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BANDOLERISMO

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m. Si recurrimos al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua  hallamos que la voz bandolero se define como "ladrón, salteador de caminos, bandido, persona perversa". Por su parte, si nos atenemos a las últimas interpretaciones que los historiadores hacen del fenómeno encontramos también en Andalucía toda una línea argumental que viene a considerar el bandolerismo como un fenómeno social, vinculado a la introducción y consolidación del régimen liberal en Andalucía y España, directamente relacionado con los costes sociales que se derivan de la implantación del capitalismo agrario y concretado en la figura de "campesinos empujados a la ilegalidad por el nuevo orden liberal". En suma, pues, el bandolerismo se referiría a una forma de delincuencia sin más especificidad o concreción en la primera de las definiciones; mientras que en la segunda visión nombraría a un tipo concreto, e históricamente acotado, de criminalidad rural vinculada a la protesta social que genera en determinados sectores sociales "las clases más pobres" la implantación del mercado capitalista y del nuevo sistema de propiedad privada. Interpretaciones éstas que, en definitiva, vienen a ubicar el fenómeno del bandolerismo, de una manera u otra, en la esfera de los comportamientos delictivos, de la criminalidad rural. Como demuestran numerosos estudios sobre la experiencia acaecida en otros países de nuestro entorno occidental, la consolidación del régimen liberal y la generalización del principio de propiedad privada de la tierra genera un incremento muy sustancial en los niveles de una criminalidad que tenía como rasgo definitorio la miseria que provocaba en amplias capas del campesinado estos cambios y transformaciones, al dificultar visiblemente la reproducción de las condiciones mínimas de subsistencia de aquéllos. La reacción que se produce ante esta situación y ante lo que se entendía como un orden rural injusto e inmoral estaría en la base explicativa de fenómenos como el bandolerismo, vinculados en esta línea argumental, a la conflictividad cotidiana e individual propia de estas sociedades rurales atravesadas por los efectos de la introducción y consolidación del régimen liberal. Es más, desde esta perspectiva algunos de los rasgos más reiterados del fenómeno "bandolero generoso, violencia moderada y selectiva socialmente hablando, respeto de códigos de honor no escritos, etc." no serían sino la consecuencia lógica de un tipo de resistencia y protesta individual inserta en el contexto anteriormente descrito, que hundía sus raíces, sus razones de ser, en una moral propiamente campesina "la "economía moral de la multitud" de la que habla E. P. Thompson", compartida con el resto de la comunidad "de ahí la comprensión, entendimiento y colaboración con quienes le rodean" y claramente enfrentada a la nueva moral burguesa, representada en el Estado y, en el caso que nos ocupa, en las oligarquías que regentan aquél y en las fuerzas del orden público que lo defendían.

Génesis del mito.  Ahora bien, el fenómeno del bandolerismo en Andalucía, y más concretamente su tratamiento y valoración, trasciende con mucho la acepción anteriormente descrita al convertirse, por diversas vías y de diferente forma, en una especie de marcador de identidad de los andaluces, simbolizando con ello tanto virtudes como defectos. Y tanto es así, que autores como Manuel González de Molina y Antonio Herrera llegan a afirmar recientemente que "a través del análisis del fenómeno bandolero pueden seguirse con cierto detalle las explicaciones que los andaluces hemos ido dando de nosotros mismos a lo largo de los dos últimos siglos". Este último hecho determina, entre otras cuestiones, que este fenómeno adquiera con el paso del tiempo una dimensión claramente polisémica y poliédrica que termina por difuminar los contornos precisos y acotados con los que hemos intentado definirlo y caracterizarlo hace tan sólo unos instantes. La realidad histórica del fenómeno bandolero en Andalucía y sus razones de ser acaban mezclándose, en no pocos casos, con la construcción paralela del mito en torno a aquél. El resultado final ofrecido consecuentemente es el de un producto a todas luces híbrido, confuso, en el que la interpretación propiamente historiográfica del fenómeno deja paso, en más de una ocasión, a imágenes tópicas y míticas que se convierten en la actualidad, incluso, en reclamo turístico, tal y como sucede con el esfuerzo por definir y difundir, con fines turísticos y de ocio, la denominada ruta de José María el Tempranillo en el entorno geográfico que marca su villa natal (Jauja) y el escenario próximo de sus actividades y correrías.

