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JUAN DE LA CRUZ, SAN

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(fontiveros, ávila, 1542-úbeda, jaén, 1591). Religioso y poeta místico. Juan de Yepes y Álvarez, hijo de un próspero comerciante y de una tejedora, nació en Fontiveros en 1542. A la muerte del progenitor, Gonzalo de Yepes, la viuda "Catalina", es desheredada por la familia de su marido. Juan de Yepes y sus dos hermanos "Francisco, el mayor, y Luis, el más pequeño, que muere poco después del padre" acompañan a la madre por un periplo migratorio que los sitúa primero en Arévalo, donde Catalina y su hijo mayor trabajan a jornal. Ocho años después, se trasladan a Medina del Campo (Valladolid). Juan, al que no se le dan bien los trabajo manuales, y en cambio tiene más predisposición para las letras, encuentra la protección de don Alonso Álvarez de Toledo, que le costea sus primeros estudios en Medina. En 1563, toma los hábitos de carmelita con el nombre de fray Juan de Santo Matía, que años más tarde cambiará por el de fray Juan de la Cruz al participar con Teresa de Jesús en la reforma de la Orden con la escisión de la que será desde entonces la orden de los Carmelitas Descalzos. Fray Juan se convierte en el primer fraile que sigue a la santa de Ávila en el proyecto reformador de las dos ramas (masculina y femenina) de los carmelitas.

Eliseo de los Mártires, que convive con el místico de Fontiveros en Baeza, lo describe así: "Fue un hombre de mediano cuerpo, de rostro grave y venerable, algo moreno y de buena fisonomía; su trato y conversación, apacible, muy espiritual y provechoso para los que le oían y comunicaban. Y en esto fue tan singular y proficuo, que los que le trataban, hombres y mujeres, salían espiritualizados, devotos y aficionados a la virtud. Supo y sintió altamente de la oración y trato con Dios, y a todas las dudas que le proponían acerca de estos puntos respondía con alteza de sabiduría, dejando a los que le consultaban muy satisfechos y aprovechados. Fue amigo de recogimiento y de hablar poco; su risa, poca y muy compuesta. Cuando reprendía como superior, que lo fue muchas veces, era con dulce severidad, exhortando con amor paternal, y todo con admirable serenidad y gravedad".

Prisión y huida.  Los litigios entre las dos familias divididas del mismo tronco carmelita tiene como una de sus consecuencias el encarcelamiento de fray Juan en la cárcel conventual de Toledo en 1577, donde permanece cerca de dos años, hasta que logra fugarse. Esta doble circunstancia de prisión y escapada es clave para entender el futuro del místico en su aventura por tierras andaluzas, al que acompañaremos hasta su muerte en Úbeda, como "El preso que huyó de Castilla".

En su huida, todavía mira a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo sigue. Apenas si puede sostenerse sobre una mula, pero saca fuerzas de su debilitado y flaco cuerpo, como el ciervo que corre en busca de lugar seguro donde lamerse las heridas y sacar el instinto de supervivencia ante la adversidad, como ya había hecho, preso en una celda de Toledo, donde le tienen encerrado sus hermanos rivales, los carmelitas calzados, cuando decide escapar, apostando entre la vida y la muerte, al descolgarse por una ventana que daba al Tajo. El fugitivo corre por los tejados, azoteas y corrales, sortea peligros, hasta que logra llamar a las puertas del convento de las descalzas ""Hija, fray Juan de la Cruz soy, que me he salido esta noche de la prisión. Dígaselo a la madre priora"" y ellas lo refugian en el fortín de la clausura.

Lleva ya dos jornadas de camino cuando se siente más libre al pisar tierra andaluza y cruzar el puente de los Cinco Ojos. Viene escoltado por dos criados de don Pedro González de Mendoza, el canónigo de la catedral toledana, al que las monjas encomiendan su protección hasta ponerlo a salvo en Almodóvar, donde los rebeldes frailes descalzos celebran capítulo y destinan al fugado a un convento perdido entre las sierras de Segura y Cazorla. Le acompaña también el prior de La Peñuela, y ya divisan el convento entre los matorrales de Sierra Morena.

