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(Del latín ars ). Virtud, disposición y habilidad para hacer alguna cosa. || 2. Acto o facultad mediante los cuales, valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido, imita o expresa lo material o lo inmaterial, y crea copiando o fantasendo. || 3.  Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien alguna cosa. Para definir el arte andaluz, si es que finalmente se admite que existe, sería preciso recurrir a las ideas de mestizaje y genialidad. Siempre que se habla de la Historia del Arte en Andalucía, junto a condicionantes de tipo ambiental, aparece como primordial valor la ubicación geoestratégica de su territorio. Andalucía, en el extremo occidental del Mediterráneo, es puente entre Europa y África y puerta atlántica de España con América. Pero también "y tal vez en parte por lo anteriormente dicho" los estudios abordan una historia a la que, sucesivamente, se le han ido añadiendo diferentes influencias foráneas.

Andalucía es una realidad histórica compleja donde se entrelazan diferentes culturas; un crisol donde el tiempo hecho historia deja la sedimentación de diferentes modos de interpretar el mundo. Se entiende por cultura la manera comunitaria de pensar y sentir de un pueblo, pero también la capacidad de éste para interpretar y cambiar su realidad circundante. Y pocos pueblos conforman más un territorio que el andaluz. Pero esta cultura, la andaluza, jamás podría ser definida  desde planteamientos endogámicos, ni como el resultado de un proceso de aluvión o la suma de múltiples influencias externas. La linealidad mecanicista con que cierta historiografía divulgativa analiza el devenir histórico del arte andaluz avala un conocimiento simplificador de un fenómeno siempre poliédrico.

Andalucía es la síntesis y el resultado en su arte, en su cultura, de un proceso continuado de aportaciones dejadas en su suelo por los distintos pueblos que la habitan: fenicios, romanos, bizantinos, musulmanes, mudéjares, germánicos. Habría que añadir además diferentes oleadas de expresiones artísticas gestadas en Europa y luego importadas y asimiladas en esta región. Pero, si por algo se caracteriza el arte andaluz no es por ser mero receptor de corrientes y tendencias ajenas, sino por saber traducir unos modelos y unos lenguajes desde la propia creatividad y genialidad que le caracteriza. Una traducción creativa, experimentalista, capaz de recrear y aún de mejorar la obra original, consciente "en muchos casos" de que el resultado creativo constituye una obra nueva y diferenciada, singular y propia, frente a un concepto mimético y riguroso de fidelidad a las fuentes, de subordinación al pensamiento matriz.

La síntesis andaluza. Andalucía no ha sido creadora de ningún estilo internacional. Los romanos aportan un sedimento clásico incuestionable, unos códigos lingüísticos imperecederos, un poso de civilitas  patrimonial omnipresente. Al-Ándalus, por su parte, plasma en esta tierra las más prestigiosas e importantes creaciones del arte islámico y tantas otras cosas que forman parte de las más visibles señas de identidad andaluzas. Pero ni tan siquiera el estilo mudéjar, con tener un amplio componente andaluz y una innegable proyección latinoamericana, es un estilo propio de Andalucía, pues también existe un mudéjar aragonés o castellano. Sin embargo, los andaluces saben extraer de este legado histórico, aparentemente contradictorio, una síntesis que sucesivamente se va configurando como un común denominador en los siglos de su posterior existencia como realidad histórica. Porque, ¿desde cuando se puede hablar de Andalucía? Éste, como otros interrogantes, condiciona obviamente cualquier planteamiento epistemológico bien fundado. Pero, aunque durante los primeros siglos  tal vez no se pueda hablar con propiedad de una Historia del Arte Andaluz, sí que sería preciso referirse a una Historia del Arte en Andalucía. Y ésta, desde luego, es de lo más fecundo.