Mezcolanza entre la construcción mítica y el análisis de la realidad del fenómeno del bandolerismo en Andalucía que provoca en los dos últimos siglos una ingente producción literaria en torno a aquél, así como la plasmación dentro de aquélla de diferentes formas de verlo y tratarlo. En este sentido, y a grandes rasgos, se podrían distinguir tres grandes fases o etapas en lo que a tratamiento, interpretación y valoración del fenómeno bandolero se refiere. Una primera etapa, que cronológicamente podríamos ubicar entre fines del siglo XVIII y el último tercio del siglo XIX, en la que se gesta y define lo que algunos denominan como la "fase de exaltación literaria" o "etapa heroica" en la construcción del mito. Una segunda etapa, concretada entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, en la que alcanzan la luz las obras clásicas de referencia en torno al bandolerismo en Andalucía y donde se consolida de manera definitiva la visión mítica del fenómeno. Y, por último, una tercera fase o etapa, cuyo inicio podríamos situarlo en los años finales del franquismo, caracterizada por su evidente vinculación a contextos intelectuales antifranquistas y en la que se produce, tal es la situación actual, un evidente intento, no siempre culminado, de deconstrucción del mito forjado en las etapas anteriores.

Comencemos, pues, este breve recorrido histórico e historiográfico sobre el bandolerismo en Andalucía por la primera de las tres etapas apuntadas, esto es, por aquella que definíamos como la de la génesis del mito o la fase de exaltación literaria. Pues bien, si no nos remontamos en la búsqueda de la génesis del mito sobre el bandolerismo a la figura del capitán de bandoleros que se recreaba en el teatro y en la novela barroca o más aún, a la propia Antiguedad, cabría convenir en que esta primera etapa se define y desarrolla en el seno del gusto romántico por el costumbrismo y lo exótico y, más concretamente, al calor del género de la literatura de viajes. Por término general, en estos relatos de viaje el bandolero nos aparece dibujado como un elemento más de un paisaje social en el que los tópicos y el gusto por el pintoresquismo se mezclaban con el recurso a una recuperación del pasado que se hacía en términos de alteridad con lo que entendían eran las señas de identidad que definían al mundo occidental inmerso en la carrera del progreso técnico y la industrialización. Procedentes en su inmensa mayoría de Gran Bretaña o Francia, la Andalucía que visitaban los viajeros románticos en el tránsito del siglo XVIII al XIX y reflejaban en sus relatos les parecía, social y productivamente, la antítesis de lo que entendían que definía sus lugares de procedencia. Es más, en el marco del ya referido gusto romántico por lo exótico que identificaban, por oposición a lo que significaba Occidente, con lo oriental, no debiera extrañar el interés que suscitaba entre ellos zonas y/o regiones como Andalucía. Vinculada al tema del atraso y caracterizada por el legado histórico que había supuesto su pasado de al-Ándalus, Andalucía constituía para estos viajeros una expresión genuina de lo que creían era todavía una sociedad propia de un mundo que comenzaba a desaparecer "el del Antiguo Régimen" al ser paulatinamente sustituido por la implantación de la sociedad industrial y el régimen liberal.

