El muchacho era tan bello, que no era de este mundo, era otro mundo él solo, de flor y un manojo de venas. Lo mirabas y era aparte, lejos de ti, como un bello animal suelto en un universo verde de agua y de praderas. Ponías la mirada en él y lo encontrabas vivo, igual que tú, pero pensabas que era una flor, una gacela, un junco, un lirio. Querías amarlo, y resbalaba la mirada en la flor de carne, y como miras a lo que tiene alma y venas y sentidos, el muchacho pasaba ante tus ojos de entrega, sin verte, sin mirarte, dando muerte a tu mundo con su presencia plena, para la que no existías...
Juan Bernier De Antología en seis tiempos. |