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CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- JAÉN, PROVINCIA DE
  ANEXOS
 
  • Jaén en la época contemporánea  Expandir
  • El cierre de la universidad de Baeza en 1825 puede considerarse una metáfora de la dinámica provincial jiennense en el siglo XIX y buena parte del XX, cohibida en el provincianismo social y cultural y en las limitaciones de un desarrollo económico provincial que van a mantener a Jaén entre los territorios con menores índices de progreso en el conjunto andaluz y español.
        El Jaén contemporáneo, el actual, nace, como el resto de las provincias españolas, de la reforma provincial ideada por el Javier de Burgos en 1833. El territorio del antiguo reino, con la inclusión de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y algunas tierras de territorios colindantes se convierte así en provincia con cien ayuntamientos.
        Hasta el siglo XX, Jaén mostró pautas de crecimiento demográficos más propias del ciclo demográfico antiguo que del moderno. El evidente crecimiento de la población durante el XIX, que supuso que la provincia pasase de unos 200.000 habitantes a principios del ochocientos a los casi 475.000 contabilizados en el censo de 1900, se produjo en condiciones de natalidad y mortalidad altas, características de un esquema demográfico que difícilmente podríamos calificar siquiera de transición al modelo “industrial”. La mortalidad se mantuvo en guarismos elevados, en general por encima de la media nacional, y en tendencia ascendente con puntas de mortalidad catastrófica como las provocadas por las epidemias de cólera de 1855, 1859 y 1885. Crisis de subsistencias, deficiencias nutricionales, y pésimas condiciones higiénicas explican la vulnerabilidad de la población, sobre todo en la base social y en los sectores infantiles y de mayor edad, a las enfermedades infecto contagiosas principal causa de la mortalidad. De hecho, mas que al crecimiento vegetativo de la población, la elevada tasa de crecimiento que experimenta el conjunto provincial sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se explica por la emigración llegada a la provincia al calor del despegue del sector minero y del aumento de la superficie roturada tras los procesos desamortizadores.
        Crecimiento. Con el cambio de siglo empieza a cambiar también el signo del modelo demográfico jiennense. La mejora de las condiciones sanitarias determinan un descenso de la mortalidad, que pasa de valores cercanos al 34 por mil en 1900 a en torno el 19 por mil en 1931. A pesar de que este último valor sigue siendo de los mas altos de Andalucía y España, en combinación con el mantenimiento de unos índices de natalidad también superiores a la media española, va a propiciar un crecimiento medio anual por encima de la media nacional. En 1931 la población jiennense alcanza casi los 675.000 habitantes. A diferencia de lo ocurrido en el XIX, en el crecimiento del primer tercio del XX el aporte exterior no fue el factor determinante.
        El crecimiento absoluto de la población y el rejuvenecimiento de la misma van a provocar un aumento de la oferta de mano de obra que va a permitir el mantenimiento del sistema de gran propiedad y a retrasar la modernización del sector primario gracias al bajo coste de producción del factor mano de obra.
        La abundancia de capital humano no discurrió pareja a la calidad del mismo sino que, a juzgar por las tasas provinciales de analfabetismo, pareció comportarse como un factor escasamente incentivador de su mejora. En 1877 el índice de analfabetismo se sitúa en guarismos muy próximo al 85%. En 1900 la mejora se había traducido en apenas dos puntos porcentuales, aunque a partir de ahí irá en descenso hasta el 53% de analfabetos registrados en 1930. No obstante en 1920, Jaén es la provincia española con un mayor índice de analfabetismo, un 75%. Dificultades para asimilar e implementar las innovaciones tecnológicas, falta de espíritu emprendedor, o atrofia del mercado de trabajo, han sido señaladas como algunas de las consecuencias del escaso nivel de cualificación de los recursos humanos.
        En sentido contrario a lo que ocurre en el resto de las provincias andaluzas la población no experimenta el mismo ritmo de concentración en la capital administrativa. De hecho sólo en fecha reciente la capital superara a la ciudad de Linares en número de habitantes. Otras agrociudades como Bailén, Andújar o Úbeda compitieron con Jaén por capitalizar los recursos humanos y económicos de la provincia en los dos últimos siglos. En términos generales durante buena parte del XIX y el XX los índices de población rural se sitúan entre los más altos de Andalucía, de modo que el proceso de urbanización se explica mejor desde el crecimiento de la población que a partir del éxodo rural que realmente no se produce significativamente.
        Agricultura. La vida económica jiennense durante estos dos últimos siglos ha estado vinculada fundamentalmente al sector primario: tanto en su perspectiva extractiva en el caso de las zonas mineras de Linares y La Carolina; como a la explotación agraria del suelo. Concretamente el lento pero continuado proceso de expansión y especialización del subsector olivarero operará como la principal vía de penetración del capitalismo, y de integración de la economía jiennnese en una economía de mercado que acabará teniendo una dimensión supranacional.
        La revolución liberal no sólo establece una nueva realidad político administrativa en la provincia, sino que va a poner en marcha y consolidar a partir de 1833 –tras los primeros intentos fallidos en 1812 y 1820– y a lo largo del XIX, cambios estructurales en la propiedad de la tierra. Desamortizaciones de bienes públicos y privados, desvinculaciones y, en definitiva la liquidación de los mecanismos jurídicos del antiguo régimen contrarios al principio de propiedad libre, privada e individual, se tradujeron en aumento de las roturaciones y la superficie cultivada, así como del cultivo directo. Según datos de 1887, la superficie cultivada de la provincia de Jaén alcanzaba el elevado índice del 50% del total provincial.
        El relativamente discreto volumen de tierras desamortizadas en Jaén respecto a otras provincias (unas 20.000 ha. entre 1820 y 1900, frente a las aproximadamente 140.000 de Córdoba, las 160000 de Sevilla o las 80.000 de Granada), limitó en la provincia tanto el proceso de propietarización, que supuso el acceso a la titularidad de la tierra de sectores campesinos y burgueses; como el de proletarización acuciado por el negativo impacto que la  desaparición de los bienes comunales tuvo sobre las condiciones de reproducción social de las economías campesinas. Si bien, la especialización agraria de la economía jiennense combinada con el aumento de la población a lo largo del XIX, va a producir un aumento de la oferta de mano de obra jornalera en los campos jienneneses.
        La reforma agraria liberal consolida para la provincia una estructura de la propiedad desequilibrada donde la gran explotación tiene relevancia en términos absolutos: (un 39,5% de la superficie catastrada según Pascual Carrión); aunque relativa en términos comparativos con otras provincias andaluzas como Cádiz donde el latifundio ocupa el 60% de la superficie catastrada, o Sevilla donde lo hace en un 50,5%. El multifundio tampoco parece ser el rasgo dominante de la estructura de la propiedad agraria en Jaén si consideramos que, de las andaluzas, es tras Almería la provincia que menos fincas concentra en pocas manos. La pequeña propiedad por el contrario va a conocer un lento pero firme crecimiento a lo largo del XIX y de todo el siglo XX.
        Especialización olivarera. A lo largo del XIX la producción agraria jiennense mantenía una estructura dual en la que convivían una agricultura de subsistencia con otra, que si bien estuvo poco capitalizada e industrializada y con bajo nivel tecnológico, se abría paso hacia los mercados interiores y exteriores. La lenta articulación de nuevos mercados favoreció el proceso de agricolización del uso del suelo frente otros usos como el ganadero, y una cierta especialización en algunos cultivos que, como el cereal y el olivar, gozaban de claras ventajas comparativas en un contexto productivo marcado por la persistencia de una agricultura de base orgánica, es decir muy dependiente de los factores medioambientales (sol, agua, calidad de los suelos y abonos naturales) y por un largo periodo de transición hacia una agricultura industrializada que durará hasta doblada la mitad del siglo XX.