Idealización de lo andaluz.  En este sentido, resulta paradigmático comprobar como el recurso a lo primitivo, al estado "natural" y "salvaje" o a la impronta medieval se convertirán en argumentos y coartadas en lo que será un proceso de idealización de lo andaluz pasado, eso sí, por el tamiz de lo oriental en el gusto y el vestir, así como de lo primitivo y violento en la esfera de los comportamientos. En 1840 Teófilo Gautier catalogaba a los andaluces como "maestros del cuchillo", consecuencia natural de una tierra, Andalucía, "agreste y bravía [que] ha de albergar hombres bárbaros, salvajes, incapaces de ajustar su convivencia a la norma jurídica porque el mecanismo constitucional no conviene mas que a las zonas templadas; con más de treinta grados de temperatura, las constituciones se funden o estallan". Unos años más tarde, otro francés, Alfred Fouillé, esta vez intentando describir "científicamente" al conjunto de los españoles, lo hacía recurriendo a un supuesto carácter "semiafricano, es decir, violento, fanático"". Propensión a definir las sociedades, en este caso la andaluza y española, en base a supuestos rasgos étnicos y caracterización de estos últimos en una no menos supuesta predisposición al comportamiento violento, así como al menosprecio y quebranto de la legalidad, que constituye, como se puede entender, el escenario ideal en el que se inserta la figura del bandolero y el contrabandista. Sin ir más lejos, en 1845 el viajero inglés Richard Ford, refiriéndose a la realidad social que encontraba, aseveraba que "en España la masa del pueblo está en cuerpo y alma con el contrabandista ["] el pueblo protege y da refugio al hombre valiente y útil que le suministra cosas útiles a precios razonables. Los campesinos le ayudan, más aún, incluso los curas de la montaña, cuya grey entera se dedica a estos menesteres, tratan este delito como mero pecado venial ["] el contrabandista español, lejos de sentirse delincuente o degradado, goza en su tierra de la brillante reputación que proporcionan audaces aventuras personales entre una gente orgullosa del valor individual. Es modelo del escultor y el pintor, y héroe del teatro su Macheath: aparece vestido con su traje completo de Majo y su retaco o escopeta en la mano ["] en su verdadero papel de contrabandista es bien recibido en todas partes, lleva azúcar y chismorreo para el cura, dinero y puros para el abogado, cintas y telas de algodón para las mujeres. Va magníficamente vestido, lo que siempre tiene un gran encanto a ojos íbero-moros, cuyo deleite es el Boato. Es audaz y resuelto ["] buen jinete y buen tirador".

Como se puede comprobar en descripciones como esta última se hallan ya recogidos los rasgos esenciales de lo que va a ser la definición del tipo representativo del bandolero en la visión romántica: valentía, solidaridad, generosidad, violencia limitada y moralmente orientada, honorabilidad, etc. Rasgos producto de un proceso de idealización en el que se termina identificando al bandolero con el ser y el territorio andaluz que serán aplicados, obviamente, a los ejemplos y personajes concretos que recogen en sus relatos. Sin ir más lejos, la figura emblemática de la visión propia de esta etapa, José María Rodríguez, alias el Tempranillo, nos aparece caracterizado como un hijo del pueblo, como el prototipo de bandolero de honor y caballista consumado, que robaba y extorsionada sin manchar de sangre inocente sus manos, ejerciendo un "uso moderado" de la violencia y una generosidad para con los débiles y oprimidos que le granjea el favor y la protección del pueblo. Es más, fruto de todo ello, de su generosidad, valor y honorabilidad, vendría, primero, el indulto y, después, incluso su nombramiento como comandante del Escuadrón de Protección y Seguridad Pública de Andalucía, donde, por otra parte, hallará finalmente su muerte a manos de un bandido al que iba a prender, José María, alias el Barberillo.