Lejos le queda Castilla, Fontiveros, la tierra de sus luces que tanto amaba. Aún más lejos siente que se le quedan los frailes que le prenden, maniatan y vendan los ojos, en diciembre de 1577 en Ávila, y le conducen después hasta Toledo, donde es azotado, vejado y encerrado hasta el mes de agosto del año siguiente, como refiere su biógrafo Crisógono de Jesús.

Tan lejos del cariño de su madre, Catalina Álvarez. Y de Teresa de Jesús, la otra madre, que prefiere verlo mejor en manos de moros que de calzados, "porque aquéllos tendrían más piedad". Por ella corre la aventura de romper con los calzados y seguirla con el hábito con que la rebelde fundadora y sus monjas le visten para convertirlo en el primer carmelita de la reforma, más pegado siempre a las monjas que a los frailes: "Parecía temeridad entremeter a un joven de 26 años en un grupo de mujeres mozas y sin clausura. En el presente caso nadie paró en ello: ambos (Teresa y Juan) lo vieron tan natural como si no pudiese ser de otra manera. Y tenía que ser así para que fray Juan pudiese meterse en el alma de cada una de sus hermanas e hijas", comenta Efrén de la Madre de Dios.

Dos frailes y una monja.  Gerald Brenan describe a Jerónimo Gracián con los atractivos propios del galán de cine que cautiva a las masas: "Este nuevo carmelita reformado era un hombre dotado de un poder de fascinación excepcional. Bien parecido, de ojos azules, modales agradables y cautivadores, predicador elocuente y conversador prudente y conciliador, pronto se convierte en el favorito de las hermanas (") Pero el factor decisivo iba a ser su encuentro con Teresa. Este tuvo lugar en mayo de 1575 en Beas de Segura, pequeña ciudad en el límite de Andalucía, adonde ella había ido para fundar un convento. La religiosa tenía entonces sesenta años, exactamente el doble de Gracián, y el resultado de la entrevista fue sorprendente. No hay otro modo de expresarlo: se enamoró de él".  

Ese deslumbramiento natural que despierta en Teresa el fraile Gracián contrasta con la figura diminuta de Juan de la Cruz, al que llamaba "Senequita". Porque los hombres que le gustaban a Teresa, escribe el hispanista inglés, "eran los que se mezclaban con el mundo y tenían una aptitud especial para ello. Mientras fuesen auténticamente piadosos, a ella no le importaba que tuviesen defectos, pero debían ser animosos y tratables, y también poseer un cierto talento para los asuntos prácticos. Ahora bien, la naturaleza de Juan tendía de tal manera a la contemplación que hasta pasados los cuarenta años prácticamente no sirvió para otra cosa (...) En otras palabras, era el perfecto carmelita "la clase de hombre que Teresa deseaba producir", pero la naturaleza de ésta estaba curiosamente dividida entre la acción y la contemplación, y en aquel momento era precisamente su lado activo el que en realidad necesitaba colaboradores".

Diversos pasajes en la vida de Teresa de Jesús y Jerónimo Gracián evidencian esos "lances en la intimidad", como los llama Montalva cuando se refiere a la humillación a que el padre Gracián sometía a la madre Teresa delante de las demás monjas con "unas pruebas muy originales que mortificaban a la Madre y a él le daban satisfacción".

La relación entre fray Juan de la Cruz y Ana de Jesús es fruto de una dirección espiritual, aunque no deseada al principio por la monja, pero recomendada por la madre Teresa, cuando le escribe a la priora de Beas para decirle: "...No creerá la soledad que me causa su falta. Miren, que es un gran tesoro el que tiene allá en ese santo...", y a partir de ahí, como si se hubiera abierto una puerta de comunicación, la relación seguirá hasta que sus vidas se separen. Fray Juan había conocido hacía años a Ana de Jesús cuando era una joven y guapa novicia. En cambio, cuando Ana de Jesús lo volvió a ver en Beas, aunque se compadeció de su estado de fugitivo, no sintió especial atracción hacia él, porque, como señala Brenan, fray Juan es de esos hombres que no producen la chispa del flechazo, con su escaso metro cincuenta, su debilidad y actitud silenciosa. Pero su relación debió ir en aumento hasta alcanzar las máximas cotas de entendimiento.