        El crecimiento del olivar en detrimento del cereal, predominante, es un proceso apreciable desde la fase agrícola expansiva de las décadas de los 30 y los 40 del novecientos, aunque a la altura de 1887, el sistema cereal dominaba todavía claramente con un 36% de la superficie cultivada –la de mejor calidad además– frente al 14% del olivar. Todavía el uso básico de la producción oleícola es el industrial y su destino, la exportación como grasa para maquinaria. La mala calidad del caldo impide su consumo alimentario.
        Los efectos de la honda crisis agraria finisecular acabarán propiciando la transformación del sector. La caída de los precios agrarios y la aparición de nuevos lubricantes industriales derivados del petróleo, afectaron a la rentabilidad de la labor olivarera y provocaron un estancamiento de la superficie cultivada; mientras que en el caso del cereal, aunque en principio se vio beneficiado por la política de protección arancelaria que los productores jiennenses alentaron y demandaron frente a otras salidas que hubieran exigido mayor eficiencia empresarial, a medio plazo éste no pudo aguantar la invasión de los mercados europeos de producciones transoceánicas a mejor precio, e inició un largo retroceso.
        La especialización olivarera fue a la postre la salida adoptada por la agricultura jiennense, y es en este subsector en el que se va a implementar el proceso de modernización que acabará permitiendo el tránsito hacia una agricultura industrializada. La mejora de la calidad y la orientación al mercado alimentario y el aumento de los rendimientos y de la productividad alimentan el gran avance del olivar en la provincia durante las dos primeras décadas del siglo XX. La coyuntura bélica de la Primera Guerra Mundial va a ayudar a la progresión del sector oleícola al eliminar la competencia de otros productores y permitir el acceso a nuevos mercados.
        Tras la misma, y a pesar de las coyunturas de crisis y crecimiento que habrían de sucederse en las décadas siguientes, el sector se consolida como punta de lanza de la economía jiennense. Pronto se señalaron también las principales carencias del sector, algunas de las cuales se arrastran en la actualidad. Sobre todo las relativas a la falta de control de los circuitos comerciales de venta del producto que quedaba en manos de productores extranjeros.
        La especialización olivarera y la articulación de una industria agroalimentaria en torno al aceite están a la base del aumento de la renta provincial, si bien es cierto que el beneficio del sector descansó sobre la base de unos costos bajos de producción gracias a la abundancia de mano de obra y a los bajos salarios consiguientes; situación que se mantuvo hasta los años de la posguerra civil, y que está a la base de la falta de estímulos para la mecanización del sector y d la inexistencia de un mercado interior capaza de sostener un desarrollo industrial ajeno al sector. En efecto, no obstante la especialización productiva, de la modernización relativa del sector olivarero y de la aparición de una industria asociada al mismo en manos de capital autóctono, la estructura empresarial de la industria, de marcado carácter familiar, limitó las posibilidades del sector como motor de arrastre de una diversificación productiva de la provincia que no se produjo.
        Minería. Si en el caso de la producción de aceite parte del potencial beneficio recayó fuera de la provincia y del país por la falta de control del proceso de refinado y de los circuitos comerciales, los dos procesos que mayor valor añadido incorporaban al producto, en el caso del otro puntal de la economía provincial, la minería del plomo en la zona de Linares y La Carolina, el control y la dependencia del capital extranjero fue todavía mayor. Además, la explotación de estos recursos fue relativamente efímera ya que en torno a los años de la primera Guerra Mundial la producción linarense ya estaba en decadencia, prologándose la vida de los yacimientos de La Carolina unos años mas, hasta el despuntar de la década de los treinta. La explotación había comenzado a mediados del siglo XIX y en su inmensa mayoría estuvo controlado por capitales ingleses, franceses y en menor medida alemanes, que controlaron los años dorados del negocio. Sólo cuando éste comenzó a dar síntomas de agotamiento dejaron espacio para las empresas españolas. Los altos costes de producción y comercialización, provocados entre otras razones por las deficiencias en la red de transportes, lastraron el sector y marcaron el límite de su rentabilidad.
        La liberalización del sector minero tras las leyes de 1820, 1822 y 1825 abren una nueva fase en el sector marcada por el fin del monopolio estatal de la explotación minera, limitada hasta entonces a la gran mina de Arrayanes en Linares, y por la entrada del capital privado en el negocio bien a través de las contratas con el Estado para explotar las minas de titularidad pública, bien para la explotación directa. Hasta la crisis minera de mediados de los 30 el sector aumento su productividad y se mejoraron los sistemas de laboreo.
        Hay que esperar, sin embargo, a los años cincuenta para que se produzca el gran despegue del sector favorecido por la nueva legislación minera de 1849, 1859 y 1868 que propició la entrada masiva de capitales extranjeros y con ellos imputs tecnológicos capaces de superar las tradicionales limitaciones técnicas del sector sobre todo las derivadas del problema de las inundaciones en las minas. The Linares Lead Mining Corporation. o The Spanish Mines Corporation fueron dos de las grandes compañías inglesas que dominaron el sector, junto a otras como la francesa La Cruz, por citar sólo algún ejemplo. En 1884 de las siete empresas extractivas mas importantes seis eran extranjeras y controlaban el 33% del sector.
        Los altos costes de producción del plomo jiennense, producto de la falta de energía y de la necesidad de excavar cada vez a mayor profundidad con el subsiguiente problema de los desagües, limitaron su competitividad respecto a los grandes productores como Canadá, Estados Unidos o Australia cuando el mercado del plomo se mundializó a finales del XIX.
        La externalización de los beneficios derivada del control de la actividad por parte de los capitales extranjeros impidió a la industria minera convertirse en la punta de lanza de la modernización económica de la provincia
        La pequeña actividad comercial completa, a mucha distancia en términos de capitales empleados y mano de obra ocupada, el cuadro económico provincial del Jaén contemporáneo, ya que las manufacturas textiles, de cierta importancia durante el siglo XVIII, estaban en franca decadencia desde finales de aquella centuria.
        La fragilidad de los mercados internos y externos jiennenses explican y son causa a la vez de una enjuta red viaria y de comunicaciones que contribuyó a aumentar el ensimismamiento social.
        Población. La evolución de la población activa refleja la imagen de una sociedad marcadamente agraria, hasta prácticamente la década de los sesenta del siglo XX cuando se produce una quiebra significativa en la dinámica social y productiva que define a la provincia hasta entonces. En 1877 el 82% de la población jiennense trabajaba en el sector primario. En 1900 casi tres de cada cuatro trabajadores (el 73,6%). Treinta años mas tarde, en 1930, el porcentaje sólo había descendido hasta el 65,8%, aunque ese mismo año la población activa ocupada en actividades manufactureras se eleva ligeramente por encima del 15%. Para valorar los datos de Jaén baste recordar que los porcentajes españoles de población activa primaria en 1877 y 1930 eran respectivamente 66 y 45,5%.
        A partir de estos presupuestos materiales, la fotografía de la realidad social giennense durante el XIX y buena parte del XX revelaría una amplia y nutrida base fundamentalmente campesina –recordemos incluso que el sector minero se nutrió de mano de obra campesina que frecuentemente compatibilizaba ambas actividades gracias a la fuerte estacionalidad del trabajo en el campo– con bajos niveles de renta. Sobre ésta base los grupos dominantes también fuertemente vinculados a la propiedad y explotación de la tierra complementados con algunos comerciantes y profesionales liberales y un puñado de industriales del sector agroalimentario o vinculados, sobre todo desde finales del XIX y principios del XX a la creación y explotación de infraestructuras (electricidad, agua, ferrocarriles), comerciantes y profesionales liberales.