Andalucía es sede de las más antiguas ciudades fundadas en la Península Ibérica. Antes, la presencia de restos neolíticos en poblados como Los Millares marcan una pauta evolutiva en la historia de la civilización de la Europa occidental. Gades  (Cádiz), para muchos la ciudad más antigua de Occidente, es fundada por los fenicios en el primer milenio antes de Cristo. Fruto de esta civilización son los espléndidos sarcófagos antropomórficos, no exentos de influencias arcaizantes griegas, que alberga el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Muy próximo a estas influencias fenicias es el mítico y platónico reino de Tartessos, un estado floreciente y aún poco conocido, cuyo mejor exponente artístico es el conjunto de piezas de orfebrería conocido como Tesoro del Carambolo (siglo VI. a.C.).

Siempre en conexión con estas culturas surgiría una primera denominación de los pueblos peninsulares: Iberia, y con ella la cultura y el arte de los íberos, desarrollada en buena parte del actual territorio español entre los siglos VI y I a.C. No se puede ignorar que uno de los asentamientos más importantes de este pueblo, siempre abierto a influencias mediterráneas, se encontraba en el suroeste español y, de un modo muy particular, en las provincias de Jaén y Granada, tal como han puesto de manifiesto importantes hallazgos arqueológicos, como los de Baza (Granada) o Cerrillo Blanco (Porcuna, Jaén). La romanización alcanza en Andalucía tintes de naturaleza. No se puede entender Andalucía sin el análisis riguroso de su pasado romano, de su latinidad. Una latinidad que modelaría, aún más, su profundo carácter de pueblo mediterráneo.

La aportación de Roma.  Roma funda en Andalucía ciudades como Híspalis, Itálica, Córdoba, Málaga, Carmo, Cástulo, Iliberis y tantas otras. Impone su urbanismo, establece una extraordinaria red de obras públicas y comunicaciones, construye templos, teatros, anfiteatros, basílicas, termas, monumentos conmemorativos. Roma urbaniza un territorio que antes era exclusivamente rural. Roma implanta unos códigos estéticos, unos lenguajes plásticos y arquitectónicos, formulados en cánones clasicistas imperecederos. Roma aporta una nueva estatuaria "como se puede apreciar en el Museo Arqueológico de Sevilla" y, de un modo muy especial, su género más querido: el retrato. También el mosaico y el relieve histórico son aportaciones romanas. Pero, sobre todo, Roma deja en estos pagos un poso de clasicismo que, como una trasparencia en pintura, siempre emerge en cualquier otra manifestación artística posterior por muy dispar que pueda parecer.

Tras el desmoronamiento del estado romano, el arte paleocristiano donaría la herencia de obras tan impresionantes como el sarcófago de Berja del Museo Arqueológico Nacional o el sarcófago de Martos (Museo Provincial de Jaén). No en vano, los primeros focos cristianos se van a desarrollar en el sureste de la península. El mundo germánico, a través de la cultura visigoda, deja muestras de su inequívoco esplendor en Andalucía en tantos restos arquitectónicos y escultóricos, así como en su orfebrería, como evidencia las piezas del tesoro de Torredonjimeno, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

Sin embargo, el segundo gran aporte civilizador "junto a la mencionada Roma" en tierras andaluzas se produciría a partir del año 711 con la invasión islámica y la derrota del último monarca visigodo. Nace al-Ándalus. La Península Ibérica sería dominada en su integridad por los musulmanes, exceptuando una pequeña franja norteña dotada de escaso interés estratégico que permanecería en manos de una resistencia vernácula. Pero en ningún territorio hispano la presencia de esta civilización es tan dilatada como en Andalucía, pues el reino nazarí de Granada permanecería bajo la Media Luna hasta 1492. Por tanto, en Andalucía "y sólo en Andalucía" la cultura árabe se va a manifestar en todas sus modalidades étnicas y cronológicas, pasando del arte califal, al arte de taifas, almorávide, almohade y, finalmente, nazarí, para dejar como precioso legado la proyección prolongada en el tiempo de un estilo tradicional: el mudéjar.

El califato.  El califato de Córdoba hace de su capital la ciudad más populosa, rica y culta de todo el Occidente medieval. La mezquita de Córdoba, construida entre los siglos VIII y XI por cinco generaciones de califas, es la expresión más hermosa de toda la arquitectura árabe universal. Pero no se debe ignorar que sus cimientos se hunden sobre los restos de un templo romano, convertido más tarde en iglesia cristiana. De hecho, en su primera fase, son reutilizados elementos procedentes del templo y otros edificios romanos, fundamentalmente columnas y capiteles.

