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CAZA

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f. Esta vieja cultura con presencia universal tiene personalidad propia en cada país, en cada zona, casi en cada barranco de cada sierra. Y en Andalucía, tan varia de Doñana a Cazorla, de Almería a Sierra Madrona, se dan tantas modalidades de caza que es impensable poderlas contener en este artículo. Baste considerar que nuestras especies cazables son muy variadas. Entre los mamíferos tenemos: ciervo, corzo, jabalí, gamo, cabra montés, muflón, arruí, conejo, liebre y zorro. Y de las aves: perdiz, becada, faisán, codorniz, tórtola, paloma torcaz, paloma zurita, paloma bravía, colín de Virginia, colín de California, estornino pinto, zorzal real, zorzal común, zorzal alirrojo, zorzal charlo, ánsar común, ánade real, ánade rabudo, ánade friso, ánade silbón, pato cuchara, cerceta común, pato colorado, porrón común, focha común, agachadiza común, avefría, urraca, grajilla y corneja.

Habría que comenzar por hablar del trampeo, de tanta tradición entre los cazadores modestos y los furtivos. Lazos, cepos, costillas, perchas, linternas, alares... Y los registros con hurones a las madrigueras de las que salen escapados los conejos para caer en las redes. Artes todas tan antiguas como la gente. Como antigua es la sabia alianza del hombre con el perro, llegando a una compenetración tal que, en ocasiones, hace innecesarias las armas de fuego. Correr liebres con los galgos, mientras los jinetes acompañan las faenas a caballo, es uno de los espectáculos más hermosos que nos puede ofrecer nuestra campiña.

Escopeta y perro.  Pero donde a mayor entendimiento llega el hombre con su perro es en la caza al salto. Trastea el perro cruzándose por delante de la escopeta hasta que, en un momento determinado, se queda parado, inmóvil. Es la muestra. Y cuando se deshace la parada y el pájaro rompe en el aire alcanzado por la perdigonada, llega hasta él el perro y lo arrima a su amo. Quizá en caza menor no haya mayor goce que el tener un perro con buenos vientos y bien educado. La codorniz en sembrados y rastrojos; las liebres, conejos y perdices en las dehesas entrellanas, proporcionan grandes satisfacciones al cazador de escopeta y perro.

También se puede cazar en mano a la andaluza, es decir, con unas escopetas puestas y otras batiendo y tirando las piezas que se vuelven. O a la espera. Por ejemplo, a tórtolas en el aguadero. O al paso, como es el caso de los zorzales, las tórtolas y las palomas.

Pero el rey de la caza menor sin perro es el ojeo de perdices, colocando una línea de escopetas que disparan sobre los pájaros que levantan los batidores. Es un ejercicio de tiro, ya que el cazador nada tiene que poner de su parte en cuanto a astucia o conocimiento para conseguir las piezas.

Las enfermedades "mixomatosis, neumonía vírica" que castigan severamente la población de conejos, son una desgracia no sólo para esta especie sino para las rapaces, linces, zorros y pequeños carniceros que tenían en el conejo el principal alimento. Este simpático y prolífico roedor es, además, la pieza cazable más popular, al alcance de los aficionados más modestos.

Los ánsares en Doñana, ese paraíso especial de la baja Andalucía, dan lugar a unas emocionantes tiradas de larga tradición. Los marismeños practican también el rececho tras las piezas amparados en la confianza que a las aves inspira una caballería. Es la modalidad llamada cabestreo.

La perdiz como reclamo.  Antiquísima es la modalidad de cazar la perdiz, el pájaro, utilizando otro perdigón enjaulado como reclamo. A su alrededor hay toda una ciencia que origina normas y hasta vocabulario propios. Los aficionados a la jaula son los cazadores más apasionados, siendo capaces de abandonar familia y trabajo en cuanto llega, anunciada ya la primavera, la época del celo de la perdiz. Conocer los distintos cantos del perdigón y el debido comportamiento del cazador es todo un arte que puede tardarse años en dominar. Pero, a juzgar por el entusiasmo de sus seguidores, es ésta una forma de caza que da inigualables satisfacciones.

La caza mayor.  La montería española sufre muchas transformaciones a través de los siglos debidas, principalmente, a la evolución del medio en que se desarrolla y a las armas que en ella se emplean. Pero la que se puede llamar montería moderna, cuyas normas se fijan en el siglo XIX, llega hasta nosotros en toda su pureza, al menos hasta la mitad del siglo XX. Y es en Andalucía, fundamentalmente en las zonas de Hornachuelos y Andújar, donde con mayor celo se conservan sus normas tradicionales. El uso del trabuco, por ejemplo, es habitual entre los podenqueros hasta tiempos muy recientes.

Para montear una mancha "parte de sierra a cazar, con refugio de monte para las reses" se rodea ésta de armadas "líneas de tiradores" y se corta su extensión con otras escopetas que forman las traviesas. Asentados en sus puestos los monteros, se sueltan las rehalas "grupos de perros" que baten concienzudamente el monte hasta conseguir que venados y jabalíes salten de sus encames y lleguen, en su huida, a ponerse a tiro de los cazadores.

Descrita así, sucintamente, parece algo muy simple la montería. Y sin embargo es todo un arte. Hay que saber catar "calcular si tienen reses" las manchas, cortarlas sabiamente con las armadas y montear como es debido. Depende del terreno que se guíen los perros a una mano "atravesando la mancha de un extremo a otro", al tope "partiendo la mitad de las rehalas de cada extremo de la mancha para rematar en el centro", al cruce o dando la  vuelta "girando sobre la zona a montear".

