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CARNAVALES

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De acuerdo con la tradición erudita más extendida, los carnavales entroncarían con las antiguas fiestas populares romanas de las Saturnalias y Lupercalias. Con el paso del tiempo, algunas de las fiestas de invierno que se han considerado herederas simbólicas de aquéllas mantendrían como rasgo más distintivo el permitir, mediante muy diferentes comportamientos, la crítica al orden establecido, la permisividad de comportamientos que en otros contextos serían considerados antisociales y el juego de imitaciones estrambóticas que invierten imaginariamente el orden de las cosas: imitaciones de animales, máscaras, inversión de sexos, parodia de personajes e instituciones impensable en la vida cotidiana, etc. El carnaval sería el único vestigio que nos queda de aquel complejo mundo de fiestas invernales que daban comienzo por el mes de diciembre y de las que sabemos poco de cómo se desarrollaron en Andalucía, con la única excepción conocida de las "fiestas de locos" que hoy sólo se conserva en Fuente Carreteros, pedanía de la población cordobesa de Fuente Palmera, pero que también se celebraba en Écija hasta el siglo XIX, y ha desaparecido en fechas recientes de la aldea de La Herrería (Fuente Palmera).

Con respecto a los carnavales, aunque no faltan nominalmente del calendario festivo de gran parte de las localidades andaluzas, la participación real de la población en su celebración es en la mayoría de los casos bastante limitada. Sin embargo, considerada la fiesta profana por excelencia (siempre y cuando no olvidemos que su existencia precede, y en cierta manera se justifica, como preámbulo de la Cuaresma), tiene una gran importancia y participación popular en el mundo rural y urbano andaluz hasta la Guerra Civil, con una rica y variada gama de manifestaciones culturales: juegos (corros), cantos específicos, máscaras, gastronomía; además de las correspondientes coplas satíricas referidas a los acontecimientos del año, con especial referencia a lo que había ocurrido a personajes de la propia localidad. Todo ello inserto en diversiones, canciones y disfraces con un fuerte y provocativo contenido sexual, no menos peligroso a los ojos de la moral religiosa y del orden social. La prohibición que se instaura a partir de 1937, pese a las numerosas resistencias que forman parte del anecdotario de cualquier pueblo, terminaría por hacer efectivo el desarraigo de esta fiesta, que queda como parte de una memoria colectiva interrumpida por varias generaciones.

Con la restauración de la democracia, la recuperación de los carnavales se plantea casi como una cuestión institucional, convertidos en símbolo de fiesta popular, de libertad y laicismo. Sin embargo, transcurridos los años, en gran parte de las poblaciones andaluzas es una fiesta que languidece en un entorno festivo escasamente participativo, generalmente en torno al Domingo de Piñata. Hay, sin embargo, lugares donde el Carnaval continúa siendo un acontecimiento festivo de extraordinaria significación, como en Cádiz, donde incluso se crea un modelo que hoy transciende ampliamente a la propia ciudad. Para Cádiz, los carnavales son su principal símbolo de identificación colectiva, vividos como fiesta total donde la diferencia entre actores, con disfraces carnavalescos de las más diversas simbologías, y espectadores sin máscaras se aproxima bastante a la correspondencia entre gaditanos y forasteros. El origen de esta tradición festiva se remontaría al siglo XVII, aunque es en el transcurso de los siglos siguientes cuando se modela tal y como hoy lo conocemos, datándose las primeras referencias a sus asociaciones carnavalescas en los años treinta del siglo XIX. En 1862 pasa a formar parte del calendario festivo municipal y unas décadas después, en 1884, se oficializan y reglamentan sus agrupaciones carnavalescas: coros, chirigotas, comparsas y cuartetos. Básicamente, se trata de grupos disfrazados de diferentes formas en razón de la alegoría carnavalesca que representen y como se denominen en ese año. El número de sus miembros, clases de instrumentos (güiros o pitos de caña, bombos, cajas, guitarras y bandurrias) y características de sus representaciones y modos de cantar dependerá del tipo de agrupación, siendo la más numerosa los coros y la más pequeña el cuarteto, caracterizado este último también por la acentuación en sus actuaciones de la mímica y representaciones satíricas a la vez que cantan. La composición social de estos grupos, su carácter informal, movilidad de un año para otro y la versatilidad de las letras de sus canciones, compuestas por "letristas" o poetas miembros de las propias agrupaciones que buscarán en los acontecimientos del año los temas para los pasodobles, tangos, tanguillos y coplas que formarán su amplio repertorio, dotan a estas fiesta (y en general a los carnavales andaluces que han sobrevivido o se están restableciendo) de un fuerte sentido y carácter popular; oponiendo, entre otros factores, la imprevisibilidad y renovación anual de sus contenidos, a la formalidad y repetición de acciones que suelen definir la inmensa mayoría de los otros rituales y festejos.

En Cádiz, las fiestas duran desde el Domingo de Quasimodo al Domingo de Piñata, aunque al menos dos meses antes se vive ya el ambiente carnavalesco y, sobre todo en el mes que precede al carnaval, cuando se celebra en el Teatro Falla el concurso de agrupaciones. Después, durante la semana, estos mismos grupos, y los denominados "ilegales", que no entran en el concurso y escapan por ello del control oficial, se mezclarán con el gentío, repitiendo sus canciones y actuaciones por las calles y, sobre todo, por las plazas gaditanas (entre las que sobresale la Plaza de las Flores como punto de encuentro de las agrupaciones) engalanadas y con escenarios preparados para la ocasión.

La personalidad y espectacularidad de esta fiesta gaditana, la difusión que hacen de ella los medios de comunicación en Andalucía y el que nunca dejaran totalmente de celebrarse, a pesar de la prohibición franquista, aunque fueran enmascarados como "Fiestas Típicas", contribuyen a explicarnos su capacidad de irradiación y el mimetismo con que se están copiando, en aquellas poblaciones andaluzas en las que se recupera la fiesta del carnaval, sus tipos de cantes, música e instrumentos, composiciones y formas de actuación de los grupos carnavalescos, e incluso la organización de los actos a lo largo de la semana. Una influencia de la que no se escapan otros carnavales de la provincia gaditana que conservan hasta hoy una cierta importancia por la particularización localista de algunos de sus actos, como son los de Trebujena (festival de murgas, cabalgata, quema de la "Bruja Piti") o de Bornos (composición de las tonás o coplas de murgas con un fuerte contenido satírico). En las dos poblaciones anteriores, según se cuenta, era tal el arraigo popular de los carnavales que se siguieron celebrando pese a la prohibición durante el régimen franquista. Un mito popular que también suele ser evocado en aquellas otras, escasas, poblaciones andaluzas en las que el carnaval sigue ocupando un papel central en su ciclo festivo anual, como Fuentes de Andalucía, en Sevilla, o Isla Cristina, en Huelva. [ José Aguilar ].

 

 
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