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f. (Del griego biblia , libros). Colección de libros sagrados que contienen la palabra de Dios para cristianos y judíos en sus distintas ramificaciones. Denominada también como Sagradas Escrituras, la Biblia revela -a través de textos históricos, mitológicos, proféticos, genealógicos, jurídicos, didácticos, poéticos y narrativos- la relación de Dios con el ser humano y con el resto de sus creaciones desde el Origen, detallando los preceptos de la ley divina. A diferencia del Corán, tanto la Biblia hebraica como la cristiana se componen de múltiples libros que otorgan a la lectura una gran variedad conceptual, formal y estilística.

Dentro del mundo cristiano, la división de la obra se produce en dos grandes secciones: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento relata la unión de Dios (Yahvé) con el pueblo de Israel, manifestando el pensamiento religioso del pueblo judío. Es, por ello, el libro sagrado del judaísmo ( Tanak ), integrado por Torá (Pentateuco), Nebiim (profetas) y Ketubim (escrituras restantes). Los católicos "incluidos los ortodoxos" consideran estos 39 libros, compilados a lo largo de más de un milenio, como canónicos y les añaden los fragmentos procedentes de la Versión de los Setenta o Septuaginta -las traducciones y ampliaciones realizadas del hebreo al griego en el siglo III, llamadas deuterocanónicos-. En total, entre los textos hebreos, griegos y arameos, el Antiguo Testamento católico suma 45 libros y supone un precedente histórico y profético ante lo que constituye el acontecimiento vertebrador de la creencia cristiana: el nacimiento de Jesús. Así, el Nuevo Testamento parte de este hecho, de la "buena nueva" o llegada al mundo del hijo de Dios y discurre hasta narrar la vida, Pasión y enseñanzas de Jesucristo. Los 27 libros que lo integran son redactados entre los años 45 y 100 de nuestra era y comprenden los cuatro Evangelios -de San Marcos, San Mateo, San Lucas y San Juan-, los Hechos de los Apóstoles , las cartas apostólicas -que describen la vida de las primeras comunidades cristianas- y el Apocalipsis o Revelación de San Juan . Al contrario del Antiguo Testamento, que reúne una amplia gama de textos -líricos, epistolares, históricos...-, escritos mayoritariamente en hebreo y algunos en arameo, el Nuevo Testamento guarda mayor homogeneidad y se redacta, probablemente, en griego koiné  -lengua común de la época helenística-. Su estilo tiende hacia la narración y la descripción en tono didáctico, lo que ayuda a la propagación de la doctrina entre los creyentes.

La Biblia en Andalucía. La importancia de la comunidad cristiana en la Bética, incluso en los primeros años de difusión de la religión, conducen al planteamiento de la introducción de la Biblia latina en Europa a través del territorio que hoy conocemos como Andalucía. Diversas hipótesis apuntan que tanto la traducción primitiva, llamada Antigua Latina , como la versión realizada por San Jerónimo " Vulgata " a finales del siglo IV entran, por primera vez, en España y Europa a través de Andalucía. No obstante, las aportaciones históricas que respaldan el hecho de que el Sur de la Península Ibérica fuera puerta de acceso a las primeras traducciones de la Biblia al latín no resultan, en ocasiones, totalmente reveladoras. Existen indicios, como la presencia de los Siete Varones que cumplen el apostalado de San Pablo en el territorio hispánico o la ingente comunicación marítima con Roma y Nápoles, que justifican la necesidad de los creyentes por obtener las Sagradas Escrituras en latín "única lengua hablada por el pueblo de la Bética". Se esgrime, además, que esta necesidad de los textos bíblicos resulta incluso más apremiante que en Roma, donde se hablaría comúnmente el griego hasta finales del siglo II.

En el caso de la Antigua Latina , los estudios de los monjes de Buron en Alemania "especialistas en el análisis crítico de esta versión" reconocen que los códices bíblicos de mayor calidad son los provenientes de España, que luego pasarían a Francia y al norte de Italia. Según estos autores, dichos manuscritos hispanos provenían de la versión africana de la Biblia, realizada en la zona proconsular del Imperio -Túnez y parte de Argelia- a partir del siglo II. Así, el recorrido de estos códices partiría del norte de África para acceder, inmediatamente, a Andalucía, donde las traducciones serían revisadas antes de llegar a las Galias o a Italia.

Debido al creciente número de copias manuscritas, que repercuten en el empeoramiento de las traducciones, la comunidad cristiana reclama una versión más exacta "extraída del original hebreo" en los años posteriores a la realización de la Antigua Latina . De tal forma, se inicia el trabajo de traducción al latín del Antiguo Testamento, promovido por San Jerónimo entre los años 390 y 406. La noticia de este vasto proyecto se divulga por Occidente, de tal modo que en 398 un rico creyente de la Bética, llamado Lucino, envía a Belén a seis amanuenses para que copien la nueva versión latina de la Biblia que tiene prácticamente acabada San Jerónimo. Una carta de éste al potentado residente en el Sur de la Península Ibérica, Lucino, constata el trabajo de estos seis copistas, que consiguen llevar, por vez primera, la Vulgata  a Europa, tomando el camino del norte de África y, más tarde, Andalucía. La Bética obtiene así el privilegio de ser la primera región de la cristiandad que recibe el texto de San Jerónimo, escrituras que aún no poseía Roma.

Las siguientes versiones de la Biblia que se expanden por Occidente parten de los códices de Lucino. Entre ellas, la Biblia completa de San Peregrino, publicada en el siglo V. Sobre ésta, más tarde, entre finales del siglo VI y principios del siglo VII, otro andaluz, San Isidoro de Sevilla, impulsa una nueva edición, muy valorada por tener mayor exactitud con la antigua copia de Lucino. De hecho, gran parte de los manuscritos que circulan por España y Europa en los siglos posteriores "entre ellos, el códice Toledano del siglo X, conservado en la Biblioteca Nacional" nacen a partir de este documento propulsado por la Iglesia hispalense.

La dominación musulmana de la Península a partir del siglo VIII y la posterior persecución que sufren las versiones de la Biblia en la lengua vulgar o romance motivan la paralización de la producción bíblica en Andalucía. Aún así, Sevilla, junto a Toledo, se convierte en uno de los principales focos impulsores de la Biblia impresa desde el siglo XVI. Hasta el reconocimiento en el Concilio de Trento (1546) de la Vulgata como la versión oficial de la Iglesia, dicho proceso de reproducción de las Sagradas Escrituras encontraría más obstáculos que apoyos eclesiásticos para su propagación, existiendo numerosos casos de textos subrepticios en Andalucía que intentaban salvar la censura de la Inquisición.[ José Romero Portillo ].

 

 
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