En su casa de Rota, en Cádiz, durante algunos veranos, Joaquín Sabina recobra un sur profundo que poca relación guarda con la Sierra Mágina de su Úbeda natal, o con la Granada estudiantil. Es un mar trasatlántico, quizá el que debiera tener Madrid, y que le aleja de aquellos trenes que iban hacia el norte y que él abordó a su regreso de Londres para no volver más a su infancia, a los poemas que su padre le escribía en los sobres donde volaban sus cartas de hijo pródigo, a la novia juvenil cuyo padre se la llevó hasta Barcelona, en cuyo jardín acampó Sabina sorprendentemente una noche. Sabina, como pocos, encarna en la vida real al temible burlón que Burt Lancaster incorporó en la pantalla grande. Es un espadachín de la música, que deja su marca de zorro en un estilo peculiar sobre la partitura y sobre la letra. Es un canalla, un pícaro simpático que huye con el botín y con la hija del virrey usando como lianas las lámparas rococó de esa España un tanto mojigata, cuya idea del rock termina en el Dúo Dinámico y que piensa que un cantautor es alguien como Julio Iglesias. A caballo entre ambas bandas sonoras, Joaquín Sabina demuestra, desde hace treinta años, que es lo que hay que ser: mestizo y popular. Y es que haciendo bueno el poema machadiano, sus coplas ya son del pueblo y su largo repertorio ha logrado desbancar a los villancicos navideños y al ‘Asturias patria querida’ de los borrachos. La memoria y el afecto son un éxito mayor que el de Los 40 Principales.
Juan José Téllez |