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CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- CHAVES NOGALES, MANUEL
  ANEXOS
 
  • Abd-el-Krim el joven  Expandir
  •     El joven Abd-el-Krim ben Hassan ha colgado su casa de un picacho inaccesible, como hacen las águilas. Es una morada inexpugnable. Más de una hora hemos estado saltando de risco en risco para llegar hasta esta fortaleza, en la que tiene su cobijo este último vástago de una dinastía de heroicos guerreros de Ait Ejelf.
        Abd-el-Krim es joven; apenas veinticinco años.
    – ¿Cómo eres jefe de tu casa siendo tan joven? –le pregunto.
    – Mi padre murió en la guerra, luchando contra los franceses; los hermanos de mi padre murieron también peleando. Yo soy el único varón de mi casta que no ha muerto en la guerra.
    Abd-el-Krim tiene el talante noble del moro que sabe ser señor. Su cortesía es exageradamente sobria; sus modales, suaves; su mirada, franca; sus palabras, prudentes. Me han dicho que el joven Abd-el-Krim es poco ambicioso; su casa y su patrimonio han venido a menos, quebrantados por las guerras; pero él se ha encerrado, orgulloso, en estos riscos a vivir sobriamente, recordando en esta fortaleza inhospitalaria, en la que sopla el viento de las cumbres, el regalo de la casa de sus padres en la vega feraz, que le quitaron los azares de la guerra.
    – ¿No has salido nunca de aquí?
    – Sí; he salido. He ido a Marraqués, Rabat y Casablanca.
    – ¿Y cómo te has vuelto?
    – Mi vida está aquí; en mi casa.
    – ¿No te gustaba la vida de las ciudades europeas? ¿No te entusiasmaban sus adelantos, los teatros, los automóviles, las casas confortables…?
    – Sí; me gustaba todo mucho. Pero nada de aquello era para mí.
    – ¿Te has divertido en las ciudades europeas? ¿Te han gustado las mujeres de Europa?
    El joven Abd-el-Krim baja los ojos pudorosamente y se ruboriza ante esta pregunta como una colegiala.
    Luego, cuando los esclavos nos han traído la comida, Abd-el-Krim se ha sentado de lado, mirando a la pared, y no ha hecho ademán siquiera de alimentarse.
    – ¿No comes? –le pregunto.
    Se acerca a la cazuela, coge un pellizquito de tortilla y se vuelve otra vez hacia la pared discretamente, mientras nosotros comemos a dos carrillos. Voy a insistirle para que coma, extrañado de su actitud; pero el teniente Melis, que actúa de intérprete, me advierte.
    – No le obligue usted. Seguramente quiere comer luego con su mujer. Estará enamorado, y tendrá con ella esta atención. Ahora bien; si usted le obliga, comerá con nosotros, y tendrá que volver a comer luego, porque un moro enamorado es mucho más atento y esclavo de su mujer que cualquier europeo.
    Yo, a medida que hablo con él, contraigo, lo confieso, un gran respeto por este adolescente virtuoso y honesto, que se encierra heroicamente en estos riscos, enamorado de su mujer y fielmente conservador de las tradiciones de su casa. Llegada la hora de los rezos, se ha levantado, ha hecho solemnemente sus abluciones y se ha humillado con un fervor sorprendente. No sé cuál será el porvenir de este muchacho. Pero a pesar de su ambición desmedida; a pesar de su juventud inexperta y de la mengua y ruina de su casa, creo que es uno de los hombres de Ifni que más nos interesan.
    Durante la velada, Abd-el-Krim se ha ido mostrando más expansivo con nosotros. Él es amigo de España; lo ha sido siempre. La deuda de sangre que tiene con Francia le empuja a nuestro lado. Hace ya algunos que está en relación con los españoles. Para demostrármelo me enseña una carta de su amigo el cónsul de España en Marraqués, y finalmente extrae de su cartera un papelito doblado en muchos dobleces, que me muestra orgulloso; es un retrato de don Alfonso de Borbón con muchas condecoraciones y un gran plumero, recortado de un número de Blanco y Negro.
    – Este no es ya el rey de España –le digo.
    – Ya lo sé –me dice–. Mándame tú un retrato del que manda ahora.
    Y, la verdad, no sé qué hacer para enviarle a mi amigo Abd-el-Krim un retrato de don Niceto que no desmerezca en ornamentación. ¿Por qué no tendrá el presidente de la República un uniforme brillante, con muchos entorchados, muchas condecoraciones y un plumero?


    Manuel Chaves Nogales
    De Obra Periodística. (Ahora. Madrid, 10-5-1934).
 
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