La obra de Cela es monumental y Andalucía no está ausente de ella. En su saga de libros de viaje, apenas sí deja una sola región de España sin patear y sin describírnosla con su prosa a ratos dura y a ratos misericordiosa. El libro Primer viaje andaluz (1959) narra el recorrido que hace por tierras de Jaén, Córdoba, Sevilla y Huelva. En los años cincuenta, cuando muchos ensuciaban la cara de Andalucía con un “pegajoso pringue literario”, el futuro Premio Nobel alabó lo auténtico y lo trascendente de esta tierra. En sus páginas no solo encontramos retratos y descripciones de gran belleza y de recio estilo, también hay en ellas una manifiesta denuncia de las injusticias que por los años cincuenta aún laceraban –con rabia, fuerza y complicidad– a los jornaleros andaluces. La denuncia no llega, por supuesto, al clamor de La Andalucía trágica de Azorín, lo cual es comprensible ya que las circunstancias políticas en que se vieron metidos uno y otro escritor fueron muy distintas. Entre La Andalucía trágica, publicada en 1905, y el Primer viaje andaluz median 54 años, una Guerra Civil y la dictadura de Franco, entre otros sustos y sobresaltos. Sin embargo, aunque el paisaje andaluz que vive y nos cuenta Cela en su libro no está, como el de Azorín, ensombrecido a cada paso por la negra miseria y la enfermedad, el paro forzoso y la falta de esperanzas que empujaban entonces a los jornaleros a la lejana emigración, sí está moteado aquí y allá de protestas que sólo pasan inadvertidas a un lector atolondrado o a un censor de criba gruesa y algo distraído. Al andar por el pueblo cordobés de Fernán-Núñez, don Camilo –el del Premio– compara los latifundios a otros males mayores como las epidemias y el granizo; al pasar por Lebrija apunta el “acreditado aguante y paciencia” de quienes tienen que marcharse porque nadie los quiere emplear en la tierra en que nacieron; al atravesar las sierras de Jaén, las vegas sevillanas o las marismas onubenses, Cela no se deja en el tintero los males crónicos del campo andaluz ni, cuando le vienen, tampoco se aguanta las ganas de señalar la incomodidad histórica e injusta de las clases populares. Al lado de todo esto, también en el Primer viaje andaluz encontramos retratos muy cabales de las ciudades y los pueblos por los que camina el vagabundo. Como Cela era de la opinión que un texto puede marrarse por culpa de un adjetivo de más o de menos, mide con mucho cuidado todos los que usa y los que va adjudicándole a las cosas. “Jaén –escribe– es tierra frontera, mora ante los cristianos y castellana frente a los almohades, que –porque lo sabe– toma de los dos bandos lo que puede y le dejan: que no es quedarse entre Pinto y Valdemoro, sino que es cocer en la tumultuaria olla del tiempo, la venera de los caballeros con la media luna de los emires, para beberse después y de un sorbo el recio caldo de lo que queda. Eso que queda es lo que se llama Jaén...”. De Córdoba dice que es “celeste, enjuta, platera”, también “terrenal, carnosa, dorada”; de Huelva, que se muestra en su naranjal como “lánguida promesa bajo un cielo de nubes”, y además añade: “Huelva no es ciudad monumental; Huelva es ciudad humana, ciudad con sangre corriéndole, con alegría o con tristeza, con saña o con mansedumbre, por las venas del cuerpo. Por Huelva cuentan más los hombres y las mujeres –y el niño mariscador y el viejo que vive del recuerdo de los tiempos idos– que las frías piedras de los palacios y las catedrales”. Cuando toca hablar de Sevilla, a Cela se le sube la admiración a la cabeza y después se le baja y se le sale por la pluma: “Sevilla –asegura– no es una ciudad polémica: en Sevilla se cree o no se cree, como en Dios. Sevilla, como Dios, está por encima de lo que de ella puedan pensar los hombres. Dios no discute, sino que premia o sanciona. Sevilla no argumenta: se muestra y se entrega o se oculta y se encierra en su concha hermética de la que no hay quien la saque”. Aparte del Primer viaje andaluz, Camilo José Cela vuelve a llevar paisajes andaluces a sus libros cuando, en 1977, inaugura la colección erótica de La sonrisa vertical con el relato titulado El cipote de Archidona, en el que a partir de la recreación de un episodio de incontinente libertinaje, exalta la calidad, potencia y tamaño de un “miembro” de dicha localidad malagueña. Alberto Guallart |