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Comunidad autónoma española, y región histórica configurada por los antiguos reinos de Córdoba, Granada, Jaén y Sevilla. Es la más poblada de España con 7.357.558 h. (censo 2001) y la más extensa, tras Castilla y León, con 87.567 km 2 , cifras que la sitúan por delante de muchos países europeos, como Dinamarca, a la que duplica en superficie, Suiza o Irlanda. Está formada por ocho provincias, Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla, donde se ubica la capital. Limita al norte con Extremadura y Castilla La Mancha, al este con Murcia, al sur con el mar Mediterráneo y el océano Atlántico y al oeste con Portugal. Representa el 17,3% de la superficie española y el 18,2% de su población. El órgano de autogobierno es la Junta de Andalucía.

GEOGRAFÍA
Límites.Más de la mitad de sus límites son marítimos (Mediterráneo y Océano Atlántico) y, en el resto, Sierra Morena ha supuesto históricamente un claro impedimento con la meseta ibérica, constituyendo aún el nombre de Despeñaperros algo más que un obstáculo físico para convertirse en símbolo de frontera. La primera delimitación conocida de este espacio es la provincia Bética, que hace unos dos mil años Roma percibe como diferente por la naturaleza de sus tierras y la alta civilización de sus gentes. Incluía prácticamente la Andalucía actual más el sur de Badajoz.

Después, aunque al-Ándalus no es sólo el territorio andaluz, sí que éste constituye la base económica, política, fiscal, social y cultural de aquel; incluso algunos historiadores hacen coincidir uno de los cuatro países de la parte islamizada de la Península ( al-Ándalus, propiamente dicho, al sur), con los límites actuales. Los seis reinos almohades apenas difieren de la configuración posterior y tras la conquista castellana los reinos de Jaén, Córdoba, Sevilla "de donde se desgajan luego las provincias de Huelva y Cádiz" y Granada "que da lugar a Málaga y Almería" constituyen, con ligeros retoques posteriores, la delimitación presente, fijada definitivamente en 1833 después de siglos de existencia común en un espacio que tiende a superponerse con la divisoria de aguas entre el Guadiana y el Guadalquivir.

Situación.  Andalucía presenta una situación especial, entre los continentes de Europa y África y los mares Mediterráneo y Atlántico, lo que explica mucho de su geografía e historia y deviene hoy en un recurso o renta de situación, no aprovechada en todas sus posibilidades. Gibraltar es el final del mundo Mediterráneo antiguo, del Non Plus Ultra, llave que distintos imperios y pueblos pretenden poseer (fenicios, cartagineses, romanos, árabes, castellanos) en una larga historia en la que el valor geoestratégico del Estrecho y, en general, de Andalucía llena miles de páginas. Y, dejando a un lado interpretaciones recientes, que  copian y manipulan citas descontextualizadas de prestigiosos autores, como Bosque o Domínguez Ortiz, es algo admitido en general que tal posición enlaza mundos de Norte y Sur, Oriente y Occidente; y que tal situación es encrucijada de caminos, puente y síntesis.

Andalucía, aunque periferia de Europa, es lugar de unión de dos grandes ejes continentales. El Mediterráneo (desde Italia, sur de Francia, Cataluña, Valencia y Murcia), corredor urbano, con cada vez más infraestructuras, agricultura desarrollada, industria, turismo; y el Atlántico, que llegaría a Sevilla por la Ruta de la Plata. Esa especie de "U" debe convertirse en "Y", enlazando con el norte de África, que, si hoy es un mundo subdesarrollado y con fuerte emigración, posee potencialidad de futuro como zona mediterránea de pueblos jóvenes.

Imagen de Andalucía.  La situación apuntada antes y sus consecuencias de paisajes mediterráneos y africanos, de riqueza histórica, cultural y monumental; de folclore y de mezcla un tanto exótica componen una imagen de Andalucía muy repetida, sobre todo por los viajeros románticos del XIX, y que ha llegado hasta hoy. Aunque existen antecedentes desde la antigüedad (Polibio, Varrón, Estrabón, Ptolomeo") que dan a conocer la configuración litoral y exaltan los recursos. Luego los textos árabes de Razí, Idrisi, Ibn Battuta y otros transmiten una constante imagen territorial basada en ciudades  y naturaleza (huertas y jardines). Los viajeros ilustrados del XVIII añaden preocupaciones económicas, sociales, políticas e incluyen percepciones desarrolladas posteriormente.

Y es en el XIX cuando se elabora la imagen más persistente de Andalucía, estudiada profusamente por M. Marchena, de cuya obra proceden algunas de estas frases: tierra edénica, que sus habitantes no se merecen; exotismo africano y oriental en costumbres y paisajes pintorescos, de contrastes verticales, montaña, y horizontales, llanos; importancia de las ciudades con tres paradigmas, Mezquita de Córdoba, Alhambra de Granada y Alcázar de Sevilla; papel de la agricultura e interpretación del subdesarrollo con cierta ligazón a una perifericidad social. Parte de esa interpretación se mantiene hoy, pero cada vez más se tiende a una imagen, en la que, sin duda, cuentan los muchos siglos de al-Ándalus y se integran otras herencias.

Relieve.  El solar andaluz es el resultado de la conjunción de dos placas tectónicas: la europea, cuyo borde meridional es Sierra Morena, y la parte septentrional de la africana, que se fractura y sustenta las cordilleras Béticas y del Rif "separadas más tarde por el hundimiento de la corteza terrestre en Alborán", formadas en los plegamientos alpinos de la era Terciaria. En medio, existía un antiguo mar, Thetys, precedente del Mediterráneo, que se va rellenando con la erosión de materiales emergidos hasta formar el Valle del Guadalquivir, en cuya parte baja aún quedan zonas de marisma.

Así se sucede la siguiente estructura transversal de Norte a Sur. Al Norte, Sierra Morena, de rocas antiguas, abundante mineralización (Riotinto, Peñarroya, Linares), relieves escarpados, generalmente duros (cuarcitas de Despeñaperros, granito de los Pedroches), escaso valor agrario y presencia vegetal, supone tradicionalmente una frontera con la meseta ibérica. Al Sur, el Valle del Guadalquivir, de materiales recientes y blandos, formas suaves de colinas y llanos, con buenos suelos, sobre todo los bujeos * , propiciadores de secanos y vegas, asentamientos de población "que dan lugar a ciudades como Sevilla, Córdoba o Jaén" y fáciles comunicaciones.

En las cadenas béticas se distingue una parte norte, el Subbético más el Prebético de Jaén, predominantemente calizo, con relieves de pliegues bien conservados, fenómenos kársticos * (dolinas o torcas, simas, fuentes) y una creciente presencia de cultivos, sobre todo del olivar desde el este, más boscoso (Sierra de Cazorla), al centro (Sierra Mágina, Subbético cordobés con Cabra y Priego) y oeste (Osuna, Estepa, Morón). Al sur, la Penibética, donde se mezclan rocas metamórficas (pizarras, cuarcitas, mármoles) y calizas, de cultivos tradicionales, según alturas y orientación (Filabres, Sierra de Baza, Alpujarras,  Axarquía, Montes de Málaga, Ronda).

En medio, y formando parte del sistema bético, una Depresión o surco intrabético, de materiales detríticos o de relleno, se erige junto con el gran Valle en un paso natural donde surgen ciudades como Antequera, Loja, Granada, Guadix o Baza, y existen antiguas vegas. Finalmente, la costa, unidad geomorfológica de gran longitud y asiento de importantes urbes (Almería, Motril, Málaga, Marbella, Algeciras, Cádiz, Huelva), consta de dos áreas: la mediterránea, en la que se alternan acantilados de las sierras penibéticas con deltas, conos y playas que permiten ricas agariculturas y turismo. Y la atlántica, con predominio de costas arenosas, dunas, flechas, marismas, y una dinámica litoral muy activa, como puede observarse en el rápido crecimiento de la barra de El Rompido en la costa onubense.

Clima.  La latitud (36º en Tarifa y 38º 45" en el norte de Córdoba) y la situación al oeste continental, inserta a Andalucía en el clima mediterráneo, de inviernos suaves, veranos calurosos y secos y unos valores generales que suelen cifrarse en 18º C de temperatura media anual y 600 milímetros de precipitaciones anuales. Si bien existen algunos matices, como sucede en los climas de montaña, que aproximadamente disminuyen medio grado por cada 100 m. de altitud y aumentan las precipitaciones en las laderas de barlovento, es decir, las que están de cara a los vientos predominantes. Estos vienen del oeste; unos asociados a borrascas del frente polar, del que nos encontramos en el límite de sus trayectorias (invierno, primavera y otoño), a diferencia de la cornisa cantábrica, que recorren con frecuencia; otros proceden del Golfo de Cádiz, produciendo también nubes y lluvias. Pero en ambos casos las precipitaciones descargan en occidente "por eso Grazalema es tan húmeda: más de 2.000 litros por metro cuadrado" y hacia el este circulan más secos "de ahí la aridez de Almería: menos de  200 milímetros en Gata". Las situaciones anticiclónicas "altas presiones con tiempo despejado y seco" se deben en invierno a las masas frías continentales y, con menor frecuencia, a la irrupción de aire polar, aunque ya modificado; y en verano, al anticiclón de las Azores, con tiempo cálido y seco.

La mayor parte del territorio goza de un clima de inviernos suaves, en torno a los 10ºC de media en el mes más frío  "12ºC, por ejemplo, en Cadiz, disminuyendo a 8ºC en Jaén por la altura y la lejanía del mar", que en la Depresión Intrabética baja a 6ºC (Granada) y sobrepasa los 12ºC en la Costa subtropical, protegida de los vientos del norte por el murallón de Sierra Nevada. La media del mes más calido presenta mayor homogeneidad, en torno a los 25ºC, si bien en el Valle del Guadalquivir sube a 28 y se registran temperaturas máximas instantáneas superiores a 40ºC.

Ríos y cuencas hidrográficas. El clima explica mucho de la escorrentía fluvial y los ríos andaluces se ven afectados por la sequía estival y las fuertes irregularidades interanuales de tradicionales sequías e inundaciones, muy atenuadas por la existencia de embalses. Entre estos últimos destacan los de Iznájar (Córdoba), Guadalcacín (Cádiz), Negratín (Comarca de Baza) y Tranco de Beas (Jaén), que suman casi el 30% de la capacidad de regulación máxima total. Ésta equivale en Andalucía  a la descarga fluvial media anual "unos 10.000 hm 3 ", pero los recursos hídricos andaluces se sitúan en unos 5.500 hm 3 "entre lo embalsado y las extracciones de acuíferos", menos que la demanda, estableciéndose un déficit, que el Plan Hidrológico Nacional no reconoce, más que para la cuenca Sur; y, aun así, lo poco previsto se refiere sólo al Valle del Almanzora.

La cuenca Sur consta de una serie de ríos cortos, de fuertes pendientes y régimen irregular, que desembocan en el Mediterráneo desde el río Almanzora, al norte de Almería, hasta el Palmones en Algeciras, pasando por el Andarax, Adra, Gaudalfeo, Vélez, Guadalhorce (Málaga) y Guadiaro. En total casi 18.000 km 2 , íntegramente en Andalucía, de la que cubre la quinta parte. La cuenca del Guadalquivir alcanza casi el triple; y algo más del 90 % de su superficie (57.100 Km 2 ) se localiza en nuestro territorio, así como el 98 % de sus aguas "la parte de Badajoz y Ciudad Real son cauces de cabecera de escaso caudal". El río Grande "que eso significa Guad-al-quivir" discurre desde la jiennense sierra de Cazorla hasta la gaditana  Sanlúcar de Barrameda, pasando por Córdoba y Sevilla. A la vez que los dos grandes afluentes por la izquierda, Guadiana Menor y Genil, recorren tierras granadinas más algún espacio almeriense y malagueño. Tampoco queda fuera Huelva de la cuenca Grande a través de los afluentes del Rivera de Huelva, destacando ya en las  provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén los tributarios mariánicos Viar, Bembézar, Gaudiato, Guadalmellato, Jándula, Guadalén y Guadalimar.

A pesar de la coincidencia de estas dos cuencas hidrográficas "que cubren el 80 % de Andalucía" con los límites autonómicos y de la posibilidad de transferencia de titularidad, o al menos de gestión, según la Constitución y el Estatuto, la del Guadalquivir aún está en poder del Estado, con las consecuencias negativas que eso supone "desconexión de políticas con materias transferidas, sobre todo". Del 20 % restante, el 15% son también ríos interiores (Guadalete, Barbate, Tinto, Odiel y Piedras), quedando sólo el 3,7% de la cuenca del Guadiana, con el Chanza dentro de Huelva,  y el 2 % del Segura.

