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ANEXOS |
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- Proteccionismo secular

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My merced é voluntad es de mandar guardar e que sean guardados los montes e terminos de Mures y Gatos y Hinojos y los Palacios. E que ninguna ny algunas personas non sean osadas de matar ni matar ni cacen ni maten puercos monteses e ossos e venados e gamos e otra cualquier salvagina... pero es mi merced que puedan entrar á pacer e entren e pascan en los dichos terminos con sus ganados e bestias como lo avian o tenian de costumbre hasta aquí, salvo en el termino e bosque del Palacio que se guarde como solia guardar.
Fernando V de Castilla y II de Aragón De Epístola (1490). |
- Reinvenciones de Doñana

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La relación entre el Parque de Doñana y las artes es larga y fructífera. Hay valiosos testimonios que lo confirman. Quizá porque el recinto mágico y suntuoso que es, inabarcable a la vez que inagotable y cambiante, aviva esa inconfundible sensación de feliz soledad que provoca encontrarse ahí, ante el esplendor de la naturaleza en estado puro. Esa pequeñez que en su entorno puede atenazar al humano, la certeza de no poder penetrar sus múltiples secretos es algo que espolea la imaginación alerta, y esto ha propiciado que Doñana haya sido elevada a territorio del arte en diversas ocasiones, al margen de la mirada científica y de los innumerables estudios biológicos. Es Doñana multiplicada por cada una de las visitas de la creación en sus diferentes formas: pintura, escritura, pensamiento, la música, también la fotografía... Todas y cada una son reinvenciones de un espacio exuberante y cadencioso que también se reinventa a sí mismo en cada estación, en cada laguna, en cada marisma, en cada huella en las dunas, o en el vuelo imposible de las bandadas de ánsares. Algunos ejemplos acreditan, además, la completa identificación de la experiencia creadora en Doñana con días de plenitud y felicidad en la existencia de los artistas. Y también, salvo caso evidente como el de Goya, el sentimiento de pertenencia autóctona al entorno de sus dos orillas, una turdetania común y mítica, por ser reino de la infancia sanluqueña, como en el jerezano Caballero Bonald, o por ser lugar de acogida en la madurez, como lo es en el pintor cubano Jorge Camacho, cosmopolita andaluz de acogida en su retiro onubense de Almonte. Acaso el ejemplo más preclaro de Doñana literaria sea la reflejada en la novela Ágata ojos de gato de José Manuel Caballero Bonald. Oteador incansable desde su orilla gaditana, ha reconocido que encontrarse con Doñana supuso para él el descubrimiento de “un fermento de una experiencia olvidada”. Ha escrito que Doñana “nunca se conoce”, porque es “un mundo impenetrable”. Y en los dominios de la pintura, también pasó en Doñana días felices Francisco de Goya entre 1796 y 1797, en los que la laguna de Santa Olalla queda inmortalizada al fondo de su ‘Retrato de la Duquesa de Alba vestida de negro’. El pintor Jorge Camacho, ya almonteño universal, buscó el lugar de los sueños y lo halló en Doñana hacia 1975. Desde entonces explora la perpetuidad del pájaro en la luz o la “alquimia de siglos” que desde el primer día descubrió en sus contornos, según relata el antropólogo Juan Carlos González Faraco, que publica junto al cubano en 1995 el libro de las Cruces de Doñana (CSIC). Ese mismo año, a iniciativa de una serie de escritores onubenses vinculados al Condado, arrancan los Encuentros de Escritores del Entorno de Doñana. A Juan Drago, Antonio Ramírez Almanza, Juan Manuel Núñez, José Luis Gozálvez, Manuel y Alfonsa Acosta, Juan José Oña, José Antonio García y Odón Betanzos se les unen luego otros creadores de las diversas orillas del arte y la ciencia, en una transparente reivindicación de estos prodigiosos espacios naturales. Por el Palacio de las Marismillas se han encontrado escritores, pintores, cantaores e investigadores: Juan Pérez Mercader, Calixto Sánchez, Enrique Morente, Arcángel o Tina Pavón y los guitarristas Rafael Márquez, Niño Elías y Juan Carlos Romero. Caballero Bonald, Juan Cobos Wilkins, Carmen Ciria, Juan Manuel Seisdedos, Jorge Camacho, Luis García Montero, Almudena Grandes, José María Vaz de Soto o la marroquí Fátima Tartahj, dentro de una extensa nómina de creadores con un afán común: Doñana como territorio natural del sueño y la imaginación. Porque esta Doñana en continua reinvención, desde su entorno pero con proyección universal, es otra de las garantías para su conservación perpetua.
