Bornoy ha sido siempre un superviviente. Un superviviente a su propio destino, a las adversidades de las circunstancias y a sus propias crisis y depresiones. Y es un superviviente porque es el producto de una voluntad. Del balbuceante abstracto a la sobrecogedora perfección de un ángulo, o desde la caleidoscópica luminosidad de un dodecaedro a esas figuras humanas casi inexistentes que empiezan a poblar sus cuadros desde 1987, la obra de Bornoy es sobre todo el resultado de una voluntad. Una voluntad de trabajo y de búsqueda. La búsqueda iniciada por el adolescente José Manuel Cuenca que un día en las playas de El Palo decide ser el pintor Pepe Bornoy, por fidelidad de su origen, a su vocación y a un destino que ha descubierto en el horizonte inabarcable del mar. En esa búsqueda, en el caso de Bornoy, siempre han estado unidas (y ahí estriba su extrema coherencia humana y artística) la busqueda del hombre y la del creador, que se cruzan y entrelazan, no sabiéndose nunca dónde acaba la una y dónde empieza la otra. Dónde acaba el hombre y dónde comienza la obra. Consecuencia la segunda del compromiso irrenunciable del primero. Compromiso consigo mismo y con un destino libremente aceptado, pero inevitable. El compromiso con el lenguaje que sabe será quien definitivamente puede expresarle. Esta fidelidad de la búsqueda y compromiso la ha mantenido Bornoy siempre viva y ha estado siempre al final de todas sus crisis y al fondo de todas sus vidas, cambios, titubeos y salidas a la luz.
José Infante De Bornoy. Imágenes para un fin de siglo. |