Vegetación y Parques Naturales. La vegetación natural, que depende sobre todo del clima, es también de tipo mediterráneo "y más concretamente con mayor extensión de la provincia corológica Bética" y, al igual que en otros paises del entorno, muy castigada y modificada por la acción humana (talas, cultivos, sacas de madera, repoblaciones, incendios), que reduce los bosques a las zonas montañosas. La situación entre continentes y mares repercute, asimismo, en una variedad poco común con especies únicas como el pinsapar, si bien dominan las adaptadas a la sequía, tanto en arbolado (de hojas pequeñas y duras,  la familia quercus , por ejemplo: encinas, alcornoques, quejigo o roble andaluz ), como en matorral, a veces espinoso y con abundancia de aromáticas (jaras, tomillo, romero, alhucema) y, en las tierras más áridas de Granada y Almería, abundan el  esparto y el albardín.

Las diferentes altitudes, más las variables solana/umbría, barlovento/sotavento y las distintas naturalezas edáficas, introducen variedad, de las que pueden apuntarse algunas relativas al arbolado. Así, en Sierra Morena, predominantemente silícea, orientada generalmente al sol y receptora de precipitaciones, se suceden, de las zonas basales a las cumbres, alcornoques con acebuches, encinas, quejigos y melojares. En el conjunto de las Béticas las variables indicadas componen una mayor heterogeneidad y a las especies dichas se unen coscojas, chaparras y pino carrasco, entre otras. Casos particulares son los pinsapares de Ronda y Grazalema, los pinos silvestres con enebros y sabinas de  Segura, Cazorla o Mágina, así como otros pinares y eucaliptos "sobre todo en Huelva", testigos de repoblaciones no siempre adecuadas. Finalmente, las cliseries de Sierra Nevada suponen una rica catalogación de quercus , olmos, pinos, sabinas y flora del piso más alto, o crioromediterráneo, con algunas plantas endémicas o nevadensis .

Una importante apuesta autonómica ha sido la protección de espacios, que superan el millón y medio de hectáreas. Antes de realizarse las primeras transferencias en estas materias (1984) sólo había en Andalucía unas 40.000 ha: Doñana, el Torcal de Antequera y un pequeño lugar en la Sierra de Cabra. Existen distintas figuras, entre las que destacan los Parques Naturales "la mayoría, en la montaña", donde se intenta compensar las restricciones de uso, impuestas por la protección, con  mejoras en las condiciones de vida para evitar la despoblación y alentar a un mejor cuidado del patrimonio natural y cultural; pero, también, fuente de ingresos, como ocurre en las dehesas.

Paisajes agrarios.  El espacio cultivado equivale al 40% de la superficie andaluza, tras el abandono de algunas tierras marginales, mientras que otras extensiones se convierten en regadíos, quedando aún las tres cuartas partes de los campos como secanos (2,5 millones de ha). En los campos predominan tradicionalmente las grandes propiedades "originadas en los repartos a nobles, órdenes militares y clero en la conquista castellana", causantes de problemas sociales hasta no hace mucho tiempo, en que los beneficios radican más en la distribución "con pocas empresas andaluzas" que en la producción. El barbecho prácticamente ha desaparecido y a los cereales, trigo sobre todo, se unen leguminosas y otros cultivos como el girasol, componiendo los herbáceos un millón de hectáreas muy mecanizadas. Mayor es la extensión del olivar, presente por doquier, existiendo verdaderos bosques en algunas comarcas de Jaén o Córdoba, con aumentos de las instalaciones de goteo, mientras el almendro se extiende por la parte oriental; y la vid, el otro cultivo de la famosa trilogía mediterránea, se reduce bastante en torno a las denominaciones de Jerez, Montilla-Moriles y Condado.

El regadío es muy antiguo en Andalucía y en la época andalusí se elogian los huertos de pueblos y ciudades, destacando las vegas granadinas, pero la mayor expasión tiene lugar en el siglo XX, cuando se multiplica por cinco desde las 200.000 ha iniciales. Las principales zonas transformadas son las marismas convertidas en arrozales, las colonizaciones del Bajo Guadalquivir y los nuevos regadíos en torno al río Grande en Jaén, Córdoba y Sevilla con paisajes de cereales, algodón, frutas, remolachas, forrajeras y olivar. También se modernizan las vegas litorales, en algunas de las cuales, Granada principalmente, se cosechan especies tropicales únicas en Europa, como chirimoyas, mangos, aguacates. Pero las modificaciones más espectaculares se producen en antiguos pastizales áridos del Campo Dalías "que aparece cubierto de invernaderos, de ingentes producciones hortofrutícolas, en torno al millón de toneladas de tomate, por ejemplo, pero con ciertos problemas ecológicos y paisajísticos" y los arenales del litoral onubense, donde las fresas, en túneles y acolchados, y los cítricos modifican el aspecto territorial y la economía de muchos pueblos.

Localizaciones de actividades económicas. El paisaje agrario apuntado sustenta en torno al 10% de la economía andaluza, según diferentes parámetros (producción, valor añadido, PIB, empleo), incluyendo el pequeño monto de la ganadería "la mayor parte intensiva" y los aprovechamientos forestales; mientras que el apartado de pesca, que apenas supone el uno por ciento de la producción, se concentra fundamentalmente en los puertos del litoral onubense y gaditano. La mayor parte de la actividad económica se localiza en las ciudades, calculándose que los dos tercios de las inversiones industriales "un sector que con la energía se sitúa alrededor del 13% del VAB, mientras que la minería añade poco" se ubican en las zonas urbanas, sobre todo en las áreas metropolitanas de Sevilla, Cádiz y Huelva, que, con el Campo de Gibraltar, suman la mitad de aquéllas.

La construcción "con variables económicas similares a la agricultura" depende lógicamente de la importancia de los núcleos y tiene un añadido en las zonas de turismo costero, sobre todo, en Málaga y las ciudades monumentales. Precisamente el turismo, que se incluye en el grupo de los servicios, cobra un peso decisivo en la economía andaluza, localizado fundamentalmente en las urbes. En función de la importancia demográfica adquieren mayor presencia los servicios públicos (sobre el 18%), como la educación "universidades en las ocho capitales y centros de enseñanza media en bastantes poblaciones", la sanidad, con hospitales comarcales, y la administración. Algo parecido sucede con el comercio, que cada vez posee superficies más grandes en las periferias urbanas, los servicios avanzados a empresas, tan importantes para el crecimiento económico, cuyas sedes centrales y, sobre todo, delegaciones generalmente de Madrid, radican en las capitales de provincia, las actividades de crédito, los seguros, las inmobiliarias y otros servicios, como transportes y comunicaciones, si bien se trata de actividades ligadas a las líneas de infraestructuras.

Sistema de ciudades.  En el territorio andaluz existe desde antiguo una gran cantidad de ciudades, citadas en la Bética romana y elogiadas por los viajeros en al-Ándalus, época de la que se conservan castillos, alcazabas, lienzos de murallas, callejeros y conocidos monumentos. La expansión moderna, que sigue por lo general los grandes ejes viarios, es muy considerable y a veces conserva un cierto aire identificador, que también aparece en el sistema y su distribución.

A diferencia de la macrocefalia madrileña o del área metropolitana de Barcelona respecto a Cataluña, la distancia de peso demográfico entre Sevilla y Málaga es escasa y la curva de inserción del conjunto presenta cierta regularidad. Cerca del 40% de la población reside en núcleos mayores de 100.000 h. y más del 60% en municipios que superan los 20.000. En las Sierras el poblamiento es más débil y sólo destaca Ronda en una depresión entre montañas penibéticas; el Subbético, en cambio, es asiento de importantes poblaciones, como Alcalá la Real, Priego, Cabra, Estepa, Osuna y Morón. El Valle del Guadalquivir (Úbeda, Jaén, Córdoba, Montilla, Écija, Sevilla y su área metropolitana, Jerez") y la Depresión Intrabética (Baza, Guadix, Granada, Loja, Antequera) son pasos naturales y de larga trayectoria urbana. Mientras, la costa concentra cada vez más población y cuenta con ciudades como Almería, Motril, Vélez-Málaga, Málaga y los núcleos de la Costa del Sol (sobre  todo Marbella), Algeciras y las urbes del Campo de Gibraltar, la Bahía de Cádiz (San Fernando, Chiclana, Puerto Real, Puerto de Santa María, Rota) y Huelva.

Infraestructuras.  Con respecto a las infraestructuras de comunicaciones y transportes, el litoral "densamente poblado, urbanizado y con cierto despegue económico" es la zona que más problemas registra, pues no existe el ferrocarril (salvo Málaga-Fuengirola) y la autovía no recorre todo el trayecto Adra-Algeciras. Precisamente desde este puerto "principal enlace con el norte de África" se está construyendo una autovía entre Los Barrios y Jerez, que comunicará con la autopista de peaje Cádiz-Sevilla. Desde la capital autonómica parte una vía rápida hacia el Algarve, pasando por Huelva y algún ramal que se aproxima a una costa ocupada en buena medida por marismas. También existe una autovía que recorre el Valle del Guadalquivir hacia Madrid y la A-92, que conecta las ciudades de la Depresión Intrabética, entra en Murcia por la comarca de los Vélez y enlaza con Málaga por Antequera y, por Guadix, con Almería, desde donde existe una autovía hacia el norte por Huércal Overa. A esta red, predominantemente transversal, se unen la que desde Jaén llegará pronto a Motril por Granada y el Valle del Lecrín, más la menos avanzada Córdoba-Málaga y la Ruta de la Plata.

El trazado del AVE Córdoba-Málaga y el enlace con Granada desde Bobadilla, aparte de lanzaderas y otros proyectos de alta velocidad, se ven dificultados por falta de inversiones estatales y discrepancias de recorridos; y hasta parecen peligrar algunas mejoras introducidas recientemente en una red de trenes regionales. A la importancia del puerto de Algeciras, especialmente en viajeros, se unen los de Málaga y Almería; y en mercancías destacan Huelva y los puertos de la Bahía de Cádiz, sin contar los numerosos muelles pesqueros, que presentan una actividad en decadedencia. En cuanto a aeropuertos * , sobresale el internacional de Málaga, ligado al turismo y los vuelos charters, el de Sevilla, con pocas líneas al extranjero y afectado por la centralización producida en Barajas, y los de Jerez, Almería y Granada, de escaso tráfico.

Población. En 2002 Andalucía cuenta con 7.478.432 h., más del doble de los que tiene hace un siglo, cuando las tasas de natalidad se acercan al 40 por mil y las de mortalidad al 30 por mil "con crecimiento vegetativo, consecuentemente, en torno al diez por mil". Los consabidos progresos sanitarios reducen las tasas de mortalidad al 10 por mil a mediados del siglo XX, bajando de ocho a principios de los ochenta con un pequeño aumento reciente por el envejecimiento de la población. Ésta responde a la fuerte emigración que tiene lugar hace 30-40 años y al descenso de natalidad, situada hoy en torno al 11 por mil, por lo que el crecimiento natural oscila poco del tres por mil.

Entre 1950 y 1980 se registran unos saldos migratorios negativos cercanos a los dos millones. Los emigrantes andaluces se instalan en las áreas metropolitanas de Barcelona, Madrid, Valencia y otras urbes con más ofertas de empleo e inversiones estatales, escasas en Andalucía, donde se produce la mecanización, en parte, de las grandes propiedades agrícolas; a la vez que tiene lugar un éxodo rural a algunas ciudades andaluzas. Esta tendencia, incrementada ultimamente por el mayor dinamismo económico del litoral "turismo, agricultura forzada, urbanizaciones, servicios" y de las áreas metropolitanas, está desequilibrando la distribución demográfica con zonas serranas despobladas y envejecidas y áreas intermedias en el Valle del Guadalquivir y la Depresión intrabética. Por ejemplo, la Sierra Norte de Sevilla tiene 12 habitantes por kilómetro cuadrado y la cercana área metropolitana pasa de mil, cuando la media andaluza se ubica en los 85 habitantes por kilómetro cuadrado.

La estructura poblacional también cambia mucho y la pirámide de edad se acerca a la figura de cofre: el porcentaje de mayores de 65 años crece del 5% al 15% en un siglo y la distribución por sectores refleja grandes modificaciones. No tanto, por desgracia, en la industria como en la agricultura, cuyo porcentaje se reduce a la mitad sólo en veinte años, y los servicios  ganan diez puntos en ese intervalo.