José María Javierre describe, a su manera, la relación entre estos dos destacadísimos descalzos que siguen sus vidas paralelas en Andalucía: "Ana de Jesús, si ustedes gozan de alguna memoria, es aquella novicia cuyo primer encuentro con fray Juan les conté; corría noviembre de 1570. Sucedió en Mancera, raya de Ávila con Salamanca. En aquella página, ustedes recuerdan, sospeché que fray Juan se prendó de la novicia Ana. Se enamoró. Ana es una mujer fascinante, la "reina" le decían en su ciudad Plasencia. Está enamorada de Dios. Fray Juan, díganme si aunque bajo y flacucho no es también un tipo fascinante, está enamorado de Dios. A mí no me maravilla que los dos enamorados se enamoren: quererse no significa sólo mirarse el uno a los ojos del otro, quererse también significa mirar los dos en la misma dirección. Ni romanticismos monjiles, ni bobadas: Ana de Jesús Lobera y Juan de la Cruz Yepes son dos figuras espléndidas de la mística española del siglo XVI".

La Peñuela y Beas de Segura. Su primera posada, donde el fugitivo se siente libre, es La Peñuela (lugar donde en el siglo XVIII se asentaría La Carolina). Fray Juan llega, desde Almodóvar del Campo, por Puertollano, Mestanza, San Lorenzo de Calatrava, siguiendo el camino de los mineros, atravesando Sierra Morena, no por el desfiladero de Despeñaperros, aún sin abrir, como ha acertado a investigar Guillermo Sena Medina, sino por Los Guindos y El Centenillo. Al pasar el río de la Campana por el puente de los Cinco Ojos, construido con piedras pizarrosas, como todavía puede verse hoy, tenía ya muy cerca el primer refugio andaluz. El convento es una vieja ermita, el lugar cercano a la ciudad de La Carolina (construida en el siglo XVIII). Ahora se dirige, todavía acompañado por los criados de don Pedro González de Mendoza, a su destino en El Calvario (Sierra de Segura). Pero antes hace una parada que sería trascendental en su itinerario andaluz: Beas de Segura.

Por aquel paso, las aguas del río de Beas se van a unir al Guadalimar y luego las de éste, atravesando las lomas de estos primeros y sorprendentes pueblos que ya anuncian la identidad más andaluza, Villanueva del Arzobispo, Villacarrillo, Sabiote, Linares, Úbeda y Baeza, se van a a morir dignamente a las aguas del gran río del Sur. Luego una estatua de la santa marca el camino recto hacia las entrañas de las sierras. Y allí, está Beas, verde y apacible, aunque más bullicioso que cuando las hijas de Sancho Rodríguez de Sandoval, Catalina de Jesús y Ana de Jesús, ofrecen su casa para fundar el convento de Beas, que hoy tiene sus puertas abiertas para recibir al viajero. Este convento de Beas de Segura es el punto de encuentro entre la madre Teresa de Jesús y el que sería su fraile predilecto Jerónimo de Gracián, el hombre que necesitaba la fundadora para ejecutar sus planes; mientras fray Juan de la Cruz seguía siendo para la santa de Ávila su principal apoyo espiritual. El convento de este pueblo es también lugar de encuentro de la otra pareja de carmelitas descalzos: fray Juan de la Cruz Yepes y Ana de Jesús Lobera.

