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TÉRMINO
- ARACENA, COMARCA DE
  ANEXOS
 
  • Un paraíso en las alturas  Expandir
  • La comarca del Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche emerge en las alturas meridionales de la provincia de Huelva como un paraíso en el que el reloj del tiempo avanza a un ritmo inferior que en las urbes cosmopolitas. Sus 31 municipios, dispersos en compañía de otras tantas aldeas, albergan en su seno siglos de historia y tradición.
     Desde Zufre a Rosal de la Frontera y de Santa Ana la Real a Encinasola, la Sierra es un crisol de herencias, fiel legado de los pueblos que han pasado por su territorio. Celtíberos, romanos, visigodos, musulmanes, leoneses, astures y gallegos, entre otros, dejaron su sello en actividades como la agricultura, la ganadería, fiestas, tradiciones e incluso en el habla, fuertemente influenciada por la Repoblación castellana.
     De los romanos, por ejemplo, la Sierra conserva una de sus señas de identidad actuales: el castaño. Las más de 5.000 ha de este cultivo existentes en el Parque Natural son una fuente de ingresos para sus agricultores y un pulmón verde de buena parte de la Sierra. El resto de pobladores dejaron un vasto legado patrimonial, con castillos, fiestas ancestrales, danzas y cantos, con el fandango a la cabeza.
     Pero lo que realmente ha marcado a esta comarca y a su gente ha sido el medio natural que la rodea. El respeto por la naturaleza es un gen innato de sus habitantes. Generaciones de serranos han mantenido con su trabajo y dedicación las extensas dehesas de encinas y alcornoques, castañares, olivares, huertas y un importante área dedicada a la fruticultura.
     Todo este cuidado por el campo, fuente de alimentación durante siglos, y las difíciles comunicaciones por lo escarpado del terreno, han permitido un grado de conservación y de desarrollo sostenible muy por encima de otras serranías de España. Así lo atestiguan las distintas especies de flora y fauna, entre las que destaca el buitre negro, que ha hecho de Aroche un fortín para el mantenimiento de su especie.
     Miles de hectáreas de dehesas permiten la cría y engorde del considerado por muchos como “Rey de la Sierra”: el cerdo ibérico. La marcada tradición de todo lo que rodea las actividades de estos municipios ha permitido el mantenimiento de la matanza familiar, una celebración con una metodología heredada de generaciones.
     Los marranos nacen y crecen entre el verde del Parque Natural, alimentándose de las bellotas de las encinas de las dehesas, bellotas que le darán ese toque distintivo de calidad a todos sus productos, apreciados por los paladares más exquisitos.
     Aunque no sólo de cerdo vive el hombre. La cocina de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche ha dado lugar a verdaderas exquisiteces como las sopas de peso, las salchichas de aguardiente, las sopas de olores, potajes de castañas, gazpachos de invierno, licores de castaña, de bellota, de mora, de guindas, dulces artesanos y el genuino pan de pueblo. Todo ello conforma el principal atractivo de esta comarca para los miles de visitantes que deciden acercarse por aquí cada año, atraídos por parajes de inusitada belleza, como la Gruta de las Maravillas (Aracena), la Peña de Arias Montano (Alájar), el paraje de El Talenque (Valdelarco), Los Chorros de Santa Ana la Real, la Rivera de Huelva (Zufre), la Fuente de los Doce Caños (Fuenteheridos) o la industria del cerdo ibérico de Jabugo y El Repilado.
     Este conglomerado de aromas, sensaciones, colorido, naturaleza y buen yantar conforman lo que conocemos como el Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, un espacio fuertemente marcado por el medio que lo arropa y en el que el sabor de la historia se percibe en sus calles, plazas, arroyos y dehesas.

