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BORDADO

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m. El bordado es el arte de ornamentar los tejidos con hebras textiles, a las que se pueden añadir elementos metálicos o minerales. De origen oriental, las técnicas del bordado son introducidas en España por la cultura ibera, aunque es especialmente con la dominación romana cuando se extiende la afición de adornar los trajes con bordados, a lo que luego se suman, especialmente en Andalucía, los nuevos gustos traídos por los árabes. Esta última influencia queda más manifiesta en las producciones civiles, puesto que la Iglesia prohibe a los infieles realizar objetos para el culto cristiano, los cuales se ejecutaban en los monasterios y abadías, costeados por las donaciones de reyes y nobles.

El bordado en oro.  A lo largo de los siglos los frailes se traspasan los secretos del arte de bordar en oro en los talleres monacales, y también se organizaban grandes obradores en el interior de las catedrales. Será durante los siglos XVI y XVII, con las riquezas traídas de América y el poder que alcanza la Iglesia católica tras el Concilio de Trento, cuando la ciudad de Sevilla, el gran enclave estratégico y comercial del momento, alcance su máximo esplendor en este oficio, elaborando ricas piezas decorativas. La crisis económica del siglo XVII no afecta negativamente a la artesanía del bordado en oro, muy al contrario, contribuye a acentuar el efecto de teatralidad tan del gusto popular, porque hay que compaginar la consecución de unos resultados espectaculares con menores recursos. Aunque no es invención de esta época, se generaliza en ella la realización de imágenes religiosas "de candelero", para ser recubiertas con vestiduras, lo que responde a la corriente de humanización y personificación de las imágenes, tan característica de la religiosidad andaluza.

Esta tendencia lleva a la especialización del bordado en oro para las imágenes religiosas, organizándose sus practicantes en talleres desde el siglo XIX. De entre ellos, a finales de este siglo y comienzos del XX, es el sevillano Juan Manuel Rodríguez Ojeda, apodado por algunos como "el Martínez Montañés del bordado", quien dota a este arte de una nueva y a la vez tradicional personalidad, que sigue predominando hoy en Andalucía. De hecho, a lo largo del siglo XX se multiplican los talleres dedicados en exclusiva al bordado para las hermandades y cofradías.

El proceso del bordado cofradiero arranca con la realización del diseño en papel. Generalmente, es el propio bordador quien ofrece varios bocetos a la hermandad contratante, atendiendo al estilo ornamental considerado "propio" de la corporación, aunque en algunos casos es ésta quien lleva al taller el diseño a ejecutar. En cualquier caso, un paso inicial decisivo es la elección de los tipos de hilos y de puntos requeridos en cada detalle del conjunto, que se plasmarán en el boceto con distintos colores. A continuación, se trasladan los distintos motivos, por separado, a papel vegetal, para trabajar sobre ellos y conservar íntegro el original.

La siguiente tarea es el traspaso del dibujo a la tela. Para ello se procede a picar el contorno de los distintos motivos con un objeto punzante. Seguidamente, se coloca el papel picado sobre fieltro y se esparcen polvos de carbón con una muñequilla, quedando el dibujo perfectamente marcado en ese tejido. Aun así, a continuación se repasan los perfiles con bolígrafo. Entonces puede ya recortarse cada motivo. Paralelamente a esta labor, se van preparando los bastidores de tejer, en los que se bordarán todos los elementos aisladamente.

La combinación de formas, texturas y grosores de los hilos en una pieza es indispensable para que no resulte compacta ni pesada. Cada motivo ornamental juega con las distintas morfologías de hilos, buscando un conjunto estético ágil y armonioso. El hilo más simple es la camaraña, compuesto por finos hilos de seda recubiertos de metal dorado o plateado. A partir de él se fabrican otros tipos con la ayuda del huso, haciéndolo girar de forma que el hilo se vaya enrollando sobre sí mismo. Así se consigue el hilo torzal, el cordoncillo y el calabrote, a base de ir duplicando los grosores. Otro hilo muy requerido es la muestra: si va ondulado, se conoce entonces como moteado, siendo sus variedades más gruesas el ondeado y el brizcado. Y como hilos especiales están el canutillo, un hilo de oro extremadamente fino enrollado a modo de espiral para conseguir una forma de cilindro hueco, y la hojilla, que más que un hilo es una laminilla de oro usada tanto para bordar como para perfilar. Pero asimismo se requieren hilos de seda en todas las tonalidades, porque es relativamente frecuente incluir en las obras algunos detalles ornamentales bordados en seda. También con la ayuda del huso, el bordador fabrica el hilo denominado jiraspe, el cual combina hilo de oro con hilos de seda de distintos colores para bordar con él como si de un solo cuerpo de hilo se tratara.

