El evergetismo no existió en Occidente antes de la conquista de Roma. El proceso de colonización y municipalización desarrollado por Roma en Hispania permitió que se creasen numerosas comunidades cívicas en las que los ciudadanos podían aspirar a promocionar social y políticamente mediante el desempeño de magistraturas y sacerdocios, así como acumulando honores y realizando actos de evergetismo. La realización de donaciones fue un medio empleado por las aristocracias locales para obtener prestigio y honor, así como para legitimar su control de la vida política en sus ciudades. Los evergetas frecuentemente fueron recompensados con estatuas y epígrafes (->véase Epigrafía) honoríficos que fueron erigidos en su honor por decreto de los senados locales. Estos homenajes públicos aumentaban la estima y reputación del homenajeado, la de los demás miembros de su familia y la de sus descendientes, quienes podrían utilizar el prestigio familiar adquirido a la hora de iniciar sus carreras políticas. La realización de donaciones y la acumulación de honores permitió crear una memoria cívica que sirvió para que los evergetas y sus familiares se perpetuasen en los órganos de gobierno de sus ciudades, pues ésta podía aflorar y ser utilizada en las elecciones que anualmente se desarrollaban para la obtención de las magistraturas y sacerdocios ciudadanos. Los municipios y colonias fueron dotados de unas fuentes de ingresos que eran necesarias para financiar la vida cívica; no obstante los recursos económicos que las ciudades podían obtener eran limitados y éstas, para poder hacer frente a todos los costes derivados del desarrollo de la vida urbana, necesitaron recurrir a las aportaciones de las élites municipales quienes pagaron las summae honorariae y realizaron numerosas donaciones de carácter lúdico (espectáculos públicos) y edilicio. Los evergetas también costearon servicios que los municipios no ofrecían generalmente a sus administrados, como distribuciones de dinero y alimentos, entrada gratuita a los baños, etc. Incluso, cuando fue necesario, llegaron a asumir deudas contraídas por sus ciudades o las dotaron, mediante legados, de unas rentas fijas con las que pudiesen financiar parte de sus gastos regulares, como podemos ver en Lacippo y Cartima. En la Bética, desde finales de la República y hasta avanzado el siglo tercero, tenemos atestiguadas unas trescientas cincuenta donaciones realizadas fundamentalmente por notables locales, aunque también por libertos e ingenui e incluso por caballeros y senadores. Entre ellas destacan por su importancia unas setenta que hacen referencia a la donación de obras públicas, entre las que podemos destacar la construcción de foros, como los de Munigua y Cisimbrium; murallas, como las de Hasta Regia e Ilipa; basílicas, como la de Singilia Barba; termas, como las de Cartima y Aurgi; edificios para espectáculos, como el teatro de Italica; pórticos como los de Siarum o Canana (CIL II, 1074); y templos como los de Arucci, Munigua, Obulco o Corduba. Los munificentes ciudadanos también construyeron, de sua pecunia, obras de ingeniería, como los acueductos de Mellaria e Igabrum, o vías como la que unía Castulo y Sisapo. El evergetismo ayudó a financiar los gastos derivados del desarrollo de la vida urbana; contribuyó a redistribuir parte de la riqueza que el sistema económico tendía a concentrar en pocas manos; legitimó el monopolio de poder de las aristocracias municipales; impulsó las economías locales y se convirtió en un eficaz método para alejar las tensiones sociales, así como para evitar las revueltas de la plebe, ya que al pueblo le proporcionaba periódicamente y de forma gratuita “pan y circo”.
Enrique Melchor Gil |