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TÉRMINO
- FERIA
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  • Las ferias medievales  Expandir
  • Se pueden definir como asambleas mercantiles que se diferencian del mercado en su mayor duración, una reglamentación más completa, un especial régimen de privilegios, unas dimensiones mayores y un ámbito de influencia más amplio, saliéndose del ámbito local al regional, nacional o, las más importantes, al internacional.
        Las ferias medievales tuvieron en un principio un marcado carácter de mercado agrícola y ganadero. Gradualmente empezaron a ofrecer productos manufacturados o importados, como tejidos o especias. Las primeras ferias son de tradición carolingia y fundamentalmente rurales. En la región de Cahors y en Saint Denis se celebraban en el siglo X-XI ferias junto a los castillos y monasterios y ya más tardíamente en las puertas de los burgos. A partir del siglo XII surgen las Grandes Ferias Internacionales, localizadas principalmente en Flandes (Brujas e Ypres), Italia (Verona y Milán), Inglaterra (Standford y Londres) y Francia (París y Champaña). En la Península Ibérica  la feria más antigua de la que ha llegado noticia es la de Belorado, fundada por Alfonso el Batallador en 1116. Desde época de Alfonso VII (que otorgó feria a Sahagún) las referencias documentales a fundación de ferias son mucho más numerosas. A partir del siglo XIII y siguiendo la línea de la expansión cristiana sobre al-Ándalus, proliferaron las ferias en los territorios de reconquista (Sevilla, 1254; Badajoz, 1268; Cádiz, 1284). Estas ferias actuaron a menudo como incentivo a la repoblación al revitalizar la actividad comercial, y muchas de ellas estuvieron vinculadas al comercio genovés. A partir del siglo XIV las ferias castellanas alcanzaron un gran desarrollo. Las más importantes fueron las de Segovia, Valladolid, Alcalá de Henares, Salamanca, Sevilla y, sobre todo, las de Medina del Campo, celebradas en mayo y octubre. La feria de Medina del Campo, que durante la segunda mitad del siglo XV convirtió a esta villa en capital financiera de la corona castellana, existían ya en 1421. Allí comerciaban mercaderes de Burgos, Sevilla, Lisboa, Valencia y Barcelona, así como extranjeros, sobre todo irlandeses, flamencos, genoveses y florentinos. Se negociaba lana y objetos de lujo, junto con operaciones bancarias relacionadas con el tráfico comercial.
        El desarrollo del comercio americano favoreció enormemente a las ferias castellanas, que empezaron a depender del tráfico de metales preciosos con las Indias hasta tal punto que a veces se cambiaba la fecha tradicional de celebración de una feria para hacerla coincidir con la llegada o salida de la flota indiana. Asimismo el comercio con España provocó el nacimiento de ferias en América, como las de Veracruz o Portobelo, que se mantuvieron hasta el declive del sistema de flotas en el siglo XVIII.
        La crisis de las grandes ferias hispanas se produjo en el siglo XVII a consecuencia del crecimiento de la presión fiscal, de la decadencia de la red comercial castellana y del descenso del flujo de metales preciosos procedentes de América.
        Las ferias solían tener un esquema regular de operaciones: Un corto periodo en el que los mercaderes se instalaban; ocho días, llamados de “entrada”, para la exhibición de sus mercancías; un período de ventas de dos o tres días; otro de traslado de los bienes y, por último, un período en el que se cerraban las transacciones, que solía durar diez días. Tanto ferias como mercados pudieron pertenecer a la jurisdicción señorial. Sin embargo en 1430 y 1464 se dispuso la prohibición de las ferias que carecieran privilegio real, por lo que sólo éstas podían considerarse auténticas ferias, convirtiéndose esta denominación y los privilegios asociados a la misma en una regalía de la corona. Estos privilegios especiales consistían en incluir el recinto y las transacciones celebradas en el mismo dentro de un régimen jurídico especial, y en beneficiar a asistentes y operaciones desde el punto de vista fiscal.

    María Antonia Carmona
  • El auge de las ferias comerciales  Expandir
  • Aunque buena parte de las grandes ferias lúdicas andaluzas tienen origen en ferias de interés económico, sobre todo ganadero, ese carácter se va perdiendo a lo largo del siglo XX, lo que favorece la aparición, en especial desde su segunda mitad, de unas ferias comerciales alternativas, primero genéricas, que se llamarán casi siempre Ferias de Muestras, luego junto a ellas aparecerán otras especializadas en productos o sectores económicos con fuerte incidencia local, y denominaciones muy heterogéneas. En 2005 ya superan holgadamente el centenar las poblaciones andaluzas que ofrecen alguna de estas ferias comerciales, sean generales o especializadas. Y cada año se unen a la lista mas municipios –en 2004 por ejemplo Chiclana, Palma del Río, Posadas y Carmona–. En total, por encima de las 400 celebraciones anuales.
        La proliferación de estas ferias en los últimos 25 años lleva a la construcción en todas las grandes ciudades andaluzas, e incluso en ciudades medias, de recintos apropiados para ellas –los palacios de exposiciones y congresos–, sin que falten las que pasan a disponer de ubicación propia, como ocurre a la de Armilla, junto a Granada, que ha conocido una rápida y sostenida expansión, que reutiliza un viejo recinto industrial y ha superado las 25 ediciones. Entre las más Ferias de Muestras andaluzas pioneras se destaca la Feria de Muestras Iberoamericana de Sevilla, origen del Palacio de Congresos sevillano y de la institución gestora FIBES. Más reciente, la Feria de Muestras de Málaga es de las pocas que mantiene su carácter multisectorial.
        El panorama actual ofrece desde sólidas ferias internacionales a jóvenes ferias puramente locales, pasando por numerosos certámenes nacionales y regionales que prácticamente abarcan todos los sectores de la actividad económica. Son numerosas las ferias agrarias, como las de Almería, Cartaya y Lepe, sin olvidar el número creciente de las dedicadas al aceite de oliva –Jaén, Montoro– y algunas tan específicas como la del ajo en Montalbán (Córdoba),  hay veteranas ferias de la confección, como la de Priego de Córdoba, son asimismo varias las dedicadas a la construcción, destacando la de Sevilla, y no faltan las orientadas a la cerámica y la artesanía, como en La Rambla y El Coronil. Son relevantes la de caza, que se celebra anualmente en Córdoba, Sicab, la dedicada al caballo en Sevilla, y la de turismo interior de Jaén. Hay ferias comarcales, como la de la sierra norte sevillana, afianzadas ferias locales, como la de Gibraleón en Huelva o Villamartín en Cádiz. Su proliferación y consolidación es muestra de un dinamismo económico que no se reduce a las grandes ciudades.

    Antonio Checa
 
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