Figura exótica.  Halo de leyenda que también se encuentra en otras referencias del momento. Véase, en este sentido, la figura de Juan Caballero, tildado como hombre de "modales exquisitos" y finalmente indultado por Fernando VII. En la misma dirección, aun cuando con caracteres y desenlace distintos, también se encuentra la denominada cuadrilla de los Trece Niños de Écija, ajusticiados en las ciudades de Sevilla y Écija entre agosto y septiembre de 1817, y sobre los que el marino norteamericano Alexander Slidell Mackenzie escribe en 1831 que era interesante constatar como, a pesar de muertes y apresamientos, siempre eran Trece Niños quienes mantienen la banda, debido a que "nunca asesinaron a ninguna de sus víctimas indefensas" y a que "siempre observaron religiosamente una sencilla regla: dividir el botín en tres partes iguales. Una se hacía llegar a ciertos alcaldes de los alrededores; otra al convento de frailes que los protegía y los ocultaba [reteniendo sólo] para ellos la parte restante". Ejemplos a los que cabría agregar el caso no menos paradigmático de Diego Corrientes, "el bandido generoso", a quien se llega a considerar como una especie de Robin Hood justiciero en la España del siglo XVIII y cuya vida incluso se llega a equiparar con la Pasión de Cristo; o la figura de Francisco de Huertas y Eslava, cabecilla de la Cuadrilla de los Berracos, a quien se le cataloga de noble linaje y de quien se contaba que antes de su ajusticiamiento reparte "para su entierro hasta 800 invitaciones, gastando en la ornamentación del cadalso y en el traslado del cadáver cerca de 20.000 reales". Los ejemplos podrían seguir multiplicándose; sin embargo, no es necesario insistir más en ellos. La imagen estereotipada y el perfil caballeresco del bandolero queda meridianamente clara con lo apuntado.

Imagen estereotipada y perfil caballeresco que, en todo caso, muestra una figura amable del bandolero, definida por marcados rasgos étnicos supuestamente asociados al entorno y en la que apenas si hallamos relaciones directas entre la razón de ser de aquél y los problemas sociales de la realidad del momento. El bandolero constituía una figura que se definía como propia de una sociedad tradicional en vías de extinción, representándose, por ello mismo, como un tipo exótico más que como el producto propio de un determinado tipo de protesta social asociada a los procesos de cambio en los que se hallaba inmersa la sociedad andaluza del momento. Lectura del fenómeno del bandolerismo en clave exótica y costumbrista que se corrobora, incluso, en los años de la Guerra de la Independencia, así como en el contexto de luchas entre liberales y absolutistas habidas en España durante el periodo fernandino.

Guerra de la Independencia. Como es conocido, en el imaginario de muchos de estos viajeros románticos se produce una especie de asociación cuasi directa entre bandolerismo y partida o cuadrilla guerrillera antinapoleónica. De esta forma, el bandolero de principios del siglo XIX, aparte de responder al perfil de honorabilidad escenificado en la tradición literaria española, adquiere ahora también una dimensión reforzada de patriota contra la ocupación napoleónica en la que, si bien no está siempre ausente el argumento político, sobresale la faceta, no menos castiza y pintoresca, de héroe popular. Grupos de contrabandistas y salteadores convertidos ahora, por mor del imaginario de estos autores, en partidas patrióticas, como los casos de la Partida de Torralvo, la Partida de Ronda, la Cuadrilla de Juan Salazar o la Cuadrilla de los Guerra. Éstos constituyen tan sólo unos pocos ejemplos de un nuevo proceso de idealización romántica que remitía igualmente al tópico de la acción espontánea, valiente y audaz del pueblo "representada en la figura del bandolero como héroe popular" ante la inoperancia del mal gobierno. Como refería Richard Ford, eran hombres que desplegaban "en una palabra, todas las energías personales, audaces, activas e independientes que el más bajo de los desgobiernos ha neutralizado con excesiva frecuencia en otros lugares". De nuevo, pues, el recurso literario a la alteridad entre las formas de la sociedad industrial emergente y el "espontaneismo" y "primitivismo" propios de las sociedades supuestamente atrasadas. Todo ello aderezado, en el marco de la Guerra de la Independencia, con lo que se entendía como un enfrentamiento claramente desequilibrado entre ejércitos regulares y partidas guerrilleras, en el que se tomaba clara postura por estos últimos, los débiles, quienes suplían sus carencias con el apoyo popular y el recurso a la valentía y la audacia de la acción directa. En cierta medida, esta sería una nueva versión de otro mito, el de David contra Goliath, en el que se conjuga el elemento popular, el valor heroico, la imagen pintoresca de la tradición y, por qué no, la sugestión de una vida azarosa.