La mezquita de Córdoba, como un eslabon más de la cadena creativa, al tiempo que asume ingredientes de tradición hispano-romana, sabe establecer tipológías y morfologías que se harán extensivas no sólo al arte islámico, sino al propio arte cristiano peninsular, en obras tan emblemáticas como la propia catedral románica de Santiago de Compostela.

El califato cordobés funda ciudades como Almería, alcazabas como la de Baños de la Encina, palacios como Medina Azahara, toda una ciudad-palacio construida por Abderrahmán III, luego destruida por la intolerancia berebere. Los Reinos de Taifas, a partir de 1030, dejarían la huella de sus fortificaciones, como las alcazabas de Almería, Málaga y Granada, ciudad donde aún se conserva en muy buen estado el llamado Bañuelo.

El imperio almohade, tras la conquista de Fez, se instaura en España en 1153. Su capital será Sevilla, cuyo nuevo recinto fortificado creado por ellos constituye una de la identidades más prestigiosas de la ciudad. Su Torre del Oro "antigua torre albarrana", su Alcázar, su Mezquita Mayor, hablan de las excelencias constructivas de este pueblo norteafricano. Y la Giralda, el primitivo minarete de la gran mezquita, con sus paños de sebka , sus arcos polilobulados y mixtilíneos, su decoración de lacería. La Giralda es un icono de la ciudad. Pero la Giralda, tal como se puede contemplar en la actualidad, tras la incorporación del cuerpo renacentista de campanas por Hernán Ruiz II, es mucho más: es toda una perfecta metáfora visual de un arte que comprende el mestizaje como pocos en el mundo. Un arte, una arquitectura, que de la versatilidad ha hecho belleza atemporal, armonía clarividente, hibridación magistral.

Más al Oriente, los reyes de la dinastía nazarí consolidarían, a partir de 1238, lo que antes había sido un antiguo reino de taifa previo a la invasión almohade, convirtiéndolo en el último y poderoso baluarte del Islam en la Península: Granada. La vitalidad mostrada por este asombroso epígono de la presencia musulmana en España y, de un modo más específico, en Andalucía, es tan impresionante como fecunda. Sería esta dinastía nazarí la que, a principios del siglo XIV, decidiera la construcción de una ciudad palatina en la colina situada al otro lado del cauce del río Darro. Así nacerían los conjuntos de la Alhambra y el Generalife, residencia veraniega de los monarcas. Pero no serían éstas las únicas edificaciones nazaritas, pues consta la existencia de otras construcciones, como el llamado Corral del Carbón, un maristán u hospicio que sobrevive hasta entrado el siglo XIX y la madraza o escuela coránica, entre otras.

Sin embargo, es la Alhambra la obra más emblématica de este arte nazarí o granadino. Sus fortificaciones, su ordenación en palacios o cuartos "Comares construido por Yusuf I entre 1333 y 1354, con su impronta oficial, o el de los Leones, mandado edificar por el hijo y sucesor de Yusuf, Mohamed V, con su carácter privado y un sentido ornamental más agudizado", su perfecta adaptación orográfica y su espléndida naturaleza hacen de este conjunto de edificaciones un lugar inolvidable y mágico, que tanto contribuiría, siglos más tarde, a la formación y consolidación del mito y la imagen romántica de Andalucía entre los viajeros europeos.

El gótico.  En el siglo XIII los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla son incorporados a la corona de Castilla. En estas tierras del Valle del Guadalquivir triunfa el estilo arquitectónico más internacional de todo Occidente: el Gótico. Los canónigos de Sevilla deciden levantar en 1401 la catedral de mayores proporciones de la arquitectura cristiana, tras la Basílica de San Pedro del Vaticano y la catedral londinense de San Pablo. La catedral de Sevilla es un edificio gótico que asienta sus cimientos sobre la sala de oraciones de la mezquita almohade, cuya antigua disposición rectangular iba a condicionar, de nuevo, el trazado en planta del nuevo templo: un gran espacio de salón, con cinco naves, cabecera plana, crucero alineado y capillas laterales entre los contrafuertes. Las formas constructivas almohades, cada vez con más frecuencia, se fusionan con el arco ojival y la bóveda de crucería gótica, dando como resultado un mestizaje estilístico que se da en llamar arquitectura gótico-mudejar.

