En el caso de Andalucía, la documentación epigráfica antigua posee peculiaridades en relación con el resto de la Península Ibérica; destaca ante todo su amplio espectro cronológico; éste abarca desde los siglos IX-VIII a.C., en los que se datan las primeras inscripciones, hasta época hispanomusulmana, en la que subsisten los comportamientos culturales de la Antigüedad Tardía y del periodo visigodo en un importante conjunto de epígrafes mozárabes. La proyección de este tipo de documentación en tan amplio espectro histórico es desigual; el periodo de mayor producción epigráfica corresponde a los dos primeros siglos de nuestra era, en los que se produce un intenso proceso de urbanización, que propicia la difusión de este comportamiento cultural de carácter eminentemente cívico. En el curso de este milenio y medio, la epigrafía registra los grandes cambios históricos y culturales que se suceden en Andalucía; entre ellos están la colonización fenicia y los contactos con el mundo griego, que propician la aparición de los primeros sistemas de escrituras en el marco de los cambios tecnológicos difundidos; el de la conquista romana, que genera la transformación sustancial de los pueblos indígenas y el nuevo marco cultural de la latinización; finalmente, el mundo de la Antigüedad Tardía y de los reinos germánicos, en el que emerge un nuevo marco histórico fuertemente impregnado por la cultura romana y por el cristianismo. La epigrafía indígena. La tradición literaria clásica es consciente de la importancia de la documentación escrita prerromana de la Hispania meridional; de hecho, Estrabón, geógrafo del cambio de era, puede afirmar que los turdetanos, habitantes del Bajo Guadalquivir, poseen leyes escritas de forma métrica con una datación milenaria. La valoración de semejante afirmación puede suscitar divergencias, dado el carácter legendario del contexto; en cualquier caso, la epigrafía nos ha conservado los primeros testimonios escritos hispanos procedentes de las zonas costeras de la Baja Andalucía; se trata de una serie de grafitos inscritos sobre cerámica indígena de retícula bruñida de los siglos IX y VIII a.C., que se han encontrado en la provincia de Huelva. Su identidad indígena o fenicia ha suscitado divergencias; no obstante, constituyen los primeros testimonios escritos de la Península Ibérica y el precedente de los posteriores sistemas de escritura del mundo tartésico y de los pueblos ibéricos. A partir de los siglos VII y VI a.C., la epigrafía documenta la existencia de sistemas de escritura vinculados a la colonización fenicia (fenicios), al mundo tartésico (tartessos) y a los diversos pueblos ibéricos (iberos) de la Hispania meridional. En contraste con el conocimiento del alfabeto fenicio desde el siglo XVIII, la escritura ibérica no es descifrada hasta 1923 gracias a los estudios del granadino Manuel Gómez Moreno, quien se basa fundamentalmente en la comparación de las leyendas presentes en las monedas bilingües, escritas en ibérico y latín. Se trata de un sistema semisilábico, que alterna signos alfabéticos con sílabas en el caso de las consonantes oclusivas; su invención se produce en el sur de Hispania a partir del conocimiento del alfabeto griego, del fenicio y del silabario chipriota. Pese a la existencia de contagios de las lenguas indoeuropeas de zonas hispanas más septentrionales, la transmitida por el alfabeto ibérico no posee este carácter. En el periodo comprendido entre el siglo VII y comienzos del I a.C., la epigrafía y las leyendas monetales documentan tres sistemas de escritura en el territorio de la actual Andalucía. Concretamente, en parte de la actual provincia de Sevilla y zonas próximas se documenta la conocida como “escritura del Sudoeste”, que tiene sus principales testimonios en el sur de Portugal (Algarve y Alentejo) y en Extremadura. Su peculiaridad radica en que los signos silábicos van seguidos de una vocal que duplica el de la silaba anterior; posiblemente, semejante fenómeno se explique en el contexto de la adaptación del alfabeto fenicio a las necesidades fonéticas de la lengua indígena. Los epígrafes con este sistema de escritura son escasos y están constituidos normalmente por losas de piedras, que formaban parte de los conjuntos funerarios; como ejemplo se puede citar el procedente de Alcalá del Río (Sevilla). El segundo sistema es conocido como “escritura meridional” y se documenta epigráficamente en el ámbito comprendido entre el Bajo Guadalquivir y Valencia; se trata, en consecuencia, de la escritura utilizada primero por Tartesos y con posterioridad por los pueblos ibéricos de la actual Andalucía (turdetanos, túrdulos, oretanos y bastetanos). Los textos conservados están escritos de derecha a izquierda y abundan más en las zonas orientales que en las occidentales. Los principales documentos epigráficos con este tipo de escritura están constituidos por láminas de plomo, inscripciones sobre vajilla de plata y leyendas de