Antes de entrar, se observa el conjunto que forman el convento del siglo XVI y la iglesia que se construyó años después de la fundación de las descalzas, ya en el XVII. Dos joyas arquitectónicas que conviven con los paisajes del olivar y la sierra, y con dos estatuas modernas de mármol blanco dedicadas a los fundadores de los descalzos, la madre Teresa y el padre Juan, como les llaman hoy sus seguidores. Aquí encuentra el fugitivo de Castilla el reposo que anhelaba antes de marcharse al destino encomendado. Debe sentirse ya seguro entre las monjas, cuando despide a los criados de su protector de Toledo. En la huerta, que es como disfrutar de un vergel dentro de otro vergel, de una paz interior dentro de otra paz, fray Juan se desborda en amores literarios. Es el confesor de las monjas; y ellas, a su vez, las depositarias de sus expresiones espirituales y poéticas. De esa relación espiritual y afecta nace esta declaración de María de Jesús:

"La primera vez que lo vi fue en nuestro convento de Beas, que vino a ser prior en El Calvario, recién salido de la cárcel, que lo habían tenido los calzados nueve meses..., y bien se le parecía al santo padre lo mucho que padeció en aquella prisión, según estaba flaquísimo y denegrido. En viéndole me llenó el alma, que estaba en aquel tiempo, algunos años había, padeciendo grandes trabajos de espíritu, dados de Dios, y sin alivio, porque no lo entendían los confesores. Con la satisfacción que me hizo mi padre fray Juan de la Cruz, luego me confesé con Su reverencia y declaré mi alma. Al punto la entendió y me aseguró el camino y dio ánimo para padecer lo que quedaba, y por su parecer me regía, hasta que murió".

En el huerto Magdalena del Espíritu Santo copiaba sus escritos, sus avisos, cautelas y poemas, en especial aquel que ya traía, aunque inconcluso, de la cárcel toledana:

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido"
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

En las montañas del Calvario.  Aquí sí encuentra el fraile su celda soñada. Y aunque duerma sobre manojos de romero y sarmiento o sobre una lisa tarima, es su espíritu el que se siente libre, asomado a los valles que le traen el canto de las aguas del Guadalquivir, como sin verlos todavía, los había imaginado:

Mi Amado: las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos....

El Calvario es mucho más de lo que había deseado cuando su cuerpo se consumía en la cárcel de Toledo y temía caer en las profundidades del Tajo al emprender la fuga. Aquí pasa fray Juan, lejos y a salvo de sus perseguidores, la estancia más feliz de su vida. Crisógono de Jesús describe la sensación que El Calvario produce al santo: "A fray Juan, de cuyos ojos apenas se ha borrado la imagen lóbrega de la estrecha y oscura cárcel toledana, tiene que producirle una impresión gratísima esta visión plácida y alegre, de amplios horizontes luminosos, de tierras cargadas de colorido, de ambiente impregnado de perfumes y de lejanas y misteriosas sonoridades"."

Para llegar a El Calvario desde Beas, el fraile fugitivo atraviesa el camino natural, por montes arbolados y rocosos que suben hasta el pico Corencia (Cuerda de la Raya). Hoy se puede acceder por la carretera que bordea los montes y laderas suaves y penetra, por Villanueva del Arzobispo, en la garganta del Guadalquivir, en dirección al pantano del Tranco. A unos 11 kilómetros, algo más allá de la venta de El Pino, el viajero tropieza con una placa de cerámica, incrustrada en una roca, que recuerda el paso del poeta místico.

La soledad, el silencio, las alturas que rozan los cielos, logran el clima de creación que buscaba el poeta. Como si allí sólo hubiera espacio para los gozos de un alma desprendida ya del cuerpo, liberada de sus servidumbres, y al servicio sólo de la comunicación más elevada ""Para el alma que ha alcanzado la unión con Dios, y puede verlo todo desde él, todo es ya Dios, rastro de Dios", dice Aranguren", la trascendencia, la oración y la poesía... Aquí nacen, en contacto siempre con las monjas de Beas, los grandes escritos que había proyectado en la cárcel de Toledo, las cautelas, "El Cántico espiritual", la "Subida del Monte Carmelo", los nuevos proyectos que culminará después en Baeza y Granada. Y ese será, ya en el reposo después de la amarga experiencia toledana, el lugar apropiado para que maduren los primeros versos que aluden a la fuga:

