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ALBAICÍN

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Barrio de Granada, ubicado entre el río Da­rro y el Cerro de San Miguel, de gran extensión, belleza, ori­gi­na­li­dad urbanística y numerosos atractivos monumentales que man­­tiene siempre claras diferencias con el resto de la ciudad. De­clarado por la Unesco Patrimonio de la Hu­manidad en 1984, atraviesa en su larga historia muy distintas etapas en las que desempeña heterogéneas funciones, desde imponente alcazaba a barrio obrero y hoy apreciada zona residencial.

Un origen controvertido. Diversos asentamientos hu­ma­nos buscan desde la prehistoria disfrutar de la Vega de Gra­­nada. Entre los cerros que la dominan destaca por su ubi­cación el del Albaicín, a cuyos pies pasa el río Darro y que además se ubica junto a una encrucijada de caminos que as­cienden hacia la altiplanicie de Guadix-Baza. A partir de la primera mitad del siglo VII a.C. se puede documentar un importante núcleo protoibérico que evolucionaría hasta convertirse en un importante centro ibero con medio millar de habitantes. Esta población se quiere identificar con el núcleo urbano que las fuentes romanas citan como Iliberri . Contaba con una muralla de carácter ciclópeo al amparo de la cual habría numerosas chozas de forma circular u ovalada, que con el tiempo son sustituidas por casas de planta cuadrada y compartimentos en su interior. Este núcleo urbano debe caer en poder de los romanos en la campaña por la que someten la Bastetania (180-179 a.C.). Surge aquí el enconado debate en la historiografía sobre la importancia que tiene este lugar bajo dominación romana. Mientras unos historiadores defienden que aquí está el Municipium Flo­ren­ti­num Iliberritanum , otros lo dudan. El hecho de que los des­­cubrimientos arqueológicos más importantes se realizaran a mediados del siglo XVIII y se mezclaran con falsos h­a­­­llaz­gos, que trataban de reforzar las supercherías del Sa­cro­mon­te, arroja cierta confusión sobre esta oscura eta­pa. Los res­tos arqueológicos más importantes que se localizan en­ton­ces son los de una plaza enlosada que se interpreta como un foro. En fechas más recientes se hallan en solares del Al­bai­cín construcciones industriales, como una fábrica de vino y un alfar, pero no se localizan restos de otros edificios siempre presentes en las ciudades romanas, como los templos o el teatro; ni siquiera contamos con excavaciones completas de casas. El acontecimiento más destacado que se asocia con la Iliberri romana es la celebración en el año 302 de un importante concilio al que asistieron obispos y presbíteros de to­da Hispania. Los testimonios escritos se muestran muy confusos sobre la historia de Ili­berri durante la crisis del im­pe­rio romano, el largo rei­­nado visigodo y la invasión mu­sul­ma­­na. Los restos ar­queo­lógicos son, además, de una gran po­­breza. Lo que sí sabemos con certeza es que el emirato de Córdoba funda a las faldas de la Sierra de Elvira una nueva ciudad, Medina Elvira, nombre que es corrupción de Ili­be­rri. A este respecto hay dos explicaciones antagónicas: unos historiadores piensan que los habitantes que pueblan la colina del Al­baicín se trasladan al nuevo emplazamiento, menos abrup­to, y se llevan consigo el nombre de su ciudad; otros creen que la ciudad romana se localiza siempre en las faldas de la Sierra de Elvira y que el núcleo urbano del Al­baicín no llega a alcanzar la categoría de ciudad en tiempos romanos. Sólo la arqueología terminará por resolver esta cuestión.

El Albaicín musulmán.  Las guerras civiles que provocan la desintegración del califato de Córdoba (1009-1031) tuvieron consecuencias decisivas para medina El­vira, que es saqueada e incendiada. Dado que su ubicación ca­si en llano la hace demasiado vulnerable en aquellos tiem­­pos de gran inestabilidad, la mayoría de los habitantes de­cide evacuarla y mudarse a la colina del Albaicín, que reúne condiciones óptimas para la defensa. El traslado está pro­movido por una dinastía que funda un reino taifa en estas tierras penibéticas, los ziríes. Era una familia de origen beréber llegada al calor de las guerras civiles y que elige el Albaicín para edificar una gran alcazaba que sirviera de centro político a su reino. La ciudad que se configura en torno a esa imponente fortificación se llama medina Gar­­nata, o sea, Granada en castellano. La población de Gra­­­nada crece ocupando las laderas de la colina del Al­bai­cín y extendiéndose por el llano.