En efecto, a partir de la segunda mitad del siglo XIII, las ciudades andaluzas del Valle del Guadalquivir asisten a la aparición de un modelo de templo parroquial, donde resulta difícil deslindar las transferencias de formas islámicas al arte cristiano y distinguir las nuevas fronteras de estos préstamos estilísticos.Y no se trata sólo de elementos ornamentales, frisos de mocárabes, muros de sebka, azulejería,

ni tampoco de empleo de materiales como el ladrillo, la yesería, o las armaduras  con estructura de par y nudillo y decoración de lazo y alfardas, sino de conceptos espaciales tan enrraizados como la prevalencia de la portada sur en estas "y otras posteriores" iglesias, cual reminiscencia del antiguo acceso a la mezquita. Surgen, de este modo, auténticos "invariantes y castizos" en la arquitectura andaluza que habrían de perdurar durante siglos. Por lo demás, son alarifes enviados por el monarca granadino quienes trabajan al servicio del rey don Pedro I en su ambiciosa empresa edilicia del Alcázar hispalense.

1492 marca el final del postrero bastión islámico de la Península y el inicio simbólico de tantas otras cosas. Es a partir de ahora cuando se puede comenzar a hablar de Andalucía. Una Andalucía  donde, a los tres reinos béticos, Jaén, Córdoba y Sevilla, se añade un cuarto y último, Granada. Y es esta misma Andalucía la que se abre a un nuevo horizonte atlántico, la nueva frontera americana, a través de un único puerto y puerta de Indias: Sevilla.

El siglo XVI trae, desde Italia, los nuevos aires del Renacimiento. Y Andalucía, desde la persistencia de su pasado mudéjar y medieval, se convierte en el gran laboratorio experimentalista de una nueva arquitectura donde se funden corrientes italianas, flamencas y francesas.

Renacimiento.  Figuras como Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira y Hernán Ruiz II van a convertir los nuevos lenguajes foráneos en un nuevo estilo diferenciado y autóctono, cuya identidad reside en la conciencia específica de una arquitectura que se sabe a sí misma singular.

Luego, cuando Juan de Herrera haya implantado en la Meseta un modelo hegemónico arquitectónico, el escurialense, tan rígido como oficialista, será de nuevo "el italianizado sur" quien continúe ofreciendo nuevas alternativas de experimentación lingüística, a través de la obra de arquitectos como Francisco del Castillo o Asensio de Maeda.

Las artes plásticas, en este siglo, desde la superación de antiguos y perseverantes lenguajes goticistas, se abren camino a las nuevas formulaciones clasicistas de la mano de dos grandes focos de influencia: Flandes e Italia. Andalucía se convierte en una nueva tierra de promisión para autores extranjeros como Michel Perrín, Felipe Vigarny, Alejo Fernández, Pedro de Campaña, Jacobo Florentino, Hernando de Esturmio, Julio de Aquiles, Pietro Torrigiano, Pedro de Raxis, Angelino Medoro, Mateo Pérez de Alesio y tantos otros. A Italia viajan artistas andaluces como Pedro de Machuca o Luis de Vargas. El nuevo léxico, cada vez más florentino y romano, se impone en la medida que avanza la centuria, como si de un reencuetro se tratara con la mitificada y pretérita latinidad de estas tierras.

Mas tampoco podemos hablar de mera subordinación periférica y mimética a los modelos transalpinos en la pintura y escultura del quinientos. Ya hemos hablado de la importante influencia de otros centro de creación artística como Flandes. Y, desde luego, nunca podríamos dejar a un lado determinadas corrientes autóctonas, claramente enraizadas en el tejido social y cultural andaluz, que oscilarían entre el uso de iconografías propias, fuentes, técnicas predilectas "es el caso de la escultura en madera polícroma" o tipologías específicas (retablos, sillerías de coro).