        El rasgo definitorio es, sin embargo, la debilidad de los grupos intermedios, de las clases medias. Muy dependientes también del medio agrario se irá forjando a la luz del proceso de propietarización,  característico de la estructura y evolución de la propiedad a partir del último tercio del siglo XIX, un segmento de pequeños y medianos propietarios que se verán arropados en ese espacio social intermedio por pequeños artesanos y manufactureros y profesionales liberales y funcionarios que proliferaron a medida que la capital se consolida como centro político y administrativo provincial.
        En definitiva una pirámide social amplia por su base; baja por la fragilidad de las clases medias; y con un carácter muy ruralizado, explican una conflictividad focalizada en torno a la actividad agraria y minera. Hasta prácticamente el siglo XX predominaron entre las formas de resistencia de los sectores mas desfavorecidos del campesinado a las transformaciones impuestas por el sistema liberal capitalista, las de carácter individual y delictivo. Episodios de hurto, robo de madera y leña, violencias contra la propiedad, u  ocupaciones de fincas menudearon en el ciclo de malas cosechas y crisis agrarias que se sucedieron entre 1855 y 1868, agravados por la pérdida que para las economías campesinas supusieron los procesos desamortizadores de bienes comunales y las privatizaciones del monte.
        Movimiento obrero. Sólo a partir del nuevo siglo se asiste a una articulación asociativa de resistencia reseñable, si bien el pulso del movimiento obrero jiennense fue débil y arrítmico, acelerándose en coyunturas muy significadas como los años de la primera posguerra mundial o la Segunda República. Por ejemplo, la sección giennense de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, sindicato agrario de la central sindical socialista Unión General de Trabajadores llegó a ser, con casi 33000 afiliados, la mas importante de Andalucía y la tercera española tras Badajoz y Toledo durante la Segunda República. Serán precisamente los años de la república los que marquen una de las puntas de conflictividad en los campos jiennenses con hasta 532 conflictos computados entre 1931 y 1936. Los efectos de la crisis económica de los primeros años treinta que afectaron severamente al sector olivarero, unidos a las expectativas generadas por el advenimiento del régimen republicano están en la base de la oleada de tensión social que caracteriza al periodo republicano en Jaén. Antes, las coyunturas de 1903-05, y el llamado Trienio Bolchevique realmente más vinculado a las consecuencias de la Guerra Mundial que al triunfo de la revolución en Rusia, marcan, sobre todo éste último, los otros dos ciclos conflictivos del campesinado giennense. Campesinado que a pesar de la irradiación del cercano foco anarquista cordobés, fue poco sensible a las doctrinas libertarias si exceptuamos los primeros momentos de la organización obrera en la provincia donde encontramos una asociación obrera vinculada a la AIT en 1870, y otra a la reconstituida central anarquista (la Federación de Trabajadores de la Región Española de la AIT) en 1882; y algunos núcleos que integrados en la anarquista Federación Nacional Agraria en Torreperogil y Torredelcampo. El socialismo en cambio calaría mejor, aunque relativamente tarde en el medio agrario, hasta el punto de conseguir que el primer alcalde socialista de un municipio andaluz fuera el de Torredonjimeno y que el socialista Morales Robles en 1920 consiguiera el gobierno de la capital.
        La Guerra Civil y los intentos producidos en la provincia de Jaén de establecer un nuevo orden rural a través de las colectivizaciones –se llegaron a expropiar hasta 108 propietarios– marca el punto culminante del enfrentamiento social; la fractura de una sociedad agraria no sólo por la línea honda y profunda que separaba a los sectores campesinos de los propietarios de los medios de producción, sino por la que se produjo entre los propios sectores campesinos entre los jornaleros y aquellos otros que sin ser grandes propietarios, e incluso siendo propietarios modestos, si acudían ocasionalmente al mercado de mano de obra para determinadas labores.
        Las primeras expresiones de conflictividad sociolaboral no corresponderán sin embargo al medio agrario sino al minero. La agrupación socialista de Linares creada en 1887, fue la primera de la provincia –la de la capital se crearía tres años después- y la única andaluza, junto a Málaga, presente en el I Congreso Nacional del PSOE de 1888. Aparte de la huelga de sombreros de Úbeda en 1873 a la que cabe considerar la primera conocida de la provincia, el foco activo del débil movimiento obrero jiennense va a ser, hasta las grandes huelgas agrarias del Trienio, la zona minera que da sus primeras señales de vida con la huelga de los trabajadores de la fundición de plomo La Cruz en 1884 y que tendrá otros hitos en las huelgas de La Carolina en 1906, con tres mil mineros en huelga contra las cantinas obligatorias o los ciclos huelguísticos de 1914 y de 1920.
        Tras el desastre de la guerra y del primer franquismo sobre el tejido social y económico jiennense, la liberalización de la economía y el desarrollismo marcan desde finales de los cincuenta una transformación de la estructura socioproductiva  provincial. La definitiva industrialización del sector agrario impulsada por la escasez relativa de mano de obra agraria y el consiguiente encarecimento de los salarios, supuso no sólo la mecanización de las labores, el incremento del uso de los fertilizantes químicos en la actividad agraria, el crecimiento de la superficie regada y el incremento de la producción, sino, también, el detonante de un proceso sin precedentes de expulsión de población activa del medio agrario hacia la emigración. Mientras los sectores jornaleros se vieron drásticamente afectados por estos procesos viéndose abocados al abandono de su medio o a la modificación de sus estrategias de reproducción social mediante el recurso al pluriempleo fuera del medio agrario, un sector de los pequeños y medianos propietarios pudieron adaptar sus explotaciones. De hecho, la pervivencia de la explotación familiar vinculada al cultivo del olivar va a ser una de las notas dominantes de la estructura productiva agraria en la provincia que se va a mantener durante toda la mitad del siglo XX.
        El resto de sectores económicos se vieron imposibilitados para absorber el excedente de mano de obra agraria. La crisis de los años treinta y la política económica del primer franquismo habían sumido al sector agroalimentario en un claro proceso de desindustrialización que el régimen sólo fue capaz de subvenir tarde y deficientemente a través del llamad Plan Jaén de 1953 y con el Plan de Desarrollo Económico Social en 1965. La pretendida dimensión industrial de la provincia contemplada en dichos planes se produjo de modo limitado y desequilibrado. La provincia fue encuadrada entre las productoras de materias primas (alimentos y minerales) y sólo en algunas zonas se apostó por subsectores industriales (química, papel, siderometalurgia, complementos para la industria del motor) de base, complementarios de otras industrias en los grandes centros industrializados. El resultado final en la década de los setenta fue un panorama industrial geográficamente atomizado en tres núcleos, y a base de pequeñas unidades productivas. En 1970 solo la Metalúrgica de Santa Ana creada en 1955 en Linares empleaba a mas de dos mil trabajadores. A mucha distancia, sólo cinco empresas superaban los trescientos trabajadores. En lo que se refiere a su distribución geográfica la industria giennense se va a concentrar en la zona de La Carolina-Linares-Bailén donde se asientan las factorías siderometalúrgicas y la industria textil; la zona de la capital-Mancha real-Martos, en torno a la industria agroalimentaria, de materiales de construcción y transformación de la madera; y la zona Mengíbar-Andújar donde se concentra la industria química y de refinería del aceite.