Organización del territorio y comarcas. La geografía andaluza se articula en un esquema de superficies "la mayor parte del territorio, con espacios forestales y paisajes agrarios", puntos "ciudades que concentran población y actividades económicas" y líneas "autovías, ferrocarriles, etc.", que unen esos núcleos y atraviesan las superficies. Así es más fácil captar y transmitir la organización del territorio, que deriva de unas condiciones naturales, aprovechadas y transformadas por la acción humana durante siglos, sometida a normas, proyectos y planes por parte de la administración pública, principalmente autonómica, pero también estatal y municipal.

Además de los núcleos "donde los servicios públicos tienen su sede", las líneas o ejes se relacionan con inversiones no privadas y también las superficies, como determinadas disposiciones agrarias o forestales que tratan de proteger, entre otras cosas, los Parques Naturales y el desarrollo rural. Pero en este esquema y en relación a las actuaciones político"administrativas se debe tener en cuenta otro elemento: determinar cuál es la delimitación territorial para una gestión más eficaz. Los municipios son las circunscripciones inmediatas y donde recae casi todo lo referido a planificación urbana y parte de la gestión burocrática que atañe a los ciudadanos. Desde 1833 existen las provincias * , que entonces tenían un sentido económico, fiscal y de gestión, si bien con el paso del tiempo el Estado autonómico y el acortamiento real de distancias, con nuevos modos de transporte y comunicaciones, hacen que se trate de divisiones obsoletas, tanto que las diputaciones provinciales apenas tienen contenidos.

Por este motivo, cada vez se hace más patente la necesidad de agrupar municipios para determinados servicios, planes, desarrollos económicos, actuaciones de la administración e inversiones. Incluso como una forma de captar el espacio para distintos enfoques y usos, ya que un mapa provincial enmascara la realidad y los datos de 770 municipios son poco manejables. Así, están apareciendo uniones municipales en forma de mancomunidades, consorcios y comarcas, especialmente a efectos de planes y proyectos económicos.

Desequilibrios territoriales.  Andalucía crece indudablemente en muchos aspectos e incluso acorta alguna distancia respecto a la Unión Europea y España, situándose a comienzos del siglo XXI en torno al 65% y 78% de ambas medias en parámetros como el PIB o la renta. No obstante, Andalucía sigue estando al final del Estado autonómico "antes o después de Extemadura, según los años" y en los últimos lugares de Europa. Por tanto, el acortamiento de distancias, aunque la posición relativa apenas cambie, es algo que se debe valorar en un mundo donde en general las diferencias entre países y territorios tienden a agrandarse.

La inexistencia de esta fractura tiene bastante que ver con la situación autonómica, ya que existen competencias, presupuestos y decisiones propias, que en un Estado centralizado suelen funcionar con una dinámica de acumulación sólo en determinados lugares. Eso es lo que sucede antes de mediados de los años setenta del siglo XX, cuando el País Vasco, Cataluña y Madrid concentran la mayor parte de la producción. Tres décadas más tarde esa situación cambia algo, salvo el caso de la capital estatal, que en los últimos años de fuerte neocentralización está acaparando inversiones públicas, instalaciones de sedes de grandes empresas, finanzas, etc.

Resulta interesante estudiar los desequilibrios internos, entre la costa y las áreas urbanas, de un lado, y las zonas serranas, de otro. Sin embargo, es difícil establecer comparaciones ­"a no ser que se realice a nivel provincial", debido a la disgregación de datos. A mediados del siglo XX el PIB se concentra en la parte occidental, nucleada por Sevilla (126%), frente a una zona oriental más pobre, como Granada (78%). A comienzos del siglo XXI existe una dispersión más homogénea, en la que destacan Almería (120%), Málaga y Huelva, manteniéndose Granada en la cola, pero con el 87%. [ Gabriel Cano ].

Flora y fauna de Andalucía.Para profundizar en la riqueza y variedad del mundo natural de Andalucía sería preciso rastrear una convulsa historia geológica, tectónica y litológica. Basta con observar a vuelo de pájaro, de Norte a Sur, las tres unidades de relieve bien distintas que conforman el territorio andaluz para comprender la diversidad y riqueza natural que albergan, en primer lugar, Sierra Morena, consecuencia del plegamiento herciniano en la era Primaria; la Depresión del Guadalquivir, resultado de la sedimentación en el antiguo brazo de mar, en el que aún perviven las marismas en su curso bajo; y las sierras béticas, consecuencia del plegamiento alpino que se origina hace 20 millones de años, que salva de la extinción a un buen número de especies terciarias.

El territorio andaluz, que se asoma a dos mares y a dos continentes que aseguran los dominios climáticos templado y subtropical, es fuente de riqueza y variedad vegetal sin parangón. En la era Terciaria, con un clima más cálido y húmedo que en la actualidad, las tierras que rodean el Mediterráneo están cubiertas de monte verde, o sea, de laurisilvia. Un prolongado periodo de sequía que se origina hace unos 15 millones de años esquilma casi todo el monte verde, del que sólo quedan restos en las Islas Canarias y, en el sur de la Península Ibérica, entre las provincias de Málaga y de Cádiz.

Tras el consiguiente periodo de evaporación emergen las tierras anteriormente inundadas, lo que facilita el paso a través del Estrecho de especies tropicales africanas. Mientras tanto, las plantas esteparias asiáticas, en un proceso que tiene su centro de diversificación en la zona oriental de ese continente, enriquecen de tal modo las tierras del Mediterráneo que las convierten en la segunda zona en importancia de especies naturales del orbe, tras los trópicos, con alrededor de 20.000 taxones silvestres descritos hasta ahora, así como una profusa cantidad de insectos, reptiles, anfibios, mamíferos, aves y plantas africanas y asiáticas.

Hace unos cinco millones de años el Atlántico inunda el Mediterráneo conformando el Estrecho de Gibraltar. Las aguas costeras andaluzas reciben un aporte atlántico de salinidad y temperaturas que hacen que en el mar de Alborán pervivan una flora y una fauna marina única en el mundo. Más tarde, hace unos dos millones de años, se inicia el periodo glaciar. Gran parte de Europa queda cubierta por los hielos, incluido el tercio norte peninsular, y un buen número de animales europeos y plantas septentrionales se desplazan y se refugian en las sierras peninsulares del centro y del sur. Mientras se empobrece considerablemente la vida natural europea, la mitad meridional ibérica es una isla de acogida para numerosos seres vivos que comienzan aquí una nueva andadura.

El proceso descrito a grandes rasgos explica la presencia en nuestras sierras occidentales de abetales y quejigales a escasos kilómetros de los lastonares, secarrales y espartales almerienses, maravillosos no obstante, africanos y seductores. Rodondendros iguales a los del Póntico griego medran en los "canutos" andaluces junto a laureles, peonías, brezales no muy alejados de las especies xérofilas almerienses; bojales de Buxus balearica y revientacabras ( Cneorum triccocon ) en las costas de Málaga.

Andalucía comparte con los paises europeos una fauna interesante de ciervos, gamos, tejones, comadrejas, zorros, conejos, ardillas y jabalíes. Atesora especies que restringen su presencia al territorio peninsular como la mangosta andaluza, el meloncillo, la focha y el erizo morunos, y la gineta, que apenas sobrepasan el sur de Francia, la nutria en sus cursos fluviales, y el corzo moruno en los bosques andaluces. La flora endémica andaluza es tan rica que sólo en las provincias orientales se concentra la mitad de los endemismos hispanos.

En el debe de esta nómina de riquezas es preciso anotar el águila imperial y el lince ibérico, ambos en trance de extinción, vivos no obstante, junto a otros endemismos españoles como la cerceta pardilla, en condiciones casi idénticas, y el triste recuerdo de otras muchas especies que no hace tanto que desaparecen, como el quebrantahuesos que, a principios del siglo XX, ven los naturalistas ingleses Buck y Chapmann criar en la malagueña sierra Bermeja de Estepona.

A pesar de la depredación ejercida sobre el territorio por un urbanismo salvaje que destruye la mayor parte del espacio litoral, aún se conservan en la zona almeriense playas prácticamente vírgenes, acantilados casi intactos, sierras que recorren sus provincias de Este a Oeste, terrenos volcánicos con una antigüedad de unos diez mil millones de años, salinas y humedales de importancia extraordinaria para las aves migratorias y el único desierto del continente europeo donde abundan especies florísticas africanas y aves esteparias, como el camachuelo trompetero y el alcaraván.

El paisaje kárstico muy accidentado, espectacularmente visible en el Torcal de Antequera, se enriquece con otras zonas de múltiples cañones, simas y cuevas, como la sima del Hundidero-Gato, la mayor de Andalucía, y la Cueva de la Pileta, con valiosas  pinturas rupestres del paleolítico, la Garganta Verde, la más profunda de la provincia de Cádiz, con más de 400 m. de caída vertical en sus paredes, y las angosturas del Guadiaro. En el Parque Natural de los Alcornocales, entre las provincias de Cádiz y Málaga, espacio natural que protege uno de los bosques más extensos del planeta de ese árbol que le da su nombre, atesora otras especies botánicas de interés: quejigos, acebuches, olmos, brezo blanco, laurel y aliso, y alberga bellísimos enclaves como la Sierra del Aljibe, la Sauceda, el Cerro de la Fantasía, la Sierra de las Cabras y Puerto de Galis.

En la Bahía de Cádiz se congrega una amplia representación de especies limícolas que hacen posta aquí antes de alcanzar sus territorios de cría en el septentrión europeo. Junto al área del Estrecho, las Marismas del Odiel, declaradas Reserva de la Biosfera por la UNESCO, y la Ría de Faro, en Portugal, constituyen áreas de capital importancia en las vías de vuelo del Mediterráneo occidental. Por su parte, el Odiel alberga el 30% de la población europea de la espátula, además de garzas reales e imperiales y el aguilucho lagunero. En verano las aves aprovechan las extensas zonas encharcadas de los países septentrionales europeos, pero el invierno frío y oscuro los lleva hasta nuestros humedales del sur, mucho más reducidos pero abundantes de recursos tróficos y suaves temperaturas. La invernada concentra a flamencos, cigüeñas negras y grullas que superan las limitaciones de espacio en las playas o adquirien hábitos esteparios. Se ha censado en el Estrecho el paso de varios miles de aves de 34 especies diferentes y millones de limícolas.

La provincia de Sevilla comparte con otras provincias andaluzas dos de sus espacios naturales: el Parque Nacional de Doñana con Huelva y el Parque Natural Entorno de Doñana con Cádiz. La Sierra Norte es el enclave más húmedo de la provincia sevillana. Se trata de un asentamiento del bosque mediterráneo, pero el aprovechamiento tradicional del monte como zona de pastoreo extensivo origina un paisaje vegetal característico: la dehesa. Encinas, alcornoques y quejigos propician la base fundamental para la alimentación de los cerdos ibéricos, además de jabalíes y ciervos comunes. En las riberas de los ríos y arroyos presentes en la zona crecen otros árboles como el fresno, el olmo, el sauce y el aliso, que sirven de refugio a numerosas especies, entre las que cabe destacar la nutria.

En los espacios naturales cordobeses destaca la presencia esperanzadora del lobo y el lince ibérico. Junto a ellos aparecen otras especies como el ciervo, el ratón de campo o el lirón careto y la gineta, el musgaño de Cabrera y el buitre negro, al igual que en la zona central de la cordillera de Sierra Morena, con un paisaje suave y poco agreste de bosques y matorral mediterráneo en un saludable estado silvestre. Las lagunas cordobesas, como la de Zóñar, concentran numerosas anátidas y malvasías "no en vano su recuperación tiene lugar en esta laguna", así como calamón, porrones y, a veces, el ánsar común. La vegetación está formada por anea, carrizo, caña y junco, entre otras.

Entre los espacios de Málaga destacan las sierras rondeñas, donde aún pervive el pinsapo, reliquia del Terciario. Precisamente en la sierra Bermeja de Estepona descubre Boissier este singular abeto de Andalucía. Las sierras calizas de Tejeda y Almijara, que comparte con Granada, y también las sierras litorales, muestran salvajes relieves abruptos y escarpados, grandes y pronunciados valles y laderas, y profundos barrancos perpendiculares a la línea costera donde reina la cabra montés, junto al águila real, el halcón peregrino y el azor, entre otros. En las aguas costeras de Maro-Cerro Gordo, en cuyos roquedos cría la gaviota argéntea, sobreviven las praderas de posidonia y en la Laguna de Fuentepiedra se concentra la mayor población europea de flamencos, descansan las aves de paso y es refugio invernal de las especies septentrionales.

