inicio quiénes somos normas de uso abreviaturas contacto

BÚSQUEDA DE TÉRMINOS



Acceso a búsqueda avanzada

TÉRMINOS RECIENTES

AGENDA CULTURAL
   Bodas de Sangre: Programación en Jaén
   Taller de creatividad dinamizado por Yanua para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil
   Taller de fin de semana: Fotografía + Ciencia: fotografiando lo imposible



CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- ANTEQUERA
  ANEXOS
 
  • La ciudad  Expandir
  • No disponemos de ningún plano de Antequera del tiempo en que la visitó Washington Irving. El primero de los que se conservan fue elaborado en 1864, siendo alcalde-corregidor de la ciudad Antonio Quevedo y Donis. Habían pasado treinta y cinco años desde aquel lunes de principios de mayo en que el americano recorriera la ciudad. Desde nuestra perspectiva de comienzos del siglo XXI una primera impresión señalaría pocos cambios urbanos entre una y otra fecha.
    En realidad, la extensión del casco era prácticamente la misma en 1829 que en 1864. Así, aunque las tapias que Irving encontró cerrando la población eran en la segunda fecha un recuerdo del pasado, posiblemente corrían por unos límites muy parecidos a los que dibuja el contorno de las calles que en el plano se abren a campo abierto. Obsérvese como en el cerro de la Cruz la de Juan Casco es la última de las paralelas
    a San Pedro –no existía todavía ni siquiera la calle Alta-, mientras que algo similar ocurre si la mirada se detiene en los barrios de San Juan, Santa María, el Carmen o Santiago; y por supuesto en el de San Juan, reducido a las mismas y poco habitadas calles que cuando el escritor
    neoyorkino y su acompañante antequerano ascendían la cuesta Real.
    Una mirada atenta permite descubrir algunas peculiaridades urbanas más, diferencias entre la ciudad de finales de los años veinte y la de comienzos del ochocientos sesenta. De tal suerte, a la entrada por el camino de Sevilla los viajeros no pudieron encontrarse todavía con la plaza de toros -construida en 1848- ni con el paseo de la Alameda -hoy Paseo Real-, ajardinado por las mismas fechas. Era distinta la ubicación del Ayuntamiento - desde 1845 en el antiguo convento de los Remedios, en la calle de Estepa-, cuyo edificio secular ya no cerraba la plaza de la Constitución (la de San Francisco), que en 1864, luego de que se demolieran las Casas Consistoriales donde Irving almorzó con Villasante, se mostraba completamente abierta a la Calzada.
    Quien conozca la ciudad puede encontrar otras variaciones con respecto a la trama actual. Ni en el anochecer en el que Irving llegó a Antequera ni todavía cuando se confeccionó el plano de referencia, existía el edificio de San Luis, por lo que el arranque de las calles Estepa y Cantareros se producía algo más adelante, de forma que el hospital de San Juan de Dios y la casa de los marqueses de Cela quedaban
    enfrentadas a una plazuela, existente hasta 1880, que se llamó de Buenavista. Calle Estepa arriba, la llamada popularmente entonces “fuente redonda” se encontraba en ambas fechas en la plazuela de San Agustín (trasladada allí desde Santa María luego de que el barrio alto quedase deshabitado, ubicada posteriormente en la Plaza de San Francisco, cuando en 1881 se construyó el mercado de abastos y desde 1946 en la plaza de San Sebastián: nunca ha habido en Antequera una fuente con tanto movimiento), mientras que adelante del antiguo convento de jesuitas –desde 1790 a la exclaustración de agustinas recoletas- se perfilaba otra pequeña plazuela, también hoy imposible porque el encuentro entre las calles del Rey, los Tintes y Medidores terminaría adelantándose algunos metros.
    Otras calles eran más o menos extensas que en la actualidad: la de Chimeneas, por ejemplo, no estaba cegada como ahora, arrancando en la
    calle de la Laguna para desembocar en la de Lucena; al contrario, la del Obispo torcía en el señor de los Avisos para morir en la Carrera, de forma que únicamente nacía en la Calzada un pequeño callejón sin salida, lindero aún con la tapia del convento franciscano (el callejón de Doña María, en el que desembocaba el arroyón, aquel en el que Domínguez esperó la llegada del viajero estadounidense para juntos partir a la cena en casa de los González del Pino).