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

Sólo allí, con el alma ausente del cuerpo, transportado por las aguas de los ríos, alzado por las rocas, tan cerca de la intensidad azul del cielo, brotará la expresión mística, elevándose hacia el Monte Carmelo o sintiéndose transportado al bíblico Cantar de los cantares : "Corre, amado mío, / corre como la gacela y el cervatillo/ sobre los montes de las balmaseras", cual Salomón entronizado en los nuevos reinos del alma. En alguno de esos viajes, cerca de su elevado retiro, que fray Juan se obliga a realizar, pernocta en el convento del Santuario de la Fuensanta, próximo a Villanueva del Arzobispo, perteneciente al que fuera el reino de Iznatoraf.

Paréntesis en Baeza. Para un místico acostumbrado a elevarse sobre las ramas del paraíso, la estancia en Baeza es un periodo marcado por la acción y la tristeza. La primera casa donde vive el místico carmelita sigue en pie en Travesía Horno de la Merced, uno, cerca de la Puerta de Úbeda, en un lugar que mira a Sierra Mágina. El poeta tiene dificultad para conectar con los andaluces, según le había expresado a Santa Teresa. En Baeza, le ocurriría a Antonio Machado, a pesar de ser también andaluz y de ser ésta una de las ciudades más castellanas de Andalucía. En el bullicio de la floreciente ciudad, fray Juan añora la contemplación, la quietud que había vivido en las montañas. Y es en esos momentos cuando se siente exiliado y desea estar más cerca de los suyos, como se deduce de su epistolario. La fundadora se interesa por la situación de fray Juan en Andalucía, en carta dirigida el 24 de marzo de 1581 a Jerónimo Gracián: "Olvidávaseme de suplicar a vuestra reverencia una cosa en hornazo; plega a Dios la haga. Sepa que consolando yo a fray Juan de la Cruz de la pena que tenía de verse en el Andalucía (que no puede sufrir aquella gente) antes de ahora, le dije que como Dios nos diese provincia procuraría se viniese por acá. Escríbeme que suplica a vuestra paternidad que no le confirme. Si es cosa que se puede hacer, razón es de consolarle, que harto está de padecer. Cierto, mi padre, que deseo se tomen pocas casas en Andalucía, que creo nos han de dañar a las de acá". Gracián no accede a las peticiones de la fundadora: "Para mí los recelos de Gracián "escribe Javierre" nacen sólo del temor a que fray Juan puede discutirle su puesto de privilegio en el corazón de la fundadora."

El 6 de julio de 1581, fray Juan escribe a Catalina de Jesús: "(...) Aunque no sé donde está, la quiero escribir estos renglones, confiando se los enviará nuestra madre, si no anda con ella; y, si es así que no anda, consuélese conmigo, que más desterrado estoy yo y solo por acá; que, después que me tragó aquella ballena y me vomitó en este extraño puerto, nunca más merecí verla ni a los santos de por allá..." En su estado anímico influye, además, que sufre aquí los días aciagos de la peste que recorre España en 1580: en Ávila cae enferma Teresa de Jesús y en su convento de Baeza se declara la enfermedad. Pero la noticia más triste le llega de Medina del Campo, donde muere su madre, víctima también de la terrible enfermedad.

Y desde aquí emprende esos largos, interminables viajes, a Caravaca y a Castilla. En Ávila tiene la oportunidad de encontrarse con Teresa de Jesús, cuatro años después de ser encarcelado. Aunque el encuentro llena de alegría a la fundadora, como manifiesta en una carta, hacía tiempo que su corazón estaba más cercano al padre Gracián. La fundadora y su fraile predilecto prestaban su mayor atención a Castilla y habían dejado a fray Juan y Ana de Jesús Lobera en los dominios de Andalucía. Cuando en este viaje fray Juan es nombrado prior del Convento de Los Mártires de Granada y la madre Ana de Jesús es, a su vez, designada para fundar el primer convento de las descalzas en la misma ciudad, Teresa de Jesús les prometerá acompañarlos; pero después decidirá que fray Juan viaje solo, con las monjas de la fundación, hasta Beas, donde se le unirá la madre Ana de Jesús, para proseguir el camino hasta Granada; mientras Teresa de Jesús y Jerónimo Gracián se dedicaban a la fundación de Burgos. Ésa es la última vez que fray Juan ve a la fundadora.