        Socialmente los cambios en la esfera productiva se tradujeron en la articulación de una clase obrera industrial, que acabará siendo especialmente activa en el sector siderometalúrgico linarense abanderando la contestación sindical al franquismo, y en el engrosamiento de las clases medias urbanas al amparo del crecimiento del sector servicios.
        En definitiva, si bien a corto plazo los efectos de los planes desarrollistas van a tener efectos inmediatos y de alcance en lo que se refiere a su aportación a la renta provincial, en términos relativos no van a bastar para que Jaén supere los últimos puestos en el escalafón del desarrollo provincial español.

    Francisco Acosta Ramírez / Gracia Moya
  • Despeñaperros, prólogo de Andalucía  Expandir
  • Estableciendo la comparación puramente en términos de género de escritura, es como si en Despeñaperros terminara la Historia y diera comienzo la Literatura. La Mancha ofrece al viajero un relato ordenado y coherente, una crónica sin sobresaltos narrativos ni estilísticos. Sin sorpresas orográficas. La Mancha es un relato de colores ocres, adultos y responsables. La única literatura propia sobre la Mancha es El Quijote y, aun así, su elección por Cervantes pudo deberse precisamente a la naturaleza antiliteraria de las llanuras, personajes y despoblados manchegos.
        En Despeñaperros estalla la Literatura propiamente dicha. El paisaje gira inesperadamente sobre sí mismo, se yergue enloquecido, ensaya gigantescas cabriolas de piedra en las que parece como si a los grandes cortados verticales fuera a fallarles de pronto el equilibrio para precipitarse súbitamente sobre las hondonadas por donde transcurre el camino. Es el tránsito de la Historia a la Literatura, del documental a la ficción, de la lógica parda y severa de la llanura a la fantasía desordenada y burlona de ese esqueleto silúrico de Sierra Morena que deja asomar sus poderosos huesos de cuarcita tras haber desgarrado con paciencia geológica el manto verde que cubre aquellas soledades.
        Viniendo del norte mesetario, el paso de Despeñaperros da entrada a un territorio llamativamente distinto, como esas puertas mágicas de los cuentos antiguos y modernos que inauguran un mundo imaginario cuyo disfrute estará siempre vedado a quienes desprecian la imaginación. Entendámonos: no es que quienes desdeñan la imaginación sean unos desgraciados; no, lo que ocurre simplemente es que se aburren más.
        Los viajeros europeos del XIX y del también del XX, fueran literatos, historiadores o incluso filólogos, eran todos ellos gente de imaginación, almas sensibles que a medida que cruzaban Despeñaperros sentían vibraciones nuevas, sensaciones dominadas por la intuición –seguramente inducida a su vez por los libros leídos sobre Andalucía– de entrar en un mundo distinto, un mundo de personas y paisajes dispuestos a aceptar con toda naturalidad las imágenes, metáforas y comparaciones que habrían de inventar sobre ellos aquellos escritores singulares que con tanto talento pintaron una Andalucía imaginaria y tal vez inexistente, pero sin la cual no existiría la Andalucía verdadera.
        Con esta aseveración no se trata de formular un sofisma ingenioso ni un juego conceptista: se trata de hacer ver que Andalucía es, ella misma, toda una Literatura. Las páginas innumerables –ciertas o inventadas– que se han escrito sobre Andalucía han hecho de nosotros una tierra irreparablemente literaria. En muchas ocasiones, incluso, literaria a su pesar.
        Los nombres de Ford, Irving, Merimée, Poitou, Borrow, Latour, Gautier, Rilke, Machado, Brenan, Cernuda, Lorca, Miguel Hernández y tantos otros dedicaron largas horas de su talento a revelar Andalucía y descifrar a sus moradores. Si lo consiguieron o no, es imposible saberlo. Imposible e inútil. Tan imposible e inútil como determinar a ciencia cierta si la Biblia es Palabra Revelada o es palabra meramente histórica. Tan imposible e inútil como determinar a ciencia cierta si los héroes de la Ilíada son históricos o son literarios: en todo caso, son nuestros héroes. Como el de Jerusalén o Troya, el de Andalucía ha sido un destino literario. En estos lugares pesan tanto las vibrantes y poderosas palabras escritas sobre ellos que resulta imposible –e inútil– distinguir lo vivo de lo pintado, lo cierto de lo inventado, lo tópico de lo sincero, la verdad del mito.
        Despeñaperros es la puerta verde y dorada que da paso a ese mundo a un tiempo real e inventado que es Andalucía. Por eso, para quienes bajan desde La Mancha, lo abrupto de la orografía de Despeñaperros y lo inesperado de sus violentos farallones se acomodan tan perfectamente a su cometido geográfico y literario de ser prólogo de Andalucía. La fiable y ordenada crónica manchega ha quedado atrás. Aquí comienza otra cosa.
        Y ha de ser verdad que comienza otra cosa porque en esa percepción han coincidido siempre todos los imaginativos viajeros ilustrados del pasado: los que mentían y los que decían la verdad, los favorables a Andalucía y los contrarios a ella, los que repetían viejos tópicos y los que inventaban otros nuevos, los interesados en las palabras y los interesados en las cosas. Sin ellos no seríamos lo que somos, aunque, por supuesto, no sepamos muy bien qué somos. Sin ellos, Despeñaperros sería sólo mera geografía, simple realidad, pura y dura realidad. Sin ellos, en fin, Despeñaperros sería apenas una triste, oscura y pobre sombra de sí mismo.

    Antonio Avendaño
  • Un siglo de cultura jiennense  Expandir
  • Alguna vez lo he escrito: Jaén es la provincia española que más premios Planeta ha dado por habitante. Precisamente este importante galardón que hoy hace millonarios a quién lo gana, lo obtuvo el primer año de su convocatoria (1952) un jiennense de la Puerta de Segura: Juan José Mira con su obra En la noche no hay caminos. Anteriormente había publicado Así es la rosa y Rita Suárez. Hoy, lo único que recuerda a aquel malogrado autor es una calle que tiene en su pueblo.
        Los otros dos autores que tiene la provincia de Jaén con este premio están vivos y en plena producción. Uno es el ubetense Antonio Muñoz Molina (lo ganó con El jinete polaco) y otro el nacido en Arjona Juan Eslava Galán, que lo obtuvo en 1987 con su obra En busca del unicornio.
        Y si hacemos un balance literario definitivo en cuanto aportaciones de escritores jiennenses a la literatura española, veremos que el saldo es muy positivo. En 1929 el profesor y catedrático de Literatura Ángel Cruz Rueda (Jaén, 1888), ganaría el Premio Nacional de Literatura con su obra Las gestas heroicas cantadas a los niños. En 1940 este mismo premio lo ganó Manuel Mozas Mesa, que escribió un libro entrañable para todos aquellos a los que les gusta que le hablen de su tierra: Jaén, legendario y tradicional. Viejas estampas jiennenses.
        Aunque cuando la nebulosa del tiempo haya devorado a tantos y tantos escritores que en su momento gozaron de un prestigio literario nacional, siempre resurgirán figuras como las del citado Muñoz Molina, que ha inmortalizado a ‘Mágina’ (Úbeda) lo mismo que un día lo hiciera Clarín con Oviedo (‘Vetusta’), y la del carolinense Manuel Andújar, para muchos críticos uno de los mejores novelistas de la postguerra. Manuel Andújar engrosó la larga lista de intelectuales que abandonó nuestro país tras la Guerra Civil. Su narrativa, encuadrada dentro del marco del realismo social, se condensa en la trilogía Víspera, en donde retrata los ambientes rurales de su niñez y las luchas sociales de los mineros para conseguir la dignidad como trabajadores.
