e incluso algunos se habían decidido a asaltar en los caminos. Por ello, propuso que se pusiera en marcha la construcción del ferrocarril entre Córdoba y Belmez, que solicitara el aplazamiento del pago del impuesto de consumos y, por último, la petición de donativos.
     El problema social tardó en ser resulto, puesto que incluso tras el triunfo de la revolución, durante los meses de octubre y noviembre de 1868 continuaron las reuniones de los mayores contribuyentes, así como el reparto de jornaleros. En Córdoba pronto se manifestó el descontento hacia el nuevo gobierno revolucionario, tal y como lo expresaba Francisco Leiva en su obra La batalla de Alcolea: “Disueltas fueron las Juntas, y a las ricas provincias andaluzas, que tan eminentes servicios habían prestado, se les envió las tropas vencidas en Alcolea, y bajo la égida de autoridades despóticas, se las hizo víctimas de arbitrariedades, prisiones, procesos escandalosos, apaleamientos en masa”.
     Entre dos Repúblicas. Durante los agitados años del sexenio democrático (1868-74), y poco antes de la proclamación de la I República, tuvo lugar en Córdoba un acontecimiento trascendente, puesto que marca el punto de arranque de las tendencias organizativas en el seno del movimiento obrero cordobés, a excepción de la creación de algunas sociedades de Socorros Mutuos. Nos referimos al congreso que los últimos días de diciembre de 1872 y los comienzos de 1873 celebraron en la ciudad los seguidores de Bakunin en el seno de la Primera Internacional. Juan Díaz del Moral señaló en su obra la escasa atención que la prensa local dedicó al acontecimiento, y cómo “cuán lejos estaban de pensar aquellos periodistas y las clases acomodadas de Córdoba que estaban presenciando el primer Congreso anarquista del mundo”. Quien sí le dedicó espacio fue el periódico anarquista la Federación, que destacó cómo en los actos públicos nadie se atrevió a rebatir los argumentos de los internacionalistas: “Los eminentes sabios de todo color que había en el salón se callaron; no tuvieron el valor de defender sus doctrinas. A pesar de tanto hablar, los defensores de la autoridad y de la propiedad no aceptaron el reto. El pueblo de Córdoba conoce ya a tanto farsante que le solicita su apoyo y sus votos, engalanándose con títulos de revolucionarios”.
     Los demócratas cordobeses tuvieron un papel muy activo durante los seis años del sexenio; en 1873 la proclamación de la I República favoreció aún más su presencia en la vida política cordobesa, como Francisco Leiva o el abogado Ángel de Torres. En aquellos años, sin duda, la experiencia cultural más relevante sería el establecimiento en la ciudad de la Universidad Libre, de vida muy corta.
     Casi tan importante como el citado congreso de 1872 es que a partir de este momento, y hasta 1936, en la ciudad convivirán las tendencias anarquistas y socialistas. En los años setenta y ochenta del siglo XIX fueron los primeros quienes tuvieron la primacía, así como quienes más sufrieron la represión desatada en la provincia como consecuencia de los sucesos de la Mano Negra en la provincia de Cádiz. El movimiento obrero dio nuevas señales de vida coincidiendo con el asalto campesino a Jerez de la Frontera en 1892, en el cual participó el teórico anarquista E. Malatesta, quien en su huida llegó hasta Córdoba, donde se le auxilió para que pudiese continuar camino hasta Sevilla. Precisamente en esas fechas, los socialistas crearon su primera agrupación (1893), al parecer con escaso apoyo social en sus primeros años de vida. A comienzos del siglo XX, los socialistas se caracterizarán por plantear sus vínculos con los republicanos en las diferentes confrontaciones electorales, en cuanto que se discute la necesidad de constituir una conjunción republicano-socialista, que obtuvo buenos resultados en algunos distritos de la provincia. De manera paralela, la Iglesia, en colaboración con la patronal, se esfuerza en crear organizaciones que contrarresten a los sindicatos de clase, lo cual dio paso al nacimiento de los Círculos Católicos de Obreros y luego los Sindicatos Católicos Agrarios, que llegaron a tener en los años veinte su propio órgano de prensa, La Tierra.