Jesús Chacón |
- Paraíso cinégetico

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En la costa del mar por donde el Guadalquivir entra en el océano, monte del duque de Medina Sidonia de espacio de diecisiete leguas, abundantísimo de mucha caza de venado, jabalíes y liebres en los rasos y aves de volatería, que son número las que crían en aquellas lagunas y marismas.
Argote de Molina De Discurso de la Montería (1582). |
- Historia de un paraíso

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Las referencias históricas de Doñana empiezan con la mítica ubicación de la capital tartesia. Posteriormente, Alfonso X El Sabio arrebata las tierras de Niebla a Aben-Mehafut; Sancho IV, el Bravo, otorgó a Alfonso Pérez de Guzmán las tierras entre el Guadalquivir y el Caño de la Raya tras la defensa de Tarifa; Fernando IV ratifica estas donaciones en su hijo Juan Alfonso; y el ducado de Medina Sidonia inicia la etapa señorial con un uso casi exclusivo cinegético. Justamente doña Ana Gómez de Mendoza, esposa del séptimo duque de Medina Sidonia y de la princesa de Éboli, da nombre al Coto en el siglo XVI. Goya visita en 1797 a la duquesa de Alba en el Coto, persistiendo la leyenda de que allí la pintó como maja desnuda. El siglo XIX llena Doñana de artistas, literatos y aristócratas. En 1854 Antonio Machado y Núñez –abuelo de los célebres hermanos- publica un catálogo de aves con reseña de Doñana. Desde 1883 llegan numerosos ingleses a recolectar huevos y pieles.
Pioneros. Mas tan ilustre pasado no sirvió para que el Instituto Nacional de Colonización iniciara a finales de los años cuarenta del siglo XX la desecación de todas estas marismas a fin de hacerlas cultivables o plantar eucaliptos. Es entonces cuando surge la figura inmensa de un biólogo, José Antonio Valverde (Valladolid 1926-Sevilla 2003). Y es mayo de 1952 la fecha clave. Su amigo Francisco Bernis, junto al que funda dos años después la Sociedad Española de Ornitología, lo invita a aprovechar junto a él la beca recibida para estudiar Doñana. El paraíso salvaje que lo captura para siempre tiene como paisaje de fondo las máquinas que van desecando la marisma. Toma la decisión de comprar para la ciencia aquellas tierras. La locura del empeño es literalmente colosal, pero la ayuda de Bernis, del entonces secretario general del CSIC –José M. Albareda–, de los naturalistas Luc Hoffman, Guy Mountfort, o Julian Huxley –primer director de la UNESCO y hermano del escritor Aldous Huxley– y de una de las siete familias propietarias de las tierras –personificada en Mauricio González– llevó al éxito de que en 1963 se cerrara el acuerdo de compra de las primeras 6.700 hectáreas. Para comprender el trabajo durante esos 11 años bastará decir que motivó la creación a escala internacional de la WWF (World Wildlife Foundation), de su rama española, Adena (con la primera presidencia del príncipe Juan Carlos), la implicación personal del príncipe Bernardo de Holanda, que se carteó con Francisco Franco para rematar la iniciativa (aunque uno y otro, sin saberlo, delegaban la redacción de esas misivas a la misma persona: José Antonio Valverde...) Doñana, tierra de Argantonio, Gerión y Hércules, siempre ha sido un territorio que ha forjado mitos.
