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ANEXOS |
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- Écija a los ojos del viajero

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Civitas Solis o Ciudad del Sol, Ciudad de las Torres, Sartén de Andalucía, Augusta Firma, Medina Estigia o Ciudad Rica, Medina Alcotón o Ciudad del Algodón,... muchos son los nombres de Écija, pero todos ciertos, para sus ciudadanos y también a los ojos del extranjero. De manera que la versión que ofreció en El diablo cojuelo el escritor astigitano Luis Vélez de Guevara no sólo permanece sino que ha sido refrendada desde entonces por los viajeros que han visitado la ciudad. “Esta es Écija, la más fértil población de Andalucía –dijo el Diablillo–, que tiene aquel sol por armas a la entrada de ese hermoso puente, cuyos ojos rasgados lloran a Genil, caudaloso río que tiene su solar en Sierra Nevada, y después, haciendo con el Darro maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y tanto pueblo de abril y mayo. (...) Y en esta ciudad solamente se coge el algodón, semilla que en toda España no nace, además de otros veinticuatro frutos, sin sembrarlos, de que se vale para vender la gente necesitada”. El escritor inglés de novelas de espías y viajero incansable William Somerset Maugham, en los capítulos XXVIII y XXIX de su obra Andalucía (1930) describe su llegada a la ciudad y se confiesa sorprendido por sus torres y su ubicación en lo hondo del valle: “¡Por fin! Llegué a la cresta de otra colina, y entonces, precisamente a mis pies, de tal modo que podría haber arrojado una piedra sobre sus tejados, estaba Écija con sus innumerables campanarios. (...) La plaza principal, donde se hallan las oficinas del gobierno, las tabernas y una pequeña posada, es un lugar encantador, tranquilo y sentimental. Las casas, con sus extrañas ventajas y sus balcones de hierro forjado, están construidas sobre arcadas que dan una grata sensación de intimidad a la plaza: en verano, frescas y oscuras, deben ser el paseo obligado de todos los chismosos y holgazanes de la ciudad. (...) Para mi fantasía de escritor, Écija era escenario adecuado para una historia de amor o crímenes”. Casi un siglo antes de la llegada del británico, la ciudad era conocida en España y fuera de sus fronteras por la leyenda real de los Siete Niños de Écija, que extendió la precaución y los temores de los viajeros del lugar por los bandidos y los ladrones. Como recuerda Hans Christian Andersen, el famoso autor de cuentos como El patito feo, en el libro sobre su viaje a España en 1862, en Écija “fue desvalijado hacía unos años el arquitecto, profesor Meldahl; los bandoleros le despojaron hasta de su bloc de dibujo. <<¡Devuélvamelo! –gimió nuestro compatriota–, a ustedes no les sirve de nada, pero para mí tiene un valor grande>>, y el bandido no desmintió la célebre cortesía española: le retornó el bloc”. Andersen, que sólo pudo bordear la ciudad pero no entrar en ella, ya habló entonces de la “calurosa Écija”, y cita al poeta francés Théophile Gautier, “que recientemente ha escrito sobre su viaje por España, donde nos pinta el aspecto de este pueblo como si estuviese en China o en Japón”. En aquellos años se hacía el viaje a caballo, otro de los símbolos ecijanos. Y viene de antiguo, porque el escritor norteamericano Washington Irving, autor de Cuentos de la Alhambra, narra cómo estos caballos eran usados en antiguas contiendas. En su Crónica de la conquista de Granada, escribe como “el duque de Medina Sidonia y el conde de Cabra ordenaron el tercer batallón, con las tropas de sus respectivas casas. Fueron acompañados por otros oficiales de renombre con sus tropas. La retaguardia fue conducida por el señor y los caballeros de Alcántara, seguidos por caballos andaluces de Jerez, Écija y Carmona”. Los veranos calurosos, y los inviernos inhóspitos, húmedos y a veces lluviosos hasta rebosar el Genil. De hecho, cuando el sabio alemán Alexander Von Humboldt (1769-1859), después de recorrer España en 1799, se desplazó a las Américas (Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente) comprobó cómo inundaciones tan bíblicas como la del río mexicano de La Guaria “son la causa primitiva de la fiebre amarilla cuanto lo fueron los desbordamientos del Guadalquivir, el Genil y el Guadalmedina para Sevilla, Ecija y Málaga en las funestas epidemias de 1800 y 1804”. No en vano, el mismísimo autor de Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas, hubo de recordar