     Pero, sin duda, el periodo de mayor importancia en la historia social cordobesa es el de la coyuntura 1918-20, para la cual Díaz del Moral acuñó un término hoy ampliado a otros ámbitos geográficos: “Trienio Bolchevista”. Ya en junio de 1917 un amplio sector de la sociedad cordobesa dio a conocer sus posiciones críticas con respecto al sistema de la Restauración mediante un “Manifiesto a la Nación”, publicado en la prensa, y donde se criticaba duramente el sistema oligárquico vigente. En los tres años siguientes las mayores cotas de conflictividad se alcanzaron en noviembre de 1918, marzo de 1919 y mayo de este último año, hasta el extremo de que no se consideró suficiente la suspensión de las garantías constitucionales, y se declaró en toda la provincia el estado de guerra. Unos meses antes, en enero de 1919, visitó la ciudad una comisión del Instituto de Reformas Sociales, que recogió una amplia información de sectores patronales y obreros, en un intento de analizar las causas de la conflictividad. En su informe final llegaban a la conclusión de que la solución al problema agrario cordobés sólo podía ser obra de una profunda renovación de su estructura económica, y proponían que se sentaran las bases para la firma de convenios colectivos. Pero las soluciones no llegaron, y sí el estado de guerra, con las consiguientes detenciones, destierro de un significado grupo de dirigentes y represalias que afectaron a miles de personas.
     Aquel movimiento surgido en torno a 1917 tuvo, asimismo, una virtualidad, y fue que muchos de sus protagonistas, como Antonio Jaén, Gabriel Morón, Eloy Vaquero, Francisco Azorín, fueron los representantes de una nueva generación que más adelante renacería en 1931 con la proclamación de la República. Antes de que llegara ese momento, España sufrió la dictadura de Primo de Rivera, que en Córdoba tuvo como personaje significativo a José Cruz Conde, alcalde de la ciudad entre 1924 y 1926, nombrado más tarde gobernador de Sevilla y comisario de la Exposición Iberoamericana de 1929, será además la persona que controlaría las diferentes organizaciones de la Unión Patriótica primorriverista, tanto en la capital como en la provincia.
     La II República. La proclamación de la II República en Córdoba, como en otras ciudades españolas, fue recibida con un enorme entusiasmo. Para gran parte de las capas populares, la llegada de la República suponía la apertura de unas expectativas de arreglo de los seculares y graves problemas a los que los distintos gobiernos de la Monarquía no habían sabido dar solución. La República fue proclamada en la plaza de las Tendillas por el catedrático y futuro diputado A. Jaén Morente, miembro de la Junta Republicana de Córdoba, a la que también pertenecían Vaquero Cantillo, M. Ruiz Maya, P. Troyano Moraga, R. Carreras Pons y el socialista F. Azorín Izquierdo. Precisamente, cuando el día 15 se constituye el primer Ayuntamiento republicano el veterano dirigente radical Eloy  Vaquero ocuparía la alcaldía de la ciudad, consistorio en el que también estarían presentes otros destacados republicanos (Jaén Morente, Emilio Aumente, Rafael Vaquerizo, Bernardo Garrido de los Reyes, Pablo Troyano) y socialistas (J. Palomino Olaya, José Medina Ortega, Aurelio Páez y el propio Azorín Izquierdo), entre otros, mientras que el catedrático de la Normal, Ramón Carreras Pons, se haría con la presidencia de la Diputación Provincial, siendo sustituido pocas semanas después por J. Guerra Lozano.