Como se puede suponer, esta sugestiva trasmutación literaria del bandido en patriota durante la Guerra de la Independencia poco o nada tenía que ver con la realidad. La mayoría de estas partidas o cuadrillas, que seguían nutriéndose ahora como antes de delincuentes, salteadores y exconvictos, combinan asiduamente su actividad "patriótica" de hostigamiento a las tropas napoleónicas con otra, mucho más lucrativa, de asalto y extorsión a la población civil. Es más, en ocasiones, la segunda eclipsa ampliamente a la primera.

El Tempranillo. Con todo, esta imagen mítica del bandolero convertido en patriota termina por adquirir en algunos casos, ya durante el periodo fernandino, una dimensión incluso política, ausente en muy buena medida hasta ese momento. En efecto, tras la finalización de la guerra y con el regreso de Fernando VII al trono se va a producir un hecho sin duda reseñable, a saber: la utilización de determinados rasgos del ropaje literario romántico del bandolero a la hora de relatar y caracterizar ciertos hechos de resistencia antiabsolutista y de defensa de implantación del régimen liberal. De esta forma, figuras legendarias como José María El Tempranillo llegan a agrandar, si cabe, su aureola mítica al atribuírsele ahora supuestas simpatías con la causa liberal, relacionadas con otro episodio mítico no menos conocido como es el frustrado levantamiento antiabsolutista para el que Mariana Pineda había bordado la bandera que a la postre le causa su propia muerte. Dimensión política asociada ahora al fenómeno bandolero que trasciende, en Andalucía al menos, el propio periodo fernandino. Siguiendo lo narrado por Constancio Bernaldo de Quirós, en el ocaso del reinado isabelino seguimos encontrando referencias a personajes como el cordobés Pacheco el Mayor, de quien cuenta que "murió cuando se dirigía a caballo a incorporarse a las turbas revolucionarias la víspera de la batalla de Alcolea en septiembre de 1868".

Esta especie de politización de la figura y actuación del bandolero andaluz de la primera mitad del siglo XIX, inserta en el imaginario de una Andalucía supuestamente "revolucionaria y proliberal", tampoco se acomoda fielmente a una realidad social en la que las evidentes connivencias entre el mundo del hampa y el contrabando con los levantamientos y pronunciamientos antiabsolutistas respondía más que a razones de alineamiento político a lo que Antonio Miguel Bernal denomina como la contrapartida de favores y ayudas materiales que recibían bandoleros y contrabandistas por sus acciones como enlaces entre el exilio gibraltareño y los grupos liberales del interior. Ayudas mutuas y contrapartidas que terminan tejiendo una red, más o menos tupida según los casos, de relaciones entre unos y otros, y que se convierte, de hecho, en el soporte de la ya aludida lectura en clave política "proliberal" del fenómeno bandolero. Dicha perspectiva lleva incluso a algún cronista inglés del momento a vaticinar el triunfo final de la causa liberal en España, toda vez que "aunque la mayor parte de los españoles está dispuesta a vivir bajo el yugo suave del rey, sin embargo, todos, hasta el último contrabandista, son liberales".

Sin embargo, esta imagen amable y heroica del bandolero cambia con la llegada del final del siglo XIX "inicio de la segunda etapa de las tres a las que se hacía referencia al principio", aun cuando no lo hace tanto el recurso a la representación tópica y mítica de aquél. El tópico, el mito en torno al fenómeno del bandolerismo había tomado carta de naturaleza en las décadas centrales del siglo XIX, identificándose, en algunas de aquellas interpretaciones, como un marcador privilegiado de la identidad y del ser propio de lo andaluz. Pero Andalucía, a fines del siglo XIX, había pasado de ser "la tierra más hermosa del mundo" a ser percibida, concebida y definida en términos de problema, como "escenario de tragedia". Como se puede intuir, este cambio de apreciación en la visión de Andalucía afecta directamente a la concepción que se tendrá sobre lo que se seguía considerando como uno de los marcadores identitarios de aquélla, esto es, el fenómeno del bandolerismo. No hay nada más que ver cómo a las figuras heroicas y caballerescas del pasado le siguen ahora personajes como Antonio Ríos Fernández, alias Soniche; Manuel López Ramírez, alias Vizcaya; Francisco Ríos González, alias Pernales; o Joaquín Camargo Gómez, alías Vivillo; todos ellos ubicados dentro del grupo social que Constancio Bernaldo de Quirós denomina como "multitud vulgar y amorfa de malhechores". Como se comprueba, de las valoraciones amables y bondadosas sobre la figura del bandolero pasamos ahora a la vinculación directa que se hace de éste con el "salteador de caminos, sin mas técnica ni método que su coraje, y sin otro propósito que llenar su bolsa".