    Antonio Parejo
    De La Antequera de Washington Irving.
  • La Escuela Antequerana  Expandir
  • Cuando el poeta Fernando de Herrera, humanista, reinterprete del petrarquismo y la poesía culta en nuestro país y justo sucesor de Garcilaso de la Vega, muere en Sevilla en el año 1534, en Antequera ya empezaban a componer la mayor parte de los poetas que formarían la Escuela Antequerana, eslabón primerizo del Siglo de Oro que permite el tránsito hasta las cumbres del ingenio, Góngora, Quevedo y Lope de Vega. Antequera, rosa de vientos y dólmenes que marcaba tantos caminos como reinos, durante varias décadas se convierte en el centro alrededor del que gravitan las letras andaluzas y recibe el grandilocuente epíteto de la Atenas Andaluza, ya que, según se dice, no había otro lugar en
    el globo donde los hombres fueran más propensos al cultivo de la lírica. Una serie de nombres ahora casi olvidados formaban el particular parnaso antequerano,Cristobalina Fernández  de Alarcón, Luis Martín de Plaza, Juan de Vílchez, Rodrigo de Carvajal y Robles y, sobre todo,
    Agustín de Tejada Páez y Pedro Espinosa, insignes de un proyecto poético que superó con creces las creaciones de Córdoba y Granada
    y que no le venía a la zaga a las de Sevilla.
    Casi todos descendientes de los muchos profesionales liberales que una sociedad privilegiada vio nacer, se forman al amparo de la Cátedra de Gramática que el cabildo financia en la ciudad en el XVI o en la cercana Universidad de Osuna, dos centros que irradiaron la buena fama de sus buenas letras. Dámaso Alonso lo interpreta de la siguiente manera. “Aficionarse a la poesía bien fácil era entonces en España, pues la poesía tenía un poder de penetración social mayor que el de ahora; pero en ningún sitio era más probable el contagio entonces que en la ciudad de Antequera, en donde la densidad de poetas (¡y muy buenos poetas!) por unidad de superficie, o, si se quiere, la proporción de poetas en relación con el número de habitantes, era en el primer tercio del siglo XVII, superior, sin duda, a la de ninguna otra población de España. Antequera era, evidentemente, una de las mayores capitales culturales de España”.
    La escuela antequerana explotó ciertas concomitancias con la poesía de Herrera, su colorismo, su vehemencia y léxico alejado de lo popular, la tendencia al cultismo que luego revoluciona Góngora, el canto a las gestas en poemas legendarios o hagiográficos, pero dieron un salto
    más al atenuar, según Alborg, “la magnificencia y suntuosidad” y adquirir un mayor “refinamiento y delicadeza, un lujo de detalles suntuarios
    de tono menor”. Quizás el tiempo les deparó un lugar discreto en la historia, pero muchos de los poetas antequeranos, también rigurosos traductores de verso y prosa, contaron con el más loable reconocimiento de las figuras más destacadas de su tiempo. Sólo nos baste un
    par de ejemplo, los versos de Lope de Vega refiriéndose a doña Cristobalina Fernández de Aragón:

    […] doña Cristobalina, tan segura
    como de su hermosura
    de su pluma famosa,
    Sibila de Antequera…


    O estos otros de Miguel de Cervantes en Viaje al Parnaso con respecto a Agustín de Tejada Páez:

    […] Éste es Tejada,
    de altitonantes versos y
    sonoros,
    con majestad en todo
    levantada.