La granadina Sierra Nevada es uno de los enclaves naturales más importantes de toda la Península Ibérica. La abundante agua que se conserva en forma de nieve garantiza la rica vegetación de 60 especies vegetales endémicas, entre las que destacan la preciosa violeta de Sierra Nevada, la amenazada manzanilla de la sierra, arenaria nevadense, alfilerillo de Sierra Nevada y otras muchas que sería prolijo enumerar, junto a bosques de castaños, encinas o sauces. Una fauna singular, una de cuyas características es la ausencia de la chova piquigualda, presente en todos los macizos europeos, con numerosas rapaces y mamíferos entre los que destaca el topillo nival, el tejón, el gato montés, el zorro y la abundantísima cabra montés.

En las sierras jiennenses encontraremos encinas, pinos laricios, enebros, carrascas, y otras especies mediterráneas, junto a una variada fauna. Las aguas limpias y frías favorecen la presencia de truchas y de uno de sus mayores enemigos, la nutria, de difícil observación por sus hábitos nocturnos. El Parque Natural Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, declarado Reserva de la Biosfera, es uno de los más extensos de España y uno de los más visitados por su extraordinaria riqueza. En sus sierras nacen los ríos Segura y Guadalquivir y destacan preciosos endemismos como la violeta de Cazorla, el geranio de Cazorla y la grasilla ( Pinguicula walisnerifolia ), la lagartija de Valverde y una rica fauna de lobos, linces, cabras monteses, ciervos, peces, anfibios, reptiles, aves. En la sierra de Andújar se concentran las más extensas manchas de bosque original de toda la cordillera, donde las especies mediterráneas comparten el espacio con melojares y robledales atlánticos, y medra el lince, el águila imperial, el buitre negro y el leonado, el jabalí, el ciervo, el gamo y el meloncillo, entre otros.

El Parque Nacional de Doñana, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995, comparte con las dunas la zona marismeña y lagunar, que al ser desplazadas por los vientos marinos hasta el interior conforman los corrales, grupos de pinos piñoneros que quedan cercados por el avance de las arenas. Entre su variada vegetación viven numerosas especies animales, como el lince ibérico. Los pocos que quedan no se dejan ver con facilidad, agazapados y camuflados entre las manchas de matorral. A principios de otoño llegan las grandes bandadas de gansos a pasar la estación fría en los lucios y lagunas de este entorno, alimentándose de las raíces de las castañuelas. Poco después acuden anátidas, como los rabudos y los silbones, que también tienen sus cuarteles de invierno en el parque. La reina es el águila imperial, pero no hay que olvidar los flamencos, grullas, y cigüeñas que completan ese mosaico de riquezas naturales. [ Bernardino León Díaz ]

HISTORIA.

Prehistoria La Prehistoria *  de Andalucía es rica y compleja en razón de su larga trayectoria, pero también de las condiciones climáticas generales de su territorio "aunque varían mucho a lo largo del millón de años de este periodo", de la diversidad de medios ambientes y del potencial que las tierras andaluzas tienen para su aprovechamiento por los diferentes sistemas socioeconómicos que se suceden a lo largo del tiempo prehistórico.

En Andalucía documentan algunas de las pruebas más antiguas de la presencia humana en Europa occidental. A pesar de que puede descartarse la identidad humana del resto óseo que da lugar a la expresión Hombre de Orce * , en la cuenca de Guadix-Baza existen yacimientos donde se encuentran restos materiales de una presencia humana en la Península Ibérica muy antigua, que pueden remontarse a un millón de años aproximadamente, y otros de momentos más avanzados del Paleolítico Inferior. Dada la duración de éste, los rastros de las pequeñas bandas de recolectores del Paleolítico Inferior se encuentran en otras muchas comarcas de Andalucía, especialmente en el Valle del Guadalquivir y sus principales afluentes, así como en la costa atlántica.

Estos grupos humanos estarían constituidos por varias decenas de individuos que practican un modo de vida itinerante, aprovechando los recursos vegetales y animales de variados entornos. Por eso frecuentan especialmente las márgenes de los principales cursos de agua, los lagos de Andalucía oriental (Barranco León * , Cúllar-Baza I * , la Solana del Zamborino * ) y occidental (Laguna de la Janda * ), las marismas y costas (El Rompido * ) de la Baja Andalucía. En algunos de estos entornos ambientales se mueven o se concentran las manadas de herbívoros, cuyos cadáveres explotan intensamente, a veces disputándoselos a los carnívoros y carroñeros. Es muy probable que su territorio de acción abarcara otras tierras de la Península Ibérica.

Muy parecido a este régimen de vida debe ser el de los neandertales, de los cuales se conservan restos óseos en varios yacimientos de Andalucía, como Forbe's Quarry en Gibraltar, Cueva de la Carigüela * en Píñar (Granada), y Cueva del Boquete de Zafarraya * (Málaga), aunque cuentan con un equipo instrumental más amplio y variado que les permite en ocasiones propicias practicar la caza de encuentro o por estampida. Estos grupos humanos del Paleolítico Medio usan las abundantes cuevas de las Cordilleras Béticas como campamento base para explotar los territorios de las depresiones y hoyas que se abren ante ellas organizados en grupos de trabajo para realizar ciertas actividades especializadas. Se mueven por todo el territorio, incluyendo la costa mediterránea y atlántica, así como el Valle del Guadalquivir. Parece ser que en el sur de la Península, en un momento de clima extremo, se concentran y perviven con sus modos de vida cuando en otras zonas de Europa ya se habían extendido los humanos de anatomía moderna, no descartándose que ambos tipos humanos llegaran a convivir.

En el Paleolítico Superior y en el posterior Epipaleolítico el panorama cambia sustancialmente. Nos encontramos ante sociedades de cazadores y recolectores que adoptan un patrón de asentamiento que abarca extensos territorios en ciclos combinados de diferente duración para acceder a recursos muy variados, de forma que se garantiza la recuperación de los nichos que se explotan intensamente y se asegura el contacto entre grupos lejanos. De esta manera las actividades básicas de recolección se completan con la práctica de la caza especializada de animales de talla media como cérvidos y cabras. Entre los productos recolectados los conseguidos por marisqueo adquieren un papel muy relevante. Así se puede entender la complementariedad de las zonas entonces pobladas en Andalucía, tanto en las cuevas del Subbético (Cueva de Ambrosio * , Cueva del Nacimiento, Pontones) o al aire libre (Peña de la Grieta, Porcuna; Pantano de Cubillas, Albolote), como en la costa (Cueva de Nerja * , Cueva Bajondillo * , Cueva Hoyo de la Mina, Málaga). Tal régimen de vida se ve regulado por complejos sistemas ideológicos que quedan parcialmente reflejados en las representaciones gráficas registradas en las paredes de algunas cuevas y abrigos (Cueva de la Pileta * , Cueva de Doña Trinidad * , Cueva de Nerja * , Cueva de Malalmuerzo, Moclín).

A partir de 5500 a.C. comienza en Andalucía un proceso de transformación económica y social del que todavía somos herederos. En un proceso que se extiende rápidamente a lo largo de la costa y desde ésta hacia el interior, se difunden las nuevas prácticas económicas agrícolas y ganaderas, iniciándose un período histórico conocido como Neolítico. Al principio, estos grupos desarrollan su régimen de vida de modo seminómada, viviendo de manera complementaria en cuevas y en asentamientos al aire libre. Desde comienzos del cuarto milenio antes de Cristo, la población se va concentrando y sedentarizando en puntos estratégicos del territorio, bien por su potencial para la agricultura y la ganadería, bien por su posición privilegiada en las rutas naturales de comunicación y respecto de ciertos recursos. Se comienza a reivindicar la propiedad del territorio del grupo mediante las tumbas de enterramiento colectivo, las cuales al agruparse en ciertas áreas forman necrópolis de las que existen ejemplos significativos en todas las provincias andaluzas. Aparte de esta función de marcadores territoriales, serán la expresión de estilos y matices rituales propios de las diferentes comunidades y hasta de los clanes o grupos familiares que se entierran en ellas, convirtiéndose en soporte de múltiples lazos sociales y referentes de la continuidad social, especialmente en la posterior Edad del Cobre.

Los poblados de esta época responden a esta nueva situación de restricción a la movilidad, se generalizan las construcciones defensivas y el poblamiento se organiza jerárquicamente, apareciendo asentamientos de menor entidad relacionados y dependientes de otros desde los que se articula la circulación de productos que, en ocasiones, funcionan como verdaderos tributos. Este proceso, general en todo el territorio de Andalucía, se plasma de manera diferente, ya que pueden distinguirse a partir de este momento varias comarcas con rasgos culturales distintivos. Tradicionalmente esta variedad se conoce mejor en el sureste, a partir de los yacimientos de la llamada Cultura de Los Millares * , pero en los últimos años se produce un importante avance de la investigación que está demostrando la existencia de fenómenos semejantes en las restantes zonas de Andalucía, especialmente en las campiñas orientales del Alto Guadalquivir, a partir de la organización del territorio generada desde Albalate-Los Alcores, en la Baja Andalucía, tanto en la comarca de Los Alcores * (Carmona * , Mesa de Gandul * ), como en El Aljarafe * (Valencina de la Concepción * ), y en El Andévalo * onubense (La Zarcita * ).

En el segundo milenio antes de Cristo, con el desarrollo de sociedades fuertemente estratificadas basadas en la explotación de la tierra, se agudizan las desigualdades sociales, lo que da lugar a un nuevo modelo de ocupación del territorio. Se produce un cambio en la topografía del lugar de asentamiento, en la estructura urbanística de los poblados y en los rituales de enterramiento. Se profundiza la diferenciación social con la aparición de situaciones de dependencia personal, que se han caracterizado como propias de las sociedades estatales. En este contexto social la actividad metalúrgica recibe un fuerte impulso. La distinta intensidad de la investigación determina que el ejemplo mejor conocido de esta nueva situación sea el de las sociedades que se agrupan bajo la denominación de Cultura del Argar * , pero el fenómeno es generalizable al conjunto de Andalucía, presentando caracteres culturales propios en diferentes áreas, caso de los denominados Bronce de las Campiñas en el Alto Guadalquivir y Bronce del Suroeste.

El sistema de la Edad del Bronce Antiguo y Pleno colapsa en toda Andalucía a finales del segundo milenio antes de Cristo sin que pueda apuntarse una única causa. No obstante, las relaciones sociales y políticas no involucionan, aunque sí se producen importantes cambios en el patrón de asentamiento y en la estructura de los poblados. En la nueva realidad social, la familia, entendida no sólo como grupo de parientes, sino como unidad política básica adquiere un papel central, siendo al mismo tiempo expresión política de la jerarquización social. Una interpretación directa de la organización del hábitat no avalaría la afirmación anterior; sin embargo, la existencia de grandes monumentos funerarios de tipo tumular con enterramientos principales y secundarios parece estar indicando la dependencia de los segundos respecto de los primeros, es decir, un tipo de relación conocida como clientelar.

Gracias a la creación de esta nueva relación familiar en estos núcleos sociales, que ya en el momento de descomposición del mundo del Bronce Antiguo-Pleno habían conseguido la propiedad de los rebaños "especialmente los de la cabaña de gran talla", en el tránsito hacia el Bronce Final se apropian de los pastos y de las tierras que los sustentan y, finalmente, de la tierra agrícola. De esta manera, parece cerrarse el "ciclo" de la instauración del sistema sociopolítico aristocrático.

Aunque tal modelo es común a toda Andalucía a comienzos del primer milenio antes de Cristo, se observa una clara diferencia entre la zona oriental y el Bajo Guadalquivir, donde florece el sistema social que las fuentes históricas denominan Tartessos * . La intensidad de la colonización fenicia del Bajo Guadalquivir se produce porque en esa área se dan las condiciones sociales y materiales que les resultan beneficiosas: abundantes riquezas minerales, relaciones políticas que permiten explotarlas intensivamente y élites consolidadas que necesitan de los productos exóticos para expresar su poder y garantizar su reproducción. Por tanto, la colonización contribuye a consolidar la organización social preexistente, reforzando, en ciertas zonas, las relaciones políticas de tipo aristocrático con toda la parafernalia que les caracteriza "el Tesoro del Carambolo *  constituiría un ejemplo de tantos otros que se podrían citar".

