Cuando a Antonio Hernández lo vistieron de marinerito para hacer la mili, lo citó a su despacho un oficial ante el que se cuadró y que le instó a mantenerse firme al grito de: “¡El sur es una tarde con campanas, arrrr…!” Era Luis Berenguer y, desde aquel momento, el joven recluta arcense supo que el accésit al prestigioso premio Adonais no sólo le había granjeado cierta gloria local, sino que le había abierto el camino hacia otras cumbres literarias: “En este cuaderno, el arcense rescata una tradición de poesía amorosa que los realistas habían relegado a un plano secundario —analiza Alejandro Luque—. El neorramanticismo urbano del posterior Oveja negra, un tributo al padre del postismo –Metaory—, el intimismo, el sur como constante… van diseñando una larga producción llena de matices, que alcanza quizá su más alta cota de pureza en Sagrada forma. La resistencia del hombre al olvido es la reflexión propuesta en sus últimos libros, pasada por el filtro de la emoción y la pulcritud formal”. Atrás quedaba la infancia en aquel Arcos de la Frontera de los mil poetas, con los hermanos Murciano o los hermanos de las Cuevas como mayores mentores del parnaso local, pero con la sombra prestigiosa de Julio Mariscal, que desde muy pronto figuraría sobre el altar de sus dioses lares, hasta el punto de incorporarlo a su espléndida antología sobre la Generación del 50, en la que tampoco olvidaría los nombres de Rafael Soto Vergés o de Fernando Quiñones. De aquel Jerez compartido con su amigo José María Velázquez Gaztelu, a la sazón poeta y flamencólogo como él mismo, del aborrecible Instituto Padre Coloma, Hernández viajaría hacia un Madrid decrépito por el que, sin embargo, volvía a sonreír la primavera de una cierta bohemia, como la que describe Francisco Umbral en su Diccionario de Literatura. Allí, en la melancolía del paisaje infantil, Hernández irá urdiendo sus sucesivas trilogías poéticas y una apabullante obra narrativa en la que se percibe un cierto andalucismo, que, cómplice a la postre de Fernando Quiñones y de Alfonso Grosso, nunca cae en el casticismo localista y ramplón de tantos otros, pero que late con pulso y brillo propio desde el relato breve —El Betis, la marcha verde—a la gran novela —Sangrefría—. Y, entre la especulación intelectual y el negocio alimenticio, también iría perfilando una serie de ensayos, desde la Guía secreta de Cádiz hasta una disquisición sobre la mafia de los premios literarios: a Hernández nunca le faltaron ganas de pelea en cuanto vislumbró alguna suerte de injusticia en los mentideros habituales de la literatura. Quizá por ello, los llamados poetas de la diferencia le escogieron –malgré lui– como mascarón de proa de su guerra contra el canon de la llamada poesía de la experiencia, en los años noventa. Hernández, sin embargo, negó su pertenencia a los bandos en liza, por más que mantuviera siempre sus propios y legítimos lances contra algunos de los militantes de ambas trincheras. Si en su día apoyó decididamente a la Asociación Colegial de Escritores que fundase e impulsara Angel María de Lera, a él se debe también la creación de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios, Críticos del Sur, que concede sendos premios de narrativa y poesía entre los libros aparecidos cada año. Su mayor premio literario tal vez estribe en la habitación que lleva su nombre en un hotel de su ciudad natal.
Juan José Téllez |