    PABLO SANTIAGO CHIQUERO
  • Romance de la pérdida de Antequera  Expandir
  • La mañana de San Juan,
    al tiempo que alboreaba,
    gran fiesta hacen los moros
    por la gran vega de Granada.
    Revolviendo sus caballos
    y jugando de las lanzas,
    ricos pendones en ellas
    broslados por sus amadas,
    ricas marlotas vestidas
    tejidas de oro y de grana;
    el moro que amores tiene
    señales de ello mostraba,
    y el que no tenía amores
    allí no escaramuzaba.
    Las damas moras los miran
    De las torres del Alhambra;
    También se los mira el rey
    de dentro de la Alcazaba.
    Dando voces vino un moro,
    sangrienta toda la cara:
    -¡Con tu licencia, buen rey,
    diréte una nueva mala:
    el infante don Fernando
    tiene a Antequera ganada;
    muchos moros deja muertos,
    yo soy quien mejor librara,
    y siete lanzadas traigo
    la menor me llega al alma;
    los que conmigo escaparon
    en Archidona quedaban¡
    Cuando el rey oyó tal nueva
    La color se le mudaba.
    Mandó tocar sus trompetas
    Y sonar todas al arma;
    Mandó juntar a los suyos,
    para hacer gran cabalgada.
  • El Efebo  Expandir
  •     El Efebo de Antequera, la pieza más destacada del Museo Arqueológico de la ciudad, es una escultura hueca de bronce con 1,54 m. de altura que se remonta al esplendor de la Bética romana, en la época del emperador Trajano, allá por el siglo I d.C. Representa un adolescente de tamaño natural coronado con yedra y corimbos, cuerpo desnudo de sinuosas curvas, el rostro girado hacia la derecha y la pierna izquierda flexionada con delicadeza, de tal forma que su postura es grácil y natural, las manos se extienden para ofrecer algo a quien lo contempla, quizás las guirnaldas de plata o la lámpara que sostuvo en sus primeros años, cuando todavía no era una de las esculturas decorativas romanas mejor conservadas del mundo. El Efebo de Antequera, encontrado en las cercanía del cortijo de las Piletas, es una copia de otra de origen griego de la época clásica, de ahí que se señale su conexión con los trabajos de Fidias, y debió servir como pieza decorativa en una de las lujosas villae rusticae de la comarca, posiblemente en el triclinium o en el comedor, las estancias donde los señores y sus invitados eran agasajados con manjares y con la presencia de jóvenes efebos como el que representa. Esa es la causa de su presencia blanda y de la falta de expresión, de su mirada vacía, porque simboliza la servidumbre de los bellos adolescentes que servían a sus dueños, espectadores cómplices y callados del lujo y el hedonismo de las clases pudientes, en un entorno donde la vegetación, los mosaicos, la pintura y la fauna completaban los ideales dionisiacos de la escultura.
  • Necrópolis prehistóricas monumentales de Antequera  Expandir
  • En el término de Antequera, en dos áreas diferenciadas se localizan dos conjuntos de sepulturas prehistóricas que destacan por su monumentalidad y especificidad constructiva. El primero lo constituyen tres construcciones de las proximidades de la ciudad conocidas desde antiguo, los dólmenes de Menga y Viera, erigidos con grandes piedras extraídas del Cerro de la Cruz, del cual distan aproximadamente un kilómetro, y el tholos de El Romeral. El segundo grupo, la necrópolis de Alcaide, aunque tal vez menos popular, es un destacado grupo de cuevas artificiales excavadas en roca caliza. Ambos se construyeron en la segunda mitad del III milenio a.C., en el período denominado Edad de Cobre, aunque algunas tumbas siguieron en uso en la posterior Edad del Bronce. Los sepulcros de Menga y Viera fueron declarados Monumento Nacional en 1923 y el de El Romeral en 1931, mientras que los de Alcaide gozan de protección semejante (BIC) desde 1996.

    Dolmen de Menga. Conocido popularmente como la Cueva de Menga, es un sepulcro megalítico del tipo de galería cubierta, en la que, no obstante, se pueden diferenciar dos ámbitos. Una zona de acceso, formada por cinco grandes losas a cada lado, de las cuales las tres parejas más cercanas a la cámara están cubiertas, y una cámara de planta oblonga constituida por otros siete ortostatos en cada lateral y uno más al fondo, en cuyo eje longitudinal se encuentran tres pilares alineados de sección cuadrada. El conjunto se cubre con cinco bloques gigantescos (el mayor pesa 180 toneladas) y un túmulo de tierra de unos 50 m. de diámetro. En la cara  interna del tercer ortostato del lado izquierdo aparecen grabadas figuras esquemáticas de adscripción cultural incierta.

    Dolmen de Viera. Situado a 70 m. del de Menga, es uno de los mayores dólmenes de corredor conocidos. Presenta un largo corredor (originalmente de unos 25 m.) al que se accede a través de una puerta horadada en un ortostato, que da paso a la cámara por medio de una puerta semejante. Conserva un tramo con ocho ortostatos en el lado derecho y siete en el izquierdo, cubierto por cuatro losas, y otro de 5,5 m. de longitud, cuya cobertera fue destruida. La cámara tiene forma prismática, creada mediante losas labradas que engarzan unas con otras y cerrada por otra dispuesta a la misma altura que las que cubren el corredor. Un gran túmulo de unos 60 m. de diámetro recubre estas estructuras. Fue descubierto y excavado sin método científico en 1903 por los propietarios de la parcela en la que se encuentra y de los que recibe el nombre.