Hacia el reino de las nieves.  Una noche tormentosa de enero de 1582 obliga a la caravana compuesta por siete monjas y dos frailes a pedir posada en Deifontes. Entre ellos están Ana de Jesús y fray Juan de la Cruz, unidos ahora, más que nunca, en un nuevo destino. A la mañana siguiente, pueden divisar las cumbres de Sierra Nevada, su nuevo reino.

Fray Juan va destinado al convento de Los Mártires, frente a la colina de la Alhambra, fundado por el Conde de Tendilla en 1573. Pero, antes tendrá que solucionar con Ana de Jesús la fundación de las monjas en unas circunstancias adversas. Entonces aparece otra mano de mujer, Ana Mercado de Peñalosa, que les ofrecerá su casa. Otra vez dos mujeres que encenderán el fuego de la inspiración de fray Juan en Granada: Ana de Jesús, a la que le dedicará la declaración del Cántico espiritual ; y Ana de Peñalosa, para la que escribirá La llama de amor viva .

El convento de San José de las descalzas, en el que se instalan las monjas después de un tiempo de provisionalidad en la calle Elvira, está situado en el corazón de la ciudad. Frente a la colina de la Alhambra y junto al Generalife, en el inmenso horizonte que culmina en las cumbres de Sierra Nevada y sobre la vega por donde el Genil recoge las aguas que le llegan del Darro, después de pasear por las vertientes del Sacromonte y del Albaicín, a través del Paseo de los Tristes, tiene fray Juan su "palacio" en el reino de las nieves. Allí recuerda los versos de Teresa de Jesús, "que muero porque no muero", el día que se entera de su muerte y siente que aún le quedaban en Granada dos refugios de mujer.

Desde aquí, el prior invitaba a sus frailes a disfrutar de las maravillas de la naturaleza: bajaban a la ribera del Genil, subían hasta tocar la nieve y luego les aconsejaba que se perdieran para disfrutar de la soledad del paisaje. Aquellas caminatas desde El Calvario hasta Beas, la distancia que le separaba de Ana de Jesús y sus monjas predilectas, se le había acortado. Ahora le bastaba descender por la Cuesta de Gomérez para, de inmediato, depositar allí los tesoros de su creación. Fray Juan vive feliz en Granada. Su larga estancia le permite dejar una huella literaria más profunda. Construye además un claustro y un acueducto para encauzar las aguas del Generalife que llegan al convento, con la colaboración de su hermano Francisco, al que hace llamar de Castilla para que estuviera a su lado en asuntos más materiales. Del convento sólo queda parte del acueducto que conduce y vuelca aún las aguas en la alberca de nenúfares del jardín romántico del Carmen de los Mártires. Y el cedro que, según la tradición, plantó el místico para rivalizar en altura con las nieves de la sierra, que en este tiempo aún blanquean el coloso del Mulhacén. Este paraíso de las sonoridades y los sueños, no podía tener mejor rey que un poeta enamorado para terminar de esculpir su Llama de amor viva :

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras!
Y en su aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
¡cuán delicadamente me enamoras!

Por allí convocó Federico García Lorca a dos inmortales poetas, de Andalucía y Castilla, para ayudarle a extender su alfombra mágica: "La musa de Góngora y el ángel de Garcilaso han de soltar la guirnalda de laurel cuando pasa el duende de San Juan de la Cruz".