Barroco.  Dice el profesor Domínguez Ortiz que sólo a partir de la Edad Moderna, se puede hablar de una identidad cultural andaluza. Pero esta identidad, cuando se muestra con mayor clarividencia y esplendor, es en el siglo XVII. Nuevamente, mientras en Castilla la arquitectura sigue los pasos de los modelos rigoristas fijados por Herrera y redefinidos por Gómez de Mora, Andalucía vuelve a ser  ámbito expansivo y genial de unas propuestas arquitectónicas que no encuentran limites en su creatividad experimental. Alonso Cano, Leonardo de Figueroa, Hurtado Izquierdo o Vicente Acero hacen de la arquitectura vehículo de expresión barroca tan rupturista como fértil en la invención de nuevas y audaces alternativas lexicográficas y espaciales.

Mayor grado de identidad y grandeza se encuentra en las artes plásticas del Barroco andaluz. En escultura, la escuela andaluza, desdoblada en dos grandes centros productivos como Sevilla y Granada, alcanza una singularidad, una especificidad estilística, frente a la escuela castellana, cuyas claves estéticas tal vez habría que buscarlas en los veneros clasicistas que nunca dejan de discurrir por el cauce oculto de su historia. Aquí, frente al realismo dramático de un escultor castellano como Gregorio Fernández, vemos reaparecer la belleza sincera, pero también un tanto clásica, de Juan Martínez Montañés, verdadero creador de la escuela andaluza.

Martinez Montañés nace en Jaén, se forma en Granada con el imaginero Pablo de Rojas "descendiente de los Raxis, artistas sardos afincados en Andalucía", y establece su taller en Sevilla, repartiendo sus obras por otras provincias andaluzas. Tras su estela  vendrían otros imagineros como Juan de Mesa, Pedro Roldán o Ruiz Gijón. Y junto a ellos, compartiendo estéticas y formación, los granadinos Alonso Cano, Pedro de Mena o José de Mora. Pero, sin duda alguna, sería la escuela andaluza de pintura la que alcanzaría, a lo largo del siglo XVII, las más altas cotas de prestigio y universalidad.

En las primeras décadas del siglo coinciden en el taller del pintor sevillano Francisco Pacheco "auténtica "cárcel dorada de la cultura", en palabras de Palomino" dos jóvenes aprendices. Éstos son Diego Velázquez y Alonso Cano. El primero nace en Sevilla; el segundo, en Granada, aunque muy niño se traslada con su padre, el entallador Miguel Cano, a la capital andaluza. En estos años juveniles, ambos pintores coinciden con otro joven artista, esta vez de origen extremeño, Francisco de Zurbarán. Todos tienen la misma edad; en cualquier caso, la diferencia es de uno o dos años. Mientras tanto, en la ciudad, triunfan las pinturas de Francisco Pacheco, Juan de las Roelas, Herrera el Viejo, al tiempo que aparecen en el panorama pictórico otros maestros de menor fortuna crítica como Juan de Uceda, Francisco Varela, Pablo Legot o Juan del Castillo. Por su parte, en Granada, el pintor cartujo Sánchez Cotán, deja sus mejores obras desde los primeros años de la centuria.

A la generación de los grandes maestros sucede una segunda generación de pintores tan excepcionales como Juan de Valdés Leal, Francisco de Herrera el Joven, Bartolomé Esteban Murillo, el cordobés Antonio del Castillo o el granadino Juan de Sevilla. Todos ellos, y otros muchos, completan la más prodigiosa nómina de pintores de la Historia de España, engrandeciendo una escuela, la andaluza, sólo comparable con la madrileña, sede de la Corte.

Con el cambio dinástico y el advenimiento de los Borbones, la arquitectura barroca andaluza se contiene gracias a la labor de los ingenieros militares, en tanto que la pintura, sobre todo en Sevilla, continúa la huella de Murillo, sin poder negar las nuevas influencias europeas traídas por la nueva dinastía reinante.