    Tholos de El Romeral.
    Aunque se conoce popularmente como el Dolmen de El Romeral, por sus características arquitectónicas ha de clasificarse como tholos o sepultura megalítica con cámara cubierta mediante falsa cúpula. Se ubica en plena Vega de Antequera, a unos kilómetros de los anteriores. Un largo corredor de sección trapezoidal y techo de grandes losas lleva, a través de una puerta adintelada, a la cámara principal de planta circular, construida usando aparejo de mampuesto que por aproximación de hiladas crea una falsa cúpula que se remata con una gran losa. Desde aquélla, a través de un corto pasillo que termina en una puerta adintelada, se accede a una cámara secundaria, ligeramente desplazada del eje de la construcción, también de planta circular pero de menores dimensiones y levantada con la misma técnica que la principal. En esta cámara, a 20 cm del suelo, hay una laja empotrada en la pared bajo la cual se encontró parte del ajuar del sepulcro. Todo el conjunto se cubre con un gran túmulo. El monumento fue restaurado en los años cuarenta del siglo XX.

    Necrópolis de Alcaide.
    Se encuentra situada en el extremo nororiental del término municipal de Antequera, en la ladera este de la Loma del Viento, en el conocido como Cortijo de Alcaide. Está compuesta por 18 cuevas artificiales con corredor excavadas en la roca. Son sepulturas de inhumación de carácter colectivo. Los corredores, de planta ovalada, rectangular o trapezoidal, pueden ser de uno o varios tramos y en algunas ocasiones presentan escalones. A través de ellos se accede a las cámaras de formas circulares o ligeramente elípticas con techos abovedados, que a veces presentan nichos y cámaras secundarias. Los materiales cerámicos, metálicos y líticos que forman parte de los ajuares de los enterramientos permiten adscribir cronológica y culturalmente esta necrópolis al periodo comprendido entre el Cobre Pleno y el Bronce Pleno.

    Margarita Sánchez Romero
  • Antequera  Expandir
  •     Vengo de gentes que durante algunos siglos han nacido en la ciudad, han respirado su aire, han levantado a espaldas de estos cerros sus moradas, han cultivado sus tierras y hoy son polvo con la suya. No quisiera que ningún rincón de ella, ningún testimonio de su pequeña grande historia, me fuera ajeno. Andar sus calles, o asomarse a su vega, es encontrarme a mí mismo, no sólo el niño que fui sino a tantas gentes como han proyectado aquí sus vidas, a tantos lugares como me han conformado en el que soy. Con los años se van viendo más claros estos accidentes del vivir y se va sabiendo algo de lo que se es, por lo que se ha sido.
        Antequera ocupa una posición singular, tanto en la geografía como en la historia, entre los demás grandes pueblos de la comarca, tan esenciales y contribuyentes a la riqueza y variedad de la vida andaluza. Un poco a caballo entre las varias andalucías, participa en alguna medida de todas ellas, como equidistante de sus centros mayores, Córdoba, Sevilla, Granada o Málaga, sufriendo sus grandes tentaciones, y como cayendo y librándose de ellas. Volcada en la vertiente norte de la mediación de la Penibética, que la asoma a su vega, todos sus caminos son llanos hacia Córdoba o Sevilla, menos el de agua de su río, el Guadalhorce, que le abre trabajosamente el Sur, y los de sus montañas, que la atan fuertemente a Granada. Estas son las conformaciones naturales de la ciudad, medio serrana a lo granadino, medio labradora de la campiña, mirando a norte, poniente y levante. Quizá de donde más lejos esté sea de donde más cerca se halla, Málaga, traficante y marinera.
        Su historia comienza para nosotros de verdad en 1410. De entonces acá se ha hecho y continúa haciéndose (deshaciéndose?) esta Antequera recostada y extendida, de las muchas iglesias y los tejados blanqueados, húmeda y algo esquiva, tejedora un tiempo en su ribera, olvidada ya de sus moraledas y tenerías, labradora de su vega, sólo a veces viva en el alegre repique de sus mil campanarios, recogida en sus patios y compases, limpia y reluciente en sus calles. Rodean ese comienzo hechos heroicos, romances preciosos, leyendas donde el valor y el amor van mano con mano. Claros varones de Castilla la toman y la guardan en tiempos duros en que nadie, del rey abajo, daba un adarme por mantenerla. La mantuvieron unos pocos que dejaron memoria de sí en un dicho que corrió por Castilla, “Que hombre vos para Antequera”, cuando alguien era para poco. Cuando a los reyes de Granada le anuncian sus pérdidas en uno de los más patéticos romances de nuestro romancero,
     
        Las cartas echara al fuego
        Y al mensajero matara.
       