        Otra de las autoras jiennenses varias veces galardonada y considerada clave para entender la literatura actual, bien por sus estudios sobre la poesía española contemporánea o bien por sus novelas La casa del halcón o El hijo del aire, entre otras, es la linarense Fanny Rubio.
        La otra generación del 27, la de Miguel Mihura y Jardiel Poncela, también tuvo su representante jiennense. Se trata del comediógrafo y humorista Antonio de Lara Gavilán, más conocido por ‘Tono’. Fue autor de más de cuarenta obras y adaptaciones teatrales. Algunas como Ni pobre ni rico sino todo lo contrario o El señor que las mataba callando tuvieron tanto éxito que permanecieron incluso años en cartelera.
        Con respecto a la poesía, Jaén tiene el privilegio de haber dado cobijo durante algún tiempo a dos de los más grandes poetas del siglo: Antonio Machado y Miguel Hernández. El primero ejerció de profesor en el Instituto de Baeza durante varios años. ‘El periodo llamado de Baeza en la vida y obra de Machado y que va de 1912 a 1919, es de los más fecundos y completos”, dice Manuel Tuñón de Lara en su obra Antonio Machado, poeta del pueblo. En cuanto al segundo, arribó en Jaén durante la Guerra Civil y se casó con la quesadeña Josefina Manresa, que a la postre sería el destino de muchos de sus escritos y la que le inspiraría sus más bellos poemas. Miguel Hernández estaba destinado a Jaén durante la Guerra Civil, que era por entonces cuartel general del sector Sur del Ejército de Andalucía. Combatía más que con el fusil con sus poemas dedicados al pueblo. Uno de sus poemas, ‘Aceituneros’, se erigió años después como el himno más representativos de esta provincia, sobre todo cuando salió de la voz quebrada de Paco Ibáñez desde el Teatro Olimpia de París.
        En cuanto a la pintura, tampoco Jaén ha salido malparada a la hora de hacer un censo de artistas cuyas obras han traspaso las fronteras nacionales. El crítico y pintor Miguel Viribay dice que Jaén ha dado muchos y buenos pintores pero que hay sobre todo cuatro que se hacen imprescindibles a la hora de analizar esta actividad en esta provincia durante el siglo pasado: Manuel Ángeles Ortiz, Rafael Zabaleta, Cristóbal Ruiz y Miguel Pérez Aguilera.
        “Váyase usted a Quesada que aquí estamos todos un poco locos”. Ese dicen que fue el consejo que le dio Picasso a Rafael Zabaleta cuando fue a visitarlo a París con la intención de quedarse en la capital parisina. Rafael Zabaleta siguió el consejo del genial malagueño. Se volvió a Quesada e hizo que su pueblo natal ingresara en la tipografía mitológica de la actual pintura española. Manuel Ángeles Ortiz vivió en Jaén sólo hasta los cinco años, tiempo que guardó en su memoria como uno de sus sagrados tesoros, según contó en una carta que envió al Ayuntamiento de Jaén cuando esta institución, ya en la democracia, decidió homenajearle y recordar que en la calle Esparterías había nacido uno de los pintores a los que se les califica de ‘universales’. Manuel Ángeles Ortiz vivió exiliado en París, donde murió en 1984. Hoy está enterrado junto a un olivo de Jaén en el cementerio de Granada.
        Otro de los pintores que prefirió el exilio fue Cristóbal Ruiz, cuya obra fue elogiada por García Lorca, Machado o Valle-Inclán. Murió este pintor universal nacido en Villacarrillo en la tierra que lo acogió: Puerto Rico. En cuanto a Miguel Pérez Aguilera nació en Linares en 1915 y murió en Sevilla en 2004. Era este artista “un andaluz cuya patria es la luz y los colores de esta tierra”, según él mismo se definió.
        La emigración y el exilio, esas constantes en los artistas e intelectuales jiennenses, también marcaron al genial linarense Andrés Segovia, quizás el más grande concertista de guitarra que haya dado este país. Tenía 14 años cuando debutó en el Centro Artístico de Granada y 94 años cuando murió en Madrid. En medio, todos los mejores teatros y salas de concierto del mundo habían sido testigos de su magia en el instrumento de las seis cuerdas.
        La música también ha dado otros jiennenses cuya fama ha traspasado las humildes fronteras provinciales. En el año 1962, un joven de cara aniñada gana el festival de Benidorm. Se llamaba Raphael y en la reseña de todos los periódicos decía que había nacido en Linares. Su popularidad entre los amantes de la música pop en los años sesenta fue espectacular. Lo mismo que la de Karina, otra jiennense que hizo que toda España tarareara sus ‘Flechas del amor’ o ‘El baúl de los recuerdos’.
        El cantautor más célebre que ha parido Jaén se llama Joaquín Sabina, que aunque una de sus canciones más famosas se llame ‘Pongamos que hablo de Madrid’, él nació en Úbeda en 1949. De voz ronca y atractiva, acierta con las letras de sus canciones lo mismo que los poetas aciertan con sus rimas.
        En cuanto al flamenco, sin duda una de las voces más escuchada en la radio de la postguerra fue la Juanito Valderrama, nacido en Torredelcampo en 1916. Canciones como aquellas dedicadas a los niños que hacen la primera comunión o la de ‘El Emigrante’, le hicieron vender miles de discos. Hizo incluso películas como El rey de la carretera o El Padre Coplillas que tenían una muy buen aceptación por el público. A pesar de sus éxitos populares (formó pareja artística y sentimental con Dolores Abril), Juanito Valderrama nunca fue bien acogido en el seno de los puristas y flamencólogos, que lo trataron en muchas ocasiones despiadadamente incluyéndolo en ese grupo de cantaores que, atraídos por el dinero fácil, abandonaron el flamenco puro para dedicarse a la canción orquestada y fácil. Sin embargo, para otros, detrás de ese Juanito Valderrama había un maestro consumado profundo conocedor de todos los palos del flamenco. Valderrama murió en Espartinas (Sevilla) en 2004.
        No podíamos dejar de hablar en este apartado de Carmen Pacheco Rodríguez, más conocida por Carmen Linares, apellido artístico que tomó de la ciudad en la que nació en 1951. Carmen Linares es una de las cantaoras indiscutibles de nuestra época. Ha conquistado por méritos propios un lugar privilegiado en el mundo del cante, habiéndose convertido en una de las artistas más reclamadas y con más proyección internacional del flamenco actual.

    Andrés Cárdenas
  • El aceite como orgullo y bandera  Expandir
  • A  Jaén se entra llorando y de Jaén se sale llorando. Es una frase hecha y resume ese pozo de sabiduría popular y hospitalidad manifiesta que impregna sus pueblos y sus ciudades. Jaén tiene una pasta especial, está hecho a sí mismo, forjado por mil y un contratiempos y cual mancha de aceite ha ido impregnándose poco a poco de una forma singular, que lo hace lejano desde la lejanía y muy cercano en las distancias cortas. De ahí el dicho reseñado y tantos otros dichos populares que sobre Jaén se cuentan y tienen tanto de verdad como de ilusión.