El mundo ibérico (o turdetano y bastetano), en términos generales, parece una continuidad de la organización tartésica más la influencia de la colonización oriental, que provoca una importante transformación de los componentes materiales de la cultura. Seguramente sería un mundo fragmentado en muchas entidades sociopolíticas independientes y en competencia. Su progresión hacia sistemas políticos de tipo monárquico y a agregaciones de población se ve interrumpida violentamente por el hecho de que el actual territorio de Andalucía se convierte en el siglo III a.C. en escenario del enfrentamiento entre Cartago y Roma. [ Gabriel Martínez  Fernández]

Andalucía antigua. Como se puede comprobar desde la prehistoria reciente, el sur de la Península Ibérica está intensamente relacionado con la evolución de los acontecimientos en el Mediterráneo. Si antes fueron los fenicios * y los griegos * , a partir del siglo III a.C. será cada vez más fuerte la presencia de los cartagineses * y de los romanos. Las riquezas agrícolas (especialmente cereales), pesqueras, metalúrgicas (plata, estaño, oro, hierro y plomo) y el potencial demográfico son un fuerte atractivo para los pueblos que transitan por el Mediterráneo. La consecuencia final es el intercambio de productos asociados a la circulación de experiencias, ideas, formas culturales y personas.

El urbanismo es el testigo más claro de los cambios que se producen en estos momentos. Innumerables yacimientos arqueológicos extendidos por todo el territorio informan a través de sus estructuras de las mutaciones en el hábitat y en las costumbres de los habitantes turdetanos * , oretanos * , bastetanos * , que conformaran la brillante cultura ibérica (-> véase íberos) . Materiales de cerámica, utensilios domésticos, amuletos o monedas, también son indicativos de los nuevos hábitos introducidos en la vida cotidiana. Estos datos arqueológicos son a su vez confirmados por las fuentes escritas que hablan de decenas de poblados y ciudades.

La formación de ciudades conlleva un cambio en la estructura social y política que supone una mayor concentración de conocimientos y recursos y una cierta especialización técnica y social. Con todo ello se gana en eficacia en la adaptación al medio, pero también se discrimina a algunos grupos sociales que son dependientes de los intereses de los que tienen mayor poder. La ciudad es un gran invento con origen en Mesopotamia y Egipto que a través de cretenses, micénicos, fenicios y griegos se extiende a todo el ámbito mediterráneo, africano y europeo, y permite grandes avances culturales tales como la escritura, la filosofía, la circulación monetaria, o técnicas de producción agrícola y artesanal.

Conviene, sin embargo, recordar que la mayor parte de la realidad económica y social continúa estando organizada en torno a pequeñas comunidades agropecuarias "agricultura y ganadería unidas a recolección, pastoreo, caza, pesca, artesanía doméstica y trueque" que garantizan no sólo la satisfacción de necesidades y el bienestar de todos sus habitantes, sino también el suministro de productos agrarios a las ciudades. Esto se puede apreciar claramente a través de la distribución de los yacimientos ibéricos y en el gran número de villae  romanas.

En este contexto, la presencia fenicia, basada fundamentalmente en la diplomacia y el intercambio, se ve reforzada ahora de la mano de los cartagineses que después de la caída de Tiro se hacen hegemónicos en el occidente. Inicialmente continúan esta misma política que tan eficaz se había demostrado, pero puede que a partir de la competencia y la presión ejercida por los romanos en la parte central del Mediterráneo, especialmente en Sicilia, decidieran aumentar su presencia y su presión en toda Hispania, pero particularmente en las zonas más ricas. El desembarco de Almílcar * en Gadir * , en 237 a.C, debe ser entendido en este sentido: el deseo de obtener mayores recursos agropecuarios y metales. Para esta misión las redes de poblados y comunidades rurales del sur y el levante peninsular le son de gran utilidad. Las monedas de plata de extraordinaria calidad que Gadir comienza a acuñar son una clara manifestación de lo que está ocurriendo ( -> véase Numismática iberorromana ).

Contemporáneamente, las élites de Roma que ya habían iniciado una política expansionista, en toda la Península Itálica y se habían abierto al Mediterráneo a través de Sicilia, sitúan entre sus objetivos la conquista y el control de Hispania. En el año 226 a.C. cartagineses y romanos firman el Tratado del Ebro, por el que se comprometen a respetar la frontera definida por este río como espacio de actuación de cada una de las potencias. Sin embargo, esto no impide que los romanos intervengan en este escenario dentro de las acciones de la Segunda Guerra Púnica. Todo parece indicar que a partir de finales de este siglo, III a.C., la victoria de los romanos en esta guerra supone su paulatino asentamiento y el abandono de los cartagineses de la Península Ibérica. A pesar de que estos sufren una derrota en Cástulo *  en el año 212 a.C., donde fallece Publio Escipión, pocos años después la dominación cartaginesa en la Península Ibérica concluye con la conquista romana de Gadir.

La romanización * se produce gracias a la unión de diversos factores que difícilmente pueden ser separados. Resaltan de un lado la diplomacia y la cultura, y de otro la fuerza, los ejércitos, que garantizan que sus intereses fundamentales van a ser respetados. A través de la diplomacia y las formas jurídicas propuestas (ciudadanía, colonias, municipios o leyes) se negocia la integración en el Imperio. La cultura, sus normas y sus instituciones facilitan las relaciones en este marco superior, sin que todo esto supusiera un freno para asumir los aportes indígenas que no crearan problemas especiales a la nueva situación, favoreciendo el respeto a las tradiciones autóctonas o a los sincretismos, cuando las circunstancias así lo aconsejaran.

Con la integración dentro del Imperio Romano muchas poblaciones de la Bética y los intereses de las élites ibéricas son asumidos por el senado y los emperadores romamos. Así, su capital "Corduba (Córdoba) * " y urbes como Hasta Regia (Jerez), Onuba (Huelva), Gadir (Cádiz), Hispalis (Sevilla), Ilipa (Alcalá del Río), Nabrissa (Nebrija), Urso (Osuna), Obulco (Porcuna), Carmo (Carmona), Acinipo (Ronda la Vieja), Tucci (Martos), Illiturgis (Menjíbar), Cástulo (Linares), Tugia (Toya), Ilurco (Pinos Puente), Iliberri (Granada), Acci (Guadix) o Basti (Baza) llegan a ser centros del propio imperio. Esto se puede todavía reconocer a través de los restos arqueológicos de ciudades, templos, anfiteatros, vías, villas y acuñaciones monetarias. La entrada de personajes béticos en las élites de Roma, como Trajano * , Adriano * , Teodosio * , Séneca * o Columela * , no es sino la confirmación de esta realidad.

Las dinámicas de la Bética van a estar determinadas, en gran medida, por la toma de decisiones de los centros de poder del imperialismo romano. Bien es cierto que la base agrícola, las comunidades rurales, va a continuar inalterable a lo largo de los siglos. Sin embargo, las necesidades del comercio de productos tan importantes como el aceite * , el trigo, la vid o los metales, la necesidad de contingentes humanos para engrosar los ejércitos, e incluso como esclavos, van a condicionar toda la vida de las ciudades y su entorno. Así, la expansión de Roma a lo largo de toda la República y el Imperio va a marcar el compás de las provincias. Cuando a partir de Augusto se habla de la pax romana y los Antoninos * "concretamente, Trajano * y Adriano * " deciden estabilizar las conquistas comienza un periodo de tranquilidad para todas las provincias, especialmente las más ricas "como es el caso de la Bética", que de esta manera podían reconfortarse en su prosperidad.

Sin embargo, la crisis del Imperio, debida al propio modelo de desarrollo "conquistas, esclavismo, tributos y falta de inversiones en el sistema productivo" elegido por Roma, que se manifiesta claramente a partir del siglo III d.C., tiene de nuevo repercusiones en la propia Bética, puestas de relieve en la inestabilidad de la ciudad y el reforzamiento de lo rural.

La crisis del siglo III en realidad tiene sus prolegómenos en los siglos anteriores y su desarrollo en los posteriores. Estas transformaciones también debilitan las relaciones establecidas con el resto del Imperio, como son la pérdida de poder de los emperadores y las autoridades provinciales, el debilitamiento de los ejércitos y el declive de los intercambios comerciales. Todo esto se ve acrecentado por la paulatina irrupción de los pueblos asentados en las fronteras del Imperio, entre ellos suevos, vándalos y alanos, siendo los segundos los que ejercen el dominio sobre la Bética. Aunque esta situación cambia en breve con la llegada de los visigodos a partir de 415.

Pocos años después, Walía, representante de los visigodos, firma un tratado con Roma, por el que entre otras cosas se compromete a liberar la provincia de Hispania de los pueblos bárbaros en ella afincados. Así ocurre con la Bética, cuyas ciudades y territorios viven a partir de este momento una situación de independencia práctica hasta la llegada de los bizantinos. Conviene recordar que los invasores, a pesar de utilizar los ejércitos para cumplir sus condiciones, son, sin embargo, una pequeña minoría con respecto al conjunto de la población y, por lo tanto, tienen que servirse de las instituciones previas y establecer pactos y alianzas con los gobernantes y aristocratas locales.

En el año 552, las tropas bizantinas desembarcan en Malaca provenientes de Septa (Ceuta) a petición de Atanagildo, enfrentado con Agila, el monarca visigodo. A partir de este momento, y según parece gracias a las buenas relaciones establecidas con las poblaciones locales, permanecen en el sur peninsular, que ellos llaman Spania, hasta 624, y se hacen con el dominio de Assido Caesarina, Corduba, Basti, Acci e Iliberis, entre otras.

La Andalucía árabe.  La etapa árabe de la historia de Andalucía conforma un episodio más de su evolución histórica y su influencia contribuye, junto a otras muchas, a conformar lo que somos a comienzos del siglo XXI. A priori, puede parecer que este momento de nuestra historia supone un punto de inflexión en el milenario proceso que conduce hasta nuestros días. Sin embargo, las circunstancias por las que atraviesa Andalucía durante la Edad Media y comienzos de la Moderna se inscriben en una evolución que no presenta rupturas totales. Por otra parte, la desigual presencia temporal del Islam en el territorio andaluz contribuye a configurar la diversidad y riqueza que presenta Andalucía.

La Andalucía árabe, la civilización de al-Ándalus, se genera a partir de dos elementos fundamentales: el aporte árabe que traen los conquistadores a comienzos del siglo VIII y la cultura preexistente. El primero lo formaban una estructura tribal procedente de la Arabia premusulmana, con los elementos incorporados en el proceso de la conquista del norte de África, y un marco normativo surgido de la revelación del Corán * y el sistema de gobierno empleado por el Profeta durante su mandato en Medina y los primeros califas musulmanes. En ellos ya estaba presente la herencia clásica grecolatina, en la versión helenística asentada en Oriente. El segundo procedía de la romanización experimentada por la Península Ibérica durante los primeros siglos de nuestra era. Ambos elementos no eran completamente extraños. La Bética romana y el régimen visigodo se encontraban unidos en su origen al norte de África. El continente africano había experimentado algunos procesos históricos, como el de la cristianización, de forma paralela al territorio de Andalucía. De este modo, la civilización de al-Ándalus era hija de Mahoma, pero también de San Isidoro de Sevilla , configurador de la civilización que encuentran los primeros árabes al llegar a nuestra tierra y que se hallan muy relacionados con personajes como Agustín de Hipona, el Padre de la Iglesia de África.

La instauración de los omeyas en este lado del Estrecho de Gibraltar a partir de la mitad del siglo VIII da a al-Ándalus un marco propio, geográfico, cultural y político. Dentro de la compleja organización que se alumbra, una parte de ella, como la ordenación territorial, resulta en gran medida heredera de la hispanorromana. La organización en conventos jurídicos, adaptada a los nuevos tiempos, da lugar a los distritos y las provincias o coras de al-Ándalus. Las características básicas de la sociedad que encuentran los primeros pobladores árabes "población rural dedicada a la agricultura con una fuerte red urbana" experimenta el mismo proceso. Así, y tras la adaptación que suponen los procesos de arabización e islamización, queda constituido un país de estructura tribal tributaria, que basa su existencia en una explotación agrícola del territorio. Los excedentes de esta explotación en cada lugar, tras un comercio de pequeña escala local, pasan a las ciudades, donde se insertan en unos circuitos comerciales que añaden las manufacturas producidas por los artesanos y los productos venidos del exterior. Estas ciudades reenvían parte de las mercancías hacia otros puntos del país o fuera de él. La explotación de recursos naturales, como la minería, son objeto de una gran intervención estatal. Al frente de este sistema económico destacan unas clases dirigentes, surgidas de la conjunción de antiguas familias visigodas con los líderes musulmanes inmigrados, que unen muchas veces la propiedad de la tierra con la dirección de los asuntos públicos. El desarrollo de al-Ándalus da también lugar a la aparición de una aristocracia funcionarial y a unas clases medias urbanas que tienen relevancia en determinados momentos del proceso histórico. La organización estatal se basa en un esquema tribal y en una organización tributaria descentralizada. La recaudación de impuestos, de capitación, de producción sobre la tierra o de comercio urbano, tiene como unidad básica el distrito o iqlim * . La cantidad sobrante entre lo recaudado y los gastos de la administración local es elevada a la unidad superior de la provincia o cora * . Allí el excedente de los ingresos de los diferentes distritos, una vez descontados los presupuestos de la administración provincial, se remite a Córdoba, la capital del país. La suma de los envíos de las provincias configuran el presupuesto civil estatal. El tesoro público lo completan los bienes del emir o califa y las disponibilidades de los awqaf * o habices , de tipo comunitario pero afectos a las mezquitas y administrados por el qadi *  o juez de cada lugar.