        Cuando Alonso de Villegas busca un nombre para encabezar uno de los más bonitos cuentos del siglo dieciséis: “Abindarráez y la Hermosa Jarifa”, lo encuentra en Rodrigo de Narváez, primer alcalde de la ciudad, viniera o no a medida con la geografía y la cronología, más bien menos que más, como ha mostrado Francisco López Estrada.   
            Desde el Perú un antequerano guardará cuidadosamente en el archivo de su memoria todos los accidentes de aquellos hechos y dejará a su corazón cantarlos en largo poema épico, que no es sino un chorro de amor y nostalgia en octavas reales. En tanto, Pedro Espinosa, le responde con un panegírico desde Sanlúcar donde servía a su señor el Duque de Medina Sidonia. Singularmente afortunada en sus apasionados, a estos ecos clásicos, contesta tardío en el siglo XIX otro antequerano, monseñor Benavides, que en Roma publica sus “Glorias de Antequera”, haciéndoselas cantar a sus amigos en las más varias lenguas, desde el chino al copto.
            Si el siglo IV fue para Antequera el de los hechos, el XVI fue el de sus cantores. De pronto, por esa divina casualidad que hacer surgir a los poetas, la ciudad empezó a darlos a fines del XVI. Estos finales del XVI ven a la ciudad perfilarse con su fisonomía actual, que se consolida en el XVII y se prolonga y enriquece con tantas galas barrocas hasta bien entrado el XVIII. Son los tres siglos que hasta ahora le han dado carácter, así como los que le siguen más bien se lo han ido quitando. Desde la conquista no aparece vinculada a ninguna de las grandes casas nobiliarias andaluzas  (salvo el breve periodo en que la Alcaldía pasa a  mano de los Aguilar), sino dependiendo de la realeza y gobernada por una nobleza local que se asienta en ella, y que aplacado el ímpetu guerrero con la larga paz, se acomoda a menesteres labradores y que la rige hasta el siglo XIX. Nobleza y murallas de la ciudad corren pareja suerte cayendo y derrumbándose a manos del tiempo. Pero esa desvinculación de la gran nobleza le da un carácter independiente, algo arisco a sus moradores. La pequeña nobleza, los menesteres de la lana o del cuero, el comercio y los labradores de sus regadíos guadalhorceños, o de sus secanos de la vega, se han sucedido a través de los siglos en la vida de la ciudad y la han conformado hasta nuestros días.
        Remotísima en su historia (ahí están las cuevas imponentes), rica en vestigios romanos y perdida en la alta Edad Media, surge entre leyendas de frontera hacia el siglo XIV, y esa marca fronteriza sigue caracterizándola. Frontera y altiva Antequera, algo nostálgica de su pasado. Dura, contenida e implacable como la adivina Elena Quiroga, y con su cerco de grandeza. Yo no las veo sin melancolía cada vez que piso la ciudad vieja y la contemplo desde el Arco de los Gigantes, espaldas a la hermosa y afligida Colegiata de Santa María.
        Estos pocos documentos cuentan algo de ese pasado. Uno sobre todo llama a mi corazón. Es el que refiere al Castillo de Cauche, porque en él pasé muchas horas felices en mi infancia. Tres eran los castillos que, como adelantados, defendían los puertos que accedían a la ciudad desde el mar: Teba, Aznalmara y Cauche. Tres y sólo uno resta en pie, Cauche, que vino a parar a una familia vasca (cántabra se dice en la historia), año de 1504, y que en ellos continúa. Del castillo queda poco, casi sólo un torreón y resto de otro a la entrada de un valle abierto al sur y de espaldas a la sierra.
        Por el hilo de la nostalgia se saca el cabo del amor. “Antequera por su amor”, dice la divisa de su escudo, con sus leones y su jarra de azucenas. Todas las primaveras, azucenas y magnolias (¡oh huerto de Perea!), gayombas y adelfas, llenan los hondones de su ribera  y orlan los arroyos en la vega. Ya los cantaron sus poetas. El perfil de la azucena, los entretalles de los lirios, los heliocrisos, los mirabeles. Todos florecen sus huertas. Todos en mi corazón al evocarlos.

