Negro el cante como un tizo/ va de la fragua al tablao./ Un gitano por Jerez,/ vivo sarmiento barbado,/ lo lleva por sus entrañas,/ lo tiene por relicario./ Tiritando por San Telmo,/ bajando Plazuela abajo,/ atravesó La Joyanca/ crujiendo como el esparto./ Un yunque forjó su vida/ a martinete templado./ Érase el fuego un tesoro/ y el martillo era un caballo./ La voz del gitano hiere/ al hierro puro y vibrando./ Una reja para el cante/ su quejío volteado./ Y el cernícalo de savia/ que le sale de los labios,/ cruza el mundo hecho copla/ para dar la seña y santo/ de una raza conmovida/ que goza y sufre cantando./ Le llaman El Agujeta/ y su cante es tan arcaico/ que representa la historia/ de todo un pueblo clamando./ De las mismas entretelas/ del corazón y sus años,/ de su hermosa tragirrabia/ le brota el cante preñado/ de melismas ancestrales,/ de temblores y quebrantos./ Cuando canta nos levanta/ nuestra sangre dando saltos/ y por el aire se frisa/ el eco del tiempo macho./ Le llaman El Agujeta/ y su cante es tan calvario/ que retuerce las túrdigas/ con su infierno de milagros./ Ascua, rescoldo, carbón,/ llamas del compás quemando/ con su nobleza estrellada/ el sentimiento y el llanto./ Del más recóndito sitio/ de su dolor milenario,/ El Agujeta se saca/ –cruz del cante palpitado–/ un cúmulo de cantares/ transidos, desaforados,/ con su trueno entelerido/ y son vivificado./ Negro el cante como un tizo/ va de la fragua al tablao.
Manuel Ríos Ruiz |