las monedas de las ciudades ibéricas acuñadas en el contexto de la conquista romana y de su organización provincial. El texto más extenso con este tipo de escritura procedente de Andalucía está constituido por el Plomo de Gádor de fines del siglo II a.C., que se conserva en la Real Academia de la Historia; consta de tres líneas independientes delimitadas por rayas, escritas de derecha a izquierda, que ocupan la parte superior del plomo, y de una cuarta que se extiende por el contorno inferior; cada línea termina en una serie de rayitas verticales, que deben interpretarse como unidades de cuenta. Las inscripciones sobre objetos de plata con este tipo de escritura son más abundante en Andalucía; corresponden normalmente al periodo final del mundo ibérico y sus escuetos textos hacen referencia a su propietario; como ejemplos existen los cuencos de plata procedentes de Torres (Jaén), Fuensanta de Martos (Jaén) y del Alcornocal (Fuenteovejuna, Córdoba), la escudilla de Santiago de la Espada (Jaén), la vasija de plata de Santisteban del Puerto (Jaén), etc. También las leyendas monetales del mismo periodo documentan el nombre indígena de las correspondientes cecas; tal ocurre en Urci (Pechina, Almería), Castulo (cerca de Linares, Jaén), Iliberri (Granada) y Obulco (Porcuna, Jaén). Finalmente, el tercer tipo de escritura y consecuentemente de epígrafes previos a la latinización está constituido por el alfabeto fenicio y por la existencia de la escritura libiofenicia en determinadas ciudades de la provincia de Cádiz próximas a Medina Sidonia. El alfabeto fenicio se constata fundamentalmente en las leyendas monetales de determinadas ciudades fenicias costeras, como Malaca (Málaga), Sexi (Almuñécar), Abdera (Adra), y en determinados grafitos, que documentan su persistencia tras la conquista romana. En relación con este alfabeto se encuentra el sistema de escritura libiofenicia, documentado en epígrafes monetales correspondientes a Baelo (Bolonia), Asido (Medina Sidonia), Carteia (desembocadura del Guadarranque), etc. La epigrafía latina. La rápida conquista romana del sur de Hispania, concluida en las primeras décadas del siglo II a.C., implica cambios culturales trascendentes que en plano lingüístico se cifran en la latinización y en el uso del alfabeto latino. Aunque los sistemas prerromanos de escritura persisten puntualmente hasta el cambio de era, la nueva lengua es asimilada por los pueblos indígenas de la actual Andalucía a lo largo del siglo II y comienzos del I a.C. También la anexión romana comporta transformaciones en otros planos, que condicionan la documentación epigráfica; la integración provincial en el ordenamiento del imperio genera la correspondiente actividad administrativa conservada en inscripciones; asimismo, la intensa implantación de la ciudad romana propicia la difusión excepcional del hábito epigráfico, propio de la cultura helenística, que Roma había asimilado. En este contexto, la importancia documental y patrimonial de la epigrafía latina de la provincia de la Bética es excepcional en comparación con el resto de Hispania y del Imperio Romano. Su relevancia cuantitativa y cualitativa expresa el intenso proceso de romanización que se desarrolla en el marco de las colonias y municipios romanos. No obstante, su proyección cronológica es desigual; el periodo álgido de la producción epigráfica coincide con el Alto Imperio (siglos I y II d.C.); los siglos previos del periodo republicano se caracterizan por la presencia de escasas inscripciones; también la Antigüedad Tardía posee esta misma característica, aunque su menor actividad epigráfica se enmarca en un nuevo contexto histórico y cultural. La primera inscripción latina de Hispania se vincula a la actividad administrativa generada por la conquista. Se trata del decreto de L. Emilio Paulo relativo a la Turris Lascutana (Alcalá de los Gazules, Cádiz) y está constituido por una lámina de bronce de pequeñas dimensiones (15 x 22 cm.), descubierta en 1866 y conservada en el Museo del Louvre. Es emitido el 19 de enero de 189 a.C. por el gobernador romano, quien dispone la liberación de los siervos de la ciudad de Hasta (Mesa de Hasta, Jerez de la Frontera), que habitaban el centro fortificado de la Turris Lascutana. La importancia excepcional del documento se aprecia en el plano lingüístico, donde se observan las peculiaridades de la lengua latina en el siglo II a.C. Su contenido histórico es igualmente relevante, ya que documenta la nueva situación de pueblos estipendiarios que la conquista romana genera para la mayor parte de las comunidades indígenas. La restante documentación epigráfica de Andalucía antes del cambio de era es escasa y de contenido limitado. Se trata en ocasiones de marcas sobre objetos diversos, tales como elementos constructivos de edificios o de glandes, en los que se inscriben los nombres de los generales romanos que participan en las reiteradas guerras civiles de fines de la República