El montero.  Son tantas las normas a observar y las circunstancias a conocer para iniciarse en la montería, que los novicios suelen ampararse en los conocimientos de quienes les precedieron en esta afición. La escuela más habitual es la familia, ya que la pasión por el monte suele pasar de padres a hijos. Y, así, desde pequeño, se puede ir formando el cazador; conocer la influencia del viento en las corridas de las reses; habituarse al manejo prudente de las armas; usar de generosidad y buenas maneras en la convivencia con los compañeros y las personas que ayudan en el campo al éxito de la jornada.

Estar en un puesto exige muchos cuidados: no tirar a los visos "líneas de horizonte"; tener muy en cuenta la posición de los demás monteros; no mejorarse "abandonar el sitio que le es designado para conseguir ventaja"; no disparar a menos que se vea con claridad qué es lo que se mueve en el monte; respetar la jurisdicción o tiradero de los demás. Y, en caso de herir una res, no reclamar en la casa a la vuelta del campo, sino seguir por sus rastros desde donde se tiró, hasta dar con ella en el sitio donde finalmente haya caído. Y, en caso de desacuerdo en la disputa por una pieza, someterse al buen juicio del montero más antiguo de la armada admitiendo sin resistencia su veredicto. En el campo es donde con más claridad se advierte la buena educación de la gente.

Los perros.  La base de la montería española es el perro. Y de la andaluza el podenco. El de pelo largo y fuerte "sedeño" y de gran alzada es, por sus buenos pies y su alegre dicha "ladrido", el más adecuado para nuestras manchas en las que abunda el cervuno. Junto a él está el mastín, fuerte y de ronca voz, eficaz en los agarres "inmovilización de reses heridas que serán rematas por el perrero a cuchillo".

Pero en las rehalas andaluzas siempre proliferan las cruzas de podencos con mastín. Y cuando en Córdoba, por ejemplo, se habla de un cruzado, éste proviene, indefectiblemente, de mastín y podenco. Es indudable que puede ser también eficaz un perro de raza indefinida, pero en las rehalas entraña la dificultad de no tener continuidad en los hijos por falta de casta concreta.

La montería no sería posible sin perros y éstos no podrían existir sin buen gobierno. Por eso, la figura del perrero, hasta no hace tantos años equipado con coleto, montera, trabuco y cuerno para la pólvora, se convierte en imprescindible. Él decide sobre las cruzas, escoge entre los cachorros los que servirán en las manchas, los educa para mandarlos con la voz y la caracola que usa como trompa de caza. Los grandes perreros son recordados siempre por los buenos aficionados.

El lanceo en Doñana. Cuando el rey Alfonso XI, tras vencer a los moros en Algeciras y El Salado, se encamina con sus huestes a someter la plaza portuguesa de Évora, oye hablar de un lugar que estaba al paso y al que llamaban La Rocina. Le explicaron cómo allí cazaban el jabalí, persiguiéndolo a caballo por las marismas. Conque el buen rey deja para más tarde la batalla y se va a alancear cochinos en lo que, siglos más tarde, se llamaría Doñana y donde hoy se sigue cazando en las mismas condiciones en un ejercicio de habilidad con el caballo y la lanza lleno de belleza.

Toda una cultura. Tanto la caza menor como la mayor de alta montaña o la montería dan lugar a una muy importante literatura cinegética. Recientemente, publica el conde de Trastamara su Bibliografía Venatoria Española , que tiene nada menos que 2.499 entradas sólo de títulos, cada uno de los cuales ampara diversas ediciones. De tanto testimonio literario, es lógico que gran parte trate de la caza andaluza. Sin citar autores vivos, hay que destacar obras tan importantes como Narraciones de caza mayor en Cazorla de Juan Luis González-Ripoll, Solitario de Jaime de Foxá, Las monterías de Sierra Morena a mediados del siglo XIX de Pedro Morales Prieto, Recuerdos de montería de Diego Muñoz-Cobo, varias obras de Alfonso de Urquijo y La España inexplorada de Abel Chapman. Sin olvidar el Libro de la monteríadel rey Alfonso XI , o Alfonso X según algunos, en el que se describen todas las manchas de caza mayor andaluzas.

Tiempos de cambio.  En los años sesenta del siglo pasado comenzaron a cercarse para el cervuno algunas fincas, siendo el Estado uno de los primeros propietarios en  hacerlo ("Lugar Nuevo", en Jaén). Fueron varias las causas de esta decisión. Había zonas en las que se pretendía defender los cultivos colindantes. En otras se trataba de asegurar los resultados de las monterías comerciales, al tener la seguridad de que habría reses en la mancha. Simultáneamente, la montería, que se practicaba exclusivamente entre amigos, sin fines lucrativos, pasó a ser casi la única rentabilidad de las grandes fincas de sierra. Y se generalizó la montería comercial. Gestionar una finca se convirtió en una habilidad nueva, buscando equilibrar la población de reses y conseguir buena calidad en sus trofeos.

La montería andaluza es hoy una importante fuente de riqueza que genera muchos puestos de trabajo, ya que existe una gran demanda. Pero, al ir mejorando los resultados económicos y venatorios, se ha ido perdiendo algo del viejo aroma romántico de la convivencia en la sierra. [ Mariano Aguayo ].

 

 
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