        Dicen de Jaén que esta tierra es sólo un mar de olivos y no es poco porque ese mar, perfectamente alineado árbol tras árbol, conforma el mayor bosque del mundo; el mayor y el mejor cuidado a la par. Con 55 millones de olivos (se dice pronto pero hay que sumarlos y recolectarlos uno tras otro) es fácil imaginar de qué depende Jaén. Pero hay que adentrarse en la magia de su aceite de oliva, saborear sus puntos soberbios de amargura y sabor picual único de fruta recién exprimida para comprobar por qué además de muchos olivos aquí hay también muy buena gente; los jiennenses son de una pasta especial, repito, cuyo condimento principal es el aceite de oliva, claro está.
        No hay duda, el aceite fue siempre a Jaén el estandarte hacia afuera, pero hacia adentro no lo era tanto. No había más que recordar las pesadillasmediáticas y ciudadanas con las jamilas, las torvas de aceituna sin molturar día tras día, la mezcla de aceituna del vuelo con aceituna del suelo, embarrada y con piedras... No olvidemos nunca que estamos hablando de la provincia que cría más aceituna del planeta y nunca tuvimos la sartén de las frituras económicas y sociales por el mango.
        La mitad del aceite del mundo se produce en España; Andalucía representa el 80% del Estado y de la tarta andaluza, el 60 por ciento es jiennense. Se puede decir de otra forma, en Jaén sí que sabemos de aceite de oliva del bueno... pura dieta mediterránea. Pero había un gran pero, vivíamos de espaldas a él como orgullo y como bandera. Habían llegado unos años atrás, y en abundancia, las subvenciones europeas y nos las hacíamos tan felices que apenas le échabamos cuentas al futuro. Con nuestro trabajito en Papá Estado o Mamá Junta, en la oficina o en la nave del Polígono, las olivas nos daban para los caprichos y los extras de los niños en la Universidad, si acaso también para la letra del apartamento en la playa; el resto, para vivir y vivir cómodamente, que en Jaén se llora mucho pero se mama más. Vamos, que vivimos mejor de lo que aparentamos y decimos que vivimos, pero eso son otras historias que no vienen al caso. Jaén ha crecido a golpe de palos y a golpe de palos hemos avanzado históricamente, pese a la apatía generalizada de la que se nos acusa.     Así las cosas, hacía falta uno gordo para que reaccionaramos y de paso convirtiéramos al aceite de oliva en nuestro caudal principal de autoestima. Y sucedió. Y dado que no hace tanto tiempo lo recordarán en primera persona. Les hablo de la OCM, ese palabrejo que tiene que ver luego con las subvenciones comunitarias, con el dinero que cada año recibimos a través de nuestra cooperativa y que nos viene que ni pintado. Las organizaciones agrarias hablaban con desparpajo de la Organización Común de Mercados (OCM) desde 1996, más insistentemente en 1997, pero a la gente le traía al fresco; primero, porque no lo entendía ni quería entenderlo y segundo, principal para la mentalidad olivarera, porque habíamos superado la “pertinaz” sequía y el agua abundaba de nuevo –nada peor que eso podía pasarle a los olivares, pensaban los aceituneros altivos–. Pero sí, conforme nos adentrábamos en 1998 y se hacía valer el posicionamiento del eurocomisario Franz Fischler, la temperatura de la provincia acanzó un grado de enfermedad propio de un buen encamamiento. Aquello fue algo inaudito, lo que empezó por un “cuidado que viene el lobo”, al que nadie hacía el mínimo caso fue dando paso a posturas inflexibles con respecto a lo que se avecinaba. Y así se barruntó lo que vendría después, una movilización ciudadana descomunal.
        Manos sabias y expertas son las que deciden el momento óptimo de su recolección; manos sabias y expertas son las que colocan los mantones para que el suelo no contamine la aceituna; manos sabias y expertas son las que con destreza de vareador arrancan la fruta del árbol. Ahora, en cuestión de política agraria no tenemos ni pajolera idea; dicho en verbo culto, somos olivicultores, no oleicultores y menos, vendedores de nuestro oro líquido, es más, es que ni queremos llegar a ser aprendices de la materia. Aquello nos vino largo, muy largo, pero la concienciación caló cual mancha de aceite y fue absoluta.
        Nunca antes lo habíamos tenido tan claro, nunca antes había sido esta tierra consciente del futuro como en aquella ocasión. Mucho, y tanto, tuvo que ver la campaña de concienciación ciudadana emprendida a la par por el Consejo Económico y Social de la provincia de Jaén y sus instituciones matrices y el diario Jaén. En la historia reciente de la provincia ningún problema fundamental ha unido a los jiennenses como lo ha hecho el olivar y su aceite. La reforma de la OCM ha sido y es aún, ahora que colea la definitiva reforma hasta 2013, un problema fundamental para Jaén y para su futuro. Tanto como decir que la mayoría de sus entonces 96 municipios decidieron jugársela a una carta, la de la movilización social. Lo que no pudo conseguir la política del Gobierno en los despachos de la Bruselas comunitaria: frenar una reforma que penalizaba a los productores de aceite españoles y especialmente, a los jiennenses, íba a venir por otro lado.
        El movimiento social contra la reforma de la OCM caló en todos los poros de la provincia. Un periódico como el Jaén, con vocación vertebradora, con el compromiso exclusivo de atender los intereses de Jaén y de sus gentes, con el horizonte de servir de catalizador del cambio social, no podía sustraerse ante el gran reto de fin de siglo en la provincia. No quiso nunca persuadir a nadie en el conflicto de la reforma, pero sí informar de su alcance, de sus consecuencias. No permanecer nunca indiferente ni neutral cuando la provincia de Jaén es el objetivo, cuando los jiennenses se juegan el futuro en partidas arriesgadas. La iniciativa, por tanto, se articuló con el objetivo de defender la cultura del aceite y la receta no fue otra que la de servir de catalizador de propuestas sociales y la de promover y servir de vehículo transmisor de lo que supusiera promociar esa cultura.
        La elaboración de un Manifiesto en favor del olivar y el aceite de oliva fue la base por la que se organizó una recogida de firmas multitudinaria. En Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en Granada, pero principalmente en Jaén. En la iniciativa participaron los sectores más representativos de la sociedad de Jaén, agentes sociales y la patronal, colectivos, partidos e instituciones, sin exclusiones, y su sector agrario. El objetivo de conseguir 300.000 firmas se alcanzó en una movilización social que implicó a toda la provincia y que tuvo un subrayado especial cuando se entregaron a la ministra de Agricultura, Loyola de Palacio, en Madrid, para que constatara la firme determinación del pueblo de Jaén en defensa de la cultura del olivar y del aceite. La ministra llevó las firmas hasta el mentor e impulsor de la reforma en Bruselas, el eurocomisario de Agricultura, el austríaco Franz Fischler. No conseguimos lo que pretendíamos, pese a la gran manifestación de febrero del 97 y a la huelga general de mayo del mismo año, pero qué sería de nosotros sin aquello. Ahí se vio de la pasta de la que somos, puro aceite de oliva. Zumo que da vida.

    Juan Espejo
    De Diario de un náufrago. (2006)
  • Ruta gastronómica jiennense  Expandir
  • La cocina mediterránea se asienta sobre los pilares básicos del pan, el vino y el aceite de oliva. Jaén es rica en los tres productos, pero especialmente en el tercero. Su cultura gastronómica está marcada por ellos. Dice el gastrónomo jiennense José María Suárez Gallego –maestre prior de la orden de caballeros de la Cuchara de Palo de Guarromán–, que “es la cocina el supremo arte de la paciencia y el único que una vez rescatado de la tradición hace que podamos paladear hasta la propia Historia”.