para el resto de sus días su paso por Écija a mediados del siglo XIX. En medio de un viaje en “coche de posta” por caminos empedrados le sorprendió la “agobiante lluvia que nos acompañó desde la salida de Córdoba, que nos obligó a parar en mitad de la noche en una villa de postín que, me decía nuestro buen guía, normalmente es calentada por un sol morisco, Écija”. En la ciudad, Dumas se empapó de “tinto calentado” en la noche “más penosa” de su viaje. “Yo he visto en Écija, vieja villa morisca, / en los campanarios de loza, en los palacios pintados a fresco, / Bajo los rayos de plomo del sol sofocante, / Un coloso dorado que llevaba un niño (...) Porque es el fruto divino de la Virgen fecunda, / El niño predestinado, el redentor del mundo; / es el espíritu triunfante, el Verbo soberano: / ¡Tal peso hasta hace ceder a un gigante de bronce!”, escribió el ya citado Gautier en su poema “San Cristóbal de Écija”, unos versos hercúleos henchidos de historia, de creación, de mito. Como resumió también a principios del siglo XX Eugenio D’Ors, al escribir sobre la ciudad, sobre esa “Venecia en llena luna” que “archiva sol cada mañana”:
Qué bien, Titán, bien Hércules divino, Fruta y ciudad, llevarante a molino Ganosos de tu aceite y su derroche,
Y saltar vieran, de tu entraña pía Tanto sol, que la tierra anegaría, Hasta llenar de luz la misma noche.
MANUEL RUÍZ RICO |
- Écija, la sartén de Andalucía

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La fama de agobiante calor estival que tiene Écija ni es gratuita ni reciente. Sobre lo primero, Andalucía en general, por su latitud (a unos 1.500 km. por término medio del Trópico de Cáncer, máxima intensidad solar en el solsticio de verano), acumula una fuerte insolación en esa estación. Y, por su vecindad al norte de África, recibe a veces aire sahariano, que se canaliza y estanca en el Valle del Guadalquivir, sobre todo en las hondonadas; como la de Écija, localizada en una terraza del Genil, donde la aireación es escasa y la evaporación (que absorbe calor y enfría el entorno) es menor. No es extraño que el termómetro haya registrado un máximo de hasta 51 grados a la sombra, estando pues cerca de los primeros lugares mundiales, situados hasta el momento en el desierto de Libia, 58º, y el Valle de la Muerte de California, 57º. Hay que añadir a todo eso una temperatura sentida mayor que la termométrica, por efecto de la humedad generada junto al río, que da una mayor sensación de calor, al dificultar la transpiración. Así en tratados de Climatología (Gil y Olcina, 1997, por ejemplo) no se duda en recordar el apelativo de Sarten de Andalucía, hecho extensible al triángulo Écija, Sevilla, Córdoba. Lo riguroso del verano astigitano es ciertamente una noticia frecuente y antigua y hasta en su escudo aparece un sol de oro y la leyenda de ciudad del sol (“Astigi civitas solis vocabitur una”) y ha sido objeto también de composiciones literarias como la de Eugenio D´Ors:
“Ciudad del Sol, la llamaremos, una: que Écija archiva sol cada mañana, como la crisolinfa paladina, en su apretada carne de aceituna”.
Pero, como se recoge en la Enciclopedia de Andalucía, dirigida por Javierre a finales de los setenta del siglo pasado, “el viejo pueblo astigitano le recompuso a don Eugenio su barroco soneto, echándole sal fina en cada verso, como puede leerse en Andalucía de José María Pemán. La estrofa dice así :
Ciudad del Sol, la llamaremos, una: Nada de crisolinfa ni camelos que lo que Écija archiva con locura, no es linfa paladiana, sino fuego”
Sería demasiado larga la lista de visitantes y viajeros que reparan en las altas temperaturas ecijanas, como el francés Peyron (1772), que alude a la “sartén”, pues “tan ardoroso es su clima”. Cinco años después el barón de Bourgoing incide en el emplazamiento, que la expone a grandes calores y frecuentes inundaciones. En el Diccionario de Pascual Madoz, del año 1850, se recoge que “en el rigor del estío es insoportable el calor, por cuya razón es conocida con el sobrenombre de la Sartén de Andalucía” y en las casas hay “patios que cubren con toldos en el estío para impedir la entrada a los rayos del sol, regando los suelos a menudo para conservar la frescura, y colocando alrededor de las fuentes tiestos o macetas de plantas odoríficas”, así como que el Paseo de la Alameda, construido en el año 1843, es “muy concurrido en la noches de verano, por su agradable ventilación”. <
GABRIEL CANO |
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