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ALPANDEIRE, FRAY LEOPOLDO DE

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(alpandeire, málaga, 1864-granada, 1956). Religioso Capuchino. Hermano lego. Hasta los 35 años, exceptuando algunas salidas a la campiña de Jerez como jornalero en tiempos de la recolección y el servicio militar en Málaga, vive siempre con su familia labrando las escasas propiedades paternas y algunas tierras arrendadas. De niño asiste a la escuela donde aprende lo imprescindible: las cuatro reglas, leer, escribir y poco más, a la vez que pastorea ovejas y cabras con las que ayuda a la escasa economía familiar. Miembro de una familia cristiana y religiosa es educado en el amor a Dios y al prójimo desde pequeño. En 1887 sirve al Rey "así se llama la prestación del servicio militar" en Málaga. En 1895 en Ronda, a los pies del Beato Diego José de Cádiz, confiesa a dos frailes capuchinos su decisión de consagrase al Señor como religioso capuchino. Su nombre hasta entrar en religión era el de Francisco Tomás de San Juan Bautista Márquez Sánchez, que cambió al vestir el hábito en Sevilla, en 1899, por el de fray Leopoldo de Alpendeire, con el que será conocido desde entonces. En 1903 es asignado al convento de Granada, donde emite los votos perpetuos. Granada será el escenario de su vida durante más de 50 años. Trabaja en el cultivo de la huerta conventual, en la sacristía y sobre todo de limosnero. Con su alforja al hombro, sus sandalias capuchinas, recorre las provincias orientales de Andalucía por caminos de polvo y nieve pidiendo limosna y edificando a cuantos lo trataban con su humildad, penitencia, desprendimiento y alegría franciscana. Vive constantemente en contacto con el pueblo. En las casas de los ricos pide el pan que luego lleva a los pobres. Cuantos le conocen lo tienen por un hombre santo al estilo de san Francisco: con el testimonio de su vida, con su ejemplo y con su palabra. Dotado de encantadora sencillez, tenía la virtud de transformar la vida, de mitigar las penas, de llevar a Dios. El contacto con los hombres, lejos de alejarlo de Dios, lo empujó a salir de si mismo, a cargar con la cruz de los demás, a comprender y servir a los hombres. Lo que caracteriza y define prácticamente a fray Leopoldo es su oficio de limosnero. Durante los 53 años que vive en Granada la figura de fray Leopoldo "barba blanca, caminar pausado, pies descalzos con frecuencia teñidos de sangre, rosario en mano, y la mirada absorta en un mundo sólo visible para él" se hace familiar a los granadinos. En Granada todos, mayores y niños, reconocían a fray Leopoldo. Los chiquillos decían en la calle: "Mira, por allí viene fray Nipordo", y corrían a su encuentro. A los niños les explicaba algo del catecismo y a los mayores para hablar de sus problemas, angustias y preocupaciones. Rezaba tres Ave Marías y las gentes se despedían de él transformadas. Así, "con la vista en el suelo y el corazón en el cielo y en la mano el rosario", fray Leopoldo recorría Granada repartiendo la limosna del amor, sublimando la monotonía de todos los días, regalando la bondad y la sencillez de su corazón a todos. Profesa una tierna devoción a la Virgen María. La gente le pedía que rezara tres Ave María a la Virgen donde quiera que lo encontraban.

Con 89 años, un día que recibía como de ordinario la limosna, rueda escalera abajo desde un primer piso. Sufre una fractura del fémur. Aunque se recupera ya no puede salir a la calle. En el convento pasa los últimos años de su existencia hasta consumirse poco a poco. Finalmente el humilde limosnero de las tres Ave María muere el 9 de febrero de 1956. Tenía 92 años. La noticia de su muerte corre y conmueve a Granada entera. Un río humano acude al convento de los capuchinos en la plaza del Triunfo a despedir a fray Leopoldo. La fama de su santidad crece de tal modo que todos los días 9 de mes una afluencia de gentes de toda clase y condición visitan su sepulcro pidiendo su auxilio y ayuda. En 1961 se inicia el proceso de Beatificación. Una hojita ilustrada, Fray Leopoldo, da cuenta mensualmente de los favores conseguidos por su intercesión.[ Antonio Larios Ramos ]

 

 
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