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TÉRMINO
- GONZáLEZ, ANíBAL
  ANEXOS
 
  • El deseado Gaudí  Expandir
  • Entre modernismo y regionalismo existe una distancia inconfundible, que excede los arduos debates teóricos: la vasta diferencia presente entre la creación y la re-creación. Con denodado esfuerzo, la crítica ha perpetuado la idea de identificar a dos corrientes –o, más humildemente, a dos estilos– y sus correspondientes autores representativos: Antonio Gaudí y Aníbal González. De cada uno de ellos se ha dicho que fueron arquitectos emblemáticos de sus ciudades de origen, Barcelona y Sevilla, constructores de la fisonomía de sendas urbes en el tránsito de los siglos XIX y XX. Se ha caído en el error de etiquetar a Aníbal González como el paradigma del modernismo andaluz, con la premura de desatender el significado mismo de la palabra “modernismo”. El profesor Francesc Fontbona relaciona el concepto con una “actitud” de cambio, con el hartazgo de intelectuales y artistas que responden con sus obras al convencionalismo creativo de la época de la Restauración. Y es precisamente la carencia de ese carácter subversivo en el arquitecto sevillano lo que le separa del modernismo, por más que éste bebiera de sus fuentes formales en los años de formación y por más que intentara corregirse en su último proyecto.
        La trayectoria de Aníbal González se asemeja a un viaje de ida y vuelta, a un círculo de anhelos creativos y desengaños prácticos. Sus inicios fueron los de un joven humilde e inteligente que se encuentra con el regalo de estudiar en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, gracias al mecenazgo de la familia Luca de Tena. En la capital española, recibe las influencias de la nueva arquitectura europea, el liberty en boga y la remodelación urbanística, más acorde con las necesidades postindustriales. Absorbe los postulados del Plan Cerdá barcelonés y practica un ensayo parcial del ensanche racional y ecológico en los barrios hispalenses de Ciudad Jardín, la Huerta de Santa Teresa y Heliópolis. A sus proyectos sobre el plano de Sevilla añade una serie de mansiones levantadas al servicio de la burguesía, como las viviendas de las familias Sánchez Dalp y Luca de Tena, en la calle Monsalves y la avenida de la Palmera, respectivamente. Aníbal González recuerda en sus comienzos al Gaudí protegido por Eusebi Güell. Los paralelismos son evidentes: existen ecos de un historicismo renovador en la disposición de fachadas, las formas geométricas se solapan con sinuosos arabescos y motivos vegetales, la norma clásica de la arquitectura es esquivada con respeto.
        No obstante, su prometedora carrera tiene un punto de inflexión en el momento en que es designado arquitecto jefe de las obras que habrían de albergar la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Es ahí cuando Aníbal González debe obedecer las directrices de un cliente mucho más poderoso, en este caso, el rey Alfonso XIII, que desea que el certamen sevillano se convierta en símbolo de la grandeza y unidad española. A pesar de la ampulosa exhibición de regionalismo que transmite el Pabellón Real, insigne reminiscencia del gótico “Reyes Católicos”; el Pabellón Mudéjar, con su tributo al legado islámico; y la Plaza de España, obra magna del autor, ningún elemento oculta la agonía del régimen borbónico. Alfonso XIII convierte a Aníbal González en un personaje de gran popularidad en Sevilla y es él mismo, a través de su comisario regio, José Cruz Conde, quien le aparta del proyecto, de las obras que habían sido el centro de su obsesión profesional, las que le habían procurado enemistad con sus propios trabajadores –puestos en huelga- y las que le habían transfigurado en un burócrata más que en un arquitecto.
        La destitución por el incumplimiento de los plazos acordados para la Exposición pudo resultar un agravio en el currículo del arquitecto, pero también un estímulo para emprender el regreso a sus principios. Un año antes de fallecer, en 1928, esbozaba su último proyecto, quizás, el más innovador de todos: la basílica de La Milagrosa, un edificio que, con sus cien metros de altura, cuestionaba la hegemonía de la Giralda y que por su estilo neogótico recordaba a la Sagrada Familia barcelonesa. Paradójicamente, ambas obras permanecerían inacabadas. Aníbal González imitaría a Gaudí hasta en las postrimerías. No llegaría a ser el arquitecto reconocido universalmente, pero sí el artista que pudo recobrar la juventud y la libertad en sus últimos días de trabajo.

    José Romero Portillo
 
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