Literatura de viajes.  El cambio de percepción y valoración del fenómeno bandolero coincidirá, a su vez, con la sustitución de la primacía de la literatura de viajes por el ensayo y la propia investigación social. Precisamente aquí, dentro del contexto de auge alcanzado en estos años por la concepción etnicista de la identidad nacional y en el marco del desarrollo de disciplinas científicas como la taxonomía y la antropometría, es donde se hallan algunas de las claves que vienen a explicar esta nueva concepción del fenómeno, así como algunas de las razones de la consolidación de los topismos asociados a ésta. De este modo, la propensión por delimitar los rasgos étnicos más sobresalientes de cada pueblo y la caracterización de la civilización española como una civilización poseedora de un pasado brillante e inmersa en este momento en un más que visible proceso de decadencia, estará en la base del mito del atraso y, dentro de éste, de la consideración del bandolero como la manifestación más genuina de una sociedad, la andaluza, "atrasada y refractaria a la modernización". En consonancia con todo ello, el bandolerismo pasaría a ser visto y analizado como un problema de naturaleza antropológica, etnográfica o de raza. Véase, si no, como se describe ahora a bandoleros del momento como Juan Abril Ovalle; "["] es un buen ejemplar étnico, en quién se acentúan los rasgos más característicos del tipo ibero. La pesadez de la mandíbula y la longitud y sutileza de la oreja ibérica, están enteramente de manifiesto ["] Pero el primer rasgo, en su exageración excesiva, degenera en la variedad criminal, dándole un notable parecido, a la vez étnico y psicológico, con el feroz asesino Cintavelde, de quien todavía se guarda memoria indignada en Córdoba, donde hasta los presos opusieron resistencia a admitirle entre ellos y donde el pueblo, congregado en torno al tablado el día de su ejecución, ahogó con grito unánime de ira la palabra que el malhechor pretendía dirigirle ["]".

La focalización del fenómeno ahora en términos antropométricos y fisionómicos consolida de forma definitiva el mito en torno al bandolerismo en Andalucía. En esta dirección, los tópicos que todos conocemos sobre el atraso vinculado al ser y al suelo andaluz se aplican también ahora a esta nueva visión "científica" del bandolerismo, terminan por devolver al bandolero a las ya conocidas esferas folclóricas del "ser atávico y salvaje". Es más, no faltan ejemplos de estas visiones en las que, alejándose del campo de las patologías tan propias de teorías de la criminalidad al uso por aquel entonces, como las del criminólogo italiano Lombroso, se llega a recuperar un cierto aire de la amabilidad que había caracterizado la visión romántica de etapas pasadas. El propio Constancio Bernaldo de Quirós, al referirse a alguno de ellos, lo hace afirmando que en los mismos "se reconoce y se agranda [la raza, el hombre bético], constituyendo [su] ideal estético". Hecho que explica, entre otras cosas, que también en esta etapa nos encontremos con ejemplos en los que la aureola de leyenda vuelve a rondar al fenómeno bandolero. Sin ir más lejos, sobre la figura de Francisco Ríos González, alias "Pernales", catalogado como "hombre de naturaleza bárbara e instintos agresivos ilimitados", se teje toda una leyenda en torno a su muerte, acaecida en agosto de 1907 en la Sierra de Alcaraz, según la cual el muerto no había sido "Pernales" sino un anónimo malhechor, "a quien se atribuyó aquella personalidad para ocultar el fracaso en la campaña de persecución". Mientras esto sucedía, se llega a plantear que, en realidad, "Pernales, confundido entre la cuadrilla del matador Antonio Fuentes, [había burlado el cerco] y se habría marchado a Méjico". Como se puede comprobar en ejemplos como éste, la sugestión por el relato novelesco en modo alguno desaparece. Es verdad que la atmósfera general que va a rodear la escena de la actuación bandolera y las razones de su porqué no se parecen ya a la de principios del siglo XIX; sin embargo, la mixtificación popular del fenómeno en cuestión persiste.

