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ALEIXANDRE, VICENTE

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(sevilla, 1898-madrid, 1984). Poeta. Andaluz de alcance universal, recibe el Premio Nobel de Literatura en 1977, que él interpreta como símbolo de la solidaridad humana, “por su escritura poética creativa, enraizada en la tradición lírica española y en las modernas corrientes, que ilumina la condición del hombre en el cosmos y en la sociedad de la hora presente, al tiempo que representa una gran renovación de la poesía española”. Vicente Aleixandre Merlo nace en Sevilla el 26 de abril de 1898, en el Palacio de Yanduri, donde reside su abuelo, intendente de la Compañía Andaluza de Ferrocarriles, y se traslada con sólo dos años a Málaga, “Ciudad del Paraíso”, que ejerce decisiva influencia sobre su cosmovisión y su imaginería poética, especialmente en Sombra del Paraíso. Más tarde afirma: “Yo soy un malagueño que nació en Sevilla, o un sevillano que se crió en Málaga”, al tiempo que reconoce la importancia de los años de infancia: “Mi recuerdo más antiguo es el que tengo viéndome –porque mi memoria es visual– en el suelo con un juego de ajedrez de figuritas de marfil que tenía mi abuelo. Mi abuela cosiendo tranquilamente junto a la ventana, y yo, en el suelo, rodeado de unas figuras que para mí no eran sino simples muñecos, y escuchando –eso no lo he olvidado nunca– una cajita antigua de música que había comprado mi abuelo en una tienda de antigüedades y que tenía sobre la tapa un Pierrot y una colombina”. En este texto, que va más allá de lo anecdótico, están condensadas algunas de las características que luego se harán presentes en su poesía: la importancia de lo visual y lo auditivo, de lo plástico; la dimensión lúdica de la existencia, su capacidad de entronque con la tradición y la mirada nueva que se instaura sobre todo ello.

De Málaga a Madrid.En 1909 marcha con su familia a Madrid, donde transcurre el resto de su vida. A pesar de ello reconoce: “Nunca me he sentido castellano, sino andaluz y mediterráneo”. Realiza el Bachillerato en el Colegio Teresiano y más tarde estudios de Derecho y Comercio. Enseña Derecho Mercantil en la Escuela Superior de Comercio de Madrid, pero una grave enfermedad renal provoca que desvíe definitivamente toda su vida hacia la poesía, a partir de 1925. Antes, en el verano de 1917 conoce en Las Navas del Marqués (Ávila) a Dámaso Alonso, quien pone en sus manos la poesía de Rubén Darío, de Gustavo Adolfo Bécquer y de los simbolistas franceses, que junto con la de Antonio Machado y
Juan Ramón Jiménez sería decisiva para su primera etapa poética, que iniciaría con la publicación de algunos poemas bajo el título Nombre en Revista de Occidente (1926). Igualmente reconoce nuestro poeta la influencia de la tradición clásica española, especialmente, Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz (“ha perdurado en mi amor desde el primer día”), Góngora (“me deslumbró”), Quevedo, Lope de Vega, así como de los escritores de la llamada Generación del 98. Un aspecto esencial de la vida de Aleixandre es la importancia que otorga a la amistad: a la camaradería infantil con Prados, compañero de estudios en Málaga, y a la complicidad juvenil con Dámaso Alonso se irán uniendo otros muchos e importantes nombres de la llamada Generación del 27: Alberti, Gerardo Diego, Salinas, Guillén, García Lorca y Luis Cernuda.

