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TÉRMINO
- FERNANDO III EL SANTO
  ANEXOS
 
  • La muerte de San Fernando  Expandir
  •     La fatal noticia cundió rápida, la preciosa vida del soberano se extinguía por momentos. En el regio alcázar, presa de angustiosa ansiedad, no se oían ya los dulces sones de la música cortesana; al rumor de las armas, al júbilo de los semblantes sustituía lo sombrío de imponente comitiva presagio de la muerte. El Rey iba a recibir los consoladores auxilios de la religión y hacia la cámara real acudían los magnates. Don Remondo, en hábitos pontificales, precedido de la cruz alzada, penetraba en la estancia del augusto enfermo. Un silencio solemne sigue a la entrada del prelado; el Rey Fernando divisa el símbolo de la redención, cae de hinojos fuera del lecho y con tosca cuerda en el débil cuello, recibe el cuerpo de Cristo, rasgando luego sus vestiduras reales en señal de humildad y acatamiento al divino Verbo, dispensador de reinos y señoríos.
        A una señal del moribundo los cortesanos se alejan, la familia real se acerca; los instantes son solemnes, su hijo no los olvidará cuando relate la historia de su glorioso padre. El heredero es D. Alfonso y escucha de los labios del Rey Fernando los supremos consejos; con alta perspicacia teme en el porvenir las disensiones fraternales y ruega al primogénito dispense protección y amparo a sus hermanos. Allí estaban presentes para escucharlo, D. Felipe, el electo de Sevilla, los bravos guerreros don Enrique y D. Fadrique, también se hallaba pálida y trémula en su arrogante hermosura Doña Juana de Pontis, la segunda esposa del Rey, con sus hijos D. Fernando, Doña Leonor y D. Luis, entonces de corta edad. El infante D. Manuel, mancebo aún, estaba con su ayo D. Pero López de Ayala, y recibió como venerando recuerdo la espada lobera del conquistador de Andalucía.
        El soberano de Castilla desde su lecho bendice a Don Alfonso; le recomienda a la reina, le encarga sea justo con los ricos-homes y caballeros, habla de su hermano el de Molina, firme sostén del reino, y pronuncia las postreras palabras que encerraban el programa de la monarquía. Dejaba a su hijo un Estado floreciente, su deber era aumentarlo, si lo menguaba era inferior a los hechos de su padre. El último deseo fue ver a su pueblo y la muchedumbre que se agolpaba impaciente en las puertas del alcázar, recibió orden de entrar; el monarca agonizante quería ver a los súbditos y pedirles perdón. El Rey Fernando de Castilla y de León, señor de toda Andalucía, con un cirio en la mano entonando la oración de difuntos, exhalaba el postrer suspiro entre los cánticos del Te Deum laudamus.
        Así murió el Rey, mesurado y cumplido en toda cortesía, el de buen entendimiento y sano corazón, el bravo, muy leal y muy verdadero, el de los fechos granados, el santo Rey Fernando.


    Antonio Ballesteros

    De Sevilla en siglo XIII.
 
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