Espíritus de gitanos viejos golpeaban el yunque de la fragua donde se forjó Curro Puya, como también era conocido Francisco Vega de los Reyes, y sus manos apretaron el hierro candente que habría de marcar sobre su palma un sino trágico e irremediable, la sinuosa línea de su capote recorriendo un aire de soníos negros y malos augurios. Ese “fatalismo que sería tópico llamar de raza, pero que yo no sé a qué otra cosa pueda atribuirse”, como escribió Cossío, no advirtió al matador calé de que lo mataría un toro. Nació en la trianera Cava de los Gitanos, sobre la que se cernía siempre amenazante la Cava de los Civiles, en el seno de los Puya, una rama de los gitanos que se establecieron en el siglo XV en Triana, dedicados a la fragua, y que deben su apodo a las puyas de hierro que fabricaban y se empleaban como empalizadas en los corrales de toros. Por las calles de su niñez pasaba, como señala el poeta Rafael Laffon, “un mundo de folclore: mentideros, tipos transeúntes, tertulias ambulatorias, servicios prestados au grand air, anécdotas, decires, historias e historietas...” Aunque para historias las de aquellos gitanos de la “calle Pistola (Evangelista) número Cañón” emparentados con él, que cegados por el hambre se comían todas las esquinas de Triana. Perseguidos, vejados, humillados… su toreo, el toreo de Gitanillo de Triana, fue una crónica de un pueblo históricamente maltratado, un arte “que tenía un fondo de musicalidad en tiempo de habanera y una tan adormilada lentitud”, en palabras de Carlos de Larra Gullón. Este sumo artífice de la verónica, como en más de una ocasión fue llamado, creaba en los ruedos un estremecedor “minuto de silencio”, como el corto espacio de tiempo en el que el cantaor escarba en las más insondables regiones del alma hasta romper en una voz quebrada, como aquellos agónicos tres meses en los que el diestro trianero pasó por un auténtico calvario de dolores físicos y morales, recostado en aquella cama del sanatorio madrileño del doctor Crespo… Un minuto que evoca todos los siglos de silencio de los gitanos.
Javier Vidal Vega |