La principal característica del bordado con hilo de oro o de plata es que éste no atraviesa nunca el tejido, es decir, permanece extendido sobre su superficie enrollado en la broca. Es el momento ahora de elegir el tejido que sustentará los bordados. En los trabajos cofradieros la preponderancia absoluta es del terciopelo, seguida de la malla. Sea cual fuere el tejido base, hay que preparar un bastidor de grandes dimensiones, capaz de acogerlo. Atirantar este bastidor es una tarea para la que se utiliza un sistema de palanca: adosan una tablita de madera al extremo de una vareta, en sentido paralelo a la barra, y pasan una cadena o soga gruesa por ambas. Así, presionando la tabla hacia el interior del bastidor, la cadena tira de la barra en sentido inverso, o sea, alejándose de la otra barra lo más posible. La operación se repite en los cuatro extremos del bastidor, trabando cada uno con un grueso clavo, que se introduce por los taladros de que dispone la superficie de las varetas a este fin. Sólo de este modo puede mantenerse la perfecta tirantez del lienzo.

Cuando el lienzo está perfectamente atirantado, se superpone el tejido. Si es grueso y opaco, como el terciopelo, se suele fijar al lienzo con almidón a fin de evitar la mínima arruga, dejándolo secar veinticuatro horas. Entonces se superpone una copia del diseño original y se van colocando los distintos motivos bordados en su lugar correspondiente; los apuntan con alfileres y los sujetan con algunas puntadas, momento que aprovechan para dar más realce a las piezas que así lo exijan, introduciendo nuevo relleno en su interior. Entonces los fijan definitivamente con pequeñas puntadas. A continuación, perfilan todos los contornos, utilizando principalmente lentejuelas, canutillo o briscado, y añaden a su vez detalles como ramitas, tronquitos y otros, que contribuyen al resalte decorativo de algunos motivos o a la unión de varios de ellos entre sí.

Talleres nuevos y tradicionales.  A diferencia de otros tipos de bordados, que siempre son categorizados como labores propias del mundo femenino, la ejecución del bordado destinado a los enseres procesionales sigue unas pautas singulares. De entrada, la diferencia puede venir marcada por la específica finalidad de las producciones: no se trata de prendas para el adorno personal de las mujeres o para el ajuar doméstico, sino de piezas de culto, la mayoría de ellas para el culto externo, es decir, para procesionar en los pasos y tronos de la Semana Santa andaluza, o en otras épocas si se trata de hermandades de gloria. Esta diferencia entre el destino privado o público del producto elaborado, explica que en origen este oficio fuera ejercido por hombres, tal como constata la documentación existente. Sin embargo, cuando a finales del siglo XIX comienzan a establecerse talleres especializados en estas realizaciones, el hombre suele asumir la dirección de los mismos, así como la creación de los diseños, dejando la ejecución a las oficialas contratadas al efecto.

Distinto es el caso de algunos conventos de religiosas en los que se borda en oro como una actividad más de entre las que llevan a cabo, siempre relacionadas con el culto. La tradición es mantenida enseñando las expertas a las recién llegadas, procurando siempre las órdenes que en cada convento exista al menos una religiosa capaz de diseñar y dirigir la labor. De entre estos conventos, destacan los que incluyen estas técnicas como parte de la instrucción de las niñas y jóvenes que acogen. Sin embargo, las nuevas reglamentaciones de la enseñanza académica no benefician este tipo de actividad, y así estos talleres ven notablemente reducida la mano de obra que suponían estas alumnas. En consecuencia, las religiosas están teniendo cada vez con más frecuencia que bordar ellas en solitario, pero además, según declaran, con un tiempo mucho más reducido de dedicación, al encontrarse mucho más absorbidas en la tarea docente. A ello cabría añadir la propia disminución, en las décadas finales del siglo XX, del número de novicias.

Y si ésta es la situación hasta ahora, las circunstancias laborales actuales están provocando una nueva modificación: son muchos los jóvenes cofrades que, ante la necesidad de proveer a su hermandad de alguna nueva pieza bordada y ante la falta de medios económicos para encargarla a un taller profesional, se ofrecen para realizarla ellos mismos. Algunos de ellos se plantean entonces convertir la afición en un modo de vida, como remedio a la inactividad laboral, por lo que estamos asistiendo a una continua incorporación de manos masculinas en la práctica del oficio.