    Jose Antonio Muñoz Rojas
    De la Introducción a Comunidades Reales y Viejos Documentos de Antequera.
  • Fundación de Antequera  Expandir
  •     De ser una villa de frontera, Antequera había pasado en 1441 a poseer el título de ciudad por merced del rey don Juan II, en reconocimiento de sus leales y buenos oficios. El alcaide D. Fernando de Narváez logró además la concesión del título de “noble ciudad de Antequera”, que en este albalá le otorga el rey don Enrique IV en 19 de diciembre de 1466. Una merced más del rey que tantas dio, en este caso justificada, en efecto, por el recio aguante de las gentes de la ciudad que ya, con la toma de Archidona en 1462, quedaba más resguardada en la línea de los castillos que defendían la frontera. Enrique IV visitó Antequera en julio de 1469 y allí aconteció, según las crónicas locales, un episodio muy propio de la época. Don Fernando de Narváez supo de las intrigas de don Alonso de Aguilar cerca del Rey con el fin de quitar la alcaidía al viejo defensor de aquellos muros, y que se la diese a él, señor de la casa de Aguilar, la rama primogénita de los Fernández de Córdoba. Cuando la comitiva real llegó a los muros de la ya noble ciudad de Antequera, don Fernando dispuso que con el Rey no entrasen más que quince caballeros, pues no necesitaba guardia quien había honrado el lugar con este albalá de privilegio. Y se cuenta también que don Fernando de Narváez condujo al Rey hasta el templo de San Salvador, donde le mostró el cuerpo de don Rodrigo el bueno, que tenía las llaves de la fortaleza entre los buesos de las manos, mientras lloraban y gritaban las plañideras, y con aquella macabra demostración se pedía a voces que siguiese el de Narváez como alcaide de la ciudad. Convencióse el Rey de que Antequera estaba en buenas manos, y después de una pelea que hubo entre las gentes del alcaíde y las del señor de Aguilar, se hizo un acuerdo de amistad y confederación en 1470, que poco hubo de durar porque dos años después don Alonso tomaba posesión de la alcaidía por renuncia de don Fernando, que murió el mismo año.

    De la Introducción a Comunidades Reales y Viejos Documentos de Antequera.
  • Dólmenes, Patrimonio de la Humanidad  Expandir
  • Las necrópolis prehistóricas monumentales de Antequera conocidas como el Dolmen de Menga, Dolmen de Viera y los Tholos de El Romeral son declarados Patrimonio de la Humanidad en el año 2016, primero de Andalucía como bienes monumentales y de patrimonio natural (La Peña de los Enamorados, en Archidona y el Torcal).
    Han sido necesarios más de 30 años para conseguir que fueran declarados Patrimonio de la Humanidad, proceso que se inicia siendo alcalde de Antequera el que fuera primer alcalde democrático de la ciudad, Paulino Plata. La UNESCO reconoce el valor excepcional de los Dólmenes de Antequera, un diálogo entre el universo y el ser humano.
    Desde la diputación malagueña y el ayuntamiento de Antequera se incentiva con planes específicos la puesta en valor turístico de las necrópolis prehistóricas mediante visitas guiadas y la apertura de nuevas rutas turísticas. Los estudios revelan que con la declaración de Patrimonio de la Humanidad la comarca tendrá un impacto de 22,7 millones de euros en tres años.
 
ZONA DE USUARIOS
Usuario:
clave:
 

MUSEOS ANDALUCES
Almería
Museo de Almería
Cádiz
Museo de Cádiz
Córdoba
Museo arqueológico y etnológico
Granada
Museo de la Alhambra
Granada
Parque de las ciencias
Huelva
Museo de Huelva
Jaén
Museo de Jaén
Málaga
Museo Carmen Thyssen
Málaga
Museo de Málaga
Málaga
Museo Interactivo de la Música
Málaga
Museo Picasso Málaga
Sevilla
Centro Andaluz de arte contemporáneo
Sevilla
Museo Arqueológico


   Andalupedia © 2013 - Todos los derechos reservados      Señas de identidad      Aviso legal      Créditos  24 de octubre de 2020