        La gastronomía jiennense tiene un ingrediente inseparable en la mayoría de sus platos: el aceite de oliva. La tierra en la que se produce la mayor cantidad de este oro líquido no podía ser ajena a él y un sinfín de platos, desde entremeses a postres tiene entre sus componentes el aceite de oliva virgen. La provincia de Jaén tiene una gastronomía muy variada, fruto de sus distintas zonas de sierra y campiña y en ella se puede apreciar, como en casi toda Andalucía, la influencia árabe y judía. 
        Restaurantes. Jaén es tierra afortunada en el campo de la restauración y en ella trabajan afamados cocineros. El restaurante Juanito de Baeza, al frente del que está la familia Salcedo, ha sido, sin lugar a dudas, el mayor difusor de la cultura del aceite de oliva. Juan Salcedo y su mujer, Luisa Martínez, dejaron muy alto el pabellón de la gastronomía jiennense allí donde fueron. Ahora sus hijos Juan Luis, Pedro y Damián mantienen calidad y tradición. En la capital hay que destacar la cocina de Casa Vicente, Casa Antonio y El Pilar del Arrabalero, al frente del cual está Ana Martínez que ha representado a la cocina jiennenses en varios eventos de promoción de la comunidad andaluza. Ana ha sabido adaptar la cocina tradicional, sin que pierda su esencia a la vida actual. Además, en el Pilar del Arrabalero es el único lugar de Andalucía donde se puede degustar la famosa ensaladilla rusa del Café Suizo de Granada, ya que ella heredó la receta de su madre, cocinera del Suizo.
        En Cazorla está La Sarga, José Lorente y Rosa Sánchez al frente. Es el restaurante de Jaén que tiene las jornadas gastronómicas más antiguas, tras las de Juanito. En la segunda quincena de diciembre cada año presenta platos nuevos de la cocina serrana. De ellos, cada año indulta uno o dos y pasan a su carta. En Guarromán encontramos el asador La Mezquita, un lugar que apuesta por la cocina tradicional de Sierra Morena. Allí Paco Haro ha logrado hacer un núcleo especial del mundo de los toros. No hay torero que pase por Jaén que no acuda a su restaurante. Con las hierbas de Sierra Morena ha logrado dar un toque especial a los asados típicos castellanos. Tampoco hay que perderse sus espárragos trigueros y patés de perdiz. Estos últimos son una aportación de la provincia de Jaén, cuyos precursores son los actuales propietarios del restaurante La Toja de La Carolina que realizan diez variedades de patés, hechos con aceite de oliva, con la marca Patés de La Real Carolina.
        Y no puede dejar de ir tampoco el que quiera degustar de la gastronomía jiennense a Úbeda. Allí hay un lugar entrañable, El Seco, cerca del Ayuntamiento. Uno de los lugares que ofrece una de la gastronomía más tradicional y pura de la provincia. Un restaurante sencillo y limpio que ofrece un potaje carmelitano o las manitas de cordero para no olvidar. Otros platos de esta tierra que deben estar presentes en su mesa son las espinacas estilo Jaén, propias de la capital, los patés del norte de la provincia, todos los andrajos, el bacalao a la baezana, pipirrana, ajoatao, las salsas de almendras, alcaparras o la tarrafeña, y la alboronía –plato que procede del siglo XI, “el siglo de la berenjena”–. Es un guiso que lleva calabaza, berenjena, todo cocido y sofrito. Puede encontrarla en todas su variedades, aquellas a que hace referencia Baltasar Gracián en sus cenas, por ejemplo, con miel fritas o con queso. 
        Repostería y tapas. Los dulces tienen también gran presencia y a aquellos de la cultura tradicional repetitiva en determinadas épocas del año, pestiños, ochíos, hornazos, roscos de garbanzo, roscos… Hay que sumar los famosos hojaldres de Guarromán y los virolos de Baeza, probablemente el más fino que se hace en Andalucía, al que se incorpora una pequeña cantidad de cabello de ángel y azúcar tamizada. Si le gusta la repostería conventual, compre las yemas de santa Úrsula, del convento de Las Agustinas de la capital, una receta que llegó desde Cuzco en Perú.  
        Además, comer en cualquier pueblo de Jaén puede hacerse y muy bien a base del picoteo de la típica tapa. Esta costumbre tan andaluza tiene en tierras jiennenses una gran tradición y un amplio abanico donde escoger. En la capital puede acercarse quien quiera degustar de esta alta cocina en miniatura a la zona del casco antiguo, en especial en el Arco del Consuelo, junto a la Catedral, allí se encontrarán con históricas tabernas como El Gorrión, La Manchega, Alcocer y El Rincón del Consuelo, o en el barrio de San Ildefonso, El santuario, El Escalón, Jabalquinto...
        En cualquiera de los establecimientos hosteleros de la zona encontrara variedad y calidad. Linares se destaca por la variedad y calidad de la tapa. En la taberna El Albero reproduce la calle ventanas y recrea la antigua época minera. No se pierda los salzones y los callos. Pueden picotear tapas con variedad de aceitunas aliñadas. Si pueden y es la época, no se pierdan las de cornezuelo, alargadas y picudas, que sólo pueden degustarse en octubre y noviembre, y acompáñenlo con el popular bocado de pan, aceite y bacalao, típico de las gentes del olivar. A esto sume caldo de caracoles y los caracolillos, migas con tropezones, rabanillos, masa de morcilla o chorizo, las alcaparras y alcaparrones.
        Vinos. En lo referente a la bebida no es Jaén tierra de gran producción vitivinícola, pero no faltan los buenos caldos. Hay varias zonas en la provincia que se han ganado un lugar entre los amantes del buen vino: Lopera, Alcalá la Real, Frailes (Marqués de Campoameno), Pegalajar, Torredelcampo y Mengíbar elaboran sus caldos de forma tradicional, y desde hace unos años Bailén –Duque de Bailén, elaborado con uvas cencibel y la autóctona molinera bailenense–, Torreperogil –Don Pedro Gil, con uva blanca jiennense y garnacha, airén y cencibel– y Pozo Alcón –Viñalcón, viñedos tradicionales injertados en tempranillo y cultivados en espaldera en tierras frías–. Los tres se han hecho un espacio entre las preferencias de los enólogos. No hay que olvidar tampoco una bebida típica de la zona con remotos orígenes como es el resolí o resol. Muy típico en la zona del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, cada familia se precia de su receta con toque personal. Los ingredientes básicos son el café, anís seco, azúcar, agua, cortezas de limón y naranja, canela y esencia de clavo y anís.
  • Paraíso interior  Expandir
  • La provincia de Jaén reúne unas características muy favorables que invitan a su visita, aunque no han sido aprovechadas, pese a las campañas de la Diputación y otros organismos oficiales que la han dado a conocer últimamente con un eslogan, Paraíso Interior, que refleja con fidelidad su enorme riqueza para el turismo y el ocio.
        La más famosa de sus rutas está en el entorno de Cazorla, Segura y Las Villas, declarado parque natural por la Junta de Andalucía el 5 de febrero de 1986. Con sus 214.336 hectáreas, abarca 23 municipios y su declaración llegaba casi tres años después (27 de abril de 1983) de que las sierras de Cazorla y Segura hubieran sido reconocidas como zonas de reserva de la Biosfera por el Consejo Internacional del Comité Hombre y Biosfera, dependiente de la Unesco.