La obra más importante acometida por los ziríes es la Alcazaba Cadima, edificada en varias etapas hasta dar lugar a una imponente fortaleza que protege toda la parte alta de la colina del Albaicín. De ella se conserva todo el costado norte y quedan sólo algunas torres y lienzos aislados del resto. Su trazado sigue en parte el de las antiguas murallas iberas, aunque la técnica constructiva es muy diferente. Las torres se ci­mientan con piedra y se elevan en fuerte tapial; la mayoría son cuadradas y algunas semicirculares. En las murallas se abrían sólidas puertas, la más antigua (de Hernán Román) con paso recto, y las posteriores, como la de Monaita, con pa­so en recodo. Pero las obras de fortificación ziríes no se limitan en el Albaicín a la Alcazaba Cadima. Desde la puerta de Mo­naita descendía un lienzo de muralla hasta la puerta de El­vira, desde donde partía el lienzo que abrazaba la ciudad baja. Otra muralla descendía desde la Alcazaba hasta el río para cerrar el valle del Darro. Esta muralla o coracha , que todavía se con­serva en parte, salvaba el Darro mediante el llamado puen­te de los Tableros, interesante obra que hacía las veces de puerta al bloquear el acceso por el lecho fluvial. Constaba este puente-puerta de un gran arco de herradura apo­yado en dos to­rres, una de las cuales se conserva. Una es­calera interior per­mitía a los soldados bajar al río para abastecerse de agua en caso de asedio. Para que esta operación fuera segura, el puente-puerta contaba con dos rastrillos si­tua­dos a ambos la­dos de la puerta. Según testimonios, uno era el típico rastrillo de hierro, mientras que el otro era una compuerta de madera que permitía estancar el agua del río para luego liberarla formando una gran ola que limpiaba el tramo urbano del Darro.

De la arquitectura religiosa de los ziríes en el Al­bai­cín nos llega el alminar de San José, único resto de la llamada mezquita de los Morabitos, que está construido con si­llares de piedra y cuenta con un gracioso arco de he­rra­du­ra para iluminar el hueco de la escalera. Otro edificio im­por­tante son los baños conocidos como el Bañuelo, que cons­tituyen un excepcional representante de la tipología ro­mana adaptada por los árabes. Está construido con una ex­traordinaria robustez en sus muros y bóvedas, mientras que la decoración es austera, pues se limita a las diferentes fi­guras de las claraboyas (estrellas y polígonos), las desiguales columnas de acarreo (romanas, visigodas, emirales y califales) y las sencillas pinturas al fresco con motivos vegetales y arquitectónicos de los muros. El agua en todas sus manifestaciones es una de las preocupaciones de los ingenieros ziríes. Para abastecer a la ciudad construyen largas acequias cuyo uso trascienden ampliamente la propia época islámica. Es el caso de la acequia de Aynadamar, que tomaba el agua de la fuente Grande de Alfacar y tras un largo recorrido repartía su caudal por la Alcazaba Cadima. Ésta se almacenaba en los numerosos aljibes que se construyen en esta época (del Rey, de Tomasas, de San José), los cuales eran complemento a mezquitas y no una red de abastecimiento planificada por una autoridad municipal que en realidad no existía al modo moderno. Los aljibes eran de naves abovedas realizadas en ladrillo y una puerta de acceso con arco de herradura.

Si la arquitectura zirí se caracteriza en general por la solidez y austeridad, con pocas concesiones a la ornamentación, hay una excepción que hoy conocemos sólo por testimonios escritos. Se trata del palacio del Gallo, residencia del rey Badis, situada en la parte noroccidental de la Alcazaba Cadima. El palacio recibe el nombre por una torre en la que había una veleta que representaba un guerrero al que los moriscos llamaban el Gallo del Viento porque el perfil de la figura recordaba a esta ave. Según las descripciones era un edificio ricamente decorado, en buena medida con elementos de acarreo procedentes de Córdoba, y dotado de su propia mezquita. Bajo la dominación de los almorávides y los almohades continúa ampliándose la urbanización de la colina del Albaicín y se refuerzan aún más sus fortificaciones. La población mozárabe que parece existe en su periferia desaparece, pero llegan nuevos contingentes de pobladores, en especial bereberes. Así aparece un arrabal en torno a plaza Larga, al norte de la Alcazaba Cadima, y para facilitar la comunicación se abre la puerta de las Pesas. Es probable que en este período se cercara el barrio de los Axares, situado en la ribera derecha del Darro y hoy parte integrante del bajo Albaicín. En este barrio se construye la mezquita de los Conversos, cuyo alminar se conserva como campanario de la iglesia de San Juan de los Reyes, junto a la calle del mismo nombre que servía de eje al arrabal; no está claro si la torre se edifica bajo el dominio almohade o en los primeros tiempos de la dinastía nazarí, como piensa la mayoría de los autores a tenor de su evolucionada decoración de arquillos ciegos, paños de sebka y motivos entrelazados.