Desde el punto de vista social, la época omeya va configurando la población de Andalucía en la Alta Edad Media. A la altura del siglo X ya encontramos una mayoría musulmana, producto del proceso de conversión al Islam y de incorporación simultánea a una tribu árabe. Pocos elementos quedaban ya de los muladíes * , linajes que se hacen musulmanes pero conservando su propio gentilicio. A su lado, una parte de los andalusíes conservan sus creencias cristianas y su herencia isidoriana, aunque con muchos elementos de arabización. Eran los mozárabes * . También existían comunidades de judíos. En sentido estricto no podemos hablar de una civilización de tres culturas, sino de una cultura en la que existían varias creencias religiosas. El que, por ejemplo, Abderrahmán III *  se titulara Emir de los Creyentes, aludiendo a las tres religiones, se aproximaba a la realidad del país.

Esta Andalucía conoce lógicamente diferentes tensiones en su seno. Algunas de las más graves tienen lugar a mitad del siglo IX con los levantamientos mozárabes y al final de ese siglo con el episodio que las fuentes de la época denominan como fitna muladiya * o "guerra civil de los muladíes" que marca la crisis de incorporación de los conversos a las estructuras árabo-musulmanas. El mismo suceso se había saldado en Oriente con la caída del califato omeya y el advenimiento de los abbasíes * . En al-Ándalus el vigor del Estado omeya logra superarlo a comienzos del siglo X, absorbiendo a todos los elementos en un proyecto de país unificado. Esta situación se extendería hasta comienzos del siglo XI, cuando comienza el período de los reinos de taifas * . La caída del califato omeya da lugar a una multiplicidad territorial de organizaciones políticas que, al cabo de poco más de medio siglo, se mostrará como más débil que la sociedad preparada para la guerra que se había desarrollado en los reinos del norte peninsular. La fecha clave puede ser la de 1085, cuando Alfonso VI *  de Castilla entra en Toledo. Entonces se produce un cambio de rumbo, pasando el centro de gravedad de la Península desde Córdoba a Toledo, desde el al-Ándalus musulmán a losreinos cristianos. El espíritu es básicamente el mismo de la Primera Cruzada en 1095. La vanguardia va a ir pasando poco a poco desde el sur del Mediterráneo, desde el mundo árabe, hacia el Norte, hacia Europa.

Los sucesivos establecimientos de los procesos de unificación que suponen para el occidente del Islam almorávides * y almohades * no van a poder detener la marcha deeste nuevo rumbo de la historia, al que se unirán los destinos de la Andalucía árabe. El tiempo de los almohades es un periodo de enorme esplendor en todos los campos, similar al que pudo haber alcanzado el califato omeya de Córdoba dos siglos antes. Las ciudades andaluzas se cuentan entre los grandes centros comerciales del Mediterráneo occidental. Los científicos, pensadores y literatos del momento irradian su producción en las dos orillas del Estrecho. Pero el final del siglo XII, cuando declina el poder político y militar de los califas de Marrakech, trae consigo el avance de los reinos del Norte, que a mitad de la centuria siguiente se apoderan ya de todo el Valle del Guadalquivir. Queda como único testigo el reino nazarí * de Granada, como bastión final de al-Ándalus que va a permanecer hasta finales del siglo XV. En medio del territorio de Andalucía queda constituida la Frontera * , uno de los elementos conformadores de la Andalucía histórica y de la actual y prueba evidente que, en la Península Ibérica, el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes no impide la mutua interinfluencia entre ambos. El tiempo de los taifas ya había sido una primera muestra.

El siglo XIII resulta un buen momento para rastrear la influencia de la Andalucía árabe en lo que somos hoy. Con la repoblación * algunas costumbres y un sistema de explotación del territorio y de los sistemas comerciales son asimilados por los nuevos habitantes de la zona. Asimismo, los mudéjares, que permanecen en muchos lugares, ejercen una gran influencia. La frontera con Granada era permeable. Por otro lado, este es el momento de la transferencia de conocimientos y técnicas del mundo árabe medieval, heredero de la Antigüedad clásica, cuyo bagaje contribuye a enriquecer en gran medida, a una Europa que prepara el Renacimiento. Las obras de médicos, filósofos, historiadores, alquimistas, literatos o músicos pasan a Occidente a través de las escuelas de traductores como la que crea Alfonso X el Sabio en Toledo. El monarca juega un papel significativo en la configuración de la cultura castellana, en la que está presente el elemento árabe andaluz. La irradiación de al-Ándalus se produce también hacia el Reino Nazarí de Granada y hacia elresto del mundo islámico, Magreb y Oriente, a través delos grandes movimientos migratorios de la época que partiendo de Jaén, Córdoba o Sevilla, terminan en Fez, Marrakech, Túnez, El Cairo o Damasco. Ciertas influencias, como la de los ascetas y místicos de la Andalucía del siglo XII, se difunden en todas las direcciones, tanto hacia el Norte como hacia el Sur.

El Reino de Granada, que abarca territorios malagueños y almerienses, es la quintaesencia de la Andalucía árabe, tanto en el terreno económico como en el político o el cultural. Al igual que en épocas anteriores entabla relaciones con la cristiandad, cuyo estandarte es enarbolado por Castilla, y con el Islam, representado entonces en el norte de África por los benimerines * y otras dinastías. Los componentes de la cultura andaluza siguen influyendo en las cortes y los territorios gobernados por Pedro I * o Juan II * . Las poblaciones y regiones de la Andalucía oriental son herederas de la agricultura o la ordenación del territorio efectuada por los sultanes granadinos. Incluso cuando en 1492 tenga lugar el final de al-Andalus como estructura política, permanecerán en sus lugares nuevos mudéjares, al estilo de los generados en toda la Península Ibérica durante la Edad Media, que pronto se verán convertidos en moriscos * por las nuevas legislaciones que les imponían la conversión forzosa al cristianismo y el abandono de unos usos y costumbres que las Capitulaciones de Granada * habían prometido respetar. Las Revueltas de las Alpujarras *  reaccionarían, local y fugazmente, ante este hecho.

La conquista de la capital de Andalucía oriental generaría nuevos movimientos migratorios hacia el norte de África, produciendo nuevas influencias de al-Ándalus en el Magreb. Un siglo más tarde, en 1609, la expulsión de los moriscos volvería a generar idénticos procesos. Aunque en esta ocasión las poblaciones expulsadas se sentirían en gran medida como extraños en el medio árabo-musulmán norteafricano. Sin duda en mayor medida que la posición que mantenían los que les expulsaban de Andalucía por ser ajenos al país donde habían vivido durante siglos sus antepasados.

En resumen, la etapa árabe posee un gran valor intrínseco dentro de la historia de Andalucía. Lejos de los posicionamientos extremos que defienden que los andaluces son el resultado directo de al-Ándalus y de los que afirman justamente lo contrario, hay que considerar que los elementos que provienen de la Edad Media contribuyen en alguna medida a configurar nuestra identidad. Por la evolución que supone la presencia de elementos premusulmanes, culturales, de explotación económica y de organización del territorio, en la formación de al-Ándalus. Por el trasvase de conocimientos realizados en el siglo XIII desde la cultura andalusí a la peninsular bajomedieval. Por las referencias de formas de vida "costumbres religiosas, culturales" que resultan comunes entre los andalusíes y las que hoy tenemos. Por la influencia que el Islam tiene, por acción y por reacción, en la formación de la cristiandad cluniacense y romana que está en la base de las culturas ibéricas de comienzos de la Edad Moderna. Una de las claves de la historia de Andalucía desde el comienzo de los tiempos hasta nuestros días es el hecho de ser un espacio cultural de frontera y un entorno que necesariamente está abocado a constituir un cruce de caminos. De este modo tendríamos como resultado una cultura abierta, si no mestiza, una especie de cedazo donde el paso de los siglos ha ido dejando su impronta, en una amalgama no unidimensional pero de fuerte personalidad, hecho que puede configurar la verdadera fuerza de nuestra colectividad. [ Rafael Valencia ].

La Andalucía cristiana medieval. Lo que hoy llamamos Andalucía se gesta en la Edad Media cristiana. Porque gran parte de sus estructuras sociales y económicas, institucionales y administrativas, religiosas y mentales, germinan definitivamente como resultado del vasto proceso conquistador y repoblador castellano de los siglos XIII al XV, que vincula el Valle del Guadalquivir a la civilización europea occidental, cristiana y feudal. Pero Andalucía, "aun siendo parte de Castilla", no es jamás una simple yuxtaposición o prolongación territorial sin más del viejo reino cristiano peninsular. Por el contrario, como acontecería en otras regiones históricas del reino de Castilla y León, Andalucía adquiere en los últimos siglos bajo medievales "unas peculiaridades propias" que la diferencian claramente de otros territorios bajo dominio castellano, como una realidad geopolítica heterogénea y diferente a pesar de la práctica uniforme impositiva de los conquistadores y los primeros repobladores andaluces, entendidos como "agentes de la castellanización".

Efectivamente, Andalucía es desde la ocupación cristiana del Valle del Guadalquivir por Fernando III a la conquista de la ciudad de Granada por los Reyes Católicos una "tierra de frontera". La frontera del Reino de Castilla. Una frontera que, como escenario singular y extraordinario de las relaciones entre andaluces cristianos y musulmanes granadinos, unas veces separaba y otras tantas también acercaba a modo de ósmosis cultural de recíprocas influencias, no obstante la "coexistencia vecinal" "pacifica o violenta" de civilizaciones tendenciosas y en teoría antagónicas. Una frontera que fraguaría los rasgos más identificativos de la Andalucía Moderna. Porque sus protagonistas "nobles, caballeros, oficiales regios, campesinos, artesanos, comerciantes, aventureros, cautivos, renegados, moros, cristianos y judíos" establecen las bases diferenciadoras de las actuales identidades colectivas, las convicciones y formulaciones cotidianas y mentales que caracterizan a estas tierras fronterizas del sur de Europa casi hasta nuestros días.

Todo comienza con la derrota de los almohades y la disgregación política de al-Ándalus a raíz de la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Esto permite a Fernando III (1217-1252) conquistar las grandes ciudades del Valle del Guadalquivir "Jaén (1246), Córdoba (1236) y Sevilla (1248)" y señalar el camino hacia el Atlántico y el occidente de al-Ándalus mediante pactos " pleytesias " con los mudéjares sometidos. Sus sucesores desde Alfonso X (1252-1284) a Alfonso XI (1312-1350), anulando los primitivos tratados, completarían la expansión territorial andaluza con el paulatino control del Estrecho de Gibraltar frente a granadinos y benimerines: Tarifa (1291), Gibraltar (1319) y Algeciras (1344). Sin embargo, desde mediados del siglo XIV hasta 1482 las conquistas se detienen por las crisis internas castellanas, a las que Andalucía no es en absoluto extraña, sino protagonista político del enfrentamiento entre nobleza y monarquía por el poder regional. Pero con los Reyes Católicos (1474-1516), una vez sometida la nobleza local y apaciguada la frontera, se reanudan las actividades militares que concluyen en 1492 con la conquista definitiva del antiguo Reino Nazarí de Granada.

El proceso conquistador obligaría a la Corona castellana "Fernando III y Alfonso X" a dividir Andalucía en tres grandes reinos administrativos: Jaén, Córdoba y Sevilla. Y sobre todo a organizar, tutelar y responsabilizar a los nobles "muy numerosos y poderosos, con importantes señoríos fronterizos" y a las grandes ciudades en vastas "comunidades de villa y tierra" "casi despobladas" a un enorme esfuerzo repoblador, especialmente intenso a raíz de la revuelta mudéjar de 1264-1266 y su consiguiente expulsión. Una nueva sociedad nacería de los repartos masivos de tierras y solares de los siglos XIII y XIV en conceptos de "donadíos" y "heredamientos". Una sociedad organizada para la guerra, una sociedad de frontera , dominada por caballeros hidalgos, miembros de la pequeña nobleza local y vinculados al gobierno municipal, por caballeros ciudadanos, herederos de la caballería popular castellana, muy pródigos en las villas fronterizas; y por peones "artesanos y campesinos", que constituían la base de la población andaluza. Un modelo social de hombres libres, de pequeños y medianos propietarios. Un modelo social moderno y absolutamente diferenciado del resto de Castilla, que los fueros y ordenamientos regios locales ratificaban y defendían a modo de nuevo derecho fronterizo.