Dos grandes periodos. La obra de Vicente Aleixandre se caracteriza por su trabada unidad, pero también por su dinámica evolución a lo largo de más de medio siglo: “Aleixandre –afirma Bousoño– es uno de los artistas españoles que ha lanzado una mirada más vasta y coherente sobre el universo, entregándonos una concepción tan trabada de él que los lectores menos preparados suelen percibirla enseguida”. Se conviene en distinguir dos grandes periodos en su trayectoria: el primero abarca desde Ámbito (1928) hasta Nacimiento último (1953); el segundo se inicia con Historia del corazón (1954) e incluye hasta sus últimos escritos. El propio poeta caracteriza sintéticamente ambas etapas: “En la primera parte de mi trabajo, yo veía al poeta en pie sobre la tierra, como expresión telúrica de las fuerzas que le crecían desde sus plantas (...). En la segunda parte de mi labor, yo he visto al poeta como expresión de la difícil vida humana, de su quehacer valiente y doloroso”. Conviene, con todo, considerar como una tercera y última estación poética de Aleixandre la constituida por Poemas de la consumación (1968), Diálogos del conocimiento (1974) y otros poemas de esa etapa final recogidos póstumamente bajo el título En gran noche (1991). Por ello, si se llama a la visión del mundo y de la realidad que caracteriza su primer momento poético cosmovisión simbólica, y a su segunda etapa cosmovisión realista, podríamos denominar su tercer momento poético cosmovisión epistemológica y dialógica, dada la importancia, en esta etapa, del conocimiento del mundo y de la realidad y el diálogo. Su primer libro, Ámbito (1928), es publicado como suplemento de la revista Litoral de Málaga, y supone ya una madura expresión de un mundo original en el que se expresan las fuerzas de lo natural. Se trata, en efecto, de explorar el ámbito de lo humano en profunda conexión con el orden implicado al que pertenece y con las fuerzas de la naturaleza. La poética de las fuerzas cósmicas elementales está al servicio de la unificación del universo a través del amor, tema central que recorre todas las fases de su poesía, que adquiere una dimensión trascendente y que le llevaría a preparar una antología para Losada de Poemas amorosos. “Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás”, dice en una ocasión el poeta. Y en el ejercicio de esa implacable lealtad que le otorgaría un inconfundible acento, escribe Pasión de la tierra, libro que recoge los poemas en prosa escritos entre 1928 y 1929, aunque no sería publicado hasta 1935 (parcialmente, en México) y en edición completa en 1946. “El impulso que mueve este libro –dirá el autor– es el de la angustia del hombre elementalmente y esencialmente situado en medio del caos de las fuerzas brutales, de las que –si hostilmente le derriban– no se siente distinto. Es la angustia del hombre físicamente desnudo, desamparado, absorto”. Es el momento de la influencia surrealista, que alcanzaría en Aleixandre, Cernuda, Lorca y Alberti los frutos más destacados y peculiares de su generación, ya que la poesía española no llega nunca al extremo de una escritura automática. Tras la experiencia de libertad del poema en prosa, Espadas como labios (1932), su tercer libro, está integrado por 41 poemas en verso libre escritos entre 1930 y 1931, en los que la fuerza del irracionalismo poético –impulsada por la lectura de Rimbaud y Joyce– no oculta un profundo latido humano que conecta con cierto tono neorromántico del momento. Pero, por encima de lecturas e influencias (ahora también Novalis, Tieck, los románticos alemanes e ingleses), aquí tenemos ya plenamente la voz de Aleixandre, forjada con una riqueza inusual y originalísima de recursos estilísticos: las imágenes visionarias, la peculiar sintaxis que renueva y ensancha el valor significativo de algunos nexos (como la “o” identificativa, más que disyuntiva), la sabia utilización de paralelismos, anáforas y reiteraciones, con valor intensificativo. La destrucción o el amor (1935), que sigue en la órbita del surrealismo, cierra junto con Mundo a solas, libro de desamor que escribe entre 1934 y 1936, pero publicado en 1950, un primer momento de su primera etapa, deslindado por la Guerra Civil. Son dos obras que deberían leerse en tensión complementaria: si en La destrucción o el amor los impulsos constructivos y destructivos, eros y thanatos (Aleixandre lee con provecho la obra de Freud, quien “sajó honduras de la psique”) se ponen al servicio de esa fusión unitaria de las personas que se aman (que es a la vez erótica y espiritual), hasta el punto de hablarse de un “misticismo panteísta”, en Mundo a solas queda el poso amargo de la ruptura, la imposibilidad de esta integración.