Durante el reino nazarí (1232-1492) el conjunto de barrios que conforman el actual Albaicín pierde relevancia frente a la Alhambra y la ciudad del llano, excepto los Axares, en la ribera del Darro, donde se construyen casas notables como la de Zafra. Es en tiempos de la dominación nazarí cuando surge otro arrabal al este y al norte de la Alcazaba Cadima llamado Albaicín, nombre derivado al parecer del origen de sus pobladores, que procedían de Ba­za. La Alcazaba Cadima pierde su función política, ad­mi­nistrativa y militar, y queda como una fortaleza de se­gun­do orden dentro de la ciudad. La colina del Albaicín que­dará además protegida por una muralla que se conoce como cerca de don Gonzalo, nombre de uno de los prisioneros cristianos que se dice trabaja en su construcción. El centro espiritual del barrio lo constituía una hermosa mezquita, hoy iglesia del Salvador, de la que sólo queda el patio con ar­cos de herradura. Obra excepcional en la arquitectura pú­blica fue el Maristán, construido entre 1365 y 1367 con el objeto de albergar enfermos pobres en unos tiempos en que el Reino de Granada era azotado por la peste.

De gueto morisco a barrio obrero. Tras la conquista de la ciudad por los cristianos los pobladores del Albaicín se convierten en mudéjares, estatus que dura poco, pues pro­tagonizan varias rebeliones, en las que son muy activos los albaicineros. Esto sirve de excusa a los castellanos para bau­tizarlos por la fuerza (1501), lo que los convierte en mo­­riscos, o sea, cristianos nuevos que practican su antigua re­ligión de manera clandestina y seguían apegados a sus cos­tumbres. Desde la conquista hasta 1569 el Albaicín se con­vierte en un gueto en el que estaba obligada a residir to­da la población morisca de la ciudad y cuyas principales puer­tas de acceso eran custodiadas permanentemente por soldados. La cristianización forzada del barrio se traduce en la erección de varias parroquias, algunos conventos, cruces y capillas. Las parroquias se edifican todas en los solares de antiguas mezquitas y en estilo mudéjar, con influencias góticas o renacentistas según la fecha; puede citarse la de San Bartolomé por la belleza de su torre o la de San José por la calidad de las armaduras de madera con que se cubre. Las fundaciones conventuales son menos numerosas que en el centro, pero ello no impide la aparición de conventos con iglesias góticas y mudéjares con grandes claustros renacentistas como los de Santa Isabel la Real y la Victoria. De las muchas cruces que sacralizan plazas y rincones del Albaicín pueden mencionarse las de la Rauda y pla­za de San Miguel Bajo, que se alejan con sus figuras de la austera traza de las restantes. Cansados de sufrir todo ti­po de humillaciones hacia su cultura y de pagar impuestos one­rosos, los moriscos organizan una sublevación en las Al­pu­­jarras (1568-1570) a la que los habitantes del Al­bai­cín de­cidieron no sumarse en el último momento. Esto no les li­bra de la represión y la numerosa comunidad morisca del Albaicín (más de 16.000 personas) es expulsada de su ba­rrio, que de ser uno de los más populosos de la ciudad pasa a un desolador abandono y pronto a la ruina de mu­chas de sus casas. Los castellanos ponen en marcha un proceso re­po­blador que nunca llega a compensar la sangría demográfica sufrida. El Albaicín quedaría durante el resto de la Edad Moderna como un barrio poco poblado, cuyos habitantes eran jornaleros en su mayoría. Algunas parroquias se suprimen y no se fundan muchos conventos (Agus­ti­nos Descalzos o Tomasas).