        Comenzaba así a expandirse las bellezas de este parque natural, el mayor de Europa, pues a los dos hitos señalados hay que añadir la extraordinaria influencia que tuvo la serie de Televisión Española ‘El hombre y la tierra’, del malogrado Félix Rodríguez de la Fuente, pues su posterior puesta en antena por otros países lo dio a conocer internacionalmente y ha hecho que desde entonces fuera progresivo el interés por disfrutar de sus encantos, bien en el aspecto puramente turístico o en el profesional, ante la rica flora y fauna que ofrece a biólogos, geólogos y cazadores.
        Aunque existen otras variantes, dos rutas caben realizar con comienzo en Cazorla y final en Úbeda. En la primera, desde Cazorla hacia su sierra, bordea el Pantano del Tranco, a Segura de la Sierra, Orcera, Benatae, Siles, Las Acebeas, Hornos y Beas de Segura, a Úbeda. Y en la segunda, de Cazorla al nacimiento del Guadalquivir, Santuario de Tiscar, Quesada, Peal de Becerro y Torreperogil, a Úbeda.
        La provincia presenta una gran diversidad de itinerarios y otros parques y parajes naturales dignos de conocer. Una ruta muy interesante es la de las Batallas, que se inicia en Despeñaperros y sigue por las Navas de Tolosa, La Carolina, Bailén, Jaén, Andújar y Santuario de la Virgen de la Cabeza. O lla que también puede iniciarse en Despeñaperros y ofrece castillos y fortalezas, con especial mención a los enclaves de Baños de la Encina, Mengíbar, Jaén (Castillo de Santa Catalina), La Guardia, Peña de Martos, Alcaudete y Alcalá la Real (Castillo de la Mota).
        Fundamental es la ruta del Renacimiento para conocer la ingente obra del arquitecto Andrés de Vandelvira, con puntos ya muy famosos como Jaén y su Catedral, Úbeda o Baeza, pero que tiene otros menos conocidos y también de gran riqueza como la iglesia parroquial de La Guardia, Villacarrillo, con regreso por Linares para visitar la iglesia arciprestal de Santa María y detenerse en Canena para ver su castillo. La ruta de San Juan de la Cruz comienza en La Carolina (Peñuela) para seguir a Baeza (Universidad), Úbeda (Convento de los Descalzos, donde murió el santo) y Beas de Segura, hacia Villanueva del Arzobispo, con desviación a El Calvario.
        Jaén es la provincia andaluza donde se celebran más festejos taurinos como refrendan los datos que ofrece anualmente la Junta de Andalucía. Proliferan las ganaderías de reses bravas y puede hacerse una singular ruta por La Carolina, Linares y El Condado para terminar junto a Marmolejo y Andújar, en Sierra Morena.
        La especial orografía provincial favorece el disfrute de la caza y la pesca. Las sierras de Cazorla y Segura y Sierra Morena son muy ricas en caza mayor, especialmente ciervos, venados y jabalíes. Sierra Morena también se distingue por tener, además, grandes cotos de perdiz y conejo, y en la campiña es también corriente la caza de estas especies menores.
        Todo ello hace que las temporadas de caza supongan una interesante fuente de ingresos en zonas con escasa diversidad de perspectivas económicas. La pesca tiene su mejor exponente en la parte alta del Guadalquivir y sus afluentes, así como en los numerosos pantanos que pueblan la geografía provincial como excelentes lugares de recreo y deportivos, sobre todo el Pantano del Tranco, emplazado en un sitio pintoresco, en la cabecera del Guadalquivir, entre las sierras de Segura y de Cazorla, donde debido a la gran extensión de su cuenca es posible practicar todos los deportes náuticos.
        La provincia de Jaén, puerta entre Castilla y Andalucía, concita atractivos suficientes para que el visitante pueda disfrutar de todos los encantos del mejor turismo interior.

    José Luis Codina
  • El esplendor del Renacimiento jiennense  Expandir
  • Siempre hay, en la historia de cualquier territorio, una etapa dorada. Y probablemente para la provincia de Jaén, este viejo reino, ese tiempo sea el siglo XVI, el del Renacimiento, aunque la Jaén ibera nos venga sorprendiendo tanto y aún guarde, a buen seguro, muchas otras sorpresas.
        En ese tiempo del Renacimiento, cuando se construyen catedrales e iglesias, fuentes, palacios, pósitos, puentes y castillos y hasta hermosas cárceles, como las de Baeza o Martos, toda la provincia conoce un insólito esplendor. Atrás ha quedado el tiempo de frontera permanente, y por ello de zozobra e inseguridad, con el reino nazarí de Granada. Se ha descubierto un nuevo continente –y serán muchos los jiennenses que participen en la aventura de América en este siglo– y como aún la Inquisición no ha establecido su control absoluto llegan ideas renovadoras de Europa y un marteño, Francisco Delicado, puede escribir una de nuestras mejores y más de­senfadadas novelas clásicas, La lozana andaluza, mientras la imprenta llega a Baeza y recorren estas tierras o vienen a vivir a ellas lo mismo un San Juan de la Cruz que una Santa Teresa de Jesús. Tiempo de crecimiento demográfico, la provincia bordea los 200.000 habitantes, pero su campo, en el que el cereal tiene mucha más presencia que en nuestros días, permite alimentar, en años de cosechas normales, una cifra muy superior. Guadalquivir abajo los pinos de las sierras de Cazorla y Segura harán posible la construcción de naves para América, o las de la Armada Invencible. Y Baeza es la primera productora de paños del sur de España. En el siglo XVI, el poder real lima el innegable poder que han tenido hasta entonces en todo Jaén las órdenes militares, como la de Calatrava, con su eje en Martos, o la de Santiago, en torno a Segura de la Sierra. Y serán muchos nobles de la corte, como los Cobos, los que dejen palacios y más palacios en la provincia.
        En pocos lugares de España el Renacimiento se presenta no sólo con tanta delicadeza y finura, sino también con tan generalizada intensidad. Porque no son sólo las grandes ciudades –Jaén, Úbeda, Baeza– quienes lo acogen, está en el castillo de la pequeña Canena balnearia o en el de Sabiote, en las formidables parroquias de Huelma, Mancha Real, Alcalá la Real o Villacarrillo y en la más delicada de la Asunción, en La Guardia de Jaén. Y si a lo largo y ancho de Europa asombran las ruinas de tantos monasterios románicos o góticos, aquí no faltan gloriosas y asombrosas ruinas renacentistas, sean las de Santa María en Cazorla o las de San Francisco, en Baeza, en  tanto otras –San Miguel, de Jaén– pasaron a integrarse en nuevos edificios, en este caso el museo provincial.
        Hoy sabemos que Andrés de Vandelvira, sin apenas salir de esta provincia y de su natal Alcaraz, es uno de los grandes arquitectos del Renacimiento español, aunque ha costado trabajo que se le valore adecuadamente o que se reconozca en su máxima obra, la catedral de Jaén, el modelo de tantas catedrales latinoamericanas. Hoy son Patrimonio de la Humanidad templos como San Salvador, en Úbeda, se recuperan fuentes monumentales, como las de Baeza, La Guardia de Jaén o Alcalá la Real, palacios de Úbeda, Baeza o Andújar, se valoran grandes retablos como el de la Asunción de Linares o el de la parroquia de Cambil. Pocos, de sus cien pueblos, que no ofrezcan algún elemento, grande o pequeño, del siglo prodigioso, del XVI.
        Hoy podemos decir que para respirar el Renacimiento español, o el Renacimiento sin más, pocas opciones mejores hay que asomarse a la recoleta plaza del Pópulo en Baeza, o a la larga y ancha de Vázquez de Molina en Úbeda.

    Antonio Checa Godoy
 
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