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ABDERRAHMÁN I AD-DÁJIL

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(-córdoba, 788). Primer emir omeya de Córdoba y fundador de la dinastía que gobierna la Andalucía árabe desde el siglo VIII al XI. Conocido co­mo ad-Dájil o "el Inmigrado", logra escapar de las matanzas sufridas por su familia, los antiguos califas de Damasco, tras la entronización de los abbasíes * en Bagdad. Después de un peregrinaje por Palestina, Siria y el norte de África, de don­de procede su madre, llegará al puerto de Almuñécar en 755. La Península Ibérica ofrece al príncipe omeya unas ma­yores posibilidades políticas y lo sitúa un poco más al abrigo de la persecución de los abbasíes, un fantasma que le persegui­rá durante toda su existencia. Desde Almuñécar recibe las ad­he­siones de un buen número de tribus y personajes de toda An­dalucía. Un año más tarde sus partidarios lo proclaman como emir en Córdoba, tras derrotar al último wali o gobernador de­pendiente del califa oriental, Yusuf al-Fihri *, el 15 de ma­yo de 756 en la batalla de Almuzara. El nuevo mandatario de al-Ándalus ocupa la primera parte de su gobierno en con­trolar el país, antes de empezar a poner las bases del nuevo ré­gi­men, al que darán forma definitiva sus sucesores, Ab­de­rrah­mán II al-Awsat * y Abderrahmán III an-Násir *. Este ré­gimen omeya andaluz se basaría en una fuerte arabización y en una oposición a los abbasíes, en el entorno en un Imperio que co­mienza a descomponerse políticamente por su extremo occidental.

Abderrahmán I, también conocido como "el halcón de Qurayx", haciendo mención a la familia omeya, supo establecer las bases administrativas y políticas de la An­da­lucía árabe. Poco a poco fue dando una configuración estable al abigarrado conjunto que le había llevado al poder, intentando acabar con las rencillas tribales que habían mar­cado los primeros momentos de la historia de al-Ándalus y atraerse a los linajes vencidos en la batalla de Al­mu­zara. Esto no impidió que, una vez consolidado su poder en Cór­do­ba, tuviera que hacer frente a una serie de revueltas de se­ñores locales, molestos por la falta de ascendencia real en Córdoba o por la pérdida de poder efectivo en la zona donde residían. Es el caso de al-Alá b. Mugiz al-Yah­subí *, Rizq b. Numán de Algeciras *, Abus-Sabbah b. Yahya de Sevilla * o Said al-Ma­ta­rí de Niebla *. Las crónicas omeyas satanizan a todos estos re­beldes adjudicándoles en muchas ocasiones el papel de agentes abbasíes.

Estas revueltas contribuyen de algún modo a diseñar las líneas maestras del régimen omeya de Andalucía. El emir se basa en un núcleo estable de tribus, favoreciendo la inmigración árabe sobre la norteafricana. Esto le da un marcado arabismo al sistema político andaluz, mayor incluso que el observado en algunas dinastías de Oriente. A su lado se constatan los primeros pasos para la constitución de un ejército profesional que garantice la estabilidad del régimen, acudiéndose a la recluta normal para campañas militares. La recuperación de tierras, repartidas entre los primeros contingentes que entran en la Península en el momento de la conquista, permitirá contar con un útil vital para la atracción de núcleos tribales afectos a la familia go­bernante. A Abderrahmán I le atribuyen las crónicas la di­visión en provincias de la An­da­lucía árabe, realizada sobre bases premusulmanas, aunque la configuración administrativa se debe sobre todo a Ab­de­rrah­mán II. Desde el punto de vista jurídico mantiene la ficción de reconocimiento de los omeyas de Bagdad, empleando sólo los títulos de emir o "hijo de califas". Su relación con los reinos del norte peninsular está marcada por el proceso de formación del reino de As­turias. Ésta, tras la muerte de Al­fon­­so I, continúa con Frue­la I y Aurelio, Silo y Mauregato. Las fuen­tes árabes registran, en 759, un armisticio con los "pa­tricios y sacerdotes de Qaxtalla". Una mención tan temprana de Castilla obedecería a una reconstrucción de los he­chos realizada bastante tiempo después, pero responde a una posible tre­gua que favorece tanto a Abderrahmán I como a los mo­narcas asturianos, para poder, en ambos casos, consolidar sus poderes respectivos. Mayor relevancia tiene la campaña de Carlomagno en el norte peninsular en 778, que se sal­­dará con la entrada de Abderrahmán I en Zaragoza y la de­rrota del rey franco en Roncesvalles.

A pesar de la estabilidad alcanzada durante su mandato, no se pueden evitar, como en buena parte de los sistema medievales, las dificultades sucesorias entre su heredero Hixam I * y sus hermanos, Sulaymán b. Abderrahmán * y el llamado por las fuentes Abd Allah al-Balansi *.[Rafael  Valencia]


Para más información, visite Wikanda: http://www.wikanda.es/wiki/Abderram%C3%A1n_I

 
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