En los albores de la Edad Contemporánea el Al­bai­cín era un barrio con una población escasa cuyo perfil laboral era el de artesanos y, sobre todo, jornaleros. Una parte importante de su solar, particularmente en las laderas, es­ta­ba ocupado por casas con huerto y terrenos yermos o cultivados que le daban un aspecto marcadamente semirrural; es más, por sus calles había cabras, animales de corral y bu­rros o mulas que acentuaban una fisonomía que cualquier ciu­dadano de una moderna ciudad asociaría más con un pueblo de montaña que con el barrio de una urbe. En buena medida era así, porque el Albaicín tenía sus mercados, tiendas y templos, sus plazas y calles animadas, y sus plazuelas tranquilas. Los granadinos de la parte baja de la ciudad subían sorprendentemente poco al barrio y los propios viajeros que se acercaban a la ciudad no le hacían de­ma­siado ca­so: era pobre, su arquitectura era de apariencia sencilla sal­vo en la parte próxima al Darro, estaba sucio y to­do lo que se podía encontrar en él resultaba atrasado o ru­do.

Los ayuntamientos liberales "progresistas o conservadores" que gobiernan la ciudad desde la revolución de 1835 desarrollan en Granada una política marcadamente cla­sista, y el barrio del Albaicín, como otros barrios pobres de Granada, es discriminado. Las obras acometidas se centran en el centro urbano y en los barrios acomodados del llano, mientras el Albaicín parecía anclado en el tiempo, con sus calles empedradas con guijarros y sus aljibes musulmanes. Sus viviendas tampoco son objeto de una renovación tan intensa porque la renta que podía obtenerse de los al­qui­leres era muy modesta, de manera que incluso las antiguas casas señoriales acaban convertidas en corrales de ve­cinos. Pero las obras acometidas en el centro urbano tu­vieran repercusiones indirectas sobre el barrio de una gran trascendencia. La política de los munícipes liberales recelaba de la expansión de la ciudad porque ganar nuevos solares devaluaba los existentes y perjudicaban a los rentistas; aun­que la población de Granada crecía, su poder adquisitivo era muy bajo. Por eso el Ayuntamiento apuesta durante muchos decenios por el llamado "ensanche interior", o sea, por ampliar las calles a costa de derribar edificios antiguos y sustituirlos por otros más modernos y altos; de esta manera el caserío y el viario urbano se mejoraba sin que el número de viviendas aumentara y sufriera una devaluación. Con semejante política es fácil imaginar que las condiciones de habitación que sufrían unas clases populares en ascenso nu­mé­rico sólo podían degradarse. La apertura de nuevas ca­lles en los barrios céntricos implicaba la desaparición de las casas habitadas por familias modestas que, es fácil imaginar, no podían adquirir las modernas y costosas viviendas que las sustituían. Mientras la burguesía remodelaba el cen­­­­tro a su gusto y se instalaba en él, a sus antiguos mo­ra­do­res no le quedaba otro remedio que mudarse a los barrios pe­riféricos más pobres. La apertura de la Gran Vía (1895-1905) obliga a numerosas familias a establecerse en el Al­bai­cín. En los propios aledaños del barrio, la colina de San Cris­tóbal y las laderas del Sacromonte, proliferan las cuevas en las que en condiciones infrahumanas se hacinan fa­mi­lias, emigrantes tanto gitanos como payos que proceden de pueblos de la provincia, que no encuentran vivienda o ni si­quiera tienen para pagar un mínimo alquiler.

Por otra parte, si antaño el Albaicín se unía armónicamente con la ciudad baja o medina, que compartía con él la estrechez de calles y la propia fisonomía de la arquitectura, ahora se ve completamente segregado de ella. La Gran Vía divide drásticamente ambos espacios; sus modernos y altos edificios están construidos a semejanza de los de cualquier ciu­dad europea y nada tienen que ver con la arquitectura tradicional granadina que todavía, algo des­vir­tuada, pervive en el Albaicín. También la diferencia so­cio-laboral de sus habitantes con respecto al centro, que an­tes no era muy acentuada, es ahora radical. La propia Igle­sia católica muestra un interés desigual por ambos es­pa­cios; mientras en el centro y los barrios del llano se edifi­can nuevas iglesias y conventos bien costeados, el Albaicín es ignorado y no son muchas las ini­ciativas eclesiales que se pue­­dan citar, al margen de las escuelas para niños pobres promovidas por el padre Manjón, en un barrio que tenía y si­gue teniendo las más altas tasas de analfabetismo de Gra­na­da. Es a finales del siglo XIX y co­mien­zos del XX cuando el Albaicín empieza a llamar más poderosamente la aten­ción por su tipismo.