Pero el relativo fracaso de la repoblación del siglo XIII y las duras condiciones de la vida en la frontera durante el siglo XIV "la guerra endémica, la despoblación, las carestías" abundan en la aparición de grandes fortunas y latifundios, y favorecen el desarrollo de la ganadería y las mestas locales. La aristocratización de Andalucía, la pujanza económica de la alta nobleza "Guzmán, Ponce de León, Cerda, Téllez Girón, Rivera, Enríquez, Fernández de Córdoba, etc." tiene sus raíces en la promoción política y social de la frontera y la caballería como forma de vida.

La falta de pobladores se acrecienta en las ciudades. No obstante, los castellanos mantienen en muchos casos y en casi todos adaptan el sistema urbano de tradición andalusí a las nuevas exigencias de los nuevos pobladores cristianos. Las trasformaciones urbanísticas son lentas pero decisivas, siguiendo los modelos de poder y gobierno castellanos de concejos y regimientos, tras las reformas de Alfonso XI y los Reyes Católicos. Ciudades andaluzas que, como Sevilla, muy pronto y gracias a las iniciativas de extranjeros "genoveses, básicamente" se convierten en centros mercantiles y puertos de primer orden con Barbería, el Atlántico y el Mediterráneo. A modo de una nueva frontera donde verter la experiencia de siglos.

En 1492 unificada Andalucía con la conquista y, sobre todo, con la repoblación del Reino de Granada, desaparecida la vieja frontera andalusí, quedaría para siempre la toponímica fronteriza y el recuerdo de un tiempo añorado para unos y denostados para otros; como se traslucen casi un siglo después en un texto de fray Alonso de Cabrera, predicador y confesor del rey Felipe II: "Nuestros abuelos, señores, se lamentaban de que Granada se hubiese ganado a los moros, porque ese día se mancaron los caba­llos y se enmohecieron las corazas y las lanzas; y se pudrieron las adargas; y se acabó la caballería tan señalada del Andalucía; y mancó la juventud y sus gentilezas tan valerosas y conocidas". [ Miguel García Fernández ].

Andalucía Moderna.  La historia de Andalucía entre 1492 y 1814 es la historia de un declive paulatino "con varias fases de crisis intensa y algunos procesos de leve recuperación", que llevará a las tierras del mediodía peninsular a transformarse desde un territorio donde abundaban las posibilidades y se impulsaban proyectos de notable importancia y gran calado histórico, hasta un lugar donde el conformismo y la tendencia al pesimismo habían ganado espacios cada vez más amplios.

La Andalucía de 1492 vive el momento final de la guerra entre cristianos y musulmanes, la desaparición del reino nazarita de Granada y el predominio del cristianismo sobre las otras dos religiones que durante la Edad Media configuraban la cultura peninsular. Asimismo, no deja de ser significativo el hecho de que la expulsión de los judíos se produjese el mismo año de la conquista de Granada por los Reyes Católicos. Se iniciaba así un camino que se completaría diez años después con la expulsión de los musulmanes que se niegan a abandonar sus creencias "incumpliéndose las Capitulaciones firmadas en Granada", dando lugar, por una parte, a un importante éxodo en tierras andaluzas y, por otra, a la aparición de una importante minoría a la que se conoce con el nombre de moriscos, quienes después de numerosas vicisitudes, acabarían siendo expulsados a comienzos del siglo XVII, bajo el reinado de Felipe III.

El comienzo de la Edad Moderna en Andalucía está también marcado por el hecho trascendental de que desde un puerto andaluz, con marineros andaluces y con financiación andaluza zarpase la expedición que, mandada por Cristóbal Colón, acabaría por descubrir el continente americano. Un viaje cuyas consecuencias para Andalucía en los siglos siguientes, así como para el conjunto de la monarquía hispánica y para toda Europa, serían extraordinarias.

El descubrimiento de América y la decisión regia de establecer un monopolio en las relaciones con las tierras recién descubiertas al otro lado del Atlántico, estableciendo en Sevilla la sede de dicho monopolio, supone convertir a la capital andaluza, en muy pocos años, en una de las ciudades más importantes de Europa y el centro financiero y comercial más activo del mundo occidental durante siglo y medio. Sevilla alcanza a mediados del siglo XVI una población que supera los 150.000 habitantes "cifra muy elevada para la época", que mantiene hasta mediados del siglo XVII, cuando una terrible epidemia de peste que asola las ciudades y los campos andaluces, reduce en pocos meses su población a la mitad y le causa tal quebranto económico que, en un marco de crisis como el que se vivía en aquel momento, ya no le es posible recuperarse.

La aventura que supone el descubrimiento de nuevas tierras, su conquista para incorporarlas a la monarquía de los Austrias y la colonización de las mismas tienen una importante repercusión en tierras andaluzas, dando lugar a que muchos de los nombres de los marineros, de los conquistadores y ,sobre todo, de la masa anónima de gentes que parten en busca de quimeras o de realidades, fuesen andaluces. A los nombres de Vicente Yánez Pinzón, Martín Alonso Pinzón o Rodrigo de Triana, hay que unir los de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Sebastián de Belalcázar, Francisco Hernández de Córdoba, Pedro Ponce de León y tantos otros. Habría que sumar a éstos, además, esa masa de andaluces anónimos que, como aventureros, soldados, campesinos, artesanos, comerciantes o como curas y frailes, llenan las flotas de Indias, que, partiendo de Sevilla, bajaban por el Guadalquivir para salir por Sanlúcar de Barrameda, después de cruzar su temible barra, hasta las aguas del Atlántico. El papel de Andalucía en la aventura americana es fundamental para el desarrollo y consolidación de la aventura americana y  determina aspectos importantes de la historia andaluza de aquellos siglos.

A Sevilla primero "hasta 1717" y a Cádiz después "hasta 1783" llegaban los galeones de las flotas para descargar las riquezas que traían del otro lado del océano: oro, plata, perlas, piedras preciosas, tintes, maderas nobles o especias. Buena parte de esas riquezas no repercuten en el desarrollo de las tierras andaluzas y llegaban a Andalucía para ser distribuidas, rápidamente, por otros lugares de la Península o de Europa. Sin embargo, el comercio con América propicia el estímulo de una agricultura en la que aparecen formas de explotación que van mucho más allá de la pura agricultura de subsistencia. También alienta determinadas industrias, tales como las de salazones, tonelería o construcción de barcos. Pero la realidad es que la economía andaluza no aprovecha la extraordinaria coyuntura que se deriva de aquella situación y de las posibilidades que la historia le brinda "no sería la primera vez ni tampoco la última". Por otro lado, una buena parte de aquellas riquezas se emplean en gastos suntuarios y para satisfacer las creencias religiosas. El esplendor artístico del Renacimiento y del Barroco en Andalucía "sus escuelas de pintura, de imaginería, sus orfebres y las grandes construcciones arquitectónicas", no habrían sido posibles sin la riqueza de la época.

Pese a la repercusión que las relaciones comerciales con América tienen en Andalucía, la economía andaluza continúa siendo eminentemente rural. El cultivo de la llamada trilogía mediterránea "trigo, olivo y vid" impera en los campos, cultivados con el sistema de barbecho. Durante estos siglos se asienta el dominio de los grandes propietarios, lo que se traduce en una masa muy numerosa de jornaleros, sin tierras, que malvivían de las labores agrícolas que realizaban con carácter estacional. Esta masa de desheredados constituye el grueso de la población andaluza, que se concentraba en núcleos de población de gran tamaño.

Desde un punto de vista social, la Andalucía de los siglos XVI, XVII y XVIII responde a los esquemas de las sociedades estamentales típicas del Antiguo Régimen. Unas minorías de privilegiados que gozaban de derechos y de fortuna material, formados por la alta nobleza y el alto clero, a los que en cuestión de derechos se sumaba la mediana y pequeña nobleza, así como los integrantes de las filas del denominado bajo clero, si bien en algunos casos sus condiciones de vida materiales resultaban difíciles.

El papel de la alta nobleza en la Andalucía Moderna es muy importante. Algunas de sus más representativas familias, o miembros concretos de ellas, juegan un papel fundamental en la historia. Desde figuras como Gonzalo Fernández de Córdoba, de la familia de los Fernández de Córdoba, que a través de varios señoríos "marquesado de Priego, condado de Cabra y marquesado de Comares" dominaban el sur de Córdoba, hasta los Guzmanes, duques de Medina Sidonia, una de cuyas personalidades más relevantes es el famoso don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, omnipotente valido de Felipe IV durante más de dos décadas; también don Alonso de Guzmán, IX duque de Medina Sidonia, quien junto al marqués de Ayamonte, su pariente, trata de sublevar Andalucía contra la autoridad real con la pretensión de convertirse en rey de ella. Junto a ellos, los duques de Osuna o los de Medinaceli, cuyas propiedades ocupaban grandes extensiones, dotándolos de un poder económico extraordinario y en cuyos archivos se encuentra recogida buena parte de la historia andaluza de aquellos siglos.

En todas las poblaciones de cierta entidad proliferan las fundaciones religiosas, donde se asentaban las más importantes órdenes de frailes y monjas e ingresaba un importante número de clérigos "a finales del siglo XVII el clero alcanzaba más del cinco por ciento de la población andaluza", que vivía en conventos y monasterios, además del clero secular que prestaba sus servicios en parroquias, abadías y catedrales. En los núcleos de población se podían encontrar grupos de artesanos, cuyo numero y especialización aumentaba con el volumen de población. En los lugares más pequeños "zapateros, carpinteros, tejedores, alfareros, etc." satisfacían las demandas básicas de la población local. En las grandes ciudades, junto a ellos, aparecían joyeros, pintores, escultores o vidrieros para dar respuesta a las necesidades de lujo de las minorías privilegiadas o de la Iglesia.

A lo largo de los siglos XVI y XVII Andalucía vive bajo el gobierno de los Austrias, quienes realizan contadas visitas a sus dominios andaluces. Carlos I es una excepción, como consecuencia del deseo de su esposa, la emperatriz Isabel, enamorada de Granada, de instalar en aquella ciudad la capital del reino. Para ello, se inicia la construcción de un palacio en el recinto de la Alhambra. La prematura muerte de la soberana da al traste con dicha posibilidad. Felipe II viaja hasta Córdoba para seguir desde allí las operaciones militares de las tropas que mandaba su hermano Juan de Austria en la lucha contra los moriscos, grave conflicto social y religioso que sacude durante tres años (1568-1571) las tierras del antiguo Reino de Granada. Felipe IV acude a Sevilla en 1624, satisfaciendo los deseos del conde-duque de Olivares, para cazar en el Coto de Doñana, invitado por el duque de Medina Sidonia, quien hace tal ostentación con su regio huésped, que deja empeñada la hacienda ducal para muchos años.

Es a lo largo de estas centurias cuando se producen acontecimientos que se viven en Andalucía de forma peculiar, tales como la sublevación de los comuneros contra las formas de gobierno de Carlos I y su séquito de flamencos. En Andalucía existen titubeos iniciales, pero, tras la junta de La Rambla, las ciudades andaluzas se ponen al lado del emperador, en cuyas filas se había alineado la poderosa nobleza andaluza.

Cádiz sufre los ataques de los ingleses, en uno de los cuales, en 1595, Drake logra apoderarse de la ciudad, sometiéndola a un terrible saqueo. Sin embargo, éste no se arriesga a mantenerse en ella, por lo que la abandona. También proliferan los ataques de los piratas y corsarios berberiscos a las poblaciones del litoral mediterráneo.

Con el comienzo del siglo XVIII llega también el cambio de dinastía y la entronización de la Casa de Borbón, cuyo asentamiento definitivo sólo es posible después de una dura lucha, la llamada Guerra de Sucesión, que tiene mucho de conflicto civil. Andalucía se coloca desde el primer momento al lado de Felipe V, y sólo algún episodio aislado "como la conspiración a favor del pretendiente austriaco habida en Granada en 1706" quiebra esa adhesión a los borbones. Consecuencia de la guerra es la conquista inglesa de Gibraltar en 1704.