Felipe V establece su corte en Sevilla durante cinco años (1729-1733). Su esposa, Isabel de Farnesio, es una ferviente coleccionista de la obra de Murillo. El pintor Domingo Martínez es un digno epígono del maestro, aunque en su obra se puedan advertir los nuevos influjos de Ranc y los modelos napolitanos. Por estos años también tiene lugar a la aparición de obras de extraordinario barroquismo, como la fachada del colegio de San Telmo, de Leonardo y Antonio de Figueroa, el portentoso retablo mayor de San Luis de los Franceses de Pedro Duque Cornejo o las excepcionales creacciones del orfebre Juan Laureano de Pina.

Pero la renovación artística propiciada por los Borbones es de poco calado. Andalucía se siente barroca y hace de este estilo un vehículo de expresión a su medida. Andalucía vive su propia decadencia sumida en el sopor de sus propios recuerdos, aferrándose a unos modelos y unas formas que en Europa ya hace tiempo que dejan de tener vigencia. Pero es justamente la persistencia de estos lenguajes barrocos la que "de un modo u otro" configura con enorme potencia la imagen de las ciudades, la sensibilidad, las costumbres más ancestrales andaluzas y su proyección al exterior.

Romanticismo.  Y esta proyección vendría un siglo más tarde con la eclosión en Europa del Romanticismo. A partir de la Guerra de Independencia, donde dos ejércitos extranjeros, el francés y el británico, atraviesan las tierras andaluzas, sin olvidarse, por otra parte, de expoliarlas, Europa descubre Andalucía. Nace el mito y la realidad de una tierra de leyenda, donde el espíritu romántico encuentra todo un universo de valores y experiencias definitivamente sepultadas en la Europa  que inicia su revolución industrial.

Decenas de pintores visitan pueblos, ciudades y parajes naturales, recogiendo en sus lienzos la esencia de una ilusión. Por su parte, los pintores andaluces muy pronto suben al ferrocarril de vía estrecha, aunque siempre agradable y pintoresca, de la pintura de género y paisajes de talante y espíritu romántico, renovando por completo los viejos credos barrocos y los exiguos postulados neoclásicos que, hasta el momento, habían convivido en el panorama pictórico andaluz. Esquivel, González de la Vega, Joaquín Domínguez Bécquer, Valeriano Bécquer, José Elbo, Cabral Bejarano, Andrés Cortes, Rodríguez de Guzmán y otros llenan los salones de la nueva burguesía con sus lienzos costumbristas y amables.

Andalucía parece haber consolidado su propia iconicidad y se siente cómoda dentro de ella, exhibiendo una imagen que, metónimicamente, se convierte en la de toda España fuera de nuestras fronteras. Pero esa iconicidad, ese traje cortado a la medida por la expertas tijeras del tiempo, es la suma de un proceso histórico denso y dilatado, como si de una estratigrafía arqueológica se tratara, de un gigantesco palimpsesto, donde muchos y muy variados dejan sus huellas.

La pintura del siglo XIX andaluza continuaría caminando por la senda del costumbrismo, con maestros como Jiménez Aranda, Villegas, García Ramos, Gonzalo Bilbao. Se trata de un costumbrismo naturalista "no exento en ciertos casos de elementos simbolistas" que incluso enlazaría con el nuevo siglo a través de la obra de Hidalgo de Caviades, López Mezquita, José María Rodríguez Acosta, Muñoz Degrain, Gómez Moreno, Joaquín Turina, Isidoro Marín, Rodríguez de la Torre, o los paisajistas Arpa Perea y Emilio Sánchez Perrier. Es un costumbrismo que, en algunos casos, conecta directamente con planteamientos regionalistas, como sucede con la polisémica figura de Julio Romero de Torres, o protovanguardistas, como Gustavo Bacarisas. Similares planteamiento regionalistas y eclécticos son adoptados en la arquitectura erigida con motivo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, celebrada en 1929, cuyo principal e indiscutible protagonista es al arquitecto Aníbal González.[ Antonio Moreno Martín ].

 

 
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