Caminos andaluces. Si para Teresa de Jesús había sido un martirio, fray Juan de la Cruz recordará Córdoba como una fiesta comparable a la del Corpus Christi. Aunque sigue viviendo en Granada, había sido nombrado provincial y como tal es el encargado de fundar el convento de frailes descalzos en 1586, en torno a la ermita de San Roque.  También los olivares de Bujalance conocen la presencia de fray Juan de la Cruz, en sus recorridos por Andalucía; y directamente cuando funda el convento de los descalzos en 1587 en la ermita del Rosario. Las carmelitas descalzas de Bujalance se quedan sin una de las joyas que guardaban de fray Juan de la Cruz: el original de los Cuatro avisos a un religioso , conocido por el Códice de Bujalance.

Por aquellos años fray Juan tiene que recorrer muchos kilómetros. Brenan calcula que en los dos años que está de provincial, fray Juan "debió recorrer más de seis mil millas, es decir, la distancia entre Granada y Calcuta". En uno de esos viajes llega a Guadalcázar, un pueblo situado cerca de Córdoba, en la vega del Guadalquivir, donde Jerónimo Gracián había fundado un convento de descalzos en 1585 y fray Juan firma las escrituras de la fundación un año después. Aquí cae enfermo, con fuerte dolor de ijada y un pulmón apostemado. Los médicos le advierten de la gravedad; pero él tiene que seguir el viaje a Córdoba, si acaso sólo unos días de reposo antes de continuar, porque, le dice al hermano Martín que le acompaña, que "no es llegada la hora de mi muerte, aunque más digan los médicos; sí padeceré mucho en esta enfermedad, pero no moriré de ella, que no está bien labrada la piedra para edificio tan santo". De su paso por Jaén, las carmelitas descalzas conservan un estuche de plata con alegorías del Cantar de los Cantares , en el que se guarda el códice B del Cántico Espiritual . La monjas de Vélez-Málaga guardan en el arca de los tesoros una calavera de miniatura de las que fray Juan de la Cruz tallaba cuando iba de El Calvario a Beas.

Último destierro y muerte. Otra vez se siente como el ciervo herido, por el mismo camino que 13 años atrás había emprendido en busca de un refugio donde esconderse tras escapar de la cárcel de Toledo. Ahora piensa que éste no sería un destierro, como pretendían sus enemigos, sino otro alto en el camino para encontrar la paz entre los montes de Sierra Morena. Había dejado Andalucía para volver a su tierra castellana, donde durante tres años fue prior del convento de Segovia. Pero, desde que muere la fundadora, tanto él como Gracián habían caído en desgracia. Y además, fray Juan se había enfrentado al general Doria en defensa de Ana de Jesús, ya priora en Madrid, y de las monjas que querían más autonomía para su gobierno; y se había convertido en defensor de Gracián, al que los nuevos rectores querían expulsar de la orden. En el nuevo capítulo general celebrado en Madrid, junio de 1591, fray Juan cesa en todos sus cargos. Primero quieren enviarlo a México, o cuando menos desterrarlo a Andalucía, con la excusa de que era un lugar próximo al puerto de Cádiz desde donde habría de embarcar con los frailes que reclutara en los conventos del Sur. Luego quieren rectificar y reponerlo en su cargo de Segovia, pero él ya sólo desea volver a Andalucía. Mientras tanto, uno de aquellos dos frailes resentidos de Sevilla, Diego Evangelista, alzado al poder como definidor, comienza el proceso acusatorio contra el primer fraile descalzo. Evangelista encabeza con furor el linchamiento que ahora, desde las filas de sus propios hermanos descalzos, va a sufrir el poeta místico.

Por este camino que fue de libertad y ahora quieren que fuese de cautiverio, fray Juan sabe que no puede volver la vista atrás, salvo para pensar en las personas más queridas, frailes y monjas, que deja en los conventos de Castilla, a Ana de Jesús, a Ana de Peñalosa, a la familia del padre Gracián, de las que se despide en Madrid, y de aquella monja que le pregunta a dónde va y él le responde que "...entre las piedras me hallo mejor que entre los hombres". También desde Madrid, en julio de 1591, escribe a la madre María de la Encarnación, del convento de Segovia: "...de lo que a mí me toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da. De lo que la tengo muy grande es de que se eche la culpa a quien no la tiene; porque estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios; y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor..."