    Manuel Rodríguez

  • La Cueva de Aracena  Expandir
  •  Pero la verdadera maravilla de Aracena es el fantástico palacio subterráneo: la Gruta de las Maravillas... y no es la menor de sus maravillas que sólo por esa gruta no sea de primer orden la carretera que lleva a Aracena y no esté el mundo inundado de literatura turística sobre ella: una de las más encantadas escenografías teatrales que el Creador ha escondido en las entrañas de los montes.
     El hallazgo de la gruta se debió, como es corriente en tantos casos, a un animal –no sé si cabra, oveja o vaca– que, perdiendo su rebaño condujo al pastor que lo buscaba a aquel maravilloso subterráneo. Este se cuenta, por lo menos. Las reses ganaderiles andaluzas suelen tener espléndidos instintos turísticos y arqueológicos. Ellas han descubierto mul­titud de grutas, ruinas, estatuas y hornos romanos. Cuando, además, ángeles las ayudan y guían, entonces descubren hasta Vírgenes y Santos, enterrados en tiempos de los moros, que acaban ilustrando las ermitas de las sierras andaluzas.
     Por el primer agujero de la roca, las iniciales exploraciones con linternas y antorchas descubrieron un paisaje calcáreo de blancas masas de estalactitas que justificó su primer nombre de Pozos de las Nieves. Es el nombre que ha conservado la calle que conduce a las grutas y en cuyo número diez está la casa que, construida por Aníbal González, sirve de taquilla y guardería de Las Maravillas, a las que se entra, como si fuera en el patinillo doméstico, por una sencilla cancela. No hay mayor teatralidad en todo ello. En la calle de los Pozos –una más de Aracena– tienen sus casas don Fulano, don Zutano y, en el número diez, las hadas y los gnomos.
     A pesar de que, desde 1911, se inició una explotación más cuidada y sistemática de la gruta, que, impulsada luego por varias visitas regias, se resolvió en una regular instalación eléctrica, la gran escenografía que sería posible no se ha logrado todavía. La dejadez andaluza se hace visible aún en el gran palacio subterráneo, comparándolo con los prodigios que la moderna luminotecnia –gran arte de esta época, especie de gi­gantesco celofán de las cosas y los monumentos– ha logrado, por ejemplo, en las fantásticas y comerciales cuevas de Manacor o del Drac de Mallorca. Allí toda una tradición levantina de color y gracia ha pin­tado de electricidades y brujerías los planos y forillos infinitos que pre­paran a turistas y recién casados el “número” final, romántico y cotizable, de la lanchita que atraviesa el lago tripulada por un terceto de cuerda que interpreta a Mendelssohn o Schubert.
     En Aracena la electricidad no se esfuerza tanto, pero es suficiente para mostrar, por lo menos, las maravillas que Dios ha acumulado en la entraña del cerro. Ya bastaría el regalo que para el tacto supone el aire fresco y húmedo; y para el oído el melancólico gotear de las estalactitas sobre los lagos y ríos: especie de llanto de los siglos. Pero los ojos son los más regalados de “maravillas”. No bien se baja la escalera que nos va hundiendo en el cerro, tras una rotonda a la izquierda: el Salón de las Conchas, ya empieza una nomenclatura tradicional y popular que de ningún modo debe encadenar vuestras libres e imaginativas interpre­taciones de las piedras que vais encontrando. Alguien vio allí (“conchas”; pero son muchos los visitantes que arriesgan sus personales visiones: (“fíjate ¡qué cabra!”; (“¿no ves allí un pato?”; (“¿no te parece aquello un elefante?”. Algunos descubren hasta personas de sus amistades o de su fa­milia... Las nubes y las piedras han sido entregadas por Dios a las libres disputas de los hombres.
     Siguen, luego, otras salas con nombres como de comparsa de Carna­val: “los Brillantes”; “los Mantones de Manila”. Después de ésta, tras un pequeño lago, se acababa la visita en 1927. Hoy se sigue por el “Baño de la Sultana”, bajo una bóveda de cuarenta y dos metros de altura; el “Salón de la Esmeralda”, rodeado de una epilepsia de formas varias –ovejas, leones, alas de cóndores, perros con las fauces abiertas– poli­cromadas de óxidos amarillos, verdosos y castaños. La paleta de los óxidos es bastante parecida, en su parquedad metálica y caliente, a la de José María Sert, y las paredes adquieren tonalidades de frescos catedralicios. El agua de lago justifica por su verdor diáfano su nombre de Esme­ralda... Luego, la “Tienda de las Pieles”: porque las estalactitas bajas semejan Rieles desgarradas y colgadas de perchas y mostradores. Estamos ya en pleno («orden gigante»: 28 metros de largo y 18 de altura. En se­guida, la “Cristalería de Dios” y el “Salón de los Garbanzos”, verdadero “salón regio”, a pesar del nombre humilde, de 45 metros, de morfología originalísima, teñida por el óxido de hierro de irisaciones caprichosas. Las guías se empeñarán en hacernos oír unas estalagmitas que al ser ligera­mente golpeadas emiten sonidos metálicos, pero uno, llegado a aquella profundidad, prefiere “oír el silencio”: el silencio húmedo, misterioso sobre los lagos inmóviles, sólo turbado por el caer de las gotas que van midiendo, con ritmo de relojes, la infinita paciencia de las estalagmitas. cuyo crecimiento es cifrado por los geólogos en menos de dos milímetros por año.
     Hace veinticinco que es ésta la situación de la Gruta de las Maravillas. Dicen que nuevas exploraciones podrían hacer su recorrido diez veces mayor. Sin embargo, el recorrido actual es de mil doscientos metros. Ya es bastante, kilómetro y pico, para ser concedido al misterio subterráneo y romántico en esta Andalucía cuyo sol y cuyo color agradeceremos al salir. Es como conceder unas horas al nórdico y sutil Gustavo Adolfo en la tierra de Herrera, Rioja, Salvador Rueda y García Lorca.

    José María Pemán
    De Andalucía.
 
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