Cuestión agraria.  Ahora bien, en esta segunda etapa, la valoración e interpretación del fenómeno bandolero en Andalucía no responde sólo a las relaciones ya apuntadas con teorías de la etnicidad y su estrecha vinculación con los tópicos del supuesto atraso de la sociedad andaluza. Junto a ello, y en relación con todo lo anterior, ve también la luz lo que, de hecho, va a constituir una primera versión de lo que será la relación directa que se establece entre el fenómeno del bandolerismo y la cuestión social agraria, y más en concreto la de aquél con el espectro del paro, la miseria y el hambre en la que se ve sumida Andalucía con la crisis agroganadera de fines del siglo XIX. Sin ir más lejos, en el tránsito del siglo XIX al XX y desde el propio regeneracionismo se articulan ejercicios de interpretación en los que, sin dejar pasar el recurso a los ya mencionados rasgos étnicos, se presta especial atención al contexto de crisis agraria y de efervescencia de la movilización campesina a la hora de explicar el fenómeno bandolero. De esta forma, en una explicación en la que latifundio y atraso se convertían en términos equivalentes, el bandolerismo se concibe "como la respuesta propiamente andaluza ante una sociedad atrasada y profundamente injusta debido a la prevalencia de la estructura latifundista". Atraso y latifundio, convertidos ahora en sinónimos, estaban en la raíz explicativa del fenómeno bandolero en Andalucía. Autores como Constancio Bernaldo de Quirós o Luis Ardila llegan por esta vía a la convicción de que los problemas inherentes a la hegemonía de la gran propiedad, las consecuencias derivadas de la escasez de infraestructuras, los efectos nocivos de determinadas tradiciones históricas y diversos condicionamientos de tipo étnico constituyen los ingredientes de una explicación causal del bandolerismo andaluz en la que no cabían otros remedios que el ejercicio efectivo de la autoridad del Estado, el fomento de las denominadas clases medias, la atenuación de los efectos negativos del latifundio y el fomento del civismo en el seno de una sociedad marcada por la clara primacía de una población rural atrasada y analfabeta. En suma, una visión del bandolerismo, leída nuevamente en clave de atraso y para la que no cabía otra solución que el fomento de la modernización política, social y económica.

En definitiva, la oligarquización del sistema liberal que representa el régimen de la Restauración, la fuerte monopolización de la tierra manifiesta en la dialéctica latifundio/minifundio y el no menos evidente proceso de exclusión social en el acceso a aquélla en un contexto de crecimiento demográfico generalizado terminan gestando una interpretación del problema social en Andalucía y de la movilización campesina en la que el fenómeno del bandolerismo se ubica en el vasto escenario de la criminalidad rural: "de héroes populares pasaban ahora a delincuentes; de la admiración se pasaba a un juicio negativo sobre su existencia. El mito, ahora con una significación negativa, quedaba definitivamente consolidado". Argumentos y afirmaciones como las que expresan Julián de Zugasti en su voluminosa obra El bandolerismo. Estudio social y memorias históricas , o Rafael García Casero en su trabajo Caciques y ladrones , no venían sino a reforzar la tesis de la estrecha vinculación entre bandolerismo y prácticas delictivas. Como decíamos, la idea de justicia dejaba paso a la de violencia, en una interpretación general en la que el bandolero, de valedor de los más necesitados y paladín contra el mal gobierno de los poderosos, pasaba a ser considerado ahora como extorsionador de aquéllos y aliado, precisamente, de estos últimos. [ Salvador Cruz Artacho ].

 

 
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