en el sur peninsular. Dentro de este panorama destacan algunos fragmentos de inscripciones procedentes de Itálica (Santiponce, Sevilla); entre ellos se encuentra un epígrafe grabado sobre un pavimento realizado en opus signinum de fines de la república romana, en él se conmemora la construcción de un templo dedicado a Apolo por el prefecto de la ciudad M. Trahius. Conservado en el Museo Arqueológico de Sevilla, el magistrado constatado puede relacionarse con la familia del posterior emperador Trajano* . La importancia documental y patrimonial de la epigrafía latina de la Bética durante el Alto Imperio se aprecia en los textos jurídicos que se han conservado; constituyen un conjunto de tablas de bronce, que no tienen paralelos en el ámbito del Imperio Romano. Entre ellas se encuentran las disposiciones emanadas del Senado Romano y de la cancillería imperial. De los senadoconsultos descubiertos en la Bética destacan por su contenido los dos relativos al asesinato de Germánico el 10 de octubre del 19 d.C. en Siria. Se trata concretamente de la Tabula Siarensis, descubierta en 1982 en La Cañada (El Coronil, Sevilla), y de las seis copias de diversa procedencia correspondientes al senadoconsulto de Cn. Pisone Patre, dado a conocer en 1996. Ambos textos se conservan en el Museo Arqueológico de Sevilla. Los dos fragmentos de la Tabula Siarensis incluyen en su contenido los honores aprobados por el Senado Romano tras la muerte de Germánico. El segundo senadoconsulto dispone la condena de Cn. Pisón, gobernador de Siria y responsable del asesinato de Germánico. La información de ambos textos completa los hechos conocidos mediante la descripción del historiador Tácito y a través del contenido epigráfico de la Tabula Hebana. Un contenido distinto posee el senadoconsulto descubierto en Itálica en 1888. Datado en 177 d.C., regula el precio máximo de los espectáculos de gladiadores dados por los magistrados electos; el fragmento conservado corresponde a la parte central y se encuentra depositado en el MAN. También la actividad desarrollada por la cancillería imperial lega documentos epigráficos en bronce excepcionales en Andalucía. Entre ellos se encuentran las epístolas, una de las fórmulas en las que se materializan las disposiciones imperiales. De las conocidas, algunas se encuentran en paradero desconocido. Tal ocurre con la epístola dirigida por el emperador Vespasiano a los ciudadanos de Sabora (proximidades de Cañete la Real, Málaga), en la que les autoriza a trasladar su municipio de emplazamiento topográfico. Otra forma parte de colecciones privadas, como la epístola de Antonino Pío a los habitantes de Obulcula (Castillo de la Monclova, Sevilla), en la que se confirma un legado realizado a la ciudad. Se conserva, en cambio, en el Museo Arqueológico de Sevilla la epístola del emperador Tito a los magistrados de Munigua (Mulva, Sevilla), datada el 7 de septiembre de 79, en la que se sentencia que el municipio debe pagar las cantidades adeudadas a Servilio Polio. Dentro de las constituciones imperiales se incluyen también los diplomas militares. Se trata de pequeñas tablas de bronce que certifican la concesión de la ciudadanía romana a individuos procedentes de unidades de tropas auxiliares o de la escuadra naval. De los tres descubiertos en la Bética, uno procede de Baelo (Bolonia, Cádiz), en donde se establece en 161 d.C. el nuevo ciudadano, que había militado en un ala de caballería en la provincia de Mauritania Tingitana; otro procede del territorio de Obulco (Porcuna, Jaén), a donde viene a vivir en 225 d.C. un panonio que había servido en la escuadra de Rávena. La intensa red de ciudades romanas en Andalucía tiene su proyección documental en un conjunto de leyes municipales y coloniales, reguladoras de su organización, sin paralelos en el resto del imperio. En la segunda mitad del siglo XIX se descubren casualmente tres leyes correspondientes a la colonia romana de Urso (Osuna), proyectada por César, y a los municipios latinos de Malaca (Málaga) y Salpensa (alrededores de Utrera, Sevilla), promocionados por el emperador Vespasiano. Las correspondientes inscripciones se encuentran depositadas en el MAN. El texto más extenso corresponde a la Lex Ursonensis, conformada por cinco tablas de bronce, descubiertas en 1870 en Osuna, diez pequeños fragmentos conocidos en 1925 y un último fragmento recientemente aparecido, que se encuentra en fase de estudio. Su contenido se refiere en gran medida a las obligaciones y funciones de los magistrados que dirigen la colonia. En cambio, tan sólo se conserva una tabla de las otras dos leyes, que son descubiertas conjuntamente en 1851 en Málaga, en el lugar conocido como los Tejares. En su contenido destacan los capítulos de la Lex Malacitana relativos a la organización de las elecciones municipales. En los últimos decenios del siglo XX se han producido nuevos descubrimientos de leyes municipales. Se trata de fragmentos relativos a