Cuando de nuevo cruza el puente de los Cinco Ojos, sube el repecho de los mineros, bebe en la fuente de la Gallega y ve La Peñuela, hoy La Carolina, piensa que aquél no sería un destierro, sino un oasis de paz para olvidarse de las intrigas de la orden en Castilla. Ya está en La Peñuela, entre los frailes que lo veneran, y se dispone a recrear su alma en el silencio como lo había hecho al encontrar el refugio en las sierras de Segura y Cazorla, o en la contemplación de Sierra Nevada. Durante su breve estancia en La Peñuela, fray Juan trabaja en el campo, se desplaza a Linares en misiones apostólicas, y tiene tiempo para levantarse al amanecer para contemplar en silencio los abruptos parajes de Sierra Morena.

La felicidad le dura bien poco en La Peñuela. A las pocas semanas de llegar, fray Juan enferma de calenturas a causa de una inflamación en la pierna derecha. El prior del convento decide enviarlo, junto a otro enfermo, Francisco de San Hilarión, a curar a Baeza, pero él decide que sea otro su destino: "Váyase su caridad a curar "le dice al otro hermano enfermo", que yo me iré a Úbeda, porque en Baeza me conocen allí mucho, y en Úbeda no me conoce nadie". También escribe a Ana de Peñalosa, siempre en su memoria: "...Mañana voy a Úbeda a curar de unas calenturillas, que, (como ha más de ocho días que me dan cada día y no se me quitan), paréceme habré menester ayuda de medicina; pero con intento de volverme luego aquí, que, cierto, en esta santa soledad me hallo muy bien. Y así de lo que me dice que me guarde de andar con el padre fray Antonio, esté segura que de eso y de todo lo demás que pidiere cuidado me guardaré lo que pudiere".

Es ése su último día en el convento de Sierra Morena. Ana de Peñalosa le había advertido que tuviera cuidado también con el provincial, fray Antonio de Jesús Heredia, su compañero en Duruelo, que le guardaba rencor de celos por haber sido más favorecido que él por la fundadora, y podría reservarle un mal destino. Al amanecer del día 28 de septiembre, fray Juan, enfermo, a lomos de un machuelo, emprende el viaje hacia Úbeda. Le acompaña un mozo. Va dejando atrás tierra que nunca más pisará. La andadura será larga, otra vez por caminos conocidos, el castillo de Vilches en lontananza, atravesando las tierras rojas, la bifurcación de caminos, hacia la izquierda el que lleva hasta Beas por Castellar y Sorihuela, y a la derecha, hacia Úbeda, por el terreno más llano que ofrece la vega del Guadalimar. Allí junto al río, en un puente con cinco arcos romanos, que ahora se le conoce por el nombre de Ariza, los viajeros se detienen a descansar. Hace calor y el enfermo está muy debilitado. El mozo que lo acompaña le pregunta a fray Juan qué desea comer y él le contesta: "Unos espárragos, si los hubiera". El mozo, aunque parece que es tiempo prematuro para los espárragos trigueros, se va a buscarlos, vuelve y le dice que ha visto un manojo sobre una piedra. El enfermo, en vista de que el mozo no ha encontrado al dueño, le dice: "Id y tomadlos y poned una piedra donde está, y sobre ella cuatro maravedís".

Le quedan todavía tres leguas de cuesta hasta subir a la gran loma de los olivares, por una tierra que cambia del rojo al gris, hasta alcanzar la ciudad esplendorosa y encaminarse hacia el convento fundado en 1587, en la muralla de levante, desde donde se divisa Sierra Mágina y en el horizonte más lejano la blancura de Sierra Nevada. Será su último refugio.   [ Antonio Ramos Espejo ].

 

 
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