Junto con Pareja Obregón y con José Romero, el gaditano Felipe Campuzano protagoniza uno de los primeros intentos por aproximar el piano al ámbito flamenco, en un viaje justamente inverso al que habrían llevado a cabo, a comienzos del siglo XX, compositores como Manuel de Falla o Isaac Albéniz. Hasta la irrupción de estos tres músicos de formación clásica en el mundillo flamenco, el piano era un extraño compañero de viaje de Manolo Caracol, con aquellos arreglos orquestales que tanto le criticaron. O el instrumento del que se valía Federico García Lorca para popularizar coplas tradicionales, tan próximas o lejanas al flamenco como el “Anda, jaleo”. El ejemplo de Campuzano fue seguido, en su día, por otro pianista paisano, Manolo Carrasco, lo mismo que Dorantes emprendía una misma singladura pianística en Sevilla, o Sergio Monroy y Diego Gallego también fueron abriendo camino en torno a la Bahía gaditana, con las coordenadas artísticas puestas, presumiblemente, en el jazz de Chano Domínguez y en la solvencia clásica o jonda de Felipe Campuzano. Premio Extraordinario Fin de Carrera, se licencia en piano y composición en el Conservatorio Superior de Madrid y, desde luego, su prestigio le llevó a escenarios tan rigurosos como los de París, Viena o Londres. Sin embargo, como a un personaje de ópera, a Felipe Campuzano le pudo la bohemia y el complejo mundillo de la farándula flamenca, que le atrapó poderosamente. Sin embargo, mal que bien y al contrario que otros, nunca arrojó la toalla y mantiene vivo tanto su genio como su talento, pero, sobre todo, mantiene viva la esperanza de que más temprano que tarde llegue a dar de sí toda la magia que lleva dentro.
Juan José Tellez |