diversas ciudades como Carruca (cortijo de Cosme, Sevilla), Corticata (Cortegana, Huelva), Ostippo (Estepa, Sevilla) y Villo (Puebla de Cazalla, Sevilla). El texto más extenso corresponde a la Lex Flavia Irnitana, encontrada en 1981 con detectores de metales en el Molino del Postero, ubicado a 5 km. al suroeste de El Saucejo (Sevilla). Está compuesta por seis tablas de bronce, que actualmente se encuentran depositadas en el Museo Arqueológico de Sevilla. Su contenido es coincidente con el de las leyes de Malaca, Salpensa y demás fragmentos conocidos. Ello permite pensar en la existencia de una sola ley flavia municipal, de la que se derivan la totalidad de las leyes municipales conocidas; éstas proceden a la adaptación de la ley general al ámbito de las peculiaridades locales. En los capítulos conservados de la Lex Irnitana se regulan las funciones del senado local, las elecciones, el gasto municipal, los asuntos jurisdiccionales, etc. Los descubrimientos epigráficos procedentes de la Bética incluyen asimismo otros textos excepcionales, conservados en bronce. Tal ocurre con las tablas de hospitalidad y patronato e, incluso, con una posible fórmula fiduciaria, descubierta en Bonanza (Cádiz) en 1868 y depositada actualmente en el MAN. Sin embargo, el conjunto mayor de inscripciones, cifrado en millares, refleja los diversos planos de la vida de las ciudades. Se trata de inscripciones votivas, relacionadas con los templos de la religión tradicional romana, el culto al emperador y la nueva religiosidad de los cultos orientales. También incluye un importante número de inscripciones honoríficas, que honran a los emperadores romanos y a sus familias, a las élites imperiales y a los grupos dirigentes locales. Su ubicación originaria está constituida por el foro de las ciudades. El porcentaje mayor de epígrafes conservados tiene un carácter funerario y procede de las necrópolis existentes en las periferias de las ciudades, junto a las vías fundamentales de comunicación. Poseen un importante interés histórico, ya que permiten reconstruir diversas facetas de la vida local, como la sociedad, las relaciones familiares, las manumisiones de esclavos, etc. También la organización territorial de la provincia de la Bética tiene su proyección epigráfica. Entre las inscripciones conservadas se encuentran los miliarios, que marcan las distancias en la red viaria; la delimitación de los términos municipales, conocida por cipos terminales y a través de un excepcional fragmento de catastro agrario; o la red artesanal y comercial, presente en múltiples objetos. El material utilizado en este tipo de inscripciones esta constituido por la piedra, cuyo carácter guarda relación con la relevancia del epígrafe. El mármol se utiliza mayoritariamente en los epígrafes votivos y honoríficos. Los diferentes tipos de piedras locales son más frecuentes en las funerarias. Un caso excepcional está constituido por las inscripciones grabadas y pintadas en las ánforas que transportan el aceite bético a los grandes centros consumidores del imperio. Entre ellos destaca la ciudad de Roma, donde los envases desechados han conformado el Monte Testaccio: en la superficie de los millones de ánforas alli depositadas se encuentra registrada una excepcional información económica relativa a su fabricante, contenido, lugar de procedencia y controles fiscales. El tipo de monumento epigráfico se encuentra condicionado por el carácter de la inscripción. Los textos que forman parte de edificios o infraestructuras se inscriben usualmente en alguno de sus elementos constructivos, como ocurre en los templos, acueductos o fuentes. Las inscripciones honoríficas utilizan frecuentemente pedestales moldurados, que sirven de soporte a las correspondientes esculturas. En la epigrafía funeraria el carácter del monumento condiciona el de la inscripción: son frecuentes las estelas, que a veces incluyen determinados elementos decorativos en relieve; también se constatan lápidas de dimensiones menores o urnas, que acogen las cenizas del difunto. El siglo III d.C., especialmente su segunda mitad, marca un cambio en los hábitos epigráficos. Las transformaciones históricas propician una nueva cultura, ajena en gran medida al hábito que fomenta la creación de inscripciones. Las invasiones germánicas acentúan aún más este proceso, debido a sus peculiaridades culturales. No obstante, la supervivencia y adaptación del hábito epigráfico se constata durante los siglos de la Antigüedad Tardía en un conjunto menor de inscripciones. También domina en él su carácter funerario, aunque se constatan asimismo las inscripciones conmemorativas de fundaciones, las votivas, los calendarios, etc. El hecho más relevante está constituido por el nuevo marco religioso conformado por el cristianismo, que impregna su contenido. La pervivencia de éste tras la invasión musulmana se expresa documentalmente en la importante epigrafía mozárabe.
Cristóbal González Roman |