La grave crisis vivida por la monarquía hispánica en el siglo XVII tiene importantes repercusiones en Andalucía, donde la coincidencia de malas cosechas, terribles epidemias de peste y pérdida de población, unido todo ello al pesimismo que producían los problemas políticos y las derrotas militares, la sumen en el fondo de una dura depresión económica y social. El siglo XVIII nos ofrece un panorama general de ligera recuperación, impulsada por el reformismo de los borbones, que tiene en el movimiento ilustrado uno de sus valores más fuertes. La Ilustración en tierras andaluzas es testigo de iniciativas de notable interés "alguna de ellas, como la repoblación de Sierra Morena con colonos alemanes, es posiblemente el más importante proyecto ilustrado realizado en España". Proliferan las Sociedades Económicas de Amigos del País y Olavide impulsa la colonización de Sierra Morena, fundando un importante número de poblaciones en el paso de Despeñaperros y en el borde sur de Sierra Morena.

La invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia significan el comienzo del fin de una época donde Andalucía vive dorados esplendores, pero también soporta una grave crisis. En estos siglos se asienta, además, una realidad económica y social que será determinante para su historia más reciente. En el marco de dicho conflicto se viven episodios de gran importancia, como la derrota francesa de Bailén y la resistencia de Cádiz a los franceses "única ciudad peninsular que no es ocupada por las tropas napoleónicas", donde se reúnen las Cortes que en 1812 elaboraron la primera Constitución española.

No deja de llamar la atención el hecho de que el marco cronológico de la llamada Edad Moderna esté delimitado por dos conflictos bélicos de notable repercusión histórica: la Guerra de Granada, que pone fin a la llamada Reconquista, y la Guerra de la Independencia, que trae las influencias de una revolución que acaba con el Antiguo Régimen. [ José Calvo Poyato].

Andalucía contemporánea.  Desde finales del siglo XIX se configura poco a poco una interpretación de nuestro pasado que cristaliza en los años setenta del siglo XX. Interpretación comúnmente aceptada e incluso conformadora de la identidad andaluza, que muestra una enorme resistencia a los cambios habidos en la sociedad y en el quehacer de los historiadores. Interpretación que sigue reproduciéndose en las escuelas, en los institutos de segunda enseñanza, en los medios de comunicación, etc., hasta desembocar en el tópico, que, a fuer de repetitivo, se convierte en una versión castiza por quejumbrosa de nuestro pasado.

Interpretación que ponía en el centro de su discurso una visión decadentista, agónica de nuestra trayectoria como pueblo. Nuestra situación actual y nuestra historia reciente eran el resultado de un proceso histórico de prolongada decadencia, de un pasado brillante y esplendoroso hasta la Edad Moderna. La contemporaneidad nos habría deparado el subdesarrollo, el paro endémico y una conflictividad social muy alta. Las páginas más recientes de nuestra historia mostrarían el fracaso del incipiente proceso de industrialización, cómo la desequilibrada distribución de la propiedad, cuya manifestación tópica era el latifundismo, frustraba las oportunidades de desarrollo y modernización del campo, cómo la dependencia económica y política cegaba las posibilidades de una política económica autocentrada, cómo la conflictividad social provocaba enfrentamientos violentos y polarizaba nuestra sociedad en dos bandos contrapuestos, cómo el paro, el analfabetismo y la emigración reducían el potencial de desarrollo y acrecentaban el drama social de nuestra tierra. Andalucía, víctima de una especie de fatum , necesitaba redimir sus culpas, su indolencia, su apatía y su excesivo escepticismo para ­­­­"­­­como decía Blas Infante en la letra del himno" "volver a ser lo que fuimos".

La cita no es casual ni tiene más intención que señalar los orígenes de una interpretación que respondía a un contexto histórico y a unas necesidades sociales y políticas muy diferentes a las actuales. Lo que debería explicarse es la persistencia del tópico, más allá de su propia funcionalidad movilizadora. En efecto, la interpretación hoy dominante de la Historia de Andalucía surge y es formalizada con el movimiento intelectual y político que da en llamarse Regeneracionismo.

Dentro de este cuadro historiográfico tiene especial fortuna una interpretación sobre aspectos claves de nuestro pasado que no hace sino abundar en la existencia del fatum , responsable de nuestra decadencia secular. Esta tendencia, inscrita dentro del paradigma del atraso, podríamos denominarla como "historiografía del fracaso". Mantiene que la evolución reciente de Andalucía era el resultado de un doble fracaso: de la revolución burguesa y de la revolución industrial. A pesar de que Josep Fontana refuta el primero de ellos, no se puede evitar que su consideración de la revolución burguesa como efectivamente realizada, pero con un carácter moderado y basada en el compromiso entre la burguesía y la aristocracia terrateniente, se interpretara aquí en un sentido que no desmentía la idea de fracaso: precisamente, en Andalucía concentraba el grueso de sus fuerzas y su preponderancia la aristocracia terrateniente; la contrapartida del pacto con la burguesía había sido la salvaguarda de sus enormes patrimonios y de su dominio social.

Más fortuna y duración en el tiempo tiene la idea de "fracaso" de la revolución industrial, formulada por Jordi Nadal, quien tras constatar que la costa mediterránea andaluza había experimentado un notable crecimiento económico de acuerdo con una industrialización similar a la británica en las décadas centrales del siglo XIX, buscaba las razones del fracaso posterior en la debilidad del mercado interior y la desigual distribución de la renta agraria que privaba a la gran mayoría del campesinado andaluz de posibilidades reales de consumo y la industria andaluza de consumidores potenciales.

Sin embargo, los cambios experimentados durante los años noventa del siglo XX por la sociedad occidental y también por la andaluza son de tal envergadura que provocan una especie de distrofia historiográfica: la realidad cada vez se corresponde menos con el discurso lastimero, quejumbroso y decadentista, plagado de excepcionalidades, respecto a nuestro pasado que aún predomina en nuestro imaginario colectivo. El efecto podría ser perverso: cada vez es mayor el número de andaluces que no se sienten identificados con ese discurso y, por ende, con una parte muy importante de su cultura; y ello porque, entre otras razones, no encuentran en él respuestas adecuadas a los retos que tiene planteados la sociedad andaluza actual. El discurso historiográfico no es sino un discurso construido que codifica y mantiene la memoria de un grupo social. Las utilidades y funciones de la historia en las culturas orales son las de recordar aquellas experiencias exitosas o fracasadas, lo bueno y lo malo, para poder buscar soluciones adecuadas a los problemas del presente. Las culturas letradas, como la nuestra, pretenden algo parecido, aunque ciertamente la memoria colectiva es utilizada también para acentuar los perfiles grupales o para reforzar o bien cambiar las relaciones sociales en su interior. El caso es que en la idea que tenemos los andaluces de nuestro pasado encontramos cada vez menos respuestas para los problemas de hoy, justamente porque tal idea se construye con teorías, metodologías y preocupaciones que responden a otros contextos históricos ya superados. Algunos ejemplos ayudarán a comprender lo que decimos.

La visión decadentista, del atraso y del subdesarrollo ya no se corresponde con la realidad económica actual de Andalucía; de la misma manera que la ausencia de una potente industria o de una modernización agraria con anterioridad a los años setenta del siglo XX no pueden considerarse patológicas. Ni por renta per cápita, ni por renta familiar disponible, ni por nivel de consumo Andalucía puede considerarse un país atrasado y menos aún subdesarrollado.

Existe un indicador físico que, al margen de las variaciones en las formas de consumo de cada entidad cultural, marca muy bien las diferencias entre los países pobres o subdesarrollados y los ricos o desarrollados: es la relación entre la cantidad de kilocalorías per cápita consumidas para alimentar el cuerpo (energía endosomática) y las kilocalorías gastadas en calefacción, transporte, vestido y demás objetos de consumo. Tal relación permite una ordenación de los países en términos físicos y, por tanto, más reales que el dinero u otra clase de indicadores (teléfonos, frigoríficos, automóviles, etc.). Pues bien, la ratio en Andalucía, utilizando datos de población y consumo final de energía de 1994, era de 14 a 1, muy próxima a la de los países ricos y muy alejada de la de los países pobres donde es normal que apenas se alcance una relación de 2 ó 3 a 1; téngase en cuenta además que en tales países la ingesta de calorías es menor. Las diferencias en cuanto a la renta familiar disponible respecto a la media comunitaria se reduce; bien es cierto que gracias a subvenciones y transferencias públicas, de la misma manera que las diferencias entre Baleares "­­­la comunidad española más rica" y Andalucía se estrechan, aunque no sustancialmente. El Producto Interior Bruto andaluz está en torno a la media del Estado, si bien nuestras tasas de ocupación y desempleo siguen siendo muy altas.

Con ello no queremos ofrecer una visión optimista por oposición a la anterior, que haga buena una situación que tiene enormes carencias en infraestructuras, en tejido empresarial, en determinadas actividades económicas o en capacidad de empleo. La diferencia entre Baleares y Andalucía es aún enorme (70%), la renta familiar disponible está muy por debajo de la media europea, tenemos el nivel más alto de desempleo (23%) y las tasas de actividad más bajas del país (poco más del 51%), la economía sumergida ocupa un lugar destacado en el conjunto de nuestro sistema económico, la economía criminal crece sin cesar al amparo de la pasividad gubernamental, especialmente en el litoral mediterráneo, las desigualdades sociales se mantienen y la marginación social aumenta, la sensación de privación "­­­al aumentar los estándares de consumo"­­­ se incrementa también... Las decisiones empresariales y de política económica fundamentales se toman a muchos kilómetros de distancia. La dependencia, lejos de atenuarse, crece como consecuencia del proceso de globalización, si bien este es un fenómeno que no tiene el mismo significado que antes, cuando el mundo estaba dividido en estados nación que competían entre sí por recursos y mercados. Otros indicadores de desarrollo "la esperanza de vida, por ejemplo" nos situarían entre los "más avanzados del mundo".

Los indicadores convencionales, pensados únicamente para medir el crecimiento económico y la cantidad de bienes consumidos, se consideran cada vez menos adecuados a la hora de evaluar el desarrollo humano. Como dice el sociólogo alemán Ulrich Beck, refiriéndose a las sociedades postindustriales europeas, las desigualdades no desaparecen, pero suben al piso de arriba. La expresión es, desde luego, aplicable a Andalucía. El hambre, la miseria, la desnutrición, las malas condiciones sanitarias o las enfermedades endémicas, que son desgraciadamente frecuentes tanto en los campos como en las ciudades andaluzas hasta los años sesenta y setenta del siglo XX, desaparecen o atenúan su presencia hasta niveles mínimos. Nuestro nivel de vida aumenta; aunque aún está lejos de la media comunitaria, no puede compararse con el de la otra orilla del Mediterráneo. La inversión del flujo migratorio que Andalucía experimenta desde los años setenta del siglo XX es expresiva de este fenómeno. Resulta, pues, poco útil seguir fundamentando el discurso identitario andaluz, principalmente, en la pobreza y en el subdesarrollo; su capacidad de generar autoconciencia entre los andaluces disminuye considerablemente.

A todo ello debe sumarse un fenómeno que afecta por igual a nuestra sociedad y al discurso histórico tradicional. La civilización industrial se encuentra en una profunda crisis que afecta tanto a los valores culturales sobre los que se fundamenta como a las teorías económicas y sociológicas que la legitiman. Las razones de la crisis son generales y de gran envergadura: la constatación de que el crecimiento económico no constituye garantía de la creación de empleo ni de más bienestar, sino de lo contrario: del paro estructural, del empleo en precario o de los bajos salarios; un crecimiento que lejos de eliminar, como se pregonaba en sus comienzos, la pobreza y atenuar las desigualdades sociales las incrementa, aunque su traslado a los países pobres las haga menos visibles; que destruye la base de los recursos y el medio ambiente o está en trance de hacerlo, induciendo cambios en su dinámica y funcionamiento que pueden ser irreversibles; la constatación de que los valores civilizatorios occidentales y la ciencia que surge al calor de ellos, no constituyen instrumentos adecuados para solventar los más urgentes y básicos problemas con que se enfrenta la mayoría de la humanidad: el deterioro del medio ambiente, el hambre, las enfermedades infectocontagiosas, la desnutrición, etc.

El escepticismo respecto a la bondad del crecimiento económico como modelo de desarrollo y del concepto mismo de progreso, faro de nuestra civilización, impregnan la reflexión que se viene haciendo en las ciencias sociales y, claro está, también en la historia. El resultado es la crisis de los paradigmas interpretativos del pasado.