De este modo, los talleres de reciente aparición, de carácter casi familiar,  conviven con los ya tradicionales, sean conventuales o empresariales. Lógicamente, no todos podrán llegar a ser verdaderos maestros del arte de bordar con hilos de oro ni podrán, por tanto, enseñar estas técnicas a una futura generación. Y, sin embargo, las hermandades seguirán necesitando bordadores que revistan a sus imágenes titulares con el esplendor y suntuosidad que al pueblo entusiasma. Si el efecto teatral deseado puede conseguirse aun a costa de un notable descenso de la calidad, las cofradías no encontrarán problemas de continuidad, pero si de lo que se trata es de mantener vivas unas técnicas de bordado en oro que durante siglos han producido obras de singular perfección, entonces sólo una adecuada protección patrimonial encaminada a salvaguardar los conocimientos de los maestros experimentados podrá conseguir que la artesanía del bordado en oro continúe siendo una de las protagonistas indiscutibles de la Semana Santa andaluza.

Bordado en tul. El extendido uso ritual de la mantilla en Andalucía transmite una singular importancia a la artesanía del bordado en tul. El tul es un tejido reticulado, formado por hilos que se enlazan diagonalmente, cada uno con el contiguo, formando una redecilla. Este tejido se puede realizar manualmente de dos maneras: con aguja o con bolillos. El tul de aguja es muy sencillo, es un festón bastante flojo que forma lazadas donde se apoyan los puntos, también de festón, de la pasada siguiente. El de bolillos se hace sobre una plantilla de punto torchón o de Bruselas, retorciendo los pares y cruzándolos, y clavando el alfiler después de hacer el cruce. A estos dos tipos de tul viene a agregarse el fabricado de forma mecánica, inventado en 1797.

De esta forma, a lo largo del siglo XIX se va imponiendo el tul industrial como soporte habitual de los bordados, disminuyendo progresivamente el número de artesanas capaces de acometerlo y limitándose, por tanto, a las labores decorativas. Además, si hasta entonces estos trabajos eran actividades domésticas destinadas básicamente a satisfacer las necesidades de cada familia, desde principios del siglo XX se empiezan a organizar talleres para la producción comercial. Es entonces cuando los motivos de los bordados, de sencillos y densos pasan a ser más complejos y vaporosos. No obstante, el número de las conocedoras de este oficio disminuye drásticamente en las últimas décadas, y más aún las que dominan la técnica de la restauración. Los trabajos hoy se limitan a los encargos que las artesanas reciben en sus propios domicilios, generalmente bordadoras de avanzada edad, ya que las nuevas generaciones muestran escaso interés por aprenderlo.

El bordado en tul es una labor que necesita una gran delicadeza, debido fundamentalmente a la fragilidad de los materiales empleados. Siempre se utiliza el tul de seda para la elaboración de mantillas y velos de novia, bordado con hilo de seda o rayón, mientras que para colchas, mantelerías, tapetes, embozos de sábanas y otra ropa del hogar, se prefiere el tul de algodón y el hilo del mismo material, porque al ser más resistente soporta mejor el continuo lavado que precisa este tipo de piezas. Los colores más comunes son el blanco y el negro, así como los de gama suave, especialmente el beige, el rosa y el azul.

Los diseños habituales suelen ser motivos vegetales. En algunas ocasiones los realizan las mismas artesanas y en otras puede copiarse un diseño original, bien directamente o bien adaptándolo al tamaño y a la forma de la pieza a bordar, aunque tampoco es infrecuente que sea un diseñador profesional quien ejecute el dibujo. Como en todos los tipos de bordado, la primera tarea es la preparación del bastidor. En el bordado en tul pueden usarse rectangulares o circulares, atendiendo al tamaño de la pieza. Los primeros siguen el proceso usual de fijación y tensado: el cosido de sus orillas a la propienda y el atado de las otras dos a los travesaños. En los segundos, el tul se coloca sobre el aro fijo y a continuación se superpone el aro móvil, ajustándolos para que el tejido quede bien tensado. De una u otra forma, el modelo dibujado en papel se ubica ahora bajo el tejido, sujetándolo a éste con alfileres. Así dispuesto, se va perfilando con hilo el contorno de los distintos motivos para que sirvan de guía. Terminado el proceso, se retira el papel y se comienza a bordar.

Su lento y paciente proceso de elaboración explica claramente la diferente calidad que consigue una pieza artesana respecto a la fabricada por procedimientos industriales mas novedosos. Pero ello va inevitablemente unido a una diferencia de costes y una pérdida de rentabilidad que, como en tantas otras artesanías, se convierte en la principal causa de su abandono. [ Esther Fernández de Paz ].

 

Para más información, visite Wikanda: http://www.wikanda.es/wiki/Bordados_en_puebla_de_guzman

 

 
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