Exilio interior.A Vicente Aleixandre le sorprende la Guerra Civil en Madrid, donde permanece hasta el final, fiel a la causa de la República, colaborando con El Mono Azul y en contacto entrañable con algunos de sus amigos, como Miguel Hernández, que le dedicaría Viento del pueblo (“nuestro destino es parar en manos del pueblo. Sólo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre honrada del poeta derrama vibrante”). Allí seguiría viviendo un exilio interior durante la dictadura franquista, ejerciendo un magisterio imprescindible para entender el curso de la poesía posterior, desde su casa en Velintonia, calle que actualmente lleva su nombre: “Yo quise vivir y he vivido la suerte de mi pueblo.
Admiro a los compañeros que se fueron con tanta dignidad, pero no me arrepiento de haber hecho y visto la historia desde dentro, como ellos la hicieron desde fuera”. Como obra de exilio interior publica Sombra del Paraíso (1944), escrita desde el final de la guerra hasta 1943, que quiere ser un canto a la aurora del mundo desde la hora presente y, por ello, “un canto a la luz, desde la conciencia de oscuridad”. Esa tensión entre la pureza virginal y adánica de la creación y la amargura del tiempo desgarrado en que se escribe es desgranada originalísimamente en 52 poemas en los que Aleixandre dilata el verso libre, ese original versículo estudiado por Carlos Bousoño en la más importante monografía dedicada a nuestro poeta. A pesar del aparente tono negativo o pesimista, que surge de la confrontación de las luces y las sombras, “es el sentimiento de solidaridad y es la comprensión del dolor humano lo que supera tan decepcionada actitud hacia un humanismo que se inicia en poemas finales del volumen y acaba por desembocar en la poesía de Historia del corazón”, según indica Leopoldo de Luis. Así pues, sin solución de continuidad, pero con un importante cambio de estilo y acento en su cosmovisión, entramos en la segunda etapa aleixandrina con Historia del corazón (1954), que el poeta comienza a escribir en 1945. Aleixandre hace que su palabra suene ahora clara y firme, solidaria, profundamente humana, desnudando de la complicación expresiva de raíz surrealista su verso, simplificando la sintaxis y trayendo a primer plano la realidad del hombre (“La poesía arranca del hombre y termina en el hombre. Entre polo y polo puede pasar por el universo mundo”). Aleixandre, que concibe ahora más que nunca la poesía como comunicación, como mano cordial tendida a sus semejantes, expresa con intensidad este universo en su poema favorito, ‘En la plaza’. En un vasto dominio (1962) y Retratos con nombre (1965) suponen la continuación de esta fase de estilo sincopado y directo, de profunda conexión entre los poemas que otorgan una gran unidad a los poemarios. Y ya en la senectud, culminando toda una trayectoria poética coherente, Aleixandre ofrece dos obras mayores, Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974) que suponen la síntesis de sus fases anteriores, pues continuando ese cordial acento humano, ahora experimentado desde el límite de la existencia, rescata algunos de los procedimientos de su primera etapa, y especialmente las poderosas imágenes irracionales, impregnando de fuerza y vida esta poesía extraordinaria que reflexiona sobre el destino y el límite de la existencia, a la vez que es comprendida como instrumento de comprensión de la realidad y de conocimiento. Se trata de dos obras formalmente muy distintas, pero que comparten las mismas preocupaciones, como se demuestra con el rescate de muchos poemas, coetáneos a la composición de estas dos últimas obras publicadas en vida, y que póstumamente aparecen con el título En gran noche (1991). Contemplando una trayectoria tan íntegra y tan auténtica comprendemos la riqueza de una poesía que para nuestro autor entronca siempre con la vida: “Fuente de amor, fuente de conocimiento; fuente de iluminación; fuente de verdad, fuente de consuelo; fuente de esperanza, fuente de ser, fuente de vida. Si alguna vez la poesía no es eso, no es nada”.

Premio Nobel, reconocimiento universal.Poeta de la amistad, Vicente Aleixandre es una referencia imprescindible de la poesía española de posguerra y un vínculo, en su exilio interior, con los valores que no pudo hacer desaparecer la dictadura franquista. En un hermoso libro de prosa, Los encuentros (1958, 1985), refiere su relación con algunos de los más importantes escritores y artistas españoles del siglo XX, desde Unamuno y Baroja a muchos de sus coetáneos e incluso los poetas más jóvenes. La culminación a su dedicación literaria le llega al poeta andaluz con el máximo reconocimiento, el Nobel de Literatura en 1977, concedido por la Academia sueca por su obra poética narrativa, “enraizada en la tradición de la lírica española y en las modernas corrientes, que ilumina la condición del hombre en el cosmos y en la sociedad de la hora presente”. Vicente Aleixandre, a sus 79 años, recibe la noticia en su casa madrileña y, recostado en su cama, su estado habitual de enfermo crónico agravado por su edad, recibe a la prensa: “Soy un hombre de salud delicada, a la que he dominado a fuerza de una vocación decidida... Para mí la poesía es comunicación entre los hombres, el medio expresivo tal vez más hondo y certero para llegar a la realidad interrogante de la vida”. Hace tan sólo pocos meses que se ha restaurado la democracia en España y en ese contexto, comenta también: “Me siento solidario con todos aquellos partidos demócratas, cuya meta es el progreso del hombre y el mejoramiento de la Humanidad, la justicia en el mundo”. En estas sus primeras palabras, recuerda también a sus compañeros de la Generación del 27, de la que justo este año se celebra su cincuentenario en el Ateneo de Sevilla, y reflexiona sobre el destino del hombre: “El hombre viene al mundo y se encuentra en medio de un destino –incógnita que tiene que realizar él mismo–. Es de esperar que la sociedad se desarrolle de forma que permita a cada hombre realizar cada vez mejor su propio destino”. La concesión del Nobel hace justicia al poeta andaluz, que merece por su obra figurar entre los grandes de poesía universal. Carlos Bousoño, uno de los grandes conocedores de su poesía, reacciona al enterarse de la noticia con palabras que resumen la categoría literaria de Aleixandre: “Es, a mi juicio, una de las cumbres, no sólo de la lírica española contemporánea, sino también de la literatura española y europea. Su figura resulta en cierto modo y en cierto aspecto comparable a la de Picasso, en cuanto a la evolución de su estilo. Pues lo mismo que hay varios Picassos, muy diferentes entre sí, también existen por lo menos cinco o seis Aleixandres diferentes, aunque todos ellos tengan, como ocurre también en el caso antes citado, una coherencia evidente”. [ Manuel Ángel Vázquez Medel ]
 
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