Flora y fauna. El mosquito ha sido la especie clave para la supervivencia de Doñana. Un monumento ahora ubicado en el entorno del parque así lo reconoce. Gracias al paludismo portado por este insecto –junto a la posesión de estas tierras para cazadero por reyes, nobles y, finalmente, terratenientes– el hombre no se atrevió a hollar las marismas profundas del Guadalquivir. Cuando la enfermedad remitió hacia los años 50 se desencadenaron los trabajos estatales de desecación que casi acaban –si no hubiera mediado un pequeño grupo de naturalistas– con la hoy principal reserva natural europea. Doñana es un jovencísimo territorio que incluso en tiempos de los romanos seguía siendo un lago, el Ligustinus o Ligur, convertido por el depósito de sedimentos en la actual marisma. El proceso no se ha detenido, de forma que se trata de un frágil territorio en el que agua, dunas y monte mediterráneo cohabitan de forma cambiante dando cobijo a la mejor representación de fauna de la península. La supremacía del humedal, y su ubicación en el lugar clave para la migración de aves entre Europa y África hacen de Doñana, sin duda alguna, el paraíso ornitológico por antonomasia. No obstante, es la riqueza de fauna en general la que certifica que este espacio tenga todos los galardones internacionales. Sólo en el parque nacional se contabilizan 20 especies de peces, 30 de anfibios y reptiles, 232 de aves y 37 de mamíferos, más las especies presentes en el medio marino –la primera milla está protegida–, destacando la abundancia de cetáceos, que han motivado la apertura del Museo del Mundo Marino. De todas ellas, 51 se hallan catalogadas en peligro de extinción o vulnerables por su rareza, aunque ningún número puede ser del todo exacto en un territorio salvaje como Doñana. Destacan dos especies emblemáticas de la fauna europea: el lince ibérico y el águila imperial. El primero, en peligro crítico de extinción y felino más amenazado del planeta, encuentra en los parques natural y nacional de Doñana el principal reducto tras Sierra Morena. El águila imperial es una de las cuatro aves de presa más escasas del planeta, con unas doscientas parejas exclusivas de la península. Ambos se encuentran en la cúspide de la cadena alimentaria, como grandes predadores dominantes en sus hábitats.
Ecosistema. Esta prodigiosa biodiversidad se sustenta en el mosaico de los ecosistemas de Doñana. Zonas húmedas, monte mediterráneo, dunas y playa conforman los hábitats esenciales. La marisma, el ecosistema más amplio con 40.000 ha y una capacidad máxima de 100 hm3 cúbicos, convierte en invierno a Doñana en un gran lago con un casi imperceptible desnivel de dos metros desde El Rocío al Guadalquivir. Miles de aves se reproducen en ella durante primavera, alimentándose de invertebrados, peces o la vegetación, como la raíz de la castañuela, planta dominante junto a bayunco y almajo. Lucios y caños inundados y con diverso grado de salinidad se alternan con vetas, vetones y paciles, que sobresalen del agua lo suficiente para cría y descanso de los centenares de especies de aves. En ciertos puntos, llamados ‘ojos’, el agua brota a borbotones; el estudio con carbono 14 ha aclarado que es un agua con más de 10.000 años de antigüedad, un agua fósil retenida cuando se formó la marisma. Las dunas arrinconan a la vegetación en los corrales, componiendo uno de los paisajes más espectaculares y singulares de Doñana. El frente de dunas vivas, en movimiento, de la playa es una marea de arena finísima y dorada que va sepultando la vegetación. Sólo sobreviven los pinos más altos y los enebros, cuyo sistema de raíces les permiten cabalgar sobre la ‘ola’. Doñana disfruta de 35 km. de playa virgen. En tierra los jabalíes hocican buscando coquinas y almejas, los ostreros y correlimos aceleran al ritmo del oleaje, algunos ciervos se acercan al fresco; mientras que en la mar tortugas bobas y cetáceos de todo tipo nadan bajo las aves marinas. Su arena y la de las dunas contiguas ofrecen un catálogo espectacular de huellas de todo tipo de animales terrestres. El monte mediterráneo –los cotos– es el reino de los hervíboros –ciervo, gamo, jabalí– y de los predadores: lince, meloncillo, gineta, turón, gato montés... La vegetación arbórea la forman sabinas, enebros, y los pinos, tan cantados pero cuya presencia en Doñana se sustenta en las repoblaciones a partir de 1737. Y la arbustiva se halla dividida por su color entre monte blanco (con dominio del jaguarzo y las jaras) y el monte negro (brezos, brezinas y tojos). Mención especial a los alcornoques, algunos de los cuales acogen a las famosas pajareras al norte del Palacio de Doñana.
Primeros pobladores. El repaso a la vida en Doñana no estaría completa sin el hombre. Los primeros pobladores certificados fueron los romanos, pues hay restos de una factoría de salazón en el cerro del Trigo. Desde entonces este territorio ha forjado carácter en sus pobladores. Hasta hace pocos decenios existían algunos cientos de habitantes, que vivían del autoabastecimiento –huertas, caza, pesca– en poblados de chozos marismeños, logrando ingresos de la madera, carbón o marisqueo. Finalmente sólo quedaron los guardas, algunos de los cuales son personajes ya míticos, y hoy día la comunidad científica ‘puebla’ Doñana. La Estación Biológica de Doñana, centro investigador de prestigio mundial, se crea a la par que el parque y está catalogada como Gran Instalación de la Unión Europea.
Jorge Molina |
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