Estaban todos de tiros largos, con chaqueta y corbata, en el salón principal del Palacio de Congresos de Torremolinos. Llovía fuera. Dentro, mucho calor y calor humano. En una mesa, concitando todas las miradas, Antonio Banderas, de riguroso negro; a su lado, Melanie. El turismo de la Costa del Sol le daba su primer premio como reconocimiento a un actor que ya se preparaba para asaltar la Meca del Cine. Habló Antonio y se cayó la sala. Los empresarios de la Costa del Sol, Manuel Villafaina y Norberto Castillo, a su lado. Un discurso social, cargado de intención y defensa de los derechos de los trabajadores; del turismo como motor de la economía, pero también de la creación de puestos de trabajo. El silencio en algún momento fue muy espeso. Banderas reivindicaba derechos sociales que en un artista sonaban como un aldabonazo para despertar conciencias. Es el Antonio Banderas, que en silencio, se viste de nazareno para cargar con el peso del trono del Cristo de la Exaltación o el de la Virgen de Lágrimas y Favores de la cofradía malagueña de Las Fusionadas, o que cuando puede huir de la popularidad se acerca a los amigos de siempre, los que estaban allí cuando aún llegar a Los Ángeles no era ni tan siquiera un sueño.
Lo mejor de Antonio es que es dueño de sus silencios, de sus amistades, de sus esperanzas, de sus sueños. Es su mundo, y en ese mundo fue entrando, como un veneno controlado, a la conquista de Hollywood. Nunca, sin embargo, perdió el norte o el sentido de sentirse o ser andaluz y, por tanto, malagueño. Primero, cuando a cambio de un jamón ibérico y un litro de aceite, que no sé si habrá recibido, se comprometiera con el consejero Paulino Plata a promover estos productos en el mercado de los Estados Unidos. Fue luego, otro consejero, Antonio Ortega, el que lo enganchó para vender las excelencias turísticas de Andalucía en Estados Unidos con una “fiestorra” en su casa de Los Ángeles y con Melanie bailando sevillanas.
Siempre he tenido la sensación de que cuanto más triunfaba Banderas en el cine más se acentuaban sus raíces andaluzas y así empezó a comprometer su dinero y su persona en operaciones comerciales y en inversiones en nuestra tierra, con iniciativas como la Fundación del Teatro del Puerto de Málaga o poner imagen a la excelente novela del escritor Antonio Soler. Y como no sólo de cine y cultura vive el actor se sintió atraído por los mercados del aceite de oliva, entrando con capital en una de las empresas punteras del sector, Hojiblanca, y poniendo nombre a una cadena de restaurantes como es La Posada de Antonio. Esto es parte de lo que se sabe, pero Antonio Banderas guarda para sus adentros otras acciones que nunca tendrán nombres y apellidos pero que hacen honor a aquella primera intervención en el Palacio de Congresos cuando estando al principio de su meteórica carrera, camino de los Estados Unidos, hizo una apasionada defensa del trabajo y los trabajadores.
Juan de Dios Mellado