Si los viajeros románticos no se muestran demasiado interesados por su pobreza y de hecho lo retratan poco en sus grabados, ahora es recogido en innumerables postales que lo muestran como el contrapunto a las cosmopolitas calles del centro; si para los románticos tenía pocas novedades que ofrecer con respecto a la medina, donde la arquitectura y las gentes eran entonces similares e incluso más pintorescas, para el turista finisecular el Albaicín es el re­duc­to de la vieja idiosincrasia granadina frente a un centro que es tan anodino como el de cualquier ciudad europea. Los propios granadinos adinerados serán partícipes de esta im­presión y comprarán y reformarán casas en el Albaicín para crear cármenes con espléndidos y románticos jardines que contrastan con las míseras condiciones de vida de la mayoría de los albaicineros. Cuando a principios de 1930 la Dictadura de Primo de Rivera cae y la represión disminu­ye, el movimiento obrero experimenta un rápido crecimiento. En el Albaicín, el barrio obrero más populoso de la ciudad, los anarquistas de la CNT tienen miles de afiliados y hacen bueno el apelativo de barrio rojo con el que es conocido durante aquellos años. Durante los conflictos laborales de la Segunda República el Albaicín es escenario de movilizaciones y conatos revolucionarios; las reivindicaciones laborales o las protestas contra la represión van acompañadas muchas veces de sucesos iconoclastas. Un convento y tres iglesias, incluida la conocida parroquia de San Ni­co­lás, quedan calcinados por el fuego; otros muchos templos sufren daños y todas las cruces del barrio son derribadas. El clericalismo de los gobiernos de la Restauración y de la Dictadura, así como la abierta hostilidad de la Iglesia al movimiento obrero siembran un virulento anticlericalismo entre las clases populares, la parte más consciente de las cua­les considera que la conquista de una sociedad laica de­be hacerse desde la calle sin esperar a las lentas y timoratas reformas del Parlamento.

De la guerra civil a nuestros días. Cuando el 20 de julio de 1936 los militares penetran en la ciudad y toman los principales edificios, sólo en el Albaicín pudo organizarse una resistencia. Para doblegarla los militares utilizan aviones y baterías; numerosas casas resultan dañadas por el impacto de las bombas y al final se obliga a todos los vecinos, bajo amenaza de muerte, a concentrarse en las Eras del Cristo, donde la población del populoso barrio fue depurada de elementos izquierdistas, que terminan a menudo ante pelotones de fusilamiento. Desde el primer momento las nuevas autoridades convierten el catolicismo en uno de sus estandartes ideológicos y elaboran un programa de reconstrucción de los templos y cruces destruidos por los disturbios del quinquenio republicano. Por otra parte, el Ayuntamiento, dirigido por el historiador local Antonio Gallego Burín, decide que los nuevos edificios que se hicieran en el Albaicín debían construirse en un estilo tipista, que no era más que la continuación de la arquitectura regionalista del primer tercio del siglo. Los grandes solares yermos del barrio fueron poco a poco edificados y el ba­rrio alcanza una densidad constructiva que posiblemente nunca tuvo antes en el pasado. Con la llegada del desarrollismo el Albaicín sufre una constante sangría de pobladores que se marchan a los nuevos barrios que nacían en torno a la ciudad histórica, donde los pisos eran modernos y tenían precios asequibles, mientras el barrio histórico sigue sufriendo los estigmas de la incomodidad de su orografía y la marginación en las inversiones municipales.

La situación se invierte en los años ochenta del siglo XX, momento a partir del cual se modernizan sus infraestructuras, se instalan servicios sociales y se restauran nu­merosos edificios históricos, aunque la especulación termina con muchas casas interesantes. Hoy el barrio está declarado por la Unesco patrimonio de la humanidad y atrae ca­da vez más turistas. Sus principales problemas son la con­ser­vación de su rico y complejo patrimonio histórico, la in­va­sión por urbanizaciones del cerro de San Miguel y el Sa­cro­monte, el tráfico rodado y la pérdida de población. En cuan­to a la composición social de sus habitantes, las tendencias se muestran contradictorias en los últimos años: la población tradicional sigue marchándose a la periferia de la ciudad; se instalan familias acomodadas en casas históricas restauradas o modernos apartamentos y, en abierto contraste, llegan también nuevos habitantes marginales que vi­ven como okupas en casas abandonadas; los pequeños hoteles con sabor proliferan en las calles próximas a plaza Nue­va e incluso se observa una creciente comunidad de ex­tran­jeros, particularmente ingleses; y una especial relevancia tie­ne la pequeña pero activa comunidad musulmana, com­puesta por conversos y emigrantes magrebíes, que se tra­duce en la construcción de una mezquita en la parte alta del barrio y la multiplicación de los negocios de hostelería y venta de artesanía de esta comunidad.[ Juan Manuel Barrios Rozúa ]

 

 
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