     Las elecciones generales del 28 de junio de 1931, convertidas en constituyentes, supusieron, como en el conjunto de la provincia y aun en la región andaluza, un importante éxito para las fuerzas republicanas y socialistas, siendo elegidos por la circunscripción electoral de Córdoba el propio alcalde Vaquero Cantillo (PRA) y el destacado periodista J. García Hidalgo (PSOE), que se impondrían de forma clara a los candidatos de la derecha de Acción Nacional. Desde los mismos inicios del régimen republicano, la cuestión “social/agraria”, que es abordada desde el punto de vista legislativo (ley de términos municipales, del laboreo forzoso, de los jurados mixtos del trabajo rural, jornada laboral de ocho horas en el campo, decreto sobre arrendamientos colectivos, ley de Bases de la Reforma Agraria, etc.), está en la base de múltiples conflictos tanto durante el primer bienio, como a partir de la inflexión política producida desde noviembre de 1933. Y en efecto, en la ciudad de Córdoba y en su provincia se suceden una serie de oleadas huelguísticas acompañadas, con frecuencia, de importantes alteraciones del orden público; en la ciudad, algunas de las consignadas más graves durante el periodo de la II República, son la desarrollada el 12 de mayo, que terminó con diversos enfrentamientos con las fuerzas de orden público, saldados con varias víctimas, la declaración del “estado de guerra” y huelga general el día 13 en la ciudad; la habida el 1º de mayo de 1932 con nuevos enfrentamientos y cuyo eco llegaría al Parlamento, donde el diputado García Hidalgo denunciaría la “arbitraria gestión” en toda la provincia del gobernador civil Valera Valverde, la planteada en la emblemática empresa Electromecánicas a partir el 15 de noviembre de 1932, con gran protagonismo de dirigentes obreros anarcosindicalistas y comunistas y con más de un mes de duración, la desarrollada, así mismo, con motivo de los efectos de la “revolución de octubre de 1934” que, a partir del día 5, paralizaría de forma general la ciudad durante tres días, provocando la detención de significados dirigentes socialistas (M. Sánchez Ruiz, Palomino Olaya, Azorín Izquierdo, Martín Romera, Antonio Bujalance, etc.) y, finalmente, el nuevo conflicto desarrollado en la popular “Electro”, planteado en la primavera de 1936 por la readmisión de los despedidos por motivos políticos, entre los que se encontraban el dirigente comunista B. Garcés, que desembocaría en una nueva huelga general en la ciudad el 30 de abril, en un clima de grave crisis social, y que supondría el último de los conflictos sociales desarrollados en la ciudad de Córdoba hasta el comienzo de la Guerra Civil.
     Desde el punto de vista de la dinámica política, en Córdoba, quizás lo más notorio durante la evolución del régimen republicano sea el importante clima de disensión, de oposición y de enfrentamiento político entre radicales y socialistas, las dos fuerzas mayoritarias, durante todo el periodo, cuestión esta reflejada de manera diversa, tanto por los conflictos desarrollados en el seno de las instituciones (Ayuntamiento y Diputación), como en los diferentes procesos electorales (municipales, generales, elecciones para el Tribunal de Garantías constitucionales, etc.) habidos a lo largo de la II República. Con respecto del Ayuntamiento cordobés, tras el breve mandato del radical Vaquero Cantillo, éste será sustituido por el también radical F. de la Cruz Ceballos, que gobernaría el consistorio cordobés hasta septiembre de 1933; éste, y en momentos por el que el gobierno de la coalición socialazañista comienza a atravesar una importante crisis, dejará paso al republicano conservador P. Calderón Uclés, que, obviamente, contó con el apoyo radical, cediendo, a su vez, la alcaldía Calderón Uclés a partir de agosto de 1934 a los también radicales R. Baquerizo y, desde octubre de ese mismo año, a B. Garrido de los Reyes, que ocuparía el cargo de primer edil hasta su efímera sustitución por el veterano político J. Fernández Jiménez a finales de enero de 1935. Finalmente, tras las elecciones del Frente Popular y hasta el triunfo de la sublevación militar el 18 de julio, ocuparía la alcaldía constitucional de Córdoba el dirigente socialista M. Sánchez Badajoz.
     Guerra Civil y Franquismo. La sublevación militar del 18 de julio se plantea sobre un contexto en el que era notoria en la ciudad la movilización de determinados sectores civiles, reactivados en su negociaciones conspirativas tras el asesinato en Madrid de Calvo Sotelo, igualmente, sobre la creciente inquietud desarrollada entre ciertos sectores afectos al Frente Popular y a la defensa de la República, que incluso llegaron a crear una especie de comisión en la que estaban representados miembros de Izquierda Republicana, del PSOE y del PCE que ocupaban cargos de responsabilidad administrativa o política y, sobre todo, sobre la pusilanimidad de la primera autoridad gubernativa, el titular del Gobierno Civil, Rodríguez de León, la falta de decisión más que demostrada ante el avance de la “trama golpista” en Córdoba. Ante esta situación, no resultó excesivamente difícil para el coronel Ciriaco Cascajo, jefe del cuartel de artillería, llegar al control militar de la ciudad después de que, fracasados unos breves intentos de negociación con el propio Gobernador Civil y tras un intenso bombardeo en la tarde del 18 de julio sobre el edificio de Gobierno, pusiera en escena un cierto alarde de sus fuerzas por determinadas calles y barrios de la ciudad.
     Como en otras ciudades y pueblos de España que desde el principio fueron controladas por las fuerzas sublevadas, se iba a desencadenar en Córdoba una de las oleadas represivas más cruentas, numerosas y sistemáticas de las habidas en el conjunto del país que, ciertamente, tendría esa función ejemplificadora y que fue desarrollada desde una voluntad política que, en última instancia, tenía como objetivo borrar todo vestigio personal o institucional que se hubiera significado en el apoyo a la democracia y a la legalidad republicana. Aunque desde Sevilla el general Queipo de Llano se situaba en el trasfondo de tales planteamientos, la represión en Córdoba tendría nombres y responsables concretos –C. Cascajo Ruiz, así como el comandante Luis Zurdo y el teniente coronel Bruno Ibáñez Gálvez–, que han pasado a la “memoria colectiva” de los cordobeses como significados y sanguinarios ejecutores de la represión y en la que, desde luego, iban a contar con la complicidad, más o menos explítica, de los implicados en la “trama civil” del golpe, algunos de los cuales se harían cargo del control de las instituciones del nuevo estado surgido de la sublevación militar. En efecto, Salvador Muñoz Pérez, propietario agrario, antiguo monárquico de la etapa restauracionista y exalcalde de la ciudad en 1912 y 1916, ocuparía la presidencia de la comisión gestora que se hace cargo del Ayuntamiento de Córdoba hasta septiembre de 1936; Eduardo Quero Goldoni, teniente coronel y verdadero motor de la conspiración golpista en Córdoba, presidiría la Diputación Provincial; José Marín Alcázar, directamente responsable del mantenimiento del orden público en la ciudad durante el verano de 1936 fue, igualmente, el primer gobernador civil de la provincia, así como también ocuparían diversos puestos relevantes en la “nueva administración franquista” otros significados miembros de la derecha más rancia y reaccionaria de la ciudad. La represión desarrollada desde los primeros días de la guerra en Córdoba se ejerció sobre todo tipo de autoridades del frente popular, tales como el propio alcalde de la ciudad, el socialista M. Sánchez Badajoz, y varios de sus concejales, los diputados A. Bujalance López, Vicente Martín Romera, L. Dorado Luque, Antonio Acuña Carballar, J. García Hidalgo, dirigentes obreros, como J. Palomino Olalla, fundador del PSOE en Córdoba, o B. Garcés Granell, diputado comunista por la provincia, intelectuales como el doctor Ruiz Maya, el librero Rogelio Luque, los maestros Agapito de la Cruz, Enrique Fuentes, Modoaldo Garrido, Francisco Molina, etc., y un sin fin de anónimos trabajadores, republicanos, hombres y mujeres de convicciones democráticas o liberales que pagaron con su vida el haber manifestado a lo largo de la etapa republicana sus convicciones, el haber puesto en valor sus energías en la defensa de que era posible impulsar y apoyar el proyecto de modernización política, social y económica que, para el conjunto del país, la política republicana significaba.
     Durante el desarrollo de la Guerra Civil, el dominio franquista sobre la ciudad de Córdoba sólo iba a verse amenazado en la segunda quincena de agosto de 1936, cuando el general republicano Miaja diseña un plan de ataque que tenía como objetivo la recuperación de Córdoba, cuestión considerada de una enorme importancia desde el punto de vista estratégico y político. Sin embargo, ya sea por la fuerte presión aérea que debieron soportar las columnas republicanas que llegaron a situarse a escasos kilómetros de Córdoba, ya por la falta de decisión de su estado mayor, en la madrugada del día 20 de agosto se ordenó el repliegue para evitar, como el propio Miaja señalara, “que al amanecer las columnas fueran destrozadas por la aviación enemiga”. Durante los meses siguientes, iban a continuar las detenciones y los fusilamientos en la ciudad, que llegarían a unos 2.500 hasta el fin de la contienda y que harían de la ciudad de Córdoba una de las más duramente castigadas por la represión franquista, dejando un enorme impacto en la conciencia ciudadana de  importantes sectores de la sociedad cordobesa.
     Con el fin de la guerra se inicia la larga etapa de la dictadura que, para la ciudad de Córdoba, como para el resto de la sociedad española, significó, además de la ausencia de libertades y de democracia, un retroceso desde el punto de vista económico y social hasta niveles de precariedad desconocidos, sobre todo en los años de la inmediata posguerra, todo ello mucho más grave en una ciudad no caracterizada, precisamente, por su empuje económico. En el Ayuntamiento de la ciudad y hasta la etapa de gobierno de los Cruz Conde (Alfonso y Antonio) a finales de los años cuarenta, se suceden una serie de alcaldes (M. Sarazá Murcia, A. Torres Trigueros, R. Jiménez Ruiz, P. Romero Bartolomé, A. Luna Fernández, R. Salinas Anchelerga), cuya vinculación evidente con lo que significaba el nuevo régimen haría que, en gran medida, su gestión estuviera atenta, más que a la solución de los graves problemas de infraestructuras y servicios que padecía la ciudad, en no dejar escapar ocasión en manifestaciones grandilocuentes, como las habidas con motivo de las visitas del general Franco a la ciudad de Córdoba en mayo de 1943, en octubre de 1948 con motivo de la inauguración de la barriada de Fray Albino o en abril de 1953 cuando se pone en uso el puente de San Rafael. La corrupción administrativa, el famoso “estraperlo”, el subdesarrollo, primero, y luego la emigración, el desempleo, la falta de oportunidades de promoción cultural, social o económica, la acentuación de las diferencias sociales, etc. son cuestiones que, desde luego, los diversos instrumentos puestos en marcha en la década de los sesenta por la política desarrollista y que, en Córdoba, se hicieron explícitos en el III Plan de Desarrollo Económico y Social no pudieron atajar, haciendo de nuestra ciudad y provincia una de las de renta más baja de toda la sociedad española durante toda la etapa franquista.
     La década de los setenta y hasta la recuperación de la democracia todavía contemplará en la ciudad de Córdoba significativos acontecimientos de apoyo al sistema, tales como la manifestación de 23 de septiembre de 1970 y, sobre todo, la de 3 de octubre de 1975 que suponen un último intento de los sectores afectos al franquismo de dejar constancia de su capacidad de movilización ciudadana; sin embargo y de manera simultánea, se vienen potenciando determinadas instancias e instituciones (Círculo Cultural Juan XXIII, asociaciones de vecinos, colegios profesionales, despachos de abogados laboralistas y, desde luego, la propia oposición sindical y la vinculada al PCE), a través de las cuales gran parte de la oposición política es capaz de, en la medida en que una represión cada vez más contestada e indiscriminada aunque no por ello menos incivil lo permite, hacer oír su voz. Es, precisamente, la revitalización de estas instancias políticas, sociales y culturales la que terminará explicando en la ciudad de Córdoba los resultados, de alguna forma excepcionales en el conjunto del país, de las primeras elecciones generales y municipales en los primeros momentos de la democracia.

    A. Barragán Moriana / José L. Casas Sánchez

  • Un paseo por la cultura  Expandir
  • Las señas de identidad de una civilización, además de en los monumentos, permanecen en sus preclaros nombres de la cultura. Así, Córdoba, que está construida a base de estratos en la tierra, ha dejado en la memoria del aire ese alma invisible que conforma toda cultura. Desde que en el siglo I a. C. llegara a Córdoba el general romano Claudio Cecilio Metelo y a su alrededor se formara una cohorte de poetas y recitadores para cantar sus hazañas en la lengua de Cicerón, hasta el último gran nombre de la literatura cordobesa, Antonio Gala, que conjuga teatro, ensayo, poesía y novela en un límpio castellano, por esta ciudad y provincia cada época ha cantado la vida en su propia lengua: latín clásico, latín visigodo, mozárabe, hebreo, árabe y castellano.
     Esa diversidad en la forma, que no en el fondo, habla en latín con la filosofía de Séneca o con la poesía épica de Lucano; en árabe, con la poesía nostálgica de Abderrahmán I, con su evocación de la Arruzafa, con El collar de la paloma, de Ibn Hazm, que eclipsa toda lírica árabe, con los enamorados versos de Ibn Zaydum a su amada princesa Wallada, inmortalizados sus amores en el Campo Santo de los Mártires, o con la más universal proyección de todo el universo árabe en la filosofía de Averroes, que mira el tiempo desde su estatua de la calle Cairuán. En lengua hebrea, Maimónides, el Santo Tomás del judaísmo, sobresale por encima de cualquier literato de su época, ahora hierático e impasible desde su estatua de la plaza de Tiberíades, en plena Judería cordobesa.
     Ya en la época cristiana, después de la Reconquista, el castellano surge con la fuerza de Juan de Mena que, inmerso en El laberinto de Fortuna, consigue destacar como el poeta de lengua española más importante de su época, mientras que Lope de Rueda es el precursor del teatro moderno. Hay muchos más autores de esta época, pero sobre todos destaca la figura de Luis de Góngora, que le confiere un brillo de sentidos al Siglo de Oro. Hasta que la literatura cordobesa vuelve a hacerse universal con Ángel de Saavedra, el Duque de Rivas, un romántico viajero del mundo. Juan Valera vuelve a hacer de esta tierra una referencia cosmopolita con sus amores y desamores en medio de la diplomacia hasta que, ya tras los desastres de la Guerra Civil, el grupo Cántico –Ricardo Molina, Juan Bernier, Pablo García Baena, Mario López y Julio Aumente– devuelve a sus orígenes a una tierra que, desde los romanos, se distinguió por el canto de sus poetas. Antonio Gala, en la actualidad, es algo así como el icono de una ciudad que con el verso y la palabra construye su trascendencia.

    Manuel Fernández

  • Los califas del toreo  Expandir
  • Siempre se ha dicho, y con razón, que Córdoba es cuna de grandes toreros. La historia de la tauromaquia así lo certifica, como también los éxitos cosechados por las decenas y decenas de toreros que ha dado la ciudad. Cinco de ellos ostentan el título de ‘Califas del toreo’ por la valentía y dotes artísticas que demostraron durante su carrera. Rafael Molina, Lagartijo, (Córdoba, 1841-1900) demostró durante su trayectoria grandes conocimiento de la lidia, aunque su forma de matar al toro, las famosas medias lagartijeras, fueran objeto de críticas. Fue el primer gran califa del toreo. Le siguió Rafael Guerra, Guerrita, (Córdoba, 1862-1941), que participó de novillero en la cuadrilla de Lagartijo, que se convirtió en su tutor en el mundo taurino. Destacó como extraordinario en la suerte de banderillas y como contundente matador. Rafael González, Machaquito, (Córdoba, 1880-1955) sobresalió por su gran valor y no por su toreo elegante. Además, fue un gran matador por el efecto fulminante de sus estocadas. Manuel Rodríguez, Manolete, (Córdoba, 1917; Linares, Jaén, 1947) fue un torero singular, elegante, que alcanzó tardes de gloria que aún se recuerdan. Sin ser un gran maestro de la lidia, tiene bien ganado el título de califa por su personalidad ante los astados. Manuel Benítez, El Cordobés, (Palma del Río, Córdoba, 1936) es el quinto y único califa del toreo vivo. Su particular forma de entender la tauromaquia revolucionó este mundo desde que en 1957 saltara como espontáneo en la plaza de Las Ventas de Madrid. Apoderado por Rafael Sánchez, El Pipo, Benítez llegó a ser un ídolo de masas, en especial del público llano que llenaba las plazas. Discutido por la manera de interpretar el toreo, carente de toda estética y tremendista (fue famoso su salto de la rana), también destacó por su quietud ante el toro. Este último califa fascinó en los tendidos de las plazas de toros de América, Francia y España en las que actuó.

    José Luis Rodríguez

  • Una Córdoba americana  Expandir
  •  El nombre de Córdoba, por citar un ejemplo, servirá de topónimo para muchos lugares de América y Filipinas. Así, entre otras, existen córdobas en Colombia, Chile, México y Argentina. Precisamente a la fundación de esta última dedicaremos brevemente nuestra atención en estas líneas.
    La fundación de la ciudad de Córdoba está íntimamente ligada a la figura del sevillano Jerónimo Luis de Cabrera, quien, el 20 de septiembre de 1571, fue designado por don Francisco de Toledo, virrey de Perú, como gobernador, capitán general y justicia mayor de las provincias de Tucumán, Juríes y Diaguitas.
     Según se cree el nombre de la ciudad fue elegido en homenaje a los padres de la esposa del fundador, naturales de Córdoba, y también en virtud de cierta similitud entre ambas ciudades, situadas en una llanura y a la vista de una alta sierra, a lo que se añade la posición del río Guadalquivir, que ciñe la ciudad española, así como el río Primero a la tucumana.
     Según testimonios contemporáneos, Córdoba “no es una ciudad demasiado grande pero tampoco demasiado chica; posee calles ordenadas y parejas, una espaciosa plaza cuadrada y vistosos, pero bajos, edificios… Tiene dicha plaza pública cuatro cuadras en cuadro, pobladas las tres cuadras de tiendas y casas particulares de vecinos; y en la ottra cuadra, que cae al poniente, está la catedral y las casas del Ayuntamiento y cárceles públicas. En medio, la plaza tiene una hermosa fuente, cuyos raudales vienen desde muy lejos… tiene buenos edificios y es una de las ciudades más aseadas y de mejor policía…”.

     Antonio Dueñas Olmo